Relato de ruta de una expedición asombrosa. Autor: Fran Nore

 

                                                                           “Sólo queda en la memoria de América

                                                      El recuerdo de sus espantosas tragedias”

                                                                                                      Charles Paw

Francisco Ruiz, hombre experimentado y valiente soldado de Mirabel, el explorador que desde la Real Audiencia de Santo Domingo había llegado a La Gobernación de Cartagena en 1535 con la expedición del visitador y licenciado Joan de Badillo, encargado de hacerle juicio de residencia al gobernador Pedro de Heredia acusado de múltiples delitos, también se había integrado a conquistar y atravesar,  en búsqueda del afamado Perú, la parte septentrional de la cordillera de Los Andes, llegando hasta el río Cauca, nombrado por los españoles el Río Grande de Santa Martha.

Desde Puerto Rico, Francisco Ruiz llegaba a las tierras de Venezuela en 1536 con la expedición del entonces gobernador Antonio Sedeño y se integraba a las tropas conquistadoras del oriente venezolano, donde se vio envuelto en la disputa de Antonio Sedeño y Jerónimo de Ortal enfrentados por causa de límites de sus respectivas gobernaciones.

Cuando muere Antonio Sedeño, Francisco Ruiz continúa al lado del capitán Pedro de Reinoso al mando de la expedición que atraviesa los llanos venezolanos hasta llegar al río Apure en cuyas riberas habitan multitudes de indios achaguas, salivas y caquetíos. Después de sufrir todas las calamidades, la expedición alcanza el territorio de los Welser, alemanes comerciantes que en virtud de un dinero prestado a La Real Corona les fue entregada la mayor parte de la capitanía de Venezuela, y algunas de las expediciones se quedan rezagadas o definitivamente en Santa Ana de Coro.    

En 1538 Francisco Ruiz, que estaba en San Sebastián de Buena Vista de Urabá bajo las órdenes del capitán Bernal y el capitán Graciano, quienes habían sido comisionados por La Real Audiencia de Santo Domingo, con el encargo de capturar al licenciado Joan de Badillo, prófugo de la justicia real, sale de la provincia para llegar en 1539 a la recién fundada villa de Anserma a encontrarse con el capitán y fundador de ciudades Jorge Robledo.

Hambriento y mermado en sus tropas que se habían quedado atrasadas en el camino se encuentra en el sitio de Guarma con los hombres de Jorge Robledo,  llamados los cartaginenses.  Jorge Robledo reforzado por esta población funda la ciudad de Cartago con ayuda de ciento veinte camaradas. Participando así, Francisco Ruiz, de la fundación de la ciudad de Cartago, siendo agraciado y recibiendo mercedes reales como mérito a su condición de noble caballero e hijo hidalgo. Recibe entonces Francisco Ruiz del conquistador Jorge Robledo, solares, tierras y pueblos indios, entre los cuales está Chinchiná, Vía y Consota, cercanos a la recién fundada ciudad de Cartago.

De 1539 a 1546 establece a su familia, su esposa Ana de Morales, su hijo varón Cristóbal Ruiz de Morales y su hija Ana Ruiz, en la ciudad de Cartago, proveniente de España. Pero sólo permanece en la ciudad de Cartago hasta cuando es llamado por La Real Audiencia de Santo Domingo para abrir el camino ganadero que lo conduciría de Cumaná a Tunja.    

En 1546, Francisco Ruiz recibe la autorización por parte de La Real Audiencia de Santo Domingo, la capital de La Española, sede del arzobispado de la Nueva Granada, de emprender el viaje a la conquista de las tierras andinas. Ya con el grado de capitán, La Real Audiencia de Santo Domingo le encargaba la apertura de los caminos ganaderos que partían desde la costa caribeña de Cumaná hasta la ciudad andina de Tunja.  Al finalizar entonces 1546, sale con su camarada Juan García de Carvajal, y aprovisiona en El Tocuyo a su tropa compuesta por sesenta léjicos servidores de más caballos y más mastines de guerra, y se interna por las inhóspitas montañas del Nuevo Reino de Granada, con el audaz propósito de llevar a término la expedición.

Las fieras americanas, variadas y peligrosas, habitaban entre las tórridas llanuras venezolanas, esperando a que algún expedicionario imprudente desfalleciera de agotamiento por los abruptos caminos de los paisajes.

Aun así, la tropa de Francisco Ruiz, conformada por sesenta hombres, continuaba por los infinitos senderos, hambrientos y demacrados, acosados por la enfermedad y por el frío, seguían a la par de los cansados pasos de sus acémilas enflaquecidos mientras la niebla del día humedece sus ojos enrojecidos por el insomnio, como tristes marionetas bajo las transitorias lluvias que formaban en su entorno charcos invadidos por miles de cenagosos insectos.  

Muchos de estos animales enteleridos y algunos perros de caza habían sido devorados por la apetencia zozobrante de la hambrienta tropa. Anduvieron muchos días y noches, muchas semanas y meses, por sendas selváticas truncadas de montañas agrestes, por entre caminos de cumbres cenicientas, expuestos a los áspides soberanos de los árboles frutales y de los escondrijos musgosos en las cascadas, sobreviviendo a los indios caníbales y renegados de las tribus salvajes que los observaban ocultos entre las malezas de los altos riscos. Desde la lejanía derrochando sombras cervantinas murmuraban los frenéticos tambores indios, errabundos tam tams, casi desorientados en la distancia.

Un atardecer de la peregrina ruta hacia las gélidas montañas andinas, arribaron a un mesón a la orilla del camino. Con el rostro marchito por el polvo de los senderos, Francisco Ruiz se acercó al umbral y tocó la puerta de rústica madera mientras el temporal de la tarde se abría paso en el horizonte.

Una mujer de labio leporino, dueña del lazareto, salió a su llamado.

 – Danos de comer, buena mujer…

 La mujer horrorizada por el aspecto cetrino de la cara del viajero, lo escupió en el rostro y se metió dentro del mesón dando gritos apocalípticos y avisando a los demás habitantes del lugar de la presencia de los intrusos.

 De repente se sintieron cercados por una veintena de campesinos de caras lóbregas.

 Francisco Ruiz atizó su caballo y se abrió paso por entre la fantasmal turbamulta. Vio a la mujer de labio leporino que incitaba a la turba a atacarlos.

 – ¡Esta es tierra de Dios y tú eres un hereje! Gritaba poseída por una fiebre divina.

 Francisco Ruiz espoleó su caballo y huyó con su tropa de maltrechos hombres de la miserable aldea a la orilla del camino.

En la distancia, divisaron la ciudad de Tunja, provincia de viajeros y de peregrinos, en el epicentro de una hermosa altiplanicie, iluminadas las fachadas y los techos de sus casitas por los rayos solares, pero aún los caminos hacia Tunja estaban cubiertos por decrépitas y gigantescas ramas de árboles retorcidos. Los recibió el jolgorio de la altiplanicie de la pequeña ciudad de Tunja: las aguas de un río siempre lento y monótono, el viento matutino ahogando la visión de sus ojos, el sol detenido y pequeño en la distancia crepuscular. Las liebres saltarinas cavaban profundos túneles cerca de las raíces de los sauces para almacenar hortalizas, una jauría de perros salvajes vagaba por los bosquecillos entre feroces ladridos. Florecían ramos de arietes, las cerezas rojas de los setos, la retama amarilla, las hojas de acanto, las flores de diente de león, los parrales, los árboles de olivo cuyas semillas habían germinado ya en las tierras fértiles del nuevo mundo americano, junto a lo novedoso, el maíz, la papa, la quinua y la oca, enorgullecen el mestizaje agrícola emprendido casi treinta años atrás. Cuando se aproximaban, inesperadamente Francisco Ruiz bajó del lomo del tordillo, a pesar de estar exhausto, quería continuar el resto del trayecto a pie, pues el paisaje estimulaba su congoja. El tordillo blanco se echó en el césped para pastar cómodamente, parecía que hubiera arrastrado en esos dos años de travesía su vida de animal como una derrota. La belleza de la campiña alejaría el hambre y la fatiga del potro. Hacia la ciudad de Tunja, caminó con la mirada cansina y una emoción febril.  Francisco Ruiz pareció escuchar en el viento voces mortuorias. Al alcanzar las gradas de piedra del primer caserón de la población no necesitó un fuerte empujón para echarse al suelo y dar gracias a Dios de haber llegado.  

Arrimaron a una posada de errabundos entre las estrechas callecitas. Figuras de seres umbrátiles invocaban desde sus externas paredes, por los rotos cristales de las ventanas de la posada de la ciudad escapaban las aves peregrinas. El viento vespertino al girar vertiginoso abría una y otra vez la frágil puerta de madera haciendo rechinar los goznes. Los rayos del sol frío de la tarde penetraban por las fragmentadas y vetustas ventanas iluminando un poco el lúgubre ámbito de la casona invadida por los poderosos ecos del tiempo. Pero al entrar de lleno a la posada, el viento revolotea por doquier rompiendo aún más los cristales de las ventanas, despotricando los techos para depositar por los resquebrajados suelos de los pasillos, por las tapias humedecidas y sobre los objetos arruinados, mieses y colchones de hojas silvestres. El viento traía un fuerte aire oloroso de lluvia estiada. Caravanas de negras y rojizas hormigas devoraban los areniscos suelos de los corredores, dejando al descubierto los pedregones. Y dentro de la posada Francisco Ruiz y sus hombres sólo descubrieron la sofocante infinitud de paredes y cuartos vacíos.

    – ¿Hay alguien aquí? Y nadie contestó a sus llamados.

Entonces cayó el manto de la cercana noche sobre la pequeña ciudad de Tunja. La primera noche, los hombres de Francisco Ruiz pasarían solos dentro de aquella posada abandonada. Las personas que quizá pensaban encontrar ya no estaban. Al mirar por una ventana, más allá de la altiplanicie, Francisco Ruiz contemplaba las borrosas líneas de los caminos hacia las cumbres andinas y hacia los bosquecillos invadidos por las cenizas fluviales de la noche que traía consigo la lluvia susurrante de peces. La lluvia de la noche penetraba por los techos descuajados de la posada, por las paredes fisuradas, por los corredores hundidos, por los rotos cristales de las ventanas. Desde las lejanas cumbres de los Andes llegaban a sus oídos las voces indias entonando versículos, los graznidos de aves peligrosas sobrevolando los peñascos volcánicos de las serranías inundadas por espesos nimbos, el croar de las orquestas de enloquecidos anfibios, la crujiente maratón de las salamandras entre las hierbas y deslizando entre las rocas mohosas sus cuerpecillos babosos, las algazaras de los turpiales escondidos entre las arboledas, de los búhos sincronizados con las ráfagas del viento, los coros de fantasmas en la bonanza del río en los tiempos de la conquista del oro, y el explorador escuchó cómo desde el cielo detonaron legendarios astros, los rayos de la tempestad desencadenada conjuntamente con la poderosa pulmonía del viento resquebrajando toneladas de cascadas de arenas de los montes oscuros. La noche poblada de los sonidos de las fieras iracundas, de las lluvias gestando sus acuosos frutos sobre las aguas discontinuas del río o mojando tres pulgadas de superficie lunar de la altiplanicie. En aquella soledad emergente de la posada, recordó a sus padres allá en Mirabel, Cáceres, su bondadosa y santa madre y su padre muerto en un pobre y triste lazareto de espejismos impartidos por La Real Corona, cuya muerte lo habían librado a él de todo temor. de toda culpa y de todo arrepentimiento. Solo con su diezmada tropa de hombres enfermos en aquella posada benigna, se sentía un hijo más de la sangre incestuosa de nuestra amada tierra. De súbito, escuchó el trote desenfrenado del tordillo que había entrado a los lúgubres pasillos de la posada tras haber tirado la puerta con sus fuertes patas, relinchando asustado por los truenos de la borrasca. El animal fue hasta él. Francisco Ruiz lo tranquilizó acariciándole el lomo. Ahora albergaba con el animal sentimientos paternales. El clima era adverso. De pronto un vegetativo silencio profanando con sus viajes nebulosos las frías paredes, evocaba huracanadas figuras del imperio del pasado. Las luces matutinas y el sonido de las campanas de la capilla anunciando la misa invadieron el penumbroso ámbito de la ciudad de Tunja. Francisco Ruiz abrió los ojos. El tordillo salió de la casa hacia la campiña impregnada de claras siluetas lluviosas. Francisco Ruiz a veces sentía que su corazón alcanzaba su garganta como si quisiera salirse, desmenuzarse de una vez por todas ante el desmedido tic de su tiempo terreno, entre tempranas palpitaciones. Salió de la estancia tratando de alejar su somnolencia. Ahora sorpresivamente vio caminar hacia él una extraña figura humana por la senda de la desolada callecita, creyó que era una alucinación, pero efectivamente se trataba de una retraída figura humana, ¡era una mujer!, que traía en sus manos especímenes de hierbas, y que cuando lo descubrió a través del gris refulgente de sus ojos fulminó su presencia con una aguda mirada. Su rostro estaba descompuesto y quebrado en el desdeño del desvelo de los años, sus cabellos eran pelambres sucios por el tiempo, temblaban sus manos y sus piernas como hierbas mecidas frágilmente por el siroco, su rostro ataviado de tristes recuerdos, cubriendo su senectud con un vestido negro plateado. Su presencia aliviaba la mirada de Francisco Ruiz. Luego se plantaba ante él, descalza y huraña, oliente a magnolias silvestres, su mirada refulgente mientras todo su ser se estremecía de frío de pies a cabeza, llena de espanto con su mano alargada que quiere tocarlo, acaso la fuerte tos que la carcome retiene sus alientos y sus palabras, acaso el corazón le estallaba de rabia solitaria y de amargura.

 – ¿Quién es usted?

 – Soy Francisco Ruiz y esta es mi tropa.

 – Se ven mal…

 La frialdad de la mirada de la mujer mientras sus manos temblaban y trataba de controlar el pálpito y de retener sus preguntas.

  – Yo soy Eleanor, la posadera.

  – Eleanor, ¿y tú, porqué estás así?

 – Son las esperas y los sufrimientos… Los indios mataron a mi esposo y a mi hijo…

 – ¿Y dónde están los demás?

 Movió la cabeza de un lado a otro, cobró su rostro un rictus patibulario, no así dejaban de temblar sus manos.  

– Están en el campo, recogiendo las cosechas, defendiéndose de los ataques de los indios. Volverán dentro de unos días…

 – Necesitamos descansar, comida y frazadas…

 – Dentro de la posada encontrarán eso… Por un precio justo…

Y dicho esto, la misteriosa mujer entró a la posada como escapándose de ellos, envuelta entre misteriosos sortilegios de hechicería.

 Corría el año de 1549.

La llegada de Francisco Ruiz a la ciudad de Tunja no fue celebrada como él se lo esperaba, pero muchos campesinos de la provincia apreciaban su gran labor de haber abierto el camino ganadero. Los primeros y largos días en la ciudad los campesinos solían preguntarle a él y a sus hombres sobre los beneficios de la apertura de la vía de penetración, en la altiplanicie del Nuevo Reino de Granada y en los inhóspitos territorios mineros de la provincia de Antioquia y la Gobernación de Popayán, pues el precio del ganado se había incrementado aún más, ya que el ganado llegaba a esas zonas remontando el río Magdalena con mucho trabajo y sufriendo todas las penalidades que conllevaba el calamitoso y largo traslado de las reses. Con el camino abierto por los hombres de Francisco Ruiz se abrió el comercio y mermaron los precios del ganado y de las provisiones. Y se tuvo un contacto más cercano y expedito con La Corona española.  Terminada la misión del corredor vial, Francisco Ruiz se quedaba algún tiempo más en el Nuevo Reino de Granada y se incorporaba a las conquistas de estos territorios, Tunja, Popayán y otros lugares remotos. Quería probar suerte recorriendo aquellas tierras, amasar fortuna y además conocer las aldeas y provincias aledañas de los indios que encomendaba, entonces se aventuraba, digno de odiseas, a las indomables cumbres andinas, con tan mala suerte que sufrió con sus hombres todos los contratiempos de las aventuras clásicas. De 1550 a 1556 retornó a su territorio de encomienda, la ciudad de Cartago en La Gobernación de Popayán. Pero en el año de 1558 volvió nuevamente al territorio venezolano. En el año de 1559, el gobernador Gutierre de la Peña enemistado con Diego García de Paredes, autoriza a Francisco Ruiz a aplastar la rebelión de los indios cuicas y refundar Trujillo que había erigido Diego García de Paredes. Pero Francisco Ruiz cambia de lugar la población de Trujillo y edificando nuevamente le da el nombre de Mirabel, su pueblo natal en España, perteneciendo este territorio a la Real Audiencia de Santo Domingo. En 1560, dolido por los cambios de mando autorizados por el gobernador Gutierre de la Peña, se va a Mérida a defender el territorio ante la amenaza invasora de Lope de Aguirre, luego llega a Barquisimeto con la intención de reforzar las fuerzas reales conformadas por vecinos de Mérida, Tunja y El Tocuyo. Cuando Lope de Aguirre es vencido se queda algún tiempo en El Tocuyo prestando declaraciones por las intervenciones de sus predecesores por el cambio de lugar en la refundación de Trujillo.  Por aquellos días siendo encomendero en la andina Mérida, Bernáldez de Quirós organizaba la expedición para la conquista definitiva del territorio de los indios caracas, donde Francisco Ruiz se alistaba en las tropas y desde El Tocuyo marchaba con Diego de Losada a consolidar la refundación de Caracas. Refundada la capital, Francisco Ruiz ayuda a defender la ciudad atacada a diario por las tribus de los alrededores. Eran hordas de indios rebeldes dispuestos a morir sacrificados por defender sus territorios que atacaban sin cesar los regimientos y las casas de la ciudad. La población se refugiaba, atemorizada por la bravura de los indígenas. Pero los muertos eran de ambos bandos, recrudeciendo los ataques. El explorador ya se sentía agotado de esa guerra sin tregua, además conocía del salvajismo de los nativos y no quería seguir expuesto en aquel territorio que habían conquistado, él y sus superiores, con sangre y furor. Pronto se alistaba a otras campañas y a otras expediciones de exploración y conquista.  Y ya en 1565 Francisco Ruiz regresa nuevamente al Tocuyo. Allí ejerce como insigne patrocinador de las campañas conquistadoras, hace vida social y es considerado un sanguinario héroe. Fama que se extendió por todos los lugares a donde iba implantando leyes de muerte y de barbarie. En 1578 se instala definitivamente en Mérida, con su familia, su esposa Ana de Morales y sus dos hijos, Cristóbal y Ana. Sintiéndose algo enfermo y agotado, pero sin dejar de participar en los debates sobre tierras y enmiendas.   De 1579 a 1591, colabora en el Cabildo como alcalde ordinario en distintos periodos. En 1595 moría en la ciudad de Mérida, en la más completa indigencia

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