Una escapada a la llanura. Autor: Julio Lencero Bodas

Con un truco panorámico que expandió el horizonte agostado de las tierras de paso, el nubarrón descargó dos rayos a ambos lados de un cortijo distante

Habíamos salido de Madrid y dejado atrás el toro de Osborne; en medio de los Nuevos Planes de Ordenación Urbana. Al llegar al cruce de Villacañas con Quintanar de la Orden, dimos unas cuantas vueltas a la rotonda, sin decidirnos a tomar una dirección determinada. No podíamos dejar de reconocer que con esa “relativa” forma de viajar habíamos conseguido perder dos horas al entrar en Ocaña (pensando que tenía forma de pueblo). Paramos en el arcén con la intención de estudiar la ruta en el mapa de carreteras; fue entonces cuando creímos ver, en un charco salobre cercano, la estela rasante y huidiza de unos flamencos rosados.

Nosotros, a diferencia de las aves, carecíamos de un rumbo migratorio definido, y decidimos seguir a nuestro libre albedrío por Al-manchara -con las ventajas y desventajas que procura el azar-. A la vieja usanza de la caballería andante.

Pasamos de largo por Quintanar de la Orden (con un pie en el estribo) y nos detuvimos -a estirar un poco las piernas- en el Toboso. En las calles reinaba la canícula. Por casualidad, topamos con unos arcos ojivales ocultos en el patio interior de una casa solariega, de cuya precisa ubicación preferimos no acordarnos. Uno de los arcos -sellado en la reverberante tapia de cal- nos recordó al construido por el sabio Apolidón; ese arco encantado que solamente podrían traspasar los leales amadores que lograsen equipararse a Amadis y Oriana; entre nosotros (mi copiloto y yo) no tenía mucho sentido el intentarlo y, además, era llegado el tiempo del mojete, el queso y las migas…; en la venta “La Noria de Dulcinea”.

Con los cafés sobre la mesa, desplegamos de nuevo el plano de la región, y concentramos nuestras miradas en unos puntos irresistiblemente azules: las lagunas de Ruidera; y con ellas la posibilidad de darnos un chapuzón en las intituladas “playas manchegas”.

Costó arrancar el sopor de esa siesta globalizada e imprescindible; “aquel reposo que parecía solidificado” en palabras de Azorín.

Nos pusimos en marcha.

Desperdigados por los rastrojos del campo vislumbrábamos retazos de piedra y adobe; palomares derruidos, un “bombo” (original refugio embrionario de pastores); el perfil de un muro en el que aún se apoyaba una tinaja aceitunera rota.

Por el castillo de Peñarroya comenzamos a ascender por lomas de monte bajo. Al situarnos por encima de los enigmáticos humedales, la carrera de una perdiz por delante del automóvil acentuó la quiebra del paisaje. Por allí, en veneros y manantiales cercanos, nacía el Guadiana -el Anas Bonis Bene de los romanos-, y los chaparros calcinados (y alguna solitaria sabina), son sustituidos por masiegas y vegas palustres.

La luminosidad que procedía del fondo de una de las lagunas (La Lengua)  formaba un hongo de luz prodigioso, de un color que acaso podríamos intentar describir mediante la vaga expresión:”otro de los verdes-ruidera”. En ella, si no nos lo impidiera la altura del alero de tobazo que la cercaba, nos hubiéramos dado con gusto el tripazo pendiente.

Fue en La Colgada, en cuya espejeada superficie se diluía el graderío de álamos temblones del ribazo opuesto, donde al fin, separando con nuestros cuerpos ardorosos a una pareja de palmípedos, nos pusimos a remojo. Luego, revitalizados ya por el chapuzón, nos dimos un paseo por los alrededores, descubriendo rincones de gran belleza.

El revoloteo de un abejaruco nos llamo poderosamente la atención. Daba la impresión de avanzar sí, pero en sentido inverso, como replegándose con un vuelo caligráfico y excéntrico. Así; como haría su labor un buen literato: rastreando algún dato crucial perdido en los archivos cósmicos,.

Nos fuimos al pueblo. Cerca de un palacete desahuciado (“La Casa Grande”) una mujer estaba dando a pulso el azulete -a modo de zócalo- en una tienda de ultramarinos de las de siempre: con letras de sopa y sopa de letras. Sin soltar la lanceada brocha, empezó a contarnos que antaño, cuando ella era una niña cortijera, un roce con esa pintura dejaba la piel tiznada dos días; pero que hoy en día, una vez que se secaba, podía tocársela sin ningún peligro de mancharse. A continuación, sin necesidad de preguntar y con una sonrisa que dejó al descubierto una boca chapada de oro de ley, nos informó de la existencia de la fábrica de pólvora de don Gabriel, hijo de Carlos III; también de la existencia de una sala museística de reciente apertura llena de “perolos revolondos muy apañaos”.

Intrigado por sus palabras le propuse a mi compañera una visita al museo.

-Antes un chato de vino y unos caracoles “asaos”-, replicó la hermosa manchega.

Acaté de buen grado el programa. He de confesar que cayó toda la botella (ella, con el vaso de cencibel entre las manos, resultaba ser tan poderosa como una sacerdotisa ibera). Desde el bar vimos cruzarse de acera a un tipo, con una tubería retorcida bajo el brazo. No tardaríamos en averiguar que cargaba una cañería romana.

En el museo nos recibió el sujeto que habíamos confundido con el fontanero local. Salvador Jiménez, psicohistoriador autodidacta que, con una frescura de la que carecen muchos “expertos en “, se dispuso a transmitirnos su inquietud por los tiempos pretéritos. En una sala de cien metros cuadrados cedida por el ayuntamiento, había conseguido reunir una interesante muestra arqueológica de cronología dinámica que, haciendo especial hincapié en la edad del Bronce y la cultura de las Motillas (1800 a.c.), abarcaba desde la Prehistoria, hasta prácticamente la actualidad. De la cultura de las Motillas, localizada en los cerros que permitían el control visual de las lagunas -las auténticas reguladoras de la capacidad biológica-, apenas quedan vestigios por culpa de las pezuñas de un millón de ovejas baladoras-; se caracterizaba por unos recintos concéntricos y una defensiva torre interior a la que se accedía mediante rampas.

Colocados entre las armas, las herramientas y los ajuares antiguos, algunos objetos destacan por su singularidad: una bellota dulce de bronce con su cascabillo perfecto (-el delirio áulico de Crat, la rata-ardilla de Ice Age- me susurra mi amor al oído), que nos da idea del relevante papel que jugaba el nutricio y básico alimento en aquellas edades remotas; un amarfilado huevo de cuarcita. ¿Qué puede ser más significativo que aquel primer exvoto arrojado al camino que, al rodar y rodar, manifiesta estar en el sitio donde reside El Génesis?; “Venus geomórficas”, ídolos globulares de arenisca que uno se atreve a asociar con los más primitivos cultos a la fecundidad; una simple piedra pómez, que al no lograr adivinar si fue usada para curtir pieles o para quitarse las callosidades de los pies -que no del alma- adquiere un significado emocional insospechado…

Existía –pensamos al salir del museo- una metafórica complicidad entre este singular personaje, y el abejaruco amauta de vuelo primario. Salvador fue emigrante en Alemania, pero regresó con la intención de recuperar la exuberancia de su niñez en las lagunas. También él, con un vuelo reflexivo en pos de la memoria, era un pájaro explorador que enriquecía, con sus aleteos, el devenir.

Decididamente, habíamos acertado con nuestro errático recorrido por la cuenca del alto Guadiana; sobre todo teniendo en cuenta que la magia de las cascadas –“aquel rugido del agua que parecía que se derrumbaba suspendido desde los altos montes de la Luna”-, pende de un hilo cuasi invisible.

Regresamos a la urbe. Se encienden las luces amarillas de bajo consumo, llegan las sombras, y el avetoro -a kilómetros de distancia-, emite su grito crepuscular.

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