Viaje ad inferos. Autor: Fran Nore

Ese bifurcado anochecer la vigilia podría ser tormentosa.

Desfallecido, pero confortado de la caminata por los alrededores del valle, Antonio regresaba a la casa y se reunía con los dos monjes maestros a empezar las oraciones en el altar de la sala donde Ivana tenía sus santos protectores. Alababan a Dios y pedían favores divinos.

A poco se reunía Ivana que seguía las oraciones en un férvido delirio.

Leonardo se crispaba de asco, los observaba desde una esquina de la sala, inmóvil, sin poder gesticular, sin interés de unirse a las plegarias.

Luego de las oraciones, se reunían todos alrededor de la mesa antigua del comedor, a cenar exquisitamente.

 – Entonces, ¿ustedes enseñan la evangelización?

 – La llevamos a todas partes de América –refirió Loan.

 – La palabra del Señor Jesucristo es comunicada a todos los hombres que se acercan al dogma –concluyó Vernet.

Pasado un cuarto de hora había terminado la cena.

Ivana amontonaba las escudillas para llevarlas a fregar a la cocina.

Loan y Vernet, los maestros acompañantes de Antonio, conversaban entre sí, mirando a Leonardo y cuchicheando sobre él.

Antonio parecía cansado de un modo perceptible, adoptaba una posición ceremoniosa entre sus rezos de velada eucarística.

Leonardo sentía una soporosa inquietud en el aire enrarecido.

Antonio, inquieto por una ardida herida que llevaba oculta en su interior desde años atrás, con voz ronca comenzó a relatar a Leonardo y a su madre los sobresaltos de su vida en Las Congregaciones y fuera de ellas.

“Escapé de Las Congregaciones de los monjes franciscanos peregrinos. Los pueblos colonos eran consumidos por el hambre y las pestes. Multitudes de apocados hombres gritaban retorcidos de íngrimas rabias desde los umbrales marismosos de sus casas resquebrajadas, en las negras calles, sorprendidos en medio de aquellas landas de guerra y perdición. En medio de aquellos rumbos infernales iba yo anunciando la evangelización. Volvía al Monasterio sintiendo un amargo sabor de derrota. Allí me solían esperar estos dos monjes, mis más preciados maestros, que humildemente me ofrecían su compañía, su devoción y comprensión.  Cuando salía del Monasterio me alistaba para viajar en las caravanas. Recorría  los pueblos convulsos. Todas las barbaries de los marginados agotaban mis fuerzas y reservas. Pero los días que viajaba, con los monjes, descubría cada vez más la tragedia conjunta de América. En las caravanas escaseaban las viandas y el hambre se apoderaba de todos nosotros, nos azotaba de igual forma como nos azotaba la crueldad del clima. En nuestros cuellos colgaban las camándulas con sus crucifijos de metal cromado, las cambiamos por comida al recorrer los caminos: una crátera de vino dulce y unas migajas de pan al arribar a un mesón del trayecto. Así nos libramos por lo menos de dos días de aguantar hambre y sed. Un poco más tranquilos, en las caravanas, junto a mis maestros, Loan y Vernet, continuamos la travesía en los carruajes empujados por fatigados caballos, cruzando inmensos caminos de valles, planicies y montañas que se abrían ante nosotros como estampas de postales. Un vistoso atardecer, topamos con un Monasterio en medio del vasto camino hacia Ciudad Central. La niebla entre escarchados haces posaba en las alamedas, las desvencijadas gradas del umbral del caserón crujían por entre el viento, el  lóbrego  portón  habitado  por  gigantescas  arañas  revestía emblemas lustrosos acaso de una gloria antes esplendorosa. Se abrió la pesada puerta de la extraña edificación, rechinaron aullantes los antiguos goznes. El monje guardián que de súbito vimos aparecer traía entre sus blancas manos, relucientes cimbalines con los que ocasionaba un tétrico estrépito mientras en lo alto del crepúsculo asomaba una primeriza luna llena. “¿Qué comunidad es ésta?” Preguntó Loan, con inquietud. Pero el monje guardián evadió la pregunta y sólo nos señaló los pasillos del interior del recinto, nos instaba a que lo siguiéramos. Ninguno de los monjes quería bajar de los carruajes a seguir al desconocido. Entonces nos atrevimos a bajar, Loan, Vernet y yo, y a seguir con pasos cansinos al monje guardián. Entramos a la casona y nos internamos dentro del pasillo iluminado débilmente por el cirio que llevaba el monje guardián en sus manos esqueléticas. Tras de nuestras espaldas, el portón se cerró inesperadamente por la fuerza huracanada del viento súbito. Avanzamos guiados por el monje guardián que cada vez se alejaba más y más por entre los extensos pasillos, se perdía entre las laberínticas brumas, y allí daba vuelta, y en otro recoveco hacía lo mismo sostenido por las umbrosas paredes de piedra adobada. Entre mis temores de perderme, yo era como una fiera que se devastaba en vacilaciones. Perseguimos al obcecado guía fugitivo. Cada vez más se extendían los pasillos del misterioso Monasterio de álgidas paredes terrinas, oculto entre las montañas. Después no se vio la luz del velón ni se escuchó una sola respiración ni un leve ruido, tampoco el sonido de los címbalos del monje guardián ni sus pisadas de sombra que huía.

 “- ¿Y el guardián? –Preguntó Loan, con una voz de acento intrigado.

 “- No lo sé –respondió alarmado Vernet.

 “- ¿Qué fue de él? –Pregunté yo al mismo tiempo que respondía-. Me pareció haberlo visto doblar en aquella… parte… -Indiqué con el dedo extendido.

 “- ¿Qué dices? –No escuchaba bien Loan-.  -Digo que nos hemos perdido… -Aclaró.

 “- ¿Y si el guía era un fantasma? –Preguntó alarmado Vernet-. Un fantasma que nos quería hacer entrar aquí con el propósito de perdernos…

 “- ¡No puede ser! –Exclamé, turbado.

 “- ¿Qué dices? –Volvió a preguntar Loan, parecía no escuchar nada, comenzó a sollozar mientras murmuraba oraciones en latín.

 “- ¡No sé, no sé! –Vernet estaba como enloquecido.

 “- ¿Qué le sucede? –Pregunté sin saber quién de los dos contestaría.

“Y en aquellos infinitesimales pasillos, invadidos por el silencio hostil del interior del Monasterio y por una oscuridad avasallante, continuamos caminando adentrándonos mucho más profundamente.  Aguardamos un poco más, esperanzados en que el monje guardián regresara y nos rescatara. Sabíamos que pasaban tediosamente las horas, unas tras otras, y ya estarían preocupados los monjes de las caravanas por nosotros. De pronto era de noche, tal vez amanecía ya. Comenzamos a caminar fatigados, pegado uno del otro, como formando un trencito varado en la oscuridad, tan sofocadamente por los interminables pasillos, hasta que nos rindió el cansancio. Empezamos a llamar a vivas voces al monje guardián, esperando que apareciera, pero nuestras voces de llamado eran inútiles. A aquel hombre se lo había tragado la tierra. El extraño monje guardián se había esfumado misteriosamente en el laberinto de pasillos oscuros. Entonces olvidamos en nuestra angustia y desesperación el monótono transcurrir de las horas. De pronto, al adentrarnos más entre los espeluznantes túneles, escuchamos voces y lamentaciones ruidosas. Y entre más caminábamos por los laberínticos corredores umbríos, más sentíamos el sofoco y el calor, parecía que nos estábamos acercando a un inmenso horno, a un infinito y chispeante mundo subterráneo. Inesperadamente un fulgor, un brillo diamantino se iba apoderando de las paredes, iluminando un poco más el laberinto. Cuando nos asomamos a la boca del final del dédalo, vimos aterrorizados un extendido valle de seres desnudos anudados, lamentándose porque no se podían desasir unos de otros. Ante nosotros había aparecido El Infierno en todo su esplendor macabro. Aterrorizados quisimos salir de aquella fortaleza infernal.

 “- ¡Dios Santo!, esto es… ¡El Infierno! –Dijo Loan, escandalizado y persignándose muchas veces en un zig zag de frenesí.

 “- ¡No puede ser, estamos muertos! –Prorrumpió Vernet en latín, sin poder contener las lágrimas y la tembladera.

 “- ¡Salgamos de aquí, cuanto antes! –Les aconsejé que era mejor devolvernos y no mirar más aquellas visiones infernales que nos podían perder-. ¡Sigamos por acá!

 “- ¡No, es por aquí! –Loan me corrigió, el sendero era dudoso-. ¡Vamos hacia allá!

 “- ¡Jamás saldremos! –Profirió Vernet, enloquecido.

 “- ¡Estamos atrapados en El Infierno! –Sentencié.

“Como locos relapsos corrimos espantados y desbocados por los pasillos. Pasadas unas largas horas y luego de darle la espalda al valle infinito del Infierno, milagrosamente hallamos la puerta y logramos salir del Monasterio embrujado. Afuera del Monasterio cantaban los monjes de las caravanas a la noche mientras esperaban nuestro retorno.  Dimos gracias a Dios por habernos permitido el volver a vivir.

Terminado el fabulesco relato, el silencio reinó por todo el salón.

Ivana, lívida y pálida como una estatua fenomenal, exclamó desde la silla, rompiendo el silencio:

 – ¡Alma de Dios! Entonces, ¡El Infierno existe!

 – ¡Sí!

Y temblaba de miedo y apenas parpadeaba quedamente ahuyentando así el sueño.

– No creo en ninguna de tus malditas palabras… ¿Acaso quieres meternos miedo? –Parecía encolerizado Leonardo.

Loan y Vernet se escrutaban nerviosamente con la mirada, castañeteando los dientes en un frenesí sonoro e inoportuno.

 – No crees, es natural. –Dijo Antonio, suspirando.

 – ¿Y eso es todo lo que tenías para contarnos? –Preguntó Leonardo sin afectación.

Antonio se levantó como para retirarse a la alcoba de huéspedes, pero Leonardo instintivamente lo agarró por un brazo. Dejándolos a todos en la sala, inmóviles e impresionados.

 – Te hice una pregunta. ¿Qué pasa contigo? ¿Acaso querías meternos miedo?

 – No. Es solamente una historia que nos sucedió antes de llegar a Casa Peña y que quería relatar aquí-. Se deshizo del agarrón de Leonardo.

 – ¿Y tenía que ser justamente esta noche? –Volvió a preguntar Leonardo, le brillaban los ojos encolerizados.

 – No encontré otro momento más oportuno –opinó descaradamente el hermanastro.

 – Pues me parece una mala historia contada en un mal momento.

 – ¿Qué te sucede a ti conmigo? Hermanastro…

 – Me sucede que no soporto más tu presencia en esta casa. Me incomoda tu visita inesperada-. Le confesó de frente, a un palmo de la cara, frunciendo el entrecejo. Una extraña vorágine de rabia y enfado agitaba las emociones de Leonardo.

Antonio supo entonces que Leonardo no creía el fabuloso relato del descenso de ellos tres al Infierno, pero tampoco le importaba mucho que creyera o no. Además era una historia bastante usual por esos tiempos plagados de supercherías y supersticiones religiosas, católicas, monásticas

La incomodidad de todos los presentes en la velada nocturnal, era evidente. Y había reforzado más entre Ivana y los dos monjes las creencias de los evangelistas con respecto a la existencia del mundo infernal, El Averno de los conquistadores.  

Leonardo se resistía a la ansiedad de empuñar una barra de hierro y propinar repetidos golpes mortales sobre la cabeza del joven impostor.

Pero Antonio no se sentía amilanado u oprimido por él, volteó la espalda mirando a través de la ventana hacia la noche y permaneciendo como en un trance, pensativo. Cuando le mostró de nuevo la cara a todos, sonreía casi irónicamente. Se acercó a su madre y la retuvo entre sus brazos por un instante, la besó tiernamente en la mejilla.

Todos sentían la atonía de Antonio, y estaban impacientes por marcharse a sus respectivas alcobas, incluyendo desde luego a Leonardo que se sentía desvelado.

Los monjes compartían una murmurante charla entre monerías grotescas.

Y después, Antonio pudo hablar fluidamente, y lo que dijo dejó a Ivana y a Leonardo, perplejos.

 – Nos iremos al amanecer.

Y entre risillas molestas y búfanas, desapareció con los dos monjes que lo seguían, por el interior de la casa.

Efectivamente, como había resuelto Antonio, a las primeras luces del día, él y los dos monjes acompañantes se dispusieron a dejar atrás Casa Peña y el espléndido Valle.

La despedida de Ivana y de su hijo Antonio fue muy emotiva, compartieron abrazos, besos, bendiciones y lloraron en silencio porque cada uno sabía que era la última vez que en vida se verían.

Leonardo los observaba, escénicamente, desde el vano de la puerta de la casa, compartiendo cómplices miradas con los dos monjes instructores.

Éstos aprovisionaron de nuevo a las restablecidas mulas, que habían encontrado pasto fresco en las riberas del río y ya estaban ansiosas de volver a surcar con sus pesadas cargas los caminos de las cumbres.

Pronto todo estuvo dispuesto para el viaje de Antonio y los monjes, Loan y Vernet, que pretendían unirse a las caravanas de legos que huían de las confrontaciones religiosas entre las colonias.

Cuando todo estuvo listo y presto a concluir, Antonio le dijo a su madre:  

 – He querido irme para España y probar suerte recorriendo las tierras europeas…

Antonio alzó la mano a Leonardo en señal de luenga despedida. Luego, acostumbrado a dar la espalda, enfiló su mula hacia el camino, y detrás de él, siguieron los dos monjes y la caravana de mulas apeadas.

Ivana quedó en medio del Valle, abandonada y solitaria, mientras que el viento líquido entre las frondas de los árboles bajaba hasta ella y le alborotaba los largos cabellos encanecidos. Las lágrimas caían de sus ojos a la tierra húmeda del valle, mezclándose con las gotas del rocío de la mañana entre las hierbas. Se sentía desamparada y destrozada por el nuevo abandono de su hijo Antonio. Leonardo no alcanzaba a comprender el total vórtice de confusiones que anidaba su corazón y su alma atribulada. Pero más que nadie, Ivana estaba segura, que Antonio serviría al Salvador de los evangelistas, que sería un monje recto, aunque ella, nunca más lo vería en aquel lazareto donde estaba refugiada desde los tiempos en que decidió ser la última concubina del padre de Leonardo y de Antonio.

Después asomó el ardiente sol por el Oriente, cubriendo de estalactitas fulminantes todo el rededor, bañando a Ivana en su tristeza de madre confinada a otra esfera territorial. A poco, Ivana se fue acercando a Casa Peña, y sin objetar una palabra, entró cubriéndose la cara inundada del escarnio férvido de las lágrimas. Leonardo le abrió paso, ceremonialmente, luego entró a la casa, detrás de ella.

Toda Casa Peña se cubrió de penumbras cuando el sol se ocultó en el corazón de una nube gris y gigantesca. Y cayó pesada sobre los pobladores de Casa Peña.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s