¿Te ayudo?. Autor: Rossana Sala Estremadoyro

“Hombres sin mujeres”. Lucía empezó a leer el libro de cuentos de Murakami cuando alguien se sentó junto a ella.

Desde la sala de embarque, Lucía, a sus treinta y cinco años, había rezado para que durante el vuelo de Madrid a Lima, pudiera conocer a un hombre bueno, simpático, inteligente, deportista, guapo y soltero.

Y le pareció haberlo visto.

Haciendo la fila para mostrar el pasaporte, un muchacho de pelo castaño y chaqueta celeste, le regaló una suave sonrisa y le cedió su turno.

¿Sería él?

Volvió a fijarse en su sonrisa.

Ya en el avión, sin embargo, temió haber exagerado con su pedido al cielo al sentarse junto a ella, vestido de negro, con tan solo una pequeña tira blanca en el cuello, el propio Representante de Dios en la Tierra.

Once horas.

—¿Serán once horas suficientes para confesarle mis pecados? —pensó al ver al sacerdote persignarse mientras se desvanecían sus esperanzas de conversar con el muchacho de la suave sonrisa.

Lucía, sin ser tan devota, se santiguó tres veces para estar protegida en caso de turbulencias.

Despegaron.

Siguió leyendo a Murakami.

El primer cuento trataba de lo mal que conducen autos las mujeres.

Una voz femenina se escuchó por el altoparlante. —Les habla la capitana —dijo, dando a continuación los detalles del vuelo.

—¡Dios mío! —reflexionó Lucía—. Aunque se quejen de la forma de manejar de las mujeres, confío en que sepan hacerlo surcando cielos.

El sacerdote volvió a persignarse.

Lucía lo observó tratando de adivinar si se santiguaba por convicción o por miedo.

—Mi nombre es Giorgio —le dijo dándole la mano y obligándola a abandonar sus pensamientos.

—Soy Lucía —respondió ella solemne intentando, a pesar de su pronunciado escote, ajustado vestido y desarrollada figura, parecer sin pecado concebida.

—Estuve en Roma. Visité al Papa —añadió el cura.

Y antes de que le empezara a predicar la palabra de Cristo y pretendiera averiguar sus pecados concebidos, ella lo tuteó con la voz cortante advirtiéndole así que no estaba dispuesta a contarle su presente, su futuro y menos aún, su pasado:

—¿Siempre quisiste ser sacerdote?

—La historia es larga —respondió el hombre—. Pero tenemos tiempo.

—¿Cómo fue el llamado del Señor?

—La verdad —explicó Giorgio—, él no fue quien me llamó primero. Antes, fui policía. Y de los corruptos.

Lucía, dejó caer el libro de Murakami al suelo. Trató de recogerlo de inmediato.

—Además, me encantaban las mujeres y tomaba licor seguido — continuó el cura agachándose solícito para ayudarla y entregárselo.

La conversación fue interrumpida por la azafata quien les sirvió la cena.

Giorgio pidió dos botellitas de vino tinto.

Y mientras comían y el sacerdote se explayaba con su historia y bebía entusiasmado, Lucía trataba de comprender cómo ese hombre alto y fornido, había sido todas esas cosas de las que se ufanaba sin recato y muchas otras aún más terribles que, cual dama, ella pretendía no escuchar.

—¿Pero qué fue lo que te alejó de la corrupción, el alcohol y las mujeres? —insistió Lucía.

—Una suma de cosas —respondió el religioso acomodándose en su asiento—. Estuve por morir varias veces. Primero, en Santa Elena, el pueblo colombiano donde nací. En esa época mataban a los policías. A mí me descubrieron y allí, tirado en el suelo, con la pistola en la sien, le prometí al Señor que si me ayudaba, le dedicaría mi vida. Me salvó, pero no le dediqué nada. Yo andaba enamorado y estaba contento con mi trabajo.

—Ya lo creo —afirmó ella.

—Sin embargo —agregó él—, una tarde para visitar a una amiga, tomé un bus en un horario diferente al usual. Al día siguiente supe que el vehículo en el que hubiera viajado se estrelló. El Señor me volvió a salvar. Empecé a participar en retiros espirituales. Me escapaba de la comisaría para poder asistir. Un día, el obispo pidió que se pusieran de pie quienes estaban dispuestos a casarse con Dios. Yo no entendí la pregunta y me paré. Quería casarme, ¡pero con una mujer! Casi me llevan al seminario. Me di cuenta entonces que yo buscaba tranquilidad, amor, alguien con quien ser feliz. Todo, lo encontré en el Señor.

En ese momento, la capitana ordenó a los pasajeros que se abrochen los cinturones ya que venían turbulencias y las turbulencias los envolvieron y allí, en medio de la tormenta, Lucía no fue capaz de dedicarle a Dios su vida y, asustada, al lado de aquel hombre que no debía tener mujeres, para evitar cualquier acto que pudiera ponerlo en aprietos, se cubrió con una manta y durmió el resto del viaje.

Se despertó con el anuncio del aterrizaje y con la cabeza bien plantada en el hombro de Giorgio y la de él acurrucada sobre la suya.

—¡Dios mío! ¡Perdóname! ¡Nunca quise dormir con un sacerdote! —suplicó con vehemencia viendo a su compañero de viaje persignarse breves y reiteradas veces e imaginándose qué hubiera sido sucedido si en lugar del bendito cura, el muchacho de la sonrisa suave se hubiera sentado al lado de ella.

Ya en tierra, se despidió de Giorgio diciéndole:

“Creí que iba a confesarte mis pecados, pero lo hiciste tú”.

Sin pronunciar palabra alguna el sacerdote encendió sus ojos verdes en Lucía, desconcentrando a la pobre mujer.

Lucía fingió no haberse dado cuenta de su mirada, se acomodó el vestido y volvió el rostro hacia su bolso para guardar el libro de Murakami.

—¿Acaso no podían existir hombres sin mujeres? —se preguntó.

Fue en ese instante cuando se imaginó que si ella, una simple mortal, le había suplicado al cielo sentarse junto a un muchacho bueno, simpático, inteligente, deportista, guapo y soltero, ¿qué es lo que el cura, con sus divinas influencias, habría pedido?

—Con razón que Giorgio se persignaba tanto —decidió ella—. No lo hizo por convicción ni miedo. ¡Fue por agradecido!

Lucía sintió rabia e intentó ponerse la chaqueta para seguir su camino.

—¿Te ayudo?

Y el libro de Murakami volvió a caer al suelo.

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