Los invasores de Cielo Roto. Autor: Fran Nore

Cielo Roto es un pueblo remoto, un poblado rodeado de tierras húmedas y con valles hermosos.

Casa Peña es un antiguo caserón construido en el centro de un exuberante valle por las campañas militares del difunto capitán Cristóbal Ruiz.  

Los guías que eran de Cielo Roto nos presentaron a los dueños de aquellas hermosas tierras, un hombre llamado Leonardo y una mujer que parecía muy posiblemente su madre, pero que más tarde supimos que se trataba de su madrastra. Les propusimos el negocio de que nos vendieran un terreno, y entonces Leonardo dijo que lo pensaría y más adelante nos lo haría saber por intermedio de los guías. Como ya estaba encima de nosotros la noche, los propietarios muy amablemente nos ofrecieron hospedaje y comida. Y esa noche la pasamos allí, conociendo la inmensa casa y un poco de los gustos y de la vida de los caseros.

Era una casona vieja muy bonita, aunque en algunos aspectos algo descuidada, pero yo le sugerí al propietario que, con unos cuantos arreglos y decoraciones, con la contratación de unos buenos albañiles, con unos retoques de pintura, quedaría de nuevo espléndida.

A las primeras luces del siguiente día nos fuimos de Casa Peña y retornamos al pueblo de Cielo Roto donde estábamos hospedados en el Hotel La Montaña.

Pero a la semana siguiente nos llegaron las buenas noticias de los guías que habíamos contratado, Leonardo había accedido a vendernos un lote en aquel magnífico valle. Y no pasó más de un mes y ya teníamos comprado un terreno en aquel paradisiaco valle donde pensábamos radicarnos. Y Mila se puso feliz. Le prometí que le construiría la casa más bella de todos esos fríos alrededores. Después de tres meses, contraté personal y se empezaron los trabajos de la primera etapa de construcción de la casa, y Mila y yo pudimos abandonar el hotel del pueblo donde estábamos residenciados y nos trasladamos a vivir a las primeras habitaciones construidas de la casa nueva en el valle. Y Mila estaba feliz. Después de cinco meses más de ágil construcción, finalizó la segunda etapa y la casa nos fue entregada ya totalmente terminada. Y Mila estaba más feliz. La casa nueva estaba conformada por dos salas, cuatro habitaciones grandes y confortables, una cocina amplia y  bien acondicionada, dos dormitorios para huéspedes, tres baños de inmersión, una gran alberca, una pequeña piscina en el jardín, dos patios enrejados, un balcón en el segundo piso y dos mansardas que serían utilizadas como dormitorios con vista al valle. Las tablas de las mansardas fueron pintadas de dorado, por lo que bautizamos el lugar como La Casa de las Mansardas Doradas. Y Mila estaba verdaderamente muy feliz. Pero los propietarios del valle vendieron cerca de nuestra casa nueva, otros terrenos más grandes, a unos inversionistas venezolanos y otros brasileños que también estaban por el pueblo de Cielo Roto adquiriendo tierras para trabajar y hacer producir, y éstos asociados como en una sola familia construyeron otra casa cerca de la nuestra, a la que bautizaron con el poético nombre de La Casa de la Luna Yunta. Allí se instalaron dos familias, una de chamos y otra carioca. Entonces las inmediaciones del valle que tanto nos gustaba, no dejaban de recibir forasteros de otras tierras, cada vez más con las pretensiones de instalarse allí y construir magníficos albergues. Y Mila ya no estaba tan feliz. Luego llegaron los residentes del centro del país que también se mudaron al valle luego de comprar un terreno al lado del río y de construir en él una casa verdaderamente bella que llamaron La Casa de las Puertas Torvas, porque así lucían sus puertas, dándole a la mampostería de la edificación un toque refinado y de buen gusto árabe. Allí se instaló otra familia adinerada que disfrutaba del vecindario.

Entonces Mila y yo ya no nos sentíamos tan felices ni tan solos, si no que ahora teníamos un montón de nuevos vecinos por conocer, y nos sentíamos incómodos por aquella repentina invasión. Sabíamos que de igual manera se sentían los propietarios del valle que nunca se dejaron ver por el río o por los alrededores de las casas nuevas, ni siquiera para curiosear. Todo el tiempo se mantenían encerrados en Casa Peña, haciendo no sé sabe qué actividades. Nunca visitaron a nadie y nunca recibieron visitas de los nuevos vecinos, excepto para recibir el dinero de los terrenos vendidos. Los habitantes de Casa Peña habían entrado en un silencio absoluto en comparación con los nuevos vecinos que eran ruidosos. No nos extrañó, a Mila y a mí, que quisieran distanciarse. Luego me bendijo Dios con la buena noticia de que Mila estaba preñada. Se impregnó La Casa de las Mansardas Doradas de aires de bienvenida por el nuevo visitante. Por fin veía consagrado mi sueño de formar una familia. Y como la felicidad se había instalado en mi vida, con la bienaventuranza del advenimiento de la criatura que crecía dentro de Mila, se había disipado de mi corazón esos artilugios de desolación y desamparo que arrasaron con mis años de juventud cuando vivía en Europa.

Con el tiempo nació una bella niña, que llamamos Idalba. Mila se sentía feliz, cobró rubicundas fuerzas, se vistió de gala con las flores del valle, finamente cubrió su rostro con mantilla de seda, y hasta los nuevos vecinos de las otras casas vinieron a visitarnos con la intención de conocer a nuestra hija.

Pero cuando se marchó el invierno entre gemidos diluvianos por entre los arroyos del río y llegó el rápido verano con sus florecientes promesas de alegría y de felicidad, Mila se sintió enferma, sufría temblores de fiebre. Aún así no descuidaba ni por un minuto a la pequeña Idalba, que era todo para nosotros: bendición y purificación excelsa de nuestro amor.

Idalba creció pronto entre risillas traviesas mientras observaba volar los pajaritos y las orquestas de mariposas de colores, unida fuertemente por la similitud genética a su madre. Cada fragante mañana, se le veía correr por las riberas del río persiguiendo conejos, acariciada por los rayos solares, ungida con aceite vegetal por su madre Mila, inventando juegos entre las marañas y los brezos, escondida en las grutas o queriendo alcanzar los pajarillos que se marchaban de los árboles caídos obstruyendo los caminos.

Aunque Mila y yo teníamos una familia, Mila estaba cansada ya de la vida en La Casa de las Mansardas Doradas, quería que nos fuéramos a vivir al pueblo de Cielo Roto o a otro lugar que estuviera a orillas del mar, no era bien seguro, simplemente se le ocurrió una tarde en que se sintió agotada. Yo trataba de disuadirla, de hacerla comprender que era demasiado pronto para viajar con la niña tan chiquita. Entonces Mila se enfermaba cuando yo le llevaba la contraria, no sé por qué tenía tantos altibajos en su estado de ánimo. Parecía que el valle la influenciaba a esos desajustes emocionales, no sé si la atmósfera del lugar tenía que ver con aquellas emociones dispares de Mila.

Pero alguna vez caminando por las riberas del río, Mila miró su rostro en las aguas estancadas de un lago formado por el arroyo, y descubrió horrorizada que estaba enferma y había envejecido. Fue a contarme su impresión, sintiéndose desgraciada, entonces yo me reía y le decía que estaba siendo presa de visiones. Empezó a llorar como nunca la había visto antes, menos mal, nuestra hija no estaba en casa, si no dando paseos por ahí, de lo contrario, se hubiera sentido afectada por el raro comportamiento de su madre. “No es nada, sólo son impresiones tuyas.” Le decía.  Pero sus lágrimas más se multiplicaban, parecía inconsolable, yo trataba de abrazarla y protegerla, de hacerla desistir de acumular vacías visiones enfermosas. La acariciaba y le susurraba canciones, parecía estar reducida a comportarse como un bebé marginado.  “Dime, Mila, ¿por qué te pones así? ¿qué te pasa?” “No me dejes.”  Me suplicaba con los ojos atacados por la purulencia de las visiones del valle que hacían efecto instantáneo en ella. “Pero, ¿qué es lo que te pasa? Has de haber comido por ahí alguna planta alucinógena.” “No, no, tienes que creerme…” Yo sabía que Mila todo lo estaba imaginando.

Las lluvias comenzaron a cundir en esos días y entraban por las hendiduras de los techos. Algunas goteras mojaban los cabellos de Mila y apaciguaban un poco su fiebre. Pero su incansable desvarío me estaba atemorizando cada vez más y más.  

La niña comenzó a notar las raras actitudes de su madre, Mila lograba asustarla.

Yo creía que de verdad se estaba volviendo loca, pero no sabía el motivo que ocasionaba sus espejismos demenciales. Algunas veces llegué a verla por los senderos del valle, corriendo desesperada. Bajaba de la casa a acompañarla, y le decía: “Tranquila, no desesperes.” Pero Mila estaba confundida y desorientada. Apenas me hablaba, guardando sus temores, tenía los ojos desorbitados, sentía la sofocación que trae consigo la cercanía de una enfermedad incurable, los desmesurados desvaríos de Mila me ocasionaban encendidas e indecibles expresiones de cetrino tormento. “¡Ocúltame de ellos!” Señalaba el aire con los dedos. Estaba ebria de desquicio. Yo la introducía en la casa, aprovechando que la niña estaba por ahí inventando juegos. La ocultaba de su delirio, según mis adoptadas y urgentes indicaciones. Ella se metía entre las telas del lecho de nuestra cama de esponsales, y de allí no salía en todo el día hasta que estuviera segura de que sus fantasmas ya no la perseguían y que habían desistido de torturarla con sus presencias invisibles. Pero luego sentí que se reventaban también los nervios de mi paciencia. “¡Estoy cansado de esto!”  “¡No me dejes, no me dejes!” “¡Estoy cansado de ocultarte! ¿De quién, de quiénes? ¡Yo no veo a nadie!”  “¡Míralos, son ellos, son ellos, están ahí, esperando que yo salga para castigarme!”  “¡Ya basta, Mila!” Y ella seguía temblando de miedo bajo las sábanas, como si tuviera mucho frío. Yo la examinaba, le tocaba la frente y le sentía mucha fiebre, los ojos los tenía enrojecidos. Lo mejor era llevarla al pueblo de Cielo Roto, donde un doctor. Pero ella se resistía. Fueron los comienzos de mi tormento y de mi desventura. Ella estaba de súbito, perdida en la locura. La fiebre del desvarío se presentaba como cicatrices enraizadas y rojos furúnculos marcando con saña su rostro. Ahora Mila sollozaba lágrimas trémulas, estremecida de pies a cabeza, mientras los detestables insectos del valle entraban por toda la casa invadiendo cada partícula de aire. Y cada día que pasaba era peor, Mila estaba mucho más enferma, parecía que un bicho la hubiera picado o un gusano se le hubiera metido en la cabeza, o, lo peor, que un espíritu maligno del valle se hubiera introducido dentro de su cuerpo.

En la noche invadía la casa ataviada de difuntas risas que me estremecían el sueño. La niña lloraba desde su recámara.

Hasta que una mañana en que el verano prometía nuevas flores del regreso, ella no pudo levantarse más del lecho. “Mila, voy a ir al pueblo a traer un doctor.”  “¡No seas! No ves que ya estoy muerta.” “No digas eso. Dime, ¡por el amor de Dios!, ¿qué te pasa?, ¿qué sientes?”  “Cuando yo muera, prométeme que cuidarás mucho a nuestra hija.” Yo asentía demudado, con la cabeza, como si sus palabras fueran avalanchas que sepultaban mi vida. “Tú no te vas a morir. No quiero que te mueras.” “Cuídala mucho, es nuestra hija.” “Yo la cuidaré, descansa.”

Y descansó, pues la muerte le llegó rápido una noche y remedió su locura. Cavamos su tumba cerca de la casa, en el alto de una colina que daba detrás de Casa Peña, los propietarios del valle llamaban a ese lugar El Cementerio de la Colina India. Allí estaban enterrados los padres de Leonardo, como más tarde me contó él en el funeral de Mila.

Fueron a su entierro los habitantes de las casas del valle. La niña Idalba no podía creerlo y yo no podía resistirlo, Idalba estaba vestida de negro escarlata, sosteniendo en sus manos ramos de flores amarillas. La vieja Ivana cantaba con incógnita tristeza mientras el viento sepultaba los rasgos de las fosas entre mieses enlodadas.

 – No se desanime, hombre, ya vendrá a su vida otra mujer-. Trataba de reconfortarme Leonardo, el dueño del valle.

Muerta Mila, yo me sentía empequeñecido, arrastrado al desconsuelo. Deseaba que a mí también me sobreviniera una enfermedad que en suma me distrajera de los tristes pensamientos que giraban en torno a mi cabeza aturdida. Ignoraba qué le había podido ocurrir a Mila, qué había visto, qué había sentido, cuál era el origen de su locura y luego presta muerte. Su imagen quedaba en mi mente con un sabor incierto. Pero no podía dejarme vencer por los acontecimientos, estaba ahora de por medio la crianza y educación de Idalba, se lo había prometido a Mila, que me haría cargo de ella en todos los aspectos.

 – Pero yo no quiero otra mujer, sólo quería a Mila.”

 – Mila, Elizabeth, Ibis, lo mismo da. Todas las mujeres son iguales, llega una y se va la otra, así sucesivamente… -Opinaba Leonardo-. Dele tiempo al tiempo y verá que las cosas se componen.

Su desenfado me trastornaba. Para él era muy fácil decir patrañas con el propósito de subir mi alicaído estado de ánimo. Y perfectamente Leonardo sabía que todo lo que decía o intentaba decir con respecto a la cruda situación no lo justificaba. Por fin se quedó callado, tratando de pensar y concluir que todo lo que decía consciente o inconscientemente estaba de más. Pude al menos respirar más tranquilo, sin la presión de las palabras de pesado confortamiento de Leonardo. Las canciones de Ivana oprimían de melancolía mi corazón, mi alma estaba sedimentada en el dolor. La niña Idalba aparecía inmóvil, pálida como una pequeña estatua. Mirándola, extraños pensamientos se agolpaban en mi cerebro, buscando una salida o intentando hallar una solución para no dejarla en aquel desamparo materno del cual se sentía presa. La hermosura de la niña Idalba no contrastaba con la taciturna ceremonia de sepultura de Mila.

Leonardo se aprestaba a dar un discurso sobre la muerte de Mila, no sé por qué quería atreverse a hablar de ella, cuando ni siquiera la conoció en su verdadera estampa humana. Por supuesto que se lo impedía, no quería que nadie manchara con la tosquedad de las palabras, sin acorde expresión, la memoria de Mila. Y aunque me dijo que el discurso era corto y sencillo, y quiso explicarme el contenido de éste, yo insistía en no permitirle ni dejarlo pronunciar su trivial e inoportuno argumento. Sé que pensaba de mí que era un mañoso, pero era preferible a tener que escuchar sus comentarios fuera de contexto.

Las tristísimas canciones de despedida de Ivana comprimían cada vez más mis sentimientos.

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