¡Embora! (¡Vamos!). Autor: Julio Lencero Bodas

Una línea de rascacielos se extendía frente al Pacifico; su alargada sombra avanzaba por la arena y tan solo por los resquicios entre sus recortadas moles, se colaban los rayos del Sol; brillaban como dientes chapados en oro.

Su primer día en el cono sur transcurría en calma; así, sentado en la última fila de sombrillas, tomando caipirinhas conforme la pleamar inundaba la playa y las “garotas de programa” se daban un último baño.

Con la llegada del crepúsculo tuvo la sensación dulce y neumática de unos labios posados en los suyos.

—Está “apaxionado” —soltó la chica del socio.

—No…, es otra cosa — dijo Latia, su amiga.

Había sido pisar tierra… ” y besar al santo”.

Como los de Tudela —pensó el recién llegado a Brasil.

El firmamento caldera se tornó perla.

Las mozas del hotel andaban tiradas por el suelo de la cocina, escuchando por la radio a Caetano Veloso.

Setenta y siete ostras -regadas con innumerables caipirinhas- más tarde, preparan el petate dispuestos a viajar en ómnibus, de noche, hasta Salvador de Bahía. Así se ahorran una noche de hospedaje.

¡Embora!

La alborada les recibe con un paisaje campestre punteado de ganado vacuno y palmas reales; en el porche de una cabaña un mulato enciende su cachimba; los gallinazos, aspirados por las corrientes aéreas, planean sobre sus cabezas.

En un lugar llamado Estancia aprovechan una parada del bus para comprar, en la estación, camisetas floridas, y muchos, muchos caramelos.

El novato saca un billete de cincuenta reales para pagar.

—Procura no enseñar de ésos —le aconseja su amigo, el experto. Aquí, por un billete de tal cantidad se empiezan a matar.

Salvador de Bahía: edificios pulcros y futuristas orlados de palmeras imperiales, y algunos palacetes en vías de derribo; por delante de la fontanela de una quinta modernista en la que se apiñan trastos (no, por supuesto, los muebles de jacarandá, ni las sillas austriacas -menos aún algún cuadro despistado de Frans Post, de Telles Jur, de Theopile de Jesús, o de Rugendas- reza en un cartel: “La especulación no es broma”.

La pensión Miki’s en Barra, en lo que uno de los dos amigos ha tardado en ir a Recife y volver -para recibir al otro en el aeropuerto-, ha cambiado de nombre. Ahora se llama el “Besa Flor”; en la terraza, un tipo con pinta de lobo de mar (más tarde sabrían que era siciliano)  soba las piernas a una morena.

Cruzan la calle y frente a los muros del fortín holandés de Santa María, apoyándose embelesados en la baranda, se quedan largo rato mirando el quilombo montado en la playa. Las olas mecen a los bañistas.

¡La vida es una playa!

El ocaso trasforma al Sol en un huevo pasado por agua.

Esa misma noche, uno de ellos se sienta en la terraza del “Besa Flor”-separada de la calle por un murete corrido de la altura de una barra de bar- y se pone a olisquear las flores del trópico a la luz de la Luna; mientras el otro, más intrépido y aventurero, aprovecha las penumbras para sumergirse en las sugerentes tetas de una negra.

Desayuno afrodisíaco en la terraza, incluido en la tarifa. Un colibrí revolotea alrededor del bebedero que pende de la viga del restaurante (abierto las veinticuatro horas).

A la vez que picoteaba con delectación la fruta,  el “novato”  dejaba hablar a su ojeroso colega que, títere de las sombras, le resumía los resultados de sus incursiones nocturnas:

-¡Acabaron mal…, siempre acaban mal!.

¡Por suerte que había zumos de manga, de sandía, de papaya, de abacaxi…, si no su carissimo amico -cavliaba el que le escuchaba- sería capaz de pedir un brandy Soberano!

.    Recostado en el murete, imprevisto, un tipo en tanga y chancletas les pide una raja del melón. Se la dan. La despacha con dos mordiscos y, antes de arrojar con desprecio la cáscara al suelo, le hace una señal a un taxi y se larga con viento fresco.

Al mediodía deciden ir a darse un baño en el océano. Nada más salir del agua hacen un guiño al cielo; y ya tienen nueva compañía: dos republicanas oscuras.

Un enano atlético que hace genuflexiones con un vaso de cerveza apretado entre los dientes se les queda mirando con los ojos inyectados en sangre En su camiseta leen: “Evite la resaca, manténgase bebido”.

Invitan a las chicas a un helado de guayaba y les dan palique durante un buen rato; pero luego, no sin antes dejar de quedar con ellas para más tarde, corren a sus cuartos a esconderse del terrible solazo.

Al rato bajan a comer; después echan la siesta, y al despertar se acicalan, y allá que van. Con vista larga y paso corto.

Pulula el gentío en Perurinho -el antiguo barrio de la nobleza bahiana situado en la parte alta de la ciudad-; en la plaza matriz las orixas bailan al compás de los atabaques y tambores (¡el frenético tambor también es tropa!); una andanada swing les hace tropezar aparatosamente en el empedrado carretero. ¡Dum-dum-dum-dum!,

De una logia de pintura salen llamaradas kitsch.

Aprovechan para hacer turismo cultural mientras llegan sus “franquicias”. Entran en la iglesia de San Francisco la de la “tonelada de oro”. En su interior, los despenados querubines les dejan perplejos (la polémica sobre su sexo aún es, en los trópicos, una tesis pendiente del aprobado). El Espíritu Santo parece estar copulando con un ave del paraíso.

Salen a la rúa, que pasándose por el arco del triunfo cualquier rigor histórico, explota espontánea en un instante, y ven llegar a sus “conguitas”. Se acercan chillando y con diez globos atados a los pelos: “¡Vamos volando! ¡Vamos volando!”; el resto de esa memorable noche la pasan abrazados a esas mulatas más negras que un zapato.

Nuevo desayuno en la pensión.

¿Qué hora es?, le preguntan a la camarera los “cansados” viajeros.

-¡Fala con Miki!

La filosofía del negocio se resume en esas tres palabras mágicas.

Embutido en una bata de seda amarilla, el presunto marino ducho en acariciarle los muslos a las nativas (ya decía Leonardo Sciascia “que allí donde una falda subiera unos centímetros por encima de una rodilla, habría de fijo, en un radio de treinta metros, en cualquier parte del mundo, un siciliano, al menos uno, espiando el fenómeno”) se dirige con paso de ambladura hacia el agua salada. Los negros de la playa, que no llevan ni toalla encima, dejan de dar brincos de capoeira y se giran en redondo; al dejar de moverse durante un segundo que parece eterno, quedan suspensos en el aire.

Da la casualidad de que es el Día de la Hispanidad y a ambos los dos, a la vez, se les ocurre arrumbarse al club español; para cuando mengüe el inclemente Sol.

Así lo hacen; paseo marítimo adelante, con las puntas de la cinta del Señor de Bonfim aleteando en sus muñecas. Compran unos cocos verdes a un vendedor que se los pela bailando el macúlele, y siguen adelante chupando por la pajita, atentos a todo: a la placa en memoria del escritor Stefan Zweig; a las pantorrillas de las mujeres de color (las blancas tienen los músculos gemelos más caídos); a los hilos portadores de cometas y a los anzuelos que atraviesan el firmamento; a los reflejos tornasolados del aceite de palma donde se refríen los acarejés de langostinos con su olor a taller de tornillos que a los dos pasos se mezcla con el de las dulces mangas.

El club está repleto de gallegos rancios, anclados en un pretérito de canciones regionales estridentes y los exploradores, decepcionados, no tardan en regresarse por donde han venido.

Ya está iluminado el faro de San Antonio. Los enamorados van tomando posiciones en el césped de Montserrat, un otero cardinal convertido en diorama del amor. Las barrenderas limpian del asfalto las cañas de azúcar espachurradas. El último vendedor ambulante de palos de queso caliente se los aproxima con baile pugilístico, y cantinela incluida: “eu visual, eu visual”.

Cenan feijoada en un bufé a kilo (cobran al peso), y después se toman unas caipiroskas en la terraza del Besa Flor.

Vestida de “rojo- infierno”, la negra Tomasa se contonea en la acera…, se aproxima al murete y les da candela. Es “una loca controlada” -dice-…; y el mismo de siempre se sube con ella a la habitación a tomar un coquito. “Más allá del equinoccio no existe el pecado”, como dijo el cronista. Seguramente la negra Tomasa se alzó el modelito para enseñarle su lencería fina, y el español pudo disfrutar plenamente del sabor acre y exótico de su piel fría de abisinia, salpicada con unas gotas del perfume de fantasía “Op’s”. Y también es más que probable que ella, antes de salir de la habitación, se colocase sobre el pubis un plumón blanco -surgido del fondo del colchón- y seguro que le soltaría algo así:

—¡Vas a pensar que soy una macumbera!

Eran las nueve de la mañana. Fuera, en la calle, algún cafre aporreaba un bidón de gasolina; cuando cesó de dar la lata y, de nuevo, empezaban a conciliar el sueño interrumpido, alguien se puso a dar martillazos en la pared; y el Sol despertó furibundo.

Al bajar de las habitaciones los dos huéspedes observaron que la terraza había sido pintada con estilo tribal: en la pared, un hombre delgado se aferraba a un pez espada psicodélico.

Transcurrida una semana “así”…; calimosa en la distancia, serena, la isla de Itaparica les reclama a su lado.

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¡Embora!

Ven alejarse los rascacielos de Salvador de Bahía desde la barcaza; virtualmente contradictorio, un cayuco se desliza sobre las olas bajo el cielo gris-amarillento.

Al arribar a la isla alquilan una motocicleta, cascos y gafas azules y, sin pérdida de tiempo, se dirigen a Playa Grande en busca de unas cervezas “Antártica”.

En la barraca en la que recalan se encuentran a un compatriota echando una partida de ajedrez con un chileno; en la radio emiten un comunicado urgente; mientras los contendientes continúan concentrados en el juego, ¡la policía de Recife, dividida por la huelga, se ha liado a tiros!

Durante los siguiente días recorren los pintorescos pueblos de la isla con sus incursiones motorizadas. No forman un dúo eléctrico ni van subidos en un tráiler-orquesta, pero también resultan ser unos divertidos comparsas. Visitan la iglesia de la Veracruz (de los tiempos legendarios del rey Don Sebastián); está en el mato, sustentada por las raíces aéreas de los árboles yorubas (ficus, iroko, loko). Sus copas se abrazan sobre la cubierta caída. Unos pebeteros amasados con barro virgen y las cintas azules y blancas que atraviesan la nave, dan fe del culto a Yemanja (la diosa del mar); también ven la de Velázquez; apuntalada con el maderaje que la marea arroja a sus pies. Dentro, apilando botellas de plástico vacías a lo largo de sus muros socavados, un ermitaño recrea la luz de unos vitrales catedralicios. Y la iglesia de Concepción,  negra de hollín, desventrada y tétrica, a unos pasos del fulgurante Atlántico.

En un momento dado, con la intención de “hacer daño”, ponen rumbo a la playa. Sortean baches y un altar vudú (una cruz, unos cirios derretidos, unas estampitas quemadas, y cristales rotos); y vuelto de espaldas, un payaso de plástico). Al doblar una curva, la policía les echa a la cuneta. No han cometido infracción alguna ya que se rigen por el código circulatorio europeo, el napoleónico, el suyo, el único. Todo está en regla, sin embargo la polcía no tiene intención de dejarlos irse de rositas. Les demandan los papeles.

—Por no poseer pasaporte son 650 reales —les advierte el sargento.

—Oiga —protesta el piloto—, que entiendo portugués y poseer…, poseo. Sólo que no lo tengo encima; si me da diez minutos se lo traigo.

—¿Ustedes quieren arreglarlo?

—¡Queremos! —contestan ambos al unísono—. Y, entonces, el agente, sobre el capó del coche, escribe una cifra gótica en un papelito: cincuenta realillos de nada.

Les alcanza con lo que llevan encima; sin necesidad de quitarse el cinturón del coronel Tapioca donde esconden los dólares. Meten los billetes entre los papeles de la moto, y se los entregan al suboficial, que se aleja unos metros, y al cabo, vuelve satisfecho del resultado de la inspección. Les extiende la mano cordialmente y los desea un buen viaje.

—¡Vaya! Una de putas, una de policías y… ¿qué nos falta?—graznó uno de los viajeros.

—Una de camellos — le respondió el otro con voz áspera, cavernosa..

¡Están salados!

¡Con el gusto que le estaban cogiendo a su derrota “retirante”! ¡Justo ahora que -deseando escapar para siempre de la mortal rutina del despacho de la oficina- estaban soñando con romper, en pedazos, el billete de vuelta a Madrid!

Tienen una idea providencial (nada que pueda tomarse en serio aunque sea de una lógica irreductible): ¡ir en busca de diamantes!

¡Es su única oportunidad de resistir!

Concentrados en los planes de su nueva empresa, despliegan el mapa sobre la mesa del chiringuito. En el interior, Lencois -un pueblo fundado a principios del siglo XIX por coroneles y pedristas- se ajusta perfectamente a sus planes.

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-¡Embora!

¡A la Chapada diamantina!

Van quedando atrás las favelas de la ciudad, dando paso a los campos de caña abiertos al vuelo del urubú, a los termiteros adosados a las horquillas de extraños árboles: ¿o serán nidos de hormigas cacaremas?; a las llanuras holladas por caballos bayos. Una nube se queda atascada en un pan de azúcar.

Un sol de “Panavisión” les da de plano cuando pasan por Itaberaba.

Por fin el ómnibus se despeña por la pendiente de un cañón sangriento, y llegan a Lencois.

Lo primero es tomar una cachaza. En la cantina un sertanejo canturreaba boleros románticos. Canturreaba y era feliz; aunque quizás no lo sabía. Apoyó la espalda en la barra, movió la cabeza de un lado al otro, la echó hacia atrás, y se metió de golpe un trago de aquel alcohol de caña casero.

—¿Hay cachaza Pitú? —preguntan al camarero.

—No.

—Pues ésta es buena —interviene el hombre del sertón.

¡Había que curtir la vida! Que luego no se quejen,.si por beberse aquello les sobreviene una muerte lentamente anunciada por la hinchazón de los pies. A continuación cenaron mocotó, o sea, pezuña de buey. Se tragaron aquel establo sin rechistar, y después se fueron a buscar un hostal donde pasar la noche.

Ya estaban tumbados en las hamacas cuando escucharon los tambores sagrados del candomblé. Se incorporaron de un brinco, y dejándose orientar por el redoble de los tambores sagrados, alcanzaron un puente donde  su sonido, tan pronto a un lado u otro del cauce, logró confundirles y hacerles desandar sus pasos para preguntarle a un vecino por el lugar de origen de la “fiesta.

Sobre unos escalones en los que crecen unas matas de hibisco, esta la puerta abierta de la que sale la música.

—¿Ves eso en el dintel?— le dice el veterano a su amigo.

—Sí, es un cuerno de toro— responde el interrogado.

—¡Pues te lo van a meter por el culo!

Negando tal posibilidad con la cabeza, el pobre diablo metió la punta de la nariz por la puerta: una negra albina se contorsionaba junto a un hombre vestido de morado y con la frente ceñida con un pañuelo de seda. Era el “pai do santo” que también estaba dando rienda suelta a sus delirios más profundos; los demás participaban de la ceremonia palmeando y entonando melopeas. Detrás de él asomaban los santos de madera.

Corre el sudor por los cuerpos. Redoblan el ritmo de los tambores. La hiperactiva bruja se lleva la mano al pecho, bate el suelo con la planta de los pies y, en trance, va levantando a las demás mujeres, y las abrazar.

Por fin se retiraron a dormir.

Amaneció entintado, pero las nubes se fueron aguando, aguando, hasta diluirse por completo en el éter azul.

Había orquídeas sin florecer camino a Serrano, por el lecho de greda que atraviesa la sierra de Sobradinho.

Por delante de ellos va husmeando el perro de la pensión. Dan los buenos días a un anciano que está sentado en el quicio de la puerta de su casa. No les responde. Permanece tembloroso y agarrado a su cayado bíblico; parece cautivado por el trino lujurioso que a sus espaldas, en el sitio más verde de la sierra tropical, emite un pájaro pez-frito.

Llegan a las cachoeiras -las cascadas-, y los trotamundos, sin pensarselo dos veces, se arrojan al agua en calzoncillos. Con gran placer dejan que la torrentera de aguas férricas les bata las cervicales. Ya más relajados, se sumergen en las pozas con la ridícula pretensión de encontrar, en su fondo, algún brillante. Naturalmente, salen con las manos vacías.

Entre los cobrizos y esmeraldas de la floresta resaltan vivamente los trapos puestos a secar sobre unos peñascos, que lavan unas mujeres.

Sentados a veinte metros de distancia, unos individuos les hacen señas para que se acerquen. Tienen pinta de garimpeiros (¿venidos a menos?) que se disponen a guisar un lagarto que han cazado con un tirachinas.

Se acercan a ellos.

-¡Esto esta esquilmado! –les cuentan conteniendo la risa.

-El rey João III -le explica el que lleva puesta una gorra guevarista- se llevó todos los diamantes que, desde el origen de los tiempos se habían ido depositado en el fondo de estas pozas. Por cubos. Hay que alejarse mucho si lo que quieren es encontrar un pedrusco del tamaño del Koh-i-Nur (La Montaña de Luz) y, además, deben saber que los motores hidráulicos están prohibidos.

Los garimpeiros no consiguen desalentarlos. Todo lo contrario; haciéndoles partícipes de sus deseos de libertad, logran que ellos se presten -por la “boca de saco” y unos pocos reales- a colaborar en su empresa.

Están dispuestos a ir donde sea, a cribar y batear, como gambusinos de pro.

Las lavanderas, cargadas con los cubos rebosantes de trapos (faldas, camisetas, pantalones, sostenes y bragas) agarran el camino de vuelta al pueblo; y ellos, convencidos de que su buena estrella tiene que dar la cara de una vez, quedan en salir con ellos de expedición.

Ellos también se vuelven al pueblo.

En el primer bar que les sale al paso, piden unas cervezas heladas. Con animo de excitarlo -mientras se la toman- intentan imitar el canto del bigode mustio que esta en una jaula que cuelga de la pared.

—Y ahora…¿Qué hacemos?— pregunta uno de los dos.

—Nada — contesta el otro.

—Está bien, está bien…

Siguen pues, vaciando latas de cerveza.

    —¡Mira qué celta! —suelta uno  al ver pasar por delante de sus narices a un bardo con coleta. ¡Irradia buen rollo!

Efectivamente; a su alrededor reinaba una gran animación. Del valle místico de Capao llegaban a la fiesta promocional del turismo de aventuras organizada por las autoridades competentes, los druidas, astrales, y chiflados diseminados por esa tierra erizada de cactos y árboles achaparrados, tortuosos y cenicientos: la catinga.

Todo iba la mar de bien, ahí sentados, en medio de la “movida”; hasta que a la hora de pagar pretendieron cobrarles como a gringos (y no como a canadianos pobres). Pero son tíos bragados y no lo consiguen.

De ahí se fueron a la ceresta, el baile agarrado, la pura ranchera o country brasileño. Aprovechando la penumbra del local, alguien agarra del brazo, con sensual firmeza, a uno de ellos (¡qué más dará cual!), y lo arrastra a la pista para bailar un romántico bolero.

¡Todo pasó muy rápido!

Cuando alzó la vista, el agraciado vio a una docena de individuos que le miraban y se reían de él; entonces puso los ojos sobre el cándido rostro de su pareja de baile: un virago con bigote. Una amazona marimacho. Tuvo suerte, y pudo zafarse. Salió corriendo.

Al día siguiente -según lo habían planeado-, salen de expedición en dirección al río Everaocima.Pero una vez en el lecho del río -después de batear y cribar grava durante tres días sin obtener el menor resultado-, empiezan a darse cuenta de que no habían calculado bien los riesgos; para aguantar allí se necesita repelente de mosquitos a galones. Según transcurren las jornadas empeora la situación. Sus esperanzas van yéndose al garete.

Toman la “sertinha”, la de “todo tiene arreglo”, y siguen tomando hasta que llegan a la “saidera”, la de la espuela…

—¡Embora! —dice el compañero desolado.

—¡Embora!

¡A la dichosa Europa!

(De no ser que por el camino sean secuestrados por algún bienaventurado discípulo de Antonio el Consejero, aquel “bandido-honrado” que protagonizó la guerra mesiánica de Canudos).

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