El hijo de Ivana. Autor: Fran Nore

Cierta mañana inesperada cubierta por un velo de niebla subhumana, regresó a Casa Peña, Antonio, el hijo de Ivana y de Cristóbal Ruiz de Morales, su hermanastro, tras una larga y penosa travesía por las cumbres.

Lo acompañaban dos monjes del pueblo de Cielo Roto, pues otros tantos acompañantes habían perecido de delirio y de peste a mitad del camino.

Las mulas de la caravana estaban cargadas con grandes equipajes y con costales de viandas.

Cuando Ivana reconoció a su vástago, fue a su feliz encuentro y se abrazó fuertemente a él, derramando un llanto próvido de cuantiosa felicidad.

Aunque Antonio estaba fatigado y tambaleaba encima de su caballo, bajó de él para refugiarse entre los brazos de su madre. Pero cuando estuvo frente a Leonardo, preguntó a su madre de quién se trataba.

– Él es Leonardo, tu hermano medio. El hijo de Segismunda, la primera mujer de tu padre.

Y en nada le agradó. Se quedaron ambos mirándose con recelo. Luego movido por una fuerza levadiza, con la rapidez de un rayo de gotícula luz, extendió su mano a Leonardo.

– Yo soy Antonio.

Ambos se apretaron las manos. Pero aun así no dejaban de escrutarse, sopesándose.  

Antonio quiso entrar con ellos a Casa Peña.

Ivana estaba enternecida, su semblante estaba radiante, inundado de ardientes y copiosas lágrimas de felicidad.

Antonio era un joven enjuto y extremadamente pálido, con unos grandes ojazos negros que hacían su mirada fría y penetrante. Pero era un errante de su vida demiurga. Reconocía a su madre querida lleno de sopor viajero y se abrazaba constantemente a ella, ya no quería desprenderse de su lado.

Y luego presentó a sus dos acompañantes: uno de los monjes se llamaba Loan y el otro se llamaba Vernet.

Eran dos hombres de caras alargadas y amarillentas, vestidos con los atuendos de la orden de los franciscanos a la que pertenecían desde antes de su juventud.

Ivana les brindó el maná dominical.

Los viajeros estaban sedientos y bebieron de los jarrones con viche y vinete. Luego desempacaron de su equipaje, baratijas para Ivana y Leonardo, que no esperaban regalos de ellos.   

Antonio fácilmente se embriagó y ya lanzaba improperios y burlas parlanchinas contra sus dos acompañantes, sus risas borrachinas hacían más alegre la velada.

Los tres visitantes pronto se entregaron a la bebida y al escándalo fiestero del regreso.

Ivana no quería recriminar a Antonio, no por ahora.

Leonardo relucía una mirada desconfiada y agresiva contra ellos mientras los escuchaba borboritar extraños vocablos en latín.

Finalmente, a la noche, quedaron los tres como desahuciados, y se retiraron a las alcobas que Ivana les había preparado.

Ivana condujo a Antonio, su hijo ebrio por el licor y la felicidad, hasta la habitación de huéspedes.

Leonardo estaba desconcertado, sorprendido con el repentino regreso de Antonio.

La anciana Ivana trataba de reanimarlo hablándole de otras cosas, pero Leonardo distraído sólo alcanzaba a sonreír sin demostrar mucho su afectación.

En esa velada fue poco lo que se habló de ciertos asuntos importantes. Empezando por Leonardo que no tenía ningún interés de decir nada.

Y cada uno de los monjes presentes también prefirió retirarse a descansar.

Pero Leonardo se quedó entre los pasillos, vagabundeando hasta el alba, sumido en catastróficas cavilaciones que le impedían el sueño.

Afuera, el cielo tormentoso de la aurora crujió.

La luz del día naciente invadió los alrededores con su diáfana calidez invernal que hería.

Los animales del Valle se despertaban en su conjunto salvaje emitiendo un orquestal de ruidos y silbidos extraños y confusos.

Desde la lontananza el viento arreciaba zumbos perturbadores y nostálgicos.

 Esa mañana de embriagante sol, nadie se despertó temprano.

 Y Leonardo apenas estaba empezando a dormir.

 El viento sacudía con sus flotantes arrullos las guindas del Valle.

Luego Ivana se despertó y fue a limpiar la cocina. El poco humo del fogón extinguido se esparcía por el interior de la casa. Después se le unió Leonardo que quería ayudarle a asear.

 – Está hecho todo un hombre tu hijo Antonio.

 – Sí. Tiene un aire en la mirada a tu padre, se parece tanto al difunto…

 – ¡No seas tonta, Ivana!

 – ¿No lo crees? No ves que son parecidos. Cuando lo vi llegar creí que era tu padre que había vuelto a estar con nosotros…

 – ¡No seas tonta, Ivana!

 – ¿Piensas contarle?

  – ¿Contarle qué…?

– Pues… no sé… -Estaba dudando en expresar aquella dolorosa perturbación que siempre le daba vueltas por la cabeza y la atormentaba. La inquietud que siempre atosigaba sus palabras ante Leonardo, que mortificaba sus recuerdos-. Contarle que mataste a tu padre… A su padre…

– ¡No seas tonta, Ivana! Esos secretos nunca se confiesan… Además todos creen que mi padre Cristóbal murió en campaña…

 – Pero él necesita saber la verdad…

 – Sí, pero no serás ni tú ni yo quienes se la digamos… ¡Ya cállate! No quiero seguir escuchándote…

Dentro de la cocina ahumada, se formaban figuras cabalísticas y chamánicas con el humo del fogón de reverbero.

Hubo entre ambos un silencio cómplice.

Antonio nunca sabría que Leonardo había asesinado al capitán Cristóbal Ruiz de Morales, el padre de ambos.

Siguieron platicando, pero ya de otras cosas menos importantes.

Ivana descubría en Leonardo secretos de su vida escondida cuando estaba por fuera de Casa Peña, de sus viajes por las montañas y los pueblos de mercaderes, de su travesía y permanencia por allá abajo en el pueblo de Cielo Roto, secretos que ahora y siempre serían inconfesables. Pero esos secretos de Leonardo se reducían a travesuras de cuando era un adolescente inquieto, y gustaba jugar con sus correrías a ser el hombre dominante.

Ivana también se confesaba ante él, de su amor por su padre, de su vida pasada cuando vivía en el pueblo de Cielo Roto, de su familia, de sus amores frustrados.

Estas conversaciones los sinceraba a ambos y los acercaba un poco más en el afecto que podrían llegar a compartir, sin tanto recelo del uno por el otro.

Luego terminaban recordando los nombres de antiguos visitantes al Valle y a Casa Peña.  

Ahora Ivana no se sentía tan sola como antes, tenía la compañía de Leonardo y la compañía salvadora de su hijo Antonio. Se restablecía en sus ánimos y parecía cada vez más dispuesta a organizar la mampostería de la casa vejestórica. En su dinamismo se contagiaba de nuevas fuerzas, ella que se sentía agotada y desvalida, desde tiempos atrás, con los innumerables quehaceres de la casa.

Por fin, Ivana dejaba de juguetear con toda la exuberancia hechizante que le ofrecía la casa, dejaba de jugar por el Valle y sus míticos alrededores, en los momentos en que se sentía tan sola, tan desamparada.  Y se dedicaba verdaderamente a lo que tenía que hacer, cuidar de la casa, de ella y de su salud, y especialmente de los requerimientos de Antonio, que recién llegado necesitaba de sus cuidados y esmeros.

 – Pero, ¿de verdad no piensas contarle la muerte de Cristóbal? –Volvía a insistir, como presa de una febril descarga de verdad, presintiendo que Leonardo podría desatar entre ellos una batalla.  Y si abría la boca y le confesaba a su hermano medio Antonio el crimen perpetrado contra la humanidad del doliente padre, si se lo propusiera, con sólo contar aquellos funestos pormenores que habían atormentado por muchos años a Ivana, sería por supuesto una reivindicación familiar.  

 – Pero, ¿por qué insistes en eso? Mujer…

 – No sé. Tengo mis temores.

 – No tienes por qué temer. Esta boca mía será una tumba. No quiero desencadenar en la casa más tragedias. ¿No te parece poco todo lo que ha pasado y todo lo que hemos sufrido por culpa de la muerte de mi padre?

 – Sí, por culpa del asesinato de tu padre… -Corrigió Ivana.

 – ¡Mi padre era un bastardo!

 – Pero no tenías ningún derecho a matarlo y arrojar su cadáver a los perros de los montes.

 – ¡Sí, lo he matado! ¡Ya no me atormentes más! No regresé para que me lo recordaras todo el tiempo… Por eso hui, para olvidar…  

Ivana asentía con la cabeza y creía en las palabras de su hijastro, pero en el fondo de su corazón no podía perdonarlo; ellos dos, Leonardo y Antonio eran de la misma sangre del hombre que ella siempre había amado.

 – Recuerda que tu madre Segismunda lo abandonó…

 – ¡Ya! No quiero seguir hablando del asunto…

Entonces Ivana dejaba de inquietarse, aunque tenía sus reservas.

Preparaba el desayuno para Antonio con un regocijo nunca antes vivido en la cocina. Entonces comprendía que las cosas de la familia en Casa Peña estaban cambiando su rumbo aciago. Y que con el transcurrir del tiempo las luces del perdón alejaría de una vez por siempre los resentimientos, los recelos y el sufrimiento.

Pasados unos instantes, Leonardo abandonó la cocina y fue hasta la sala, se encontró con Antonio que estaba sentado tranquilamente en una mecedora.  

La luz del amanecer encendía aún más sus ojos negros como fogatas brillando. Parecía dormirse ante el flotante vaivén de la silla de mecer, inmerso en el sofoco.

 – ¿Y tus amigos? –Le despertó Leonardo de su ensoñamiento, queriendo escuchar su voz.

– Todavía duermen –respondió Antonio, sin mirarlo-. Están muy cansados por el viaje tan agotador.

 – Claro, es de suponer… ¿Y tú, no estás cansado, has dormido bien?

 – Desde luego.

 – ¡Debes estar hambriento! ¿Tienes hambre?

 – Sí.

 – Iré a decirle a Ivana que te traiga el desayuno hasta acá y algo de beber.

 – No, no te molestes, Leonardo, no hay necesidad. Estoy bien. Más bien cuéntame de ti. ¿A qué te dedicas por estos solitarios lugares?

 – A nada en especial. Soy leñador.

 – Mi madre me ha hablado mucho de ti.  Dice que eres también hijo de mi padre. Hijo de su primera mujer, Segismunda.

Y permanecieron en silencio, buscando cómo seguir la conversación, que parecía tener un desenlace desastroso.

  – Sí. Pero mi madre, ya no la recuerdo…

 – ¿Y a nuestro padre todavía lo recuerdas mucho? Mi madre dice que también nos abandonó. Yo no te recuerdo bien a ti, tal vez porque para ese entonces era muy chicuelo y no lograba retener tu rostro en mi memoria. A mi padre tampoco lo recuerdo, no creo que pueda dibujar su rostro en mi memoria.

Se quedaron en silencio, buscando de qué hablar a continuación, llegaba la conversación a un punto estancado.

Antonio fijaba sus ojos en Leonardo, como queriendo escudriñar sus sentimientos más ocultos, quería preguntarle muchas cosas del pasado.

Pero Leonardo se incomodó y cambió de conversación.

 – ¿Pretendes permanecer por mucho tiempo por estos lados o sólo estás de paso con tus amigos, los monjes?

 – La verdad no son mis amigos, son mis maestros…

 – ¡Ah, ya!  

De pronto el solitario hermanastro desviaba la mirada hacia algún punto perdido del salón, tanteando la penumbra todavía no disipada por las luces del amanecer. Ya no posaba sus ojos en Leonardo que se sentía verdaderamente incómodo con su presencia inoportuna.

Entonces Leonardo descubría que Antonio se sentía mucho más importante que él.

 – ¿Verdaderamente qué te trae por acá?

 – Vine a visitar a mi madre, como comprenderás hace años no sabía de ella, donde vivo es un lugar dedicado al estudio, a la oración y a la contemplación, vivo confinado en una celda de monasterio, mi vida ha transcurrido entre libros y salmos; me hacía ya falta ver a mi madre y también quería conocerte a ti, mi madre me había hablado de ti tantas cosas, pero en mi mente sólo permanecían recuerdos inconexos y borrosos…

 – ¿Y qué te ha dicho de mí?

 – Muchas cosas, Leonardo. Me duele la cabeza –evadió la pregunta mientras la palidez y los calofríos de la resaca le recorrían el cuerpo-. Pero ya se me pasará… -Hizo una pausa-. Cosas, simplemente cosas…

  – ¡Ah, ya!  

Leonardo lo observaba más detenidamente, en su triste apariencia de monje reclutado, y descubría con asombro, que verdaderamente como decía Ivana, en Antonio estaba el vivo retrato de su padre asesinado.

Consideraba entonces que su malvado padre había vuelto a la vida reencarnado en Antonio. Se estremeció. No podía ocultar su ingravidez. Aún así trató de controlarse y ocultar todas sus intenciones de volver a increparlo o provocarlo. De sólo pensar que tenía ante él una imagen rejuvenecida de su odioso padre lo ensombrecía, le cambiaba el estado de ánimo. Supuso que la maldición de la muerte de su padre lo alcanzaría y esta inquietud lo sobrecogió aterradoramente. A su memoria fluyeron los recuerdos como una cascada donde nítidamente se reproducían los acontecimientos de aquella fatídica noche donde había perdido la cordura, y el desenlace había sido provocar la tragedia sobre él y sobre Ivana, confabulada de una u otra forma con los antiguos intereses de su padre.  

Y en un santiamén, dejó solo a Antonio allí en la sala, y fue a buscar a Ivana por toda la casa, necesitaba que ella le removiera las culpas y los sentimientos encontrados que ahora con la presencia de su hermanastro experimentaba en medio de la zozobra y la desazón.

Encontró a Ivana en la cocina.

 – Necesito hablar contigo –le dijo a Ivana que tenía una cara desvelada.

 – ¿Sobre qué? –Preguntó ella, inflexible.

 – Sobre tu hijo.

 – ¿Qué pasa con él?

 – Necesito que me expliques algunas cosas…

 – Está bien.

Entonces le prestó toda su atención a Leonardo. Se apeó a las vidrieras de la ventana, frente a él.

Leonardo vio entonces que lloraba levemente, envejecida, y denotando aquellas profundas ojeras que demacraban su cara.

 – ¿Qué te pasa, por qué lloras?

 – No puedo soportar el pasado. Prométeme que no le harás daño a él –se atrevió a desafiarlo.

 – ¿He dicho que le haré daño? ¿Crees que soy como un animal salvaje que me la pasó matando?

 – No, pero… -Se le acercó y lo tomó febrilmente de las manos, lo convidó a sentarse en un entarimado de rústica madera que estaba en un rincón de la cocina-. Jamás te delataría con él.

 – ¿Por qué no? Eres su madre y tienes todo el derecho de contarle lo que he hecho con nuestro padre.

 – No quiero que jamás lo sepa, sé guardar un secreto, por oscuro y fatídico que sea, hasta el resto de mis días. Te he jurado no contarlo jamás. ¿Puedes prometerme tú lo mismo?

 – Yo más que nadie te lo prometo. Pero antes quiero saber todo lo referente a Antonio.

 – ¿Qué quieres que te cuente?

 – Su partida al monasterio.

 – Es una larga historia…

Y así, Ivana, dio comienzo a la historia del nacimiento y crecimiento de Antonio, en los tiempos en que Leonardo había abandonado Casa Peña, huyendo de los nefastos sentimientos que le habían inspirado la muerte de su padre, el capitán Cristóbal Ruiz.

 “Cuando antaño te fugaste, avergonzado por el crimen que habías perpetrado contra la humanidad de tu padre, mientras ibas con tu caballo blanco en monta por los caminos del Valle, yo te seguí hasta los lindes boscosos queriendo retenerte, llorando desconsolada. Comenzó a llover precipitadamente sobre los bosques. Ya sin fuerzas, regresé a la casa. Las fiebres se apoderaron de mi cuerpo. Era una desvalida mujer embarazada viviendo encerrada en el caserón. Me recuperé pasados los días, y luego de estar sana le rogué a Dios que me diera fuerza suficiente para ir a buscar el cadáver de tu padre abandonado en las montañas, a la intemperie de las fieras hambrientas. Lo busqué muchos días y gracias a La Divina Providencia pude encontrar su cuerpo putrefacto entre las cuchillas de las montañas, allende a las minas de oro.  Envolví su cadáver en mantas de algodón y fui a sepultarlo bajo el árbol más grande del Valle. Después volví a Casa Peña, satisfecha de haber salvado de los perros salvajes sus restos despedazados. Le recé una novena por doce días, para que su alma encontrara la paz y el retorno a La Otra Vida. Yo solía ir todas las mañanas a terminar de rellenar con tierra el hoyo cavado bajo el árbol más gigantesco del Valle, y ponerle flores y enderezar su cruz de palo ladeada por el viento. Pero una mañana, que fui a ponerle ramos de flores, me sentí agotada y asfixiada, comencé a angustiarme ante los imprevistos dolores del parto. Entre grandes voces, inútilmente, pedí ayuda a la soledad del Valle. Mis flemosas lágrimas bañaron el escuálido crío que había expulsado de mis entrañas, envuelto en sangre intestinal. Los leves quejidos de la criatura apenas emergían a la superficie. Lo envolví con mi traje, y aunque estaba convaleciente recobré las fuerzas y retorné a Casa Peña, empapada en sangre y cargando al bebé. Entré a la casa. Y ya cuidaba de mi pequeño crío. Yo estaba aterrada con el asesinato de Cristóbal por su propio hijo. El pequeño crío no dejaba de llorar. Creí que el asesinato de tu padre era un sueño mío, debido a las fiebres del parto. Y el llanto del pequeño Antonio no cesaba. En aquel Valle endemoniado donde residía El Judío Errante, nunca mi vida había sido tan horrorosa. Pasaron luego los tiempos sin que tú regresaras, huyendo de las tropas militares que te buscaban para encarcelarte o matarte, porque ya los altos mandos sabían de la tragedia familiar.  Ya no conservaba la esperanza de volverte a ver y encontrarte con vida, pues los trabajadores de tu padre también te buscaban por todos lados, para apresarte y ajusticiarte, tal vez darte muerte. Y los días con sus noches pasaban veloces como en un sueño inanimado. Mientras tanto el pequeño Antonio crecía como una desventurada criatura sin padre. Corría ya por los campos del Valle y sus juguetes preferidos eran, los pájaros, las mariposas, las flores. Cuando Antonio estaba mucho más grande, lo llevé por vez primera al pueblo de Cielo Roto, los habitantes del lugar quedaron maravillados con la belleza del niño y su semejanza a Cristóbal Ruiz, el capitán, fui a matricularlo a la escuela, pues ya estaba en edad de asistir a la enseñanza, se rehusó a asistir a la escuela del pueblo, le parecía que la institución era un meandro de reglas pesadas, normas estúpidas y organización represora, le irritaba toda manifestación organizada y educativa. Yo sabía que mi pequeña semilla estaba poseída por un pasado adherido a su conciencia, que odiaba. Entonces, planeé su nueva ruta de vida: lo entregaría a los errantes evangelistas que iban por los exuberantes territorios de América promulgando El Evangelio, de pueblo en pueblo, de colonia en colonia, de comarca en comarca, convirtiendo a los indios profanos y bárbaros, a los esclavos negros y a los herejes, a los dogmas cristianos. Con estos monjes franciscanos, Antonio alcanzaría la disciplina, el amor por el estudio y la enseñanza, las normas que sujetan el orden, la constancia y la entrega a los principios religiosos. Con los evangelistas, que eran de varias órdenes, unos franciscanos y otros agustinianos, yo estaba segura, de que el malcriado Antonio se convertiría en un culto mocetón. Así lo libraba de la apatía que para él resultaba vivir en Casa Peña o entre la comunidad del pueblo supersticioso. Cuando se lo llevaron las comitivas de Las Congregaciones, yo de una vez por todas me resigné a su ausencia. Fui en varias ocasiones a visitarlo a su lugar de reclusión, una celda en un monasterio católico, a esos extraños templos, impregnada de soledad benevolente, siempre muy respetuosamente con los superiores de Las Congregaciones que se habían compadecido de mi precaria situación de madre. Pronto Antonio se adaptó al nuevo lenguaje que le ofrecían los cristianos y rápidamente fue adquiriendo el conocimiento de los valores inculcados por los maestros. Fue un tiempo tan difícil para mí, el haberme desprendido de Antonio de esa manera, pero no encontré otra solución, además porque era una madre desesperada y sola viviendo en una retirada casa maldita. En aquellos tiempos mi separación con la realidad cada vez tocaba abismos más profundos. Ahora estoy emocionadísima de volverlo a ver, convertido en lo que quería que fuera, un muchacho útil a la sociedad cristiana, estudiando y preparándose para afrontar con resolución los conflictos de la vida actual. Su regreso a casa, traído por sus maestros, ha despertado en mí, hondas emociones, una alegría retributiva, siento que he logrado mi cometido de hacer de él una persona valiosa. Hacía tanto tiempo que no lo veía, no había vuelto a visitarlo, incluso había olvidado un poco cómo eran sus rasgos, su boca, el color etéreo de sus ojos traviesos. Esperé algún tiempo, aquí refugiada, algunos meses intranquilos, poseída por la ansiedad, y esperando resignada el día en que lo volvería a ver y tener junto a mí…

 – ¿Por qué me has contado hasta ahora todo esto?

 – Porque antes no consideré necesario que lo supieras.

Se nubló su mirada gris en un fragoso silencio, refugiada en su postura de matrona bíblica. Se incorporó de la butaca de pino, las manos temblorosas, los ojos undívagos. Según lo relatado a bocajarro, con matización edomita, Leonardo vislumbró en el pasado el tormentoso sino de la vida de Ivana, en los tiempos en que él había huido de la sombra luciferina de su padre asesinado que temía lo alcanzara.

 – Me has dejado sin palabras…

 – ¿Eso no es acaso lo que querías saber de Antonio?

 – Sí. Pero no creí que fuera tan terrible.

 – En su comienzo fue terrible, pero luego, en medio de mi pesar y soledad, pude lograr orientar su camino.

 – ¿Y ahora, ¿qué pretendes lograr con su regreso?

 – Absolutamente nada… Su destino está escrito. Dentro de poco volverá a su vida religiosa en los claustros del monasterio, junto a sus maestros, y tardará meses, tal vez años, en regresar otra vez a la casa y de que volvamos a vernos nuevamente.

 – Entonces, ¿no se quedará con nosotros?

 – Por supuesto que no. Su labor cristiana apenas empieza, su lugar está entre Las Congregaciones, sirviendo a Cristo y entregado a la fe.

El viento entre suaves fracciones vespertinas, entre murmullos de criaturas musicales, se colaba por las fisuras de las paredes ennegrecidas de la cocina. En aquel ámbito flotaba un olor nauseabundo de legumbres podridas.

Ivana abrió la pequeña ventana de la cocina para que entrara aire más purificador, el entumecimiento del aire era evidente.  

El día bondadoso inundaba sus rostros.  Se asomaba la tarde crepitando con un fulgente sol.  El cielo pronto se convirtió en una gran llamarada de visos dorados.

Leonardo adivinó que su madrastra, desde hace mucho tiempo albergaba la ilusión de marcharse definitivamente de la casa en el valle, y sin que él lo percibiera –y en el caso de que Antonio se marchara- no dudaría en irse tras su hijo y olvidar todas las viscosidades del pasado.  

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