Paisajes de Tolkien. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera  

 

Para l@s cinéfil@s como yo es un placer inmenso, en el transcurso de mis viajes, poder pisar algunos de los lugares que fueron localizaciones de películas que nos entusiasman:.  tener entre mis manos un puñado de tierra del desierto, que algún día pisaron unos protagonistas del película o entrar en alguna de las cuevas, pintadas por lejanos antepasados nuestros, donde muere sin remedio la heroína, recorrer medinas desiertas, con celosías oscuras y estrechas callejuelas; pasear por aquel puente donde se besó una pareja de ficción, que nos gusta mucho; entrar en el actual hotel -pensión en la ficción- de habitaciones con buenas vistas al río en una bellísima ciudad italiana; subir hasta la terraza de un alto y deshabitado edificio, huyendo de los posibles replicantes que hayan quedado por allí y ver el vuelo de una paloma…

Cuando voy por el mundo intento encontrar alguno de esos escenarios de cine, esos platós naturales, que siempre me hacen soñar y recordar las películas que allí se rodaron…

Estábamos en la Isla Norte de Nueva Zelanda, en la ciudad de Auckland, salimos en dirección a la costa y llegamos a una playa larguísima, que se extendía más allá de donde alcanzaba mi vista; el mar azul se abría ante mí, rompiendo el silencio con altas, grandes y espumosas olas blancas, pero serenas, suaves: era el Mar de Tasmania, bello, impresionante, de nombre misterioso y sugerente… nada que ver con el fiero Tigre de Tasmania o el extraño Demonio de Tasmania, que provienen de esa isla, al menos así aparecía el mar en aquella soleada mañana…

Aquel día iba a ser de película, sin duda: de camino a Rotorua, nos detendríamos en Matamata, una población desconocida años atrás y en la que no hubiéramos hecho ninguna parada de no ser porque allí se encuentra el set o escenario que se conserva de los rodajes de las películas de El Hobbit y la trilogía de El Señor de los Anillos, es la llamada Hobbiton… Para l@s fans de las películas de Peter Jackson y/o los libros de J.R.R. Tolkien es un sueño poder pasear y hacerse fotos por los caminos que transitaron los personajes, entrar en las casas que habitaban los hobbits Frodo y Bilbo Bolsón, Sam, el mago Gandalf y demás personajes de ficción que forman parte de nuestras vidas de espectador@s cinematográfic@s y lector@s

La Colina de Hobbiton parece un gran pastel verde decorado de casitas de puertecitas redondas azules, amarillas o verdes, como la de Bilbo Bolsón, que parecen de juguete, con la ropa tendida o la chimenea encendida y humeando, la leña bien alineada en la entrada o en la leñera; con sus mesas preparadas llenas de cremosos quesos o ricas confituras caseras, o de panes recién horneados; tras las ventanas con visillos de blancas puntillas, colgados los embutidos… Los huertos están llenos de legumbres y verduras, las calabazas a punto de ser partidas, troceadas, hervidas y mezcladas con avellanas para hacer un delicioso bizcocho; hay una escalera en un árbol repleto de frutas y un espantapájaros que adorna el paisaje… Y deseamos sentarnos en el porche de una de esas casitas, que pase por allí el mago Gandalf, tan alto él, con su larga y blanca barba y que me explique antiguas historias de la Tierra Media, mientras allá a lo lejos veo el lago con farolillos y banderas de colores para una fiesta… y no quiero moverme de allí, si es que Gandalf no me pide irme con él…

Atravieso el puente del molino y llego a la Posada del Dragón Verde, de madera oscura, donde bebo una cerveza negra ante la chimenea, hace frío pero es una mañana espléndida de sol… Parto de allí, como si fuera uno de los hobbits intentando ir en busca de un misterioso anillo mágico…

Subimos a un avión y en poco tiempo estamos en la Isla Sur y ya podemos ver desde el aire los Alpes del Sur, cuya cima principal es el Mt. CookAoraki en maorí-, que veremos más de cerca otro día, desde el lago Tekapo, azul turquesa brillante, rodeado del blanco de la nieve; lo mismo nos ocurrió con el bello Mt. Aspiring -Tititea en maorí, el segundo monte más alto de Nueva Zelanda, que se puede ver desde el lago Wanaka.

Llegamos a la ciudad de Queenstown, que duerme al son de un hermosísimo lago con uno  de esos nombres maoríes tan evocadores, el lago Wakatipu… Es espectacular… Y desde la playa que hay en el lago, allá a lo lejos tenemos la imponente cadena de montañas The Remarkables.

Ascendemos el monte en el teleférico pequeño, rojo y ahuevado, y la vista desde allá arriba es impresionante, maravillosa… Caen copos de nieve, hace frío, hay niebla… El agua del lago azul turquesa, los montes nevados, el verde oscuro de los árboles, las islas e istmos del lago… todo es tan bello que no bajarías a la ciudad, te quedarías allí contemplando tanta belleza, la nieve cayendo…

Pero tengo que bajar porque si no no podría subir a un barco de vapor de 1912, The Earnslaw, para realizar un crucero el último día en la Isla Sur, con té incluido, por el Walter Peak High Country, visitando una granja y sus animales, como ciervos, cabras o unos extraños búfalos que nunca había visto antes; un perro que conduce a las ovejas al redil, guiado por los silbidos del granjero y el arte de la esquila…

Aquella mañana salimos muy temprano de Queenstown, era de noche aún y nos esperaba un largo viaje de cinco horas en coche para llegar y tomar un barco que nos llevaría a uno de los lugares más hermosos de la isla, el Parque Nacional de los Fiordos, Fiorland. Nos subimos a un barco y recorrimos uno de los fiordos, de unos 15 kilómetros, que se adentra desde el Mar de Tasmania: el maravilloso Milford Sound -Pipiotahi en maorí-, en el lago Te Wāhipounamu. Aquello que vivíamos era realmente como una película: grandes y escarpados picos, profundas cascadas, como la cascada Sutherland, con casi 600 metros de caída, una de las más grandes del mundo… Es espectacular verla y oír el agua como cae… Los delfines deslizándose como danzarines en las aguas verdes, repletas de jade –pounamu en maorí- en sus profundos fondos: las focas repantingadas, casi confundiéndose con las grandes piedras grises donde reposan, en esa maravilla de la naturaleza, la octava del mundo, se ha dicho, que es Patrimonio de la Humanidad… Y los pingüinos que no aparecieron aquel día.

Después de volver al puerto, a los que habíamos contratado el tour nos condujeron hasta un minúsculo helipuerto y subimos a un helicóptero que en una hora nos devolvería a la ciudad, atravesando los Alpes del Sur, pudiendo ver los paisajes de las películas desde el cielo, como los Glaciares Franz Josef y Fox, amenizado todo por la mínima charla del experimentado piloto -que ejerció como tal en las películas-, que sabe bien que las palabras sobran ante la contemplación de tanta belleza; aterrizamos en la ladera de un alto pico, en la nieve, jugamos como niños, nos tiramos heladas bolas unos a otros, subimos al aparato al cabo de un ratito y seguimos camino hasta Queenstown, después de haber vivido una de las experiencias más alucinantes de nuestras vidas.

Aquella madrugada hacía mucho frío, nos encontrábamos a unos 2.800 kilómetros de la Antártida, nunca estaré tan cerca -al menos hasta que no vaya a Argentina-, estaba un poco dormida aún pero ello no me impidió sentir una de las experiencias más singulares de aquel maravilloso viaje: tuve el privilegio de contemplar un fenómeno de la naturaleza que quizás jamás pueda volver a ver: una aurora austral… Fueron unos breves segundos pero los suficientes para ver iluminarse el cielo en aquella oscuridad que atravesábamos, casi al alba ya… Fueron unos instantes mágicos, maravillosos, irrepetibles: en el horizonte, ante nosostros, una franja alargada de luz de tonalidades verdes, azules y amarilllas, que nos dejó sin habla… como aún sigo al pensar en ella, y al recordar aquellas islas de ensueño donde te rodea la naturaleza en estado puro… donde te sientes en paz contigo misma y con el mundo…

Isla Norte / Isla Sur (Nueva Zelanda)

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Un Comentario

  1. elena2704

    Fantástico!
    El relato de una verdadera viajera que vive sus destinos con todos los sentidos y que sabe transmitir al lenguaje escrito sus vivencias.
    Abrazos, saludos y nuevamente deseo que tus relatos se ubiquen en los puestos ganadores.

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