Saludos desde las alturas. Autor: Pedro Navazo

Aquella noche Iker, un niño de seis años que era la alegría de la casa, un cascabel que se hacía escuchar por los pasillos, incapaz de poner freno a su ansiedad y con los nervios derramados por toda su cabecita, tardó mucho más tiempo de lo habitual en conciliar el sueño: al día siguiente iba de vacaciones a la playa, a Palma de Mallorca, y… ¡era la primera vez que subía en un avión!

A la mañana siguiente, sin que su madre (como solía ocurrir habitualmente) tuviera que insistir en despertarlo, se levantó de un brinco de la cama todo excitado porque había llegado su gran día, desayunó rápido, se aseó apresuradamente y pasó las casi tres interminables horas que faltaban para salir inquieto por toda la casa, preguntando cada poco por el tiempo que faltaba y metiendo y sacando de la mochila sus cosas hasta que terminó echando la cremallera, no sin antes meter en ella un llamativo pañuelo rojo que encontró entre la ropa de su madre.

Llegados al aeropuerto, tras llevar a cabo el protocolo de la localización del vuelo, la recogida de las tarjetas de embarque y la facturación del equipaje, al pequeño le costó soportar la lentitud anormal de espera antes de entrar en el avión, mientras correteaba por la sala de espera inspeccionando todo lo que le llamaba la atención.

Ya, ¡por fin!, dentro de la nave, ocupó plaza de ventanilla y después de vencer el escalofrío inicial y el pellizco en las tripas que le ocasionaron los bandazos de la cabina y el ligero retemblor de los asientos en el despegue, sacó de su mochila el pañuelo rojo y, cuando tomaron altura, se puso a saludar con él con la esperanza de devolverle el saludo a otros niños que, como él, siempre se detenían a saludar a los aviones que pasaban.

Pasado un rato, cuando entendió que desde tan arriba era ya imposible ver sus saludos, se concentró en el océano de nubes que se veían a través del cristal, que le recordaron un campo lleno de ovejas, y dando rienda suelta a la imaginación comenzó a crear con ellas animalitos hasta completar el zoo más bello jamás visto…
Antes de que le diera tiempo a enjaular todo su safari, se le empezaron a caer los párpados y, poco a poco, sin poderse resistir, se le cerraron finalmente como un par de paraguas.

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