Una escapada monumental. Autor: Julio Lencero Bodas

Viajábamos por la frontera más antigua de Europa: “La Raya”.

Entramos en Portugal por Valencia de Alcántara; al llegar a Portagem agarramos la carretera -flanqueada por unos grandes árboles encalados- que nos llevó a Castelo de Vide. Atrás dejábamos Marvao, asentado sobre una indomable roca cuarcítica que ese día estaba envuelta en una espesa niebla; pero que en los veranos, al atardecer, se pone al rojo vivo.

Pensamos desandar el camino y, esa misma noche, visitar el pintoresco pueblo parapetado en las murallas de su fortaleza medieval.

Viki estaba leyendo algo de historia lusa de la mano del autor de La conquista del mar tenebroso, y se mostraba algo exaltada y teatral. Con expresivo ademán exclamó:

-¡”Usaremos la escala y el puñal, caeremos por sorpresa sobre la guarnición adormecida y la degollaremos“!

En Castelo de Vide estacionamos nuestro aguerrido automóvil -“la pequeña bala”- al lado de una fuente neoclásica en la que un niño “surfeaba” sobre un leviatán furibundo.

Tomamos un buen café portugués -“uma bica se faz favor”-, e iniciamos la subida al castillo.

Hicimos un alto en la “Fonte da Vila”. Rodeados de gatos luciferinos nos fumamos un cigarrillo a medias, y luego seguimos trepando por las pinas calles del barrio judío; entramos en la sinagoga, donde nos sorprendió ver un coco gigante de las islas Seychelles. ¿Qué hacía ese coco de mar -conocido por su voluptuosa forma como “coco culo”- junto al tabernáculo renegrido?

Más arriba, buscamos a la viejita que guardaba las llaves de la iglesia de Nuestra Señora de la Alegría; pero ya no estaba, y nos quedamos con las ganas de ver los azulejos policromados de su interior.

Al fin, consolidamos nuestra pacífica conquista y, a nuestras anchas, desde el altivo castillo, contemplamos el paisaje en derredor.

Al cabo descendimos, y con apetito, entramos en la churrusquería “Os amigos”, ubicada a espaldas de la plaza de Don Pedro V.

Saboreando un suculento ensopado de cabrito decidimos descartar los dólmenes de Sobral y de Melrica -apartándolos como si fueran las hojas de laurel del plato- de nuestro recorrido turístico, y optamos por acercarnos -después del postre naturalmente- hasta el menhir de la Meada; un nombre que irremediablemente me hizo ir al baño.

Con sus monolíticos ocho metros de altura, el ídolo granítico -rodeado de añosos alcornoques- parecía aburrirse soberanamente. Haciendo el payaso, dando vueltas en torno suyo, intentamos formar un trío jocoso. No conseguimos sacarle de su estado de postración: permaneció clavado en el suelo, sin hacer nada. Hasta que nos acabó cansando su hosco mutismo. Nos pusimos, de nuevo, en marcha.

Las nubes pasaban veloces sobre nuestras cabezas; retrocedíamos con la intención de pasar la noche en Marvao. Apenas nos detuvimos un momento a beber agua del caño de una fuente monumental que nos salió al paso.

El sol se ponía por detrás de los montes cuando llegamos a nuestro  destino; y desde aquel “nido de águilas”, con los últimos resplandores, atisbamos las estribaciones de la Sierra de la Estrella; y  siguiendo el trazado de una calzada empedrada que zigzagueaba cuesta abajo en dirección  sureste, adivinamos las viejas rutas del contrabando –de la penicilina, el café,  las agujas, el hilo y las medias- que entre jaras y brezos, conducían a España.

Dimos la vuelta completa al recinto amurallado, y recalamos en la única “casa de pasto” que estaba abierta. Cenamos solos. Luego, dimos un paseo bajo la luz embrujada de los faroles.  Topamos con la inevitable picota, con la curiosa torre del Reloj, con la seca fuente del Consejo, y con las rejas de hierro forjado de la Casa del Gobernador.

Amanecía; Viki, incorporándose a medias en la cama, se desperezó y parpadeó. Su dulce mirada se perdió por las dehesas extremeñas que veía por la ventana. ¡Un vasto horizonte de grandeza superlativa!

Hicimos la maleta y nos fuimos a desayunar; tras reponer fuerzas, tranquilamente, caminamos por la rua del doctor Magalhaes. Alcanzamos el recinto militar. ¡Espectacular! En la Torre del Homenaje mi mujer adoptó el aire dramático que la sienta tan bien, y fantasiosa, recreó las algaradas guerreras del pasado.

Arrancamos sin prisas.

En Portagem, desde el puente medieval bajo el que discurre el río Server, echamos un postrer vistazo al reducto de Ibn Marwan;  aquél muladí rebelde -al que apodaban “El Gallego”- al califato de Abd al Rhamán II.

Dejamos atrás las ruinas romanas de Ammaia, y también pasamos de largo por Portoalegre, centro neurálgico del Alto Alentejo. El Cristo de la Paciencia sabría perdonarnos por no pasarnos a saludarle. Está acostumbrado, pues es proverbial la lentitud de los portoalegrenses; por ese motivo -dicen las malas lenguas- es que adopta la postura rodiniana de El Pensador.

Un breve stop en Arronches y, media hora más tarde, pasamos por debajo del acueducto de Amoreira (s XVI), en Elvas.

Aparcamos fuera del cinturón fortificado. Es obligado hacer la ronda por los bastiones estrellados de esta ciudadela que fue decisiva en la batalla que puso fin a la Guerra de Restauración. En el arco del Miradeiro comprobamos la solidez de los sillares romanos; y un poco más adelante dimos con la capilla de la Magdalena. ¡Cerrada!

Asaltamos a una vecina para preguntarle la causa.

-El celador suele emborracharse -nos dijo-; y dicharachera nos contó que justo ahí (donde está el pelouriño) hubo una fuente en la que los templarios   -antes de penetrar en el templo a horcajadas de sus caballos de ollares encendidos- ejecutaban sus gracias hípicas. Eso fue lo que creímos entender; pues la doña sabía poco español, y nosotros poco portugués.

-¡Aquí mismo tuvo lugar un gran combate entre árabes y cristianos! -remató orgullosa de su sapiencia. Y de sus ancestros.

Viki, que había subrayado con lápiz el libro del soberbio historiador decimonónico Oliveira Martin´s, no pudo evitar aleccionarme con una declamación a propósito:

-“Los cruzados,  saboreando de antemano las voluptuosidades orientales, ensayaban en el Alentejo sarraceno el programa preparado para Siria”.

Lamentando el no haber entrado en la capilla de la Magdalena, seguimos andando. En la ermita de Nuestra Señora de la Conceiao nos enterneció leer una nota escrita en un papel de envolver chacina: “a fin de evitar riesgos de incendio se ruega no tirar las velas prendidas a través de la reja; da igual que sean blancas o amarillas; alguien se encargará de encenderlas con disciplina y moderación”.

Cogiditos de la mano nos dirigimos al centro de la villa.

En una tienda de la rua Cadeia en la que compramos unos manteles típicos, nos recomendaron ir a degustar un cerdo grelhado a “El Lagar”.

Eso hicimos y salimos plenamente satisfechos de la experiencia gastronómica.

Alojado en un templete -a pocos metros del restaurante-, nos encontramos con un caballero andante; debía ser Geraldo Sem Pavor, el paladín con bigotito a lo Errol Flint, que ya habíamos visto en el escudo alicatado que remata el arco central del acueducto de Amoreira.

Elvas, plaza fuerte de aristas oblicuas “con su fealdad para asustar españoles” en opinión del escritor Miguel Torga, nos había encantado.

¡Al volante!

A un lado de la carretera, “Sandeman” alzó la copa de jerez a nuestra salud; Viki, entusiasmada, bajó la ventanilla, le llamo ¡guapo!, y le lanzó un sensual beso.

A lontananza, recortadas en un cielo borrascoso, vimos las ruinas de Juromenha (definitivamente derruidas por el terremoto de 1755). A sus pies reposaba un burgo de casitas aplastadas por las tradicionales chimeneas alentejanas.

Bajamos del coche para estirar las piernas. Rodeamos los historiados restos de lo que en su origen fue un oppidum (levantado allí por orden de Julio César); pero que con el correr de los siglos, y hasta ser conquistado por D. Afonso Enriques en 1167, sería un baluarte musulmán.

El viento se nos encaró; se diría que pretendía alejarnos de las barcas que se balanceaban en la ribera del Guadiana; silbaba y silbaba; y a Viki la puso nostálgica tanta gloria póstuma, la hizo evocar un tiempo en que -como dice la canción “madurando feliz, dulce y vanidosa”- fue princesa de Frías. Yo recordé que allí mismo había visto de espaldas al poeta Carlos Lencero, contemplando con ojos moribundos aquellas aguas sagradas: ¡El río Guadiana jamás se borrará de mis ojos, y a veces doy en pensar que, cuando la Muerte llegue, mi postrera visión será ese río; sus orillas tapizadas de verde, esos sauces que despeina el Poniente; ese color de sangre que el sol le da al morir, parecido al que invade las cabecitas de los jilgueros; al que brota de las heridas que abren los cirujanos en la Casa de Salud; al rojo que brillaba en los labios de la mujer que amé!

Teníamos sed y buscamos la tasquita; fue en ella donde dimos con el “niño alentejano”, que se quedó mirando fijamente los ojos zarcos de Viki, pues en ella debió reconocer a su reina –modelo de todas las virtudes y amparo de los desvalidos-. Mientras tomamos nuestras cervezas no la quitó sus embelesadas pupilas de encima.

Las armoniosas casitas de Juromenha estaban pintadas con vivos colores; y nos hizo gracia un detalle kitsch: en las balaustradas -puerta con puerta- una casa tenia el escudo del Benfica, mientras su vecina exhibía el del Oporto. ¡Los dos grandes equipos rivales del fútbol Portugués!

-¡Se llevarán a matar!- conjeturamos entre risas.

Subimos a la “pequeña bala” y continuamos nuestro viaje.

En Alandroal nos sentamos al lado de la Fuente. Bonito lugar; sin embargo, no fue el color de sangre cuajada de su Torre del Homenaje lo que más nos llamó la atención: fueron los pasos de cebra de mármol lo que nos dejó pasmados. ¡Un lujo etrusco en un país rescatado!

Estábamos cerca de Vila Vicosa -que con Estremoz y Borda, conforma el llamado “triángulo del mármol portugués”-, y propuse a Viki acercarnos hasta esa villa.

Dejamos a retaguardia San Miguel de la Mota; y el santuario rupestre de Endovellico (el primer dios íbero del que se tiene noticias, según Don Marcelino Menéndez Pelayo).

En ruta admiramos una pirámide de mármol escombrado que nos retrotrajo a una inusual  escena del “Egipto napoleónico”.

Vila Vicosa.

Llueve y el patio de la Casa Braganza refulge bajo un cielo ceniciento; no nos urge visitar el palacio; con las pinturas del rey (un pintor regular de barcos a vapor y costas africanas); con sus salas tapizadas de sedas italianas y sus alfombras persas. Nos fuimos directos a casa de Doña Mariquiñas, que nos rentó una habitación perfumada con incienso.

Desde la ventana del cuarto acariciamos la piel de una naranja; en la esquina, el motocarro de un vendedor de calbotes echaba humo.

No fue necesario pedirle consejo a la patrona para saber donde ir a degustar un arroz con pato: la tasca “Necas”, de anchos muros, delante de los que reposan las tinajas signadas por un tal Joao Centeno, con mesas de castaño en las que los ensombrerados tratantes de ganado suelen brindar por la prosperidad de sus negocios.

Regresamos a casa de Doña Mariquiñas dando un rodeo por las calles. Había dejado de llover; disfrutamos de lo lindo pisando las aceras ajedrezadas en negro sobre blanco, o pegando la nariz a las cristaleras de los negocios fechados: el de la barbería anclada en un sosegado ayer; el de la ferretería en un anteayer aún mas sosegado; el de la pasteleria con sus dulces flamboyán.

En el paseo cívico nos detuvimos ante el busto de la poetisa romántica Florbela Espanca. Un individuo de baja estatura se nos puso al lado, y con voz trémula nos contó que la poetisa se suicidó en un arrebato de “melancolía suiza”.

-Aunque su cuerpo reposa en Póvoa de Varzim- nos relató el amable desconocido- aquí -en Vila Vicosa- hay enterrado un mechón de su pelo; y acto seguido, muy cortésmente, se prestó a guiarnos hasta su tumba. Le seguimos interesados; y fue así, envueltos ya en la penumbra del ocaso, como pudimos leer lo escrito en la losa: “como dorme en un berco una menina” (como duerme en una cuna una niña). A su lado, cuerpo en tierra, yacía “el médico de los pobres”.

-Un buen tipo de Madeira – nos soltó el caballero portugués, observándonos atentamente por encima de sus gafas empañadas de saudade-, y como si considerase necesario aclararlo, añadió: “en todas las partes del mundo hay un portugués”. De ese modo resumió, de un modo plausible (¡pero dándonos la impresión de que para el común de los portugueses viniese a dar lo mismo el estar vivo en Macao o bajo tierra!), la historia del viejo doctor que ancló sus huesos tan lejos del mar. Al reflujo de Camoens,

Nos empezó a entrar frío. El señor se despidió de nosotros; levantó su sombrero alentejano y se esfumó entre la incipiente bruma.

Doña Mariquiñas nos abrió la puerta arrebujada en un manto de balletilla. Y al ir a subir la escalera que conducía a nuestra habitación, nos invitó a conversar con ella en el salón.

Entonces, casi en perfecto castellano, habló de “los viejos tiempos”:

¡Esta ha sido siempre tierra de comunistas! -exclamó fehaciente. Y añadió algo alterada:

-Salazar enviaba a nuestros jóvenes a Angola “donde morían como moscas”…; era tan malo que difundió el bulo de que los viejos campesinos alentejanos se comían a los niños.

La mujer -testigo de tantas vicisitudes históricas oscuras- consiguió poco a poco, ir calmándose, y tendiéndonos las manos en un gesto de rendición desesperada, se despidió de nosotros:

-¡Adeus!

Al día siguiente madrugamos para visitar el castillo del Rey Don Dinis. Nada más cruzar su puente levadizo nos encontramos con Calipoli, el grotesco fetiche de esta tierra verde y de sus hijos, los calipolenses. Nos  resultó simpático desde el primer momento.

En el museo que Calipoli guarda con celo, se mostraba el gabinete de curiosidades americanas y egipcias del rey Don Luis (hijo de don Carlos); además de un llamativo batiburrillo de objetos históricos: monedas romanas (pudicia, diana, seguritas, pax, fides); lucernas rotas que -con gran tino escénico- habían sido arrojadas por los pasadizos; una muestra de pilas bautismales de mármol, colocadas bajo la bóveda central del salón de armas; arpones balleneros decorando sus muros (entre los que se encontraban los que pertenecieron al mismo rey don Carlos -un excelente tirador al que le complacía escopetear a las cornejas encumbradas en la cúpula de la iglesia-); marfiles tallados con antiguas escenas marineras: navíos comerciales con hombres en cubierta fumando en pipa, esclavos africanos encadenados, y también bellas damas inspiradoras de tantas leyendas épicas; no faltaba tampoco la colección taxidérmica de un insaciable cazador africano.

Al salir del castillo tomamos un tentempié; y “carretera y manta”.

Tocaba volver por donde habíamos venido, y al pasar otra vez por Alandroal no pudimos resistir la tentación de hacer un alto para cruzar, a pie, el paso de cebra que tanto nos había gustado.

En Terena nos sorprendió un chaparrón. Calados hasta los huesos, nos refugiamos en la llamada Puerta del Poblado que daba acceso a una fortaleza señorial del periodo manuelino; en un estado de dicha febril nos dimos un valeroso beso. Ahí lo único que se movía era el agua que caía; y unidos en amoroso abrazo sentimos tal placidez de espíritu, que nos hubiera gustado postergar indefinidamente aquel momento.

Hasta que toca empujar el coche no se viaja de verdad. “La pequeña bala” habría cogido frío; pero era resistente, y sin duda tan rápida como esas yeguas lusitanas a las que fecunda el viento Céfiro. Empujándola un poco -¡la solución deus ex machina!- salió disparada.

Monsaraz es un reducto de cal y pizarra sacado de un cuento árabe. En la transición que iba de la sombra a la luz y con la complicidad de lo morisco y el arte ojival, la atmósfera celeste propició la filosófica pregunta que me hizo Viki:

-¿Querrás ir conmigo del sol a la sombra y de la sombra al sol…, cuando seamos viejos?

Miré hacia abajo; se veía la presa de Alqueva que había transformado la fisonomía del Guadiana; ese río que los latinos divinizaron por “abundante en riquezas” y al que representaron como a un anciano barbado que, recostado en las arenas de la ribera, acaricia unos juncos con las yemas callosas de sus dedos.

Apoyados en una pared tan encalada que se diría que era de “crema chantilly” -superados ya por tantas epopeyas aristocráticas- le contesté que sí; que siempre querría ir del sol a la sombra con ella…, y entonces, nos pusimos a cantar a capela: entre tu pueblo y mí pueblo/ hay un punto y una raya/ La raya dice no hay paso/el punto vía cerrada/.Y así entre todos los pueblos/ raya y punto, punto y raya

Colmando nuestros anhelos de abandono trotamundo, abrimos la maleta, y al sacar el queso, el rollo de papel higiénico y la navaja, supimos lo que era sentirse cuasi libres. Eso era lo nuestro: dar vueltas y vueltas por esa hermosa región, para converger con idéntico impulso totalizador y vivificante en una danza “girovaga” que celebrase la alegría de vivir.

Sin embargo, en Moura supimos debíamos poner fin a nuestro viaje hacia el Sur; y cambiando de rumbo, nos dirigimos a Villanueva del Fresno. Cruzamos un puente y en “cero-coma” rebasamos la frontera inexistente.

Le conté a Viki que yo había cruzado esa frontera subido en un camión cargado de cerdos ibéricos (uno pesaba setecientos kilos). Viajaba “a dedo”. ¡Quizás fuese el último autoestopista de la tierra!

-¿Sabes que le contesté al policía de frontera cuando me preguntó de dónde venía y a donde iba?

-¡”De mis soledades vengo y a mis soledades voy”!

-Eso, en realidad, es lo que me hubiera gustado responder -terminé por confesarle.

Viki se rió estrepitosamente.

Repentinamente, un rayo de sol se coló entre los alcornocales desollados, resbaló sobre el lomo de un cerdo ibérico, y terminó por iluminar a una minúscula flor lila que había entre el musgo.

Cuando llegamos a Jarandilla de la Vera -“nuestro valle de los pasos perdidos”- se levantaba la niebla. Los robles -desnudos en la cumbre de la montaña humedecida- apuntalaban el cielo plomizo. Los estorninos, brillantes, seguían donde los habíamos dejado: posados en cada una de las almenas de la iglesia templaria.

Nuestro mastín atigrado, recostado en el muro de piedras cuajadas de ombligos de Venus, se levantó moviendo el rabo y nos dio la bienvenida.

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