Canela, vainilla y cardamomo. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

Salí a cubierta, cerré los ojos y aspiré profundamente el aire, largamente, recreándome en el olor a salitre, cuando nos acercamos a puerto… Adoro ese aroma, mezclado con la visión del azul líquido del mar y la de los minaretes blancos de las mezquitas, que vislumbro allá a los lejos, dibujándose su silueta al compás de las olas que nos acercan cada vez más a Zanzibar City.

Nos dijeron que éste es un lugar al que se tiene que llegar por mar… como a tantos otros de este castigado pero maravilloso planeta en el que habitamos… y allí estábamos, navegando la última etapa de aquel trayecto que nos traía desde Dar es Salaam, en la costa de Tanzania… hasta la isla de las especias.

Y fotografié muchas, muchísimas de las miles de puertas que hay en Stone Town, la Ciudad de Piedra, idea que copié de una amiga mía que las fotografía hace años… Puertas de todos los tamaños, formas y colores, del azul turquesa al verde manzana, del rojo estridente al blanco inmaculado, del amarillo limón al rosa coral; puertas grandes y pequeñas, arregladas o apuntaladas por enormes andamios, derruidas o imponentes; con grandes clavos o tachones de adorno, o sin apenas nada, con picaportes redondos, o con extrañas figuras; puertas de par en par, donde podías ver dentro la vida, latiendo, o cerradas; puertas que se abrían por una mujer vestida de negro, con un precioso velo que le cubría el rostro, seguramente bello tras el fino encaje, o puertas que se cerraban despacio, como a escondidas; puertas ante las cuales había una cría, subida en una moto destartalada, puertas ante las que se sentaba a descansar la chica que venía de la fuente, cántaro al hombro.

Y todo eran puertas, ventanas, balcones y celosías de bellas casas y palacios, muchos ahora abandonados, otros rehabilitados, como el pequeño y coqueto hotel donde nos hospedamos en la antigua ciudad, a rebosar de gente, vaivén de culturas, danzar incesante de mujeres vestidas de negro de pies a cabeza, con un velo blanco, de aspecto monjil; otras con ganduras de mil colores diferentes; hombres con chilabas deslucidas y los pies descalzos; preciosos chiquillos correteando por las estrechas callejuelas… y de telón de fondo el mar, ese Océano Índico de playas exuberantes y divinas, de fina arena blanca, para perderse para siempre… como en la playa de Jambiani, una de las más bellas del mundo, según una de mis hermanas.

Salimos de la ciudad y nos dirigimos hacia el norte, a la punta más extrema de la isla, a Nungwi, para pasar unos días finales de playa y relax, después de un ajetreado y maravilloso viaje, lleno de peripecias, de safaris intensos, de experiencias, alegrías y emociones, como en todos los viajes, como en la vida misma, puesto que nuestra vida no es más que eso, un viaje del que sabemos cuándo se inicia y nunca cuándo se acabará…

Al cabo de una rato de haber salido de Stone Town, paramos en un lugar e iniciamos una pequeña ruta de las especias…

Y empezamos a participar en el juego de adivinar los aromas de las plantas, árboles y arbustos que nos íbamos encontrando por el camino y que nos iba indicando nuestro guía.

¡Piña! ¡Piña!, reconocimos tod@s al instante… Se veían allí, en el suelo, como escondidas entre las hojas, y era fácil distinguirlas… y reconocerlas…

Seguimos caminado, oliendo el aire, aspirando de forma incesante, excitad@s, nervios@s por descubrir la especia, como crí@s que intentan conseguir un premio, quizá un puñado de nueces, mi fruto seco favorito, y que tanto abunda allá…

¡Vainilla! ¡Es vainilla!, dijimos al unísono, y ya saboreábamos el espléndido cucurucho, con dos inmensas bolas del rico y helado dulce, al atravesar el arco formado por esos inmensos árboles cargados del fruto de la vainilla.

Unas bolitas oscuras sobresalían en un arbusto y todos dijimos ¡cardamomo!, una de las especias más difíciles de identificar por nosotr@s y… perdimos tod@s, porque se trataba de pimienta… qué decepción… y allá a los lejos se veían los campesinos… entre el verde de la selva…

Uno de los guías se encaramó a una palmera y empezó a hacer de equilibrista, ¡qué miedo!, aunque él parecía tener dominada la situación… luego, acabada la exhibición, nos regaló cocos recién cogidos y partidos con su gran machete de la selva… qué diferente sabía el coco así, recién partido, sorbiendo el jugo directamente del fruto… era dulce y fresco, a pesar de la humedad de la selva…

Qué risa cuando vimos que el guía se pintaba sus gruesos labios negros de rojo intenso, puro carmesí, con un pintalabios natural: el fruto de uno de los árboles que crecía en la isla… nuestra sonrisa era casi tan grande como su graciosa boca…

Y pensé en el arroz con leche que preparaba mi abuela, con canela en rama, testigo de ese toque tan especial que da esta especia a un buen arroz con leche… Pensé en él al aspirar el aroma de esa especia que me entusiasma, una de mis favoritas: me encanta su sabor en los dulces y pasteles, su olor en las varitas olorosas que coloco por mi casa… la canela en rama en el recuerdo de la niñez… Cierro los ojos y huelo a canela… como la magdalena de Proust…

 

Isla de Zanzíbar

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