El hijo del capitán Cristóbal. Autor: Fran Nore

El hijo del capitán Cristóbal Morales se llamaba Leonardo.

El poniente del amanecer corría despavorido entre estelas de bruma dantesca por los mitológicos caminos de las cumbres.

Leonardo anduvo a lomo de caballo varios días, por entre selvas montañosas.

Le dio la bienvenida el jolgorioso Valle de Casa Peña: las aguas del río siempre lentas y monótonas, el viento matutino ahogando la visión de sus ojos, el sol detenido y pequeño en la distancia crepuscular. Las liebres saltarinas cavaban profundos túneles cerca de las raíces de los sauces para almacenar hortalizas, una jauría de perros salvajes vagaba por los bosquecillos entre feroces ladridos. Florecían ramos de arietes, las begonias, las cerezas rojas de los setos, la retama amarilla, las hojas de acanto, el diente de león.

A poca distancia, Leonardo divisó Casa Peña, en el epicentro del Valle, iluminada su fachada por los rayos solares, los techos estaban cubiertos por decrépitas y gigantescas ramas, figuras umbrátiles invocaban desde sus externas paredes, por los rotos cristales de las ventanas escapaban las aves peregrinas.

Cuando se aproximó y bajó del lomo del tordillo, a pesar de estar exhausto, quiso continuar el resto del trayecto a pie, pues el paisaje lo estimulaba.

El resto del floreciente camino hacia la casa desplomada no evitó que tuviera una mirada cansina y sintiera una emoción febril. Leonardo pareció escuchar en el viento voces del pasado mortuorio. No necesitó un fuerte empujón para abrir la frágil puerta de madera de la casona, fue el viento que al zumbar hizo rechinar los goznes. Los rayos del sol penetraban por las fragmentadas y vetustas ventanas iluminando un poco el lúgubre ámbito del lugar invadido por los poderosos ecos del tiempo. Pero al entrar de lleno a la casa, el viento revoloteó aún más fuerte sobre los techos resquebrajados por doquier rompiendo las estructuras, despotricó las alas de las ventanas, desprendió hojarascas de las ramas de los árboles y las depositó por los suelos de los pasillos humedecidos y sobre los objetos arruinados. El viento traía un abrasante aire oloroso de jazmín estiado. Avalanchas de pedregones sacudían la sofocante infinitud de la estancia vacía en la tarde.

 – ¡Ivana!

Y nadie contestó a su imperioso llamado.

Entró a Casa Peña.

Al mirar por una ventana, contempló las borrosas líneas de los caminos hacia las cumbres y hacia los bosques invadidos por las cenizas fluviales de la noche que se aproximaba.  

Pronto el rocío de la noche caía sobre los techos descuajados de la casa, por las paredes fisuradas y por los corredores hundidos.

Desde las lejanas cumbres llegaban a sus oídos las voces indias entonando versículos prohibidos, los graznidos de cuervos peligrosos volando por encima de los peñascos volcánicos, por encima de las serranías inundadas por espesos nimbos penumbrosos, por encima del cielo detonando legendarios astros precipitados sobre la superficie de la tierra, por encima de las cascadas de arenas de los montes oscuros.

La tempestad se desencadenó conjuntamente con la poderosa pulmonía de sus truenos.

La noche poblada de los sonidos de las fieras iracundas, de las lluvias gestando sus acuosos frutos sobre las aguas discontinuas de los arroyos del río o mojando tres pulgadas de plataforma lunar del Valle.

En aquella soledad emergente de Casa Peña, recordó a Ivana.  Evocó la huracanada figura de esa mujer del pasado.

Las luces matutinas invadieron el penumbroso ámbito de Casa Peña.

Leonardo abrió los ojos, impregnada su visión de claras siluetas lluviosas. Salió de la estancia tratando de alejar su somnolencia.

Ahora, sorpresivamente, vio caminar hacia él una extraña figura humana por la senda del florido valle, creyó que era una alucinación, pero efectivamente se trataba de una retraída figura humana por la senda del río, ¡era Ivana!, que traía en sus manos especímenes de hierbas, y que cuando lo descubrió a través del vacío gris refulgente de su mirada lo fulminó.

Su rostro estaba descompuesto y quebrado por el transcurso de los años, sus cabellos enredados y pelambrados por el tiempo, temblaban sus manos y sus piernas como hierbas mecidas frágilmente por el siroco, su rostro ataviado de arrugas, cubriendo su senectud con un vestido negro plateado.

Su súbita presencia aliviaba la mirada de Leonardo.

Luego se plantaba ante él, descalza y huraña, oliente a magnolias silvestres, su mirada refulgente mientras todo su ser se estremecía de frío, llena de asombro y de espanto, con su mano alargada queriendo tocarlo, acaso la fuerte tos que la carcomía retiene sus alientos, sus palabras, acaso el corazón presto a estallar de rabia solitaria y de amargura.

 – ¿A qué has regresado? –La frialdad de su pregunta, y sus manos temblando tratando de controlar su estupor y de retener sus pasiones-. ¡Cuánto tiempo en verdad perdido!

 – He regresado porque esta es mi casa. –Respondió Leonardo, somnoliento aún-. ¿Y tú, por qué estás así?

 – Son las esperas y los sufrimientos…

 – De tu hijo, ¿qué ha sido de él?

Movió la cabeza de un lado a otro, cobró su rostro un rictus patibulario, no así dejaban de temblar sus manos. Parecía sollozar levemente.

 – Vive entre los evangelistas errantes de colonia en colonia.

 – ¡Ah! ¿Es aprendiz de santo?

 – Sí. Aprende extrañas lenguas.

Dicho esto, entraron los dos a Casa Peña, Ivana detrás de él, sin lograr   escapar de su presencia embrujante.  

Ella, en su senilidad fantasmal, con su negra, larga y descuidada pelambre colgando en sus desnudos hombros, sus ojos pequeños y puntiagudos, respiraba con dificultad.  

 – ¡Estás delirando! ¿Qué haces aquí?

Leonardo olfateaba los mortuorios olores de dalias memorables, cristalino dolor en los ojos negros de Ivana, inyectados de una infinita y simple tristeza.

Afuera, la lluvia que traía el crepúsculo entraba a habitar con su liquidez la catastrófica estampa de Casa Peña.

Ivana, en todos estos años había envejecido tan rápido. Ahora, Leonardo no podría considerarla su madrastra protectora. Pero percibió que la mujer había estado escurriéndose de él desde que había llegado de regreso a Casa Peña. Claro que ella no atinaba a moverse al descubrirlo, mirándolo como paralizada y pálida, queriendo balbucir algo más.

 – ¿Por qué has vuelto? ¡No, no, no puede ser!

Y Leonardo les relató las variadas aventuras vividas a muchas millas de Casa Peña. Y él recordó el recato de su madrastra por protegerlo de la avérnica ira de su padre Cristóbal Ruiz de Morales, el capitán, y brindarle la benevolencia de su cuidado.

Ahora su falda estampada de azaleas que el viento subía hasta las rodillas, se ondulaba. Su madrastra volvía a ser su presente.  Su rostro estaba salpicado de cebolla picada.

 – ¿Qué estás haciendo? -Tronó la voz de Ivana.

 – Nada. Sólo llegando…

El contacto con Ivana siempre era diferente, ella era como una madrastra enojadiza, encontrarla significaba para Leonardo un tormentoso estado catalítico de agrias miradas y reproches. Por lo regular, se encontraban en todas las partes de la casa: en los salones, en la inmensidad laberíntica de los pasillos, en los vetustos balcones de enojosos tulipanes, en los áticos cetrinos, en la cocina ahumada, en los sórdidos jardines del Valle donde se concentraban sombras de lodo, en los atrios y en los andenes de los ginebrinos muros ulteriores, en las riberas del río donde espantaba la corriente a los pájaros y a los peces con su silencio hechicero o emanaba el viento con su vozarrón de chacal.

Ella fabulaba con silbidos escalofriantes. En el tiempo en que vivió con su difunto padre, estuvo reducida a la fatalidad, las cosas aún no habían cambiado, pero ella esperaba una nueva oportunidad de surgir como macuá de los escombros. “¡Ja ja!” Su carcajada deformada resonando en el atisbo de la noche.

La noche que con sus negros tentáculos envolvía con su brisa la veleidad de la progenie de los maldecidos.

La vieja casa la salvaba de sus delirios. Profería rezos de hechicería, mordiendo su rabiosa lengua.

Un sórdido pajarraco tejía altisonantes cantos mientras se depositaba en los altos tejados de la casa.

Al cabo de unos instantes, desviaba su mirada al verlo y rápidamente se sacudía el polvo impregnado en sus ropajes.

Todo en ella había cambiado, así lo notó Leonardo.

Entre grandes zancadas Leonardo desviaba sus pasos a los aposentos ulteriores. Como huyendo de ella y de su nictálope aura.

Por los solitarios alrededores el polvo del tiempo jugaba incansable entre el sepulcral relieve de las húmedas paredes y entre las rendijas del techo a punto de desplomarse y aplastarlos con todo el peso de los años abismáticos, el vaivén danzante de los fríos ornamentos de las columnas y de los muros antañosos que lo sostenían evitando la tragedia. La fabulesca brisa nocturnal traía consigo los ocultos bramidos de las fieras desde los bosquecillos aceitosos, la noche vacilaba existir en la distancia.

Al despuntar el alba, su madrastra y él se encontraban en el silencio bullente de la cocina.

La celada mirada de Ivana absorbía en él su demacrada belleza.

El nuevo amanecer devoraba las sombras penitentes.

Leonardo trataba siempre de huir de la influencia de Ivana, pues su presencia chamánica parecía producirle un terrible malestar, incluso cuando se sentía observado por sus grises ojos de niebla avivados por la lumbre del desasosiego.

Ivana, solamente era un espectro vigilante de Casa Peña. Para invertir su tiempo se entregó a la elaboración de hamacas y de sombreros de iraca y así poder perder las horas.

En la penumbra solana de los corredores invadidos por profundas marañas, observaba durante intensos lapsos de tiempo cómo el viento con sus artilugios aéreos mecía las hamacas de hilo colgadas de las ramas de los árboles del Valle, tejidas en hilos de variados colores. Pero como se aburría confeccionando sola regresaba a lo habitual y usual: vigilar a Leonardo.

Leonardo estaba apesadumbrado.

A veces veía que Ivana bajaba hasta el río y cortaba de sus orillas diversas flores con las que formaba ramos para adornar las imágenes de las vírgenes que eran el templo de sus oraciones en el salón de la casa.

Cada mañana iba al linde de los caminos hacia los bosques y recogía bellas hojas, flores y frutos, de todos los distintivos; a veces la tierra no daba flores, pero sí hermosas ramas, colchones de hojarascas y de mieses de colores extendidas por las riberas del río enarbolando su frescor. Para alegrar su ocio demente se lanzaba a volar simulando ser una alondra, por el cielo destellante de luces lontanas. De las endebles ramas de los sauces, pájaros con vegetales trinos de viento formaban en la atmósfera locas zarabandas que la hacían danzar entre silbidos estentóreos de felicidad. ¡Ah, la vieja Ivana, fabulando en una tierra por conquistarse a sí misma sobre ella!

Entonces se pasaba la mayor parte del tiempo en esos escuetos oficios, y era preferible para Leonardo que estuviera desarrollando su locura senil a tener que soportar que lo espiara.

Cuando estaba sola y poblada de las escuálidas sombras parapetadas a los cuatro muros humosos de la cocina, ella agigantada en sus delirios y mitos montunos.

Leonardo trabajaba en los bosques cortando la leña para el fogón mientras su madrastra se ocupaba de las faenas culinarias y de recoger los frutos de los mandarinos y de los groselleros, picada de hierba y por mosquitos.

Jamás se hubiera acostumbrado Leonardo a la ausencia de su madrastra, y ese era uno de los motivos por el cual había regresado.

Caída la tarde, la encontraba bajo las  sombras de los sauces del río, pero evitaba verla de frente, porque presentía que Ivana continuaba espiándolo con el gris profundo de sus dilatados ojos de anacoreta, seguía vigilando sus pasos afuera o adentro de la estancia, resguardada entre las malezas o desde los muros frígidos de la casa ensombrecida. Con el tiempo, Leonardo ya no estaba sorprendido.

 – ¿Por qué me vigilas tanto?  –Le preguntaba a diario Leonardo, para que finalmente ella se hiciera una idea de la incomodidad que sentía.  

 – Te pareces a tu padre… –Refulgía Ivana con su astuta mirada sibilina-.

 – A lo mejor.

 – ¡Ay, jovencito!

Por fin la vida le abría a Leonardo los ojos y la sordera del alma por los senderos del estertor.

Ivana, que lo había acosado y seguido muchas noches de su vida para reclamarle la muerte de su padre, descubría que por fin el destino del muchacho se desenvolvía mágicamente. Pero entonces, el calor de deseos inconclusos sudaba por su cuerpo, la vida le era extraña, pensaba que era solamente un capricho loco de la naturaleza, pero luego entendía que era el toque de la sangre que lo conectaba con la intensa lucha que libran los sentidos y el espíritu.

Presa del abandono y del sopor se refugiaba en su alcoba oliente a margaritas, a alcohol, a polvo libelo, o se aprestaba a hincarse frente a los altares en el salón, iluminada la penumbra por las temblorosas luces de cirios y de velones de sacristía que formaban en las amarillentas paredes los desnudos rostros de las figuras solemnes de vírgenes y de santos; en su desvarío de madreselva, en su ensueño enfermizo, para que la guiaran a los túneles de la claridad y pudiera alejar de su cabeza los espectros de las guerras interiores que la invadían.  Para evitar las rabias de sus dioses míticos retornaba a exacerbados cánticos y enloquecedores mantras que se convertían en la noche en murmurantes y enloquecedores orquestas de despiadados lobos y lechuzas agonizantes a unísono. Resonaba su soledad de agonizantes voces y de trepidantes ecos.  Hechizada, salía a  los antiquísimos pasillos del caserón, atacada, en suma, por la sarna de los sentimientos frustrados: la fría emotividad de sus palabras, la inapetencia de su ser pronto a resumirse al vacío, el resentimiento que sentía por Leonardo, por sus recuerdos, por sí misma. Sabía que no tenía a dónde ir, entonces se resignaba a compartir su solitaria existencia con Leonardo, más como una resolución de la vida que como una debida solución a sus devaneos.

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