Bienvenido a la tierra de las flores. Autor: Julio Lencero Bodas

El pueblo lacustre de Xochimilco -actualmente pegado a la metrópoli- aún conserva algo de aquel sosiego flotante que nos transmiten las obras de los viajeros artistas: William Bullock, Pelegrín Clave, Mauricio Rugendas, Thomas Egertón, o Henry White.

Para visitar sus canales en un día festivo cualquiera, abarrotados de embarcaciones de todas dimensiones y capacidades -desde la chalupita de la florista cargada de crisantemos, hasta las barcazas con capacidad para sesenta personas con las que la asociación de “Los Sabios de Chichilico” (herederos de los aurúspices que pronosticaron la llegada de Hernán Cortés) realizan paseos ecoturísticos-, tendremos que elegir una de las trajineras que, por su nombre de mujer, nos conmueva y haga soñar. Si la suerte nos acompaña, daremos con un hombre de plática cortés y buenos brazos para bogar. Como Santos Contreras.

Se sale del canal central a la velocidad de unos caballistas “charros” que pasean por la orilla sombreada por álamos y sauces ribereños; pronto avistaremos “la chinampa de las muñecas”, así conocida por los idolillos falsos que tiene apuntalados en las estacas de su cerca. Las chinampas son el gran invento de Acetonelli, primer Señor de los xochimilcas: sementeras movedizas, terrenos flotantes permanentemente húmedos donde se cultivan las hortalizas y flores de ornato, entre ellas la flor nacional, la dalia.

El barquero, con un enérgico impulso de remo, empieza a contarnos las fiestas que hacen en honor del Niñopan -un querubín de madera de colorín de apenas cuarenta centímetros de tamaño-. Se celebran durante las posadas, del 5 al 24 de diciembre (desde este día, hasta el 2 de febrero, el Niño-dios permanece acostado en su cunita; pero ese día se le sienta sobre sus “posaderas”, y este acontecimiento se celebra con alegría y devoción (igual que se hizo antes de que naciese con la arrullada).

-Desde que empieza a gatear –nos cuenta Santos Contreras-, el Niñopan es de instinto travieso; se dedica a sus correrías por los barrios de Xochimilco, mientras su nuevo mayordomo (que ha de hacer la mudanza de sus ropas, potencias y gloriosos ornamentos), desesperado, anda tras sus pasos; al fin logra darle caza y -después de ir a misa en la iglesia de San Bernardino-, se lo lleva en brazos a su casa. Ya solo saldrá acompañado por una comisión de vigilancia que no le pierda de vista; y sólo para visitar a los enfermos, o hacer otros menesteres similares. Siempre es bien recibido y el pueblo, gustosamente, le ofrece misas y manjares; también se le piden favores. Una vez al año, su cuidador lo lleva en procesión a la cumbre del Ajusco, y juntos recorren sus bosques de cedro y oyamel, el abeto autóctono al que son tan aficionadas las mariposas monarca.

Platicando sobre las creencias espirituales del lugar, hemos llegado al embarcadero de Nativitas; hombres entijeretados de piernas, nos sonríen desde los entarimados que hacen la función de salones de baile; en sus góndolas, con demora complaciente, los músicos incurseros (cargados de enormes instrumentos) se nos van acercando desde vericuetos y arroyuelos escondidos. El aire se llena de acordes sincopados: “La Malagueña”, “Cielito Lindo”; “Veracruz”, “La Chiapaneca”, “Fina Estampa… Mi preferida -tocada con la marimba- es la Sandunga, un canto a los muertos de Juchitán; la melancolía nos embarga, e intentamos imaginarnos lo que un día, ya lejano, fue este lugar: un sistema ecológico integrado y completo, de gran biodiversidad y riqueza, basado en el conocimiento del poder poligenésico de las aguas.

Las primeras tribus nahuatlecas que se asentaron por estos rumbos en el siglo XII, fundarían su ciudad en el fondo del valle de Anáhuac; para ello tuvieron que eliminar las aguas dormidas, cenagosas y miasmáticas de la laguna. Más tarde, los aztecas cimentarían sus templos de Tenochtitlan con piedra volcánica, ligera y porosa. Primero “acostumbraban” al terreno -un suelo arcilloso- con cargas progresivas, para que no se produjesen hundimientos diferenciales en las edificaciones, y quedasen bien asentadas; principio básico de las obras hidráulicas que no siempre fue empleado por los españoles, como se comprueba en las fachadas corcovadas de algunas antiguas casas coloniales (por las que parece que se hubiera arrastrado el cuerpo de la Serpiente Emplumada). Los ingenieros mexicas construyeron canales, diques, acequias y acueductos, mejorando constantemente los drenajes que evitaban las inundaciones causadas por las torrenciales lluvias estacionales.

Y el valle -situado a dos mil doscientos treinta y seis metros sobre el nivel del mar-, se trasformó en un fabuloso vergel (para admiración del cronista Bernal Díaz del Castillo).

Xochimilco mantuvo su imagen paradisiaca hasta el siglo XVII, cuando el líquido elemento se convirtió en la principal fuerza energética y motriz. Alexander Von Humboldt no tuvo reparo alguno en señalar -con motivo de la construcción del Gran Desagüe durante el Imperio-, que los españoles, “amantes de la tierra firme y seca, trataban al agua como si de un enemigo se tratase”. Aunque fue con la pompa porfiriana y los rápidos cambios de principios de siglo XX, cuando realmente se empezó a notar el deterioro ambiental (hasta mil novecientos treinta y ocho -cuando se cegó el canal de la Viga- se habían seguido transportando productos agrícolas por medios acuáticos, hasta la Ciudad de México). El Xochimilco mítico –ya gravemente herido- quedo inmortalizado en la película “A la sombra del jagüey”; en ella se ve el ojo de agua y el ahuehuete milenario (caído poco más tarde) que durante siglos había dado cobijo a los enamorados.

El proceso degenerativo que empañó el “espejo de obsidiana” ha tocado fondo en los últimos decenios, a causa del crecimiento imparable de la red urbana y la sobreexplotación de los mantos acuíferos; y ha dejado poco espacio para las visiones colectivas de los agricultores de verdolagas y romeritos que todavía veneran al agua, pues ellos no la ven como un translucido e insípido fluido químico… No hay que ser Tales de Mileto para darse cuenta de que la vida tiene su arranque inicial en ella, y de que, como elemento primordial para la supervivencia humana, merece el respeto que se debe a los seres vivos (pues todo, al fin y al cabo, nace y muere en él).

Le digo a Santos Contreras que es una lástima que las trajineras ya no estén decoradas con flores naturales, sino con flores de papel picado; y me contesta:

-Solamente, el Viernes de Dolores, las cosas son como en el pasado…    ¡Cuando uno podía beber, con las manos, el agua de los canales!.

Desembarcamos con la sensación de olfatear por última vez, con un resto de pituitaria ancestral, el aroma de Babilonia.

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