Lorbé. Autor: Rubén Suárez Carballo

Cuando escuché por primera vez el nombre de Lorbé fue por sus mejillones en una conversación casual y la voz familiar de mi prima sin mostrar mayor interés por el lugar. Cuando lo escuché por segunda vez no pude evitar la comparación del topónimo con alguna población de los fiordos noruegos, quizá por eso me interesa aunque siempre hay quien diga que para gustos existan lugares, porque los colores los pinta la naturaleza y los destaca el sol.

¿Sol? No se le esperaba en un día plomizo aunque fue un día inmejorable cuando la mano que te lleva lo hace inolvidable. Que llueva o haga frío no importa y a veces las condiciones climatológicas ayudan a que los rincones parezcan más lejanos a lo que en realidad están. En este caso quizá lo hicimos apartado porque mi torpeza nos hizo dar vueltas en las rotondas de la carretera como los caballitos dan en un tiovivo. O también la indecisión a querer visitarlo todo a la vez, desde un solitario faro, el pueblo de Mera y algún rincón más de una costa que mezcla los verdes intensos con los azules oceánicos. La niebla encerraba el viaje en el misterio y al mismo tiempo en la complicidad. La niebla abrocha el paisaje y oculta la visión pero también esconde o quizá vuelve íntimos los momentos.

Lorbé no es lejano ni inaccesible, sencillamente es uno de esos sitios donde el asfalto termina y hay que volver hacia atrás apenas doscientos metros para situarse en la vía principal. No es remoto porque está a un tiro de piedra de A Coruña y a un paseo de Sada. Lorbé no es nórdico, ni tan siquiera puede llegar a pronunciarse con el exotismo de otros parajes como se antojan los pueblos que rozan el Círculo Polar Ártico. Hablar de lo próximo me hace sentir que carece de mérito, al igual que un viaje corto no conlleva la emoción de un viaje largo. ¿O sí? Claro que sí, cuando se vive con intensidad.

Bajamos la empinada cuesta engullidos por una garganta de alquitrán y retorcida como la concha de un caracol. Unos comensales alargan la tertulia de la sobremesa fuera del restaurante. En una nave trabajan la madera para darle forma de cuadernas, de casco, de quilla. La rampa del astillero entrega al mar lo nuevo y recoge lo viejo para reparar. En cierta medida esa pendiente de cemento que penetra en el agua salada me trasladó a la factoría ballenera de Caneliñas en A Costa da Morte, y a un recuerdo infantil con fuerte olor a sangre.

Unas líneas blancas paralelas marcan el aparcamiento para el coche y una hilera multicolor de barcas apoyadas sobre una barandilla diseñan un cuadro de texturas que aportan el elemento necesario para llevarse la foto del sitio. Un paseo breve por un espacio breve. El guiño bucólico a un pequeño islote que configura un escenario de aventura y piratas pero sobre todo tus manos, tus brazos cuando se apoyaron en el dique y tu mirada dejó algún pensamiento en el agua y volviste a mis oídos con la pregunta de no saber que tanta belleza encontraba allí. Tú, tus besos, nuestras fotografías y la tarde juntos.

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