Las nutrias y las sierras. Autor: Sebastián Cuesta Bacskay

Lo bueno de los campamentos nudistas es que no tienen espejo. Porque si se hubiera visto reflejado esa calurosa mañana cordobesa, se hubiera tirado sierra abajo. El calor siempre lo hacía dormir mal, aunque sabía que eso era sólo una excusa. Ya no aguantaba más. Tanteó con su mano izquierda buscando el cuerpo de Susana pero sus dedos desfilaron por las arrugas que la tierra marcaba en el piso de la carpa. Recordó que anoche no había vuelto a dormir con él. Tampoco la noche anterior. Ni la anterior.

Se puso un boxer, subió el cierre y asomó la cabeza. Era temprano y todavía no había nadie dando vueltas. En ese mismo momento escuchó que otro cierre subía, unas tres carpas a su izquierda. Un pie se apoyó en el pasto y le dio la orden a su compañero para que hiciera lo mismo. Reconoció la pulserita rosa y blanca de macramé que envolvía el tobillo. Era Susana.

Se volvió a meter y bajó rápido el cierre. Otra vez con ese hijo de puta, pensó. Ese hijo de puta era Tito, uno de los nuevos. Bajó la mirada y se encontró con las palmas de sus manos. Recorrió cada surco y cada línea. Seis meses seguidos de trabajos de campo le habían pasado factura. ¿Cuál era la línea de la vida? ¿Y cómo era que se leía?

Se vio así mismo saliendo de la Facultad de Medicina de La Plata, con el diploma en la mano y todo el futuro por delante. Pero el presente era distinto: el país se ahogaba entre gases, represión y helicópteros. Todo era incertidumbre. Lo único más o menos estable en su vida era Susana, la chica con la que salía desde hace un año. Ella había venido a estudiar biología desde Río Negro pero le dedicaba más tiempo a las artesanías que a los libros. Su faceta hippie era lo que menos le gustaba, decía que lo único que los iba a salvar era creer en el amor libre y la liberación espiritual plena. Él le decía que sí, pero la verdad es que no, no pensaba lo mismo. O no le importaba. Estaba seguro de que ella no le era del todo fiel, pero la realidad es que él tampoco, así que ese no era un factor de conflicto en la pareja. Al menos en ese momento.

Las cosas iban de mal en peor. Todos los días aparecía un billete con nombre y color nuevo, pero cada uno valía menos que el otro. Y por más que entre los dos juntaran varios de cada uno como si fueran figuritas casi no les alcanzaba para pagar el alquiler. Ahí fue cuando ella le propuso irse a probar suerte a otro lado. Le habló de Córdoba, de San Marcos Sierras, del poliamor, de un pequeño lugar en el que la gente no se preocupaba por nada más que por buscar la felicidad. Todo era libre.

A los diez días estaban en un micro rumbo a las sierras.
Las primeras semanas no fueron tan difíciles. Las reglas (por decirle de algún modo porque en realidad no había reglas) eran simples: todo era de todos. Las parejas también. Él también empezaba a convertirse en militante del poliamor.
Sin embargo, dentro de todo lo bueno que tenía su nuevo estilo de vida, había algo que lo incomodaba y mucho. No era el andar descalzo esquivando ramas y mierda de animales, tampoco el frío insólito de las sierras por la noche. No. Lo que realmente le molestaba era el nudismo. No se podía poner a admirar un rato el paisaje sin que un culo peludo o un pubis desprolijo se interpusieran en el camino. Era insoportable.
Ahí fue cuando empezó con los paseos. Daba largas caminatas por las sierras sin ninguna preocupación más que la de volver antes de que bajara el sol. Uno de sus lugares favoritos era el arroyo, donde se relajaba viendo el agua y a las nutrias que iban y venían con sus ramas. A diferencia de lo que pasaba en el camping, las nutrias hacían todo en equipo. Ver cómo trabajaban con sus compañeras le divertía y le provocaba admiración, y podía pasarse horas ahí sentado.

En uno de esos paseos, Susana lo sorprendió parado en la orilla.
– ¿Qué hacés acá?
– Nada, me escapo para no ver a todo el mundo en pelotas. ¿A vos no te molesta?
– ¿Pero cómo me va a molestar si es nuestro estado natural?
– Sería natural si nos estuvieran corriendo los dinosaurios. Quiero creer que después de dos mil años de evolución nos ganamos el derecho de taparnos con unas pieles, como mínimo.
– No seas ridículo. ¿Viste que lindas las nutrias? ¿Sabías que son uno de los animales más fieles de todos? Eligen una pareja para toda la vida y hacen todo juntos: construyen, nadan, cazan, ¡hasta duermen de la mano!
– Mirá vos – Y siguió mirando. Las nutrias habían terminado ya su madriguera. Y ellos, ¿qué habían construido hasta ahora?

Después de recorrerla varias veces, llegó a la conclusión de que en sus manos no había ninguna línea de la vida, así que volvió a subir el cierre y salió. Susana se estiraba frente a la carpa. Se miraron sin saludarse y él siguió su camino. Hoy llegaba el grupo de verano y le tocaba organizar la bienvenida.

En los últimos años, San Marcos Sierras se había convertido en un destino muy popular para veranear. Sobre todo para la nueva camada de neohippies y millenials que buscaban nuevas experiencias para después contarles a sus amigos lo increíble de estar despojado de todo y en contacto pleno con la naturaleza mientras comparten un machiatto doble en Starbucks.
Fue hasta el bosquecito donde siempre conseguían buenas ramas para el gran fogón que se hacía en ocasiones especiales. Pasó por el arroyo y, como siempre, se quedó mirando a las nutrias. Una de las parejas estaba echada al sol, sin hacer nada. Podría jurar que una lo miró y le devolvió una sonrisa.

Siguió su camino y cuando llegó, agarró el machete oxidado y empezó a golpear la base de un arbusto.
-Mirá si me va a sonreír un bicho de esos, me estoy volviendo loco – y volvió a golpear.
– Este lugar me está matando de a poco – Golpeó un poco más fuerte.
– Todos en bolas como si fuéramos animales – Golpeó más fuerte todavía
¡Y ésta que encima con el verso del poliamor se garcha a cualquiera que llega! – Dio un golpe que terminó de derribar el árbol.

La combi avanzaba rápido por la ruta cuando pasó a su lado y formó una ola de tierra que lo envolvió. Se detuvo y al mismo tiempo que cerró los ojos sus brazos imitaron a una pala mecánica elevándose hasta que pudo apoyar la pera sobre las manos.

Cuando se disipó un poco, volvió a abrir los ojos y siguió caminando. Bajó los brazos con cuidado y cuando la vio, comprobó que las nutrias además de construir, nadar y cazar, también sonríen.

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