El retratador de Cusco. Autor: Rubén Suárez Carballo

Le robé la foto y creí estarle robando al más necesitado. Después de él creí sentirme el segundo hombre más triste de la tierra en el ombligo del mundo, porque Cusco es eso y yo apoyaba mi curiosidad en el vientre de la Pachamama. Quizá era buena o mala persona, porque la condición de humilde no garantiza la forma de ser. Quizá no le faltase comida, quizá tuviese salud y tal vez conoció el amor pero sentí que le faltaba el alma.
Vestía de gris cuando se ganó los soles desde el blanco y negro hasta el color. Su vida como fotógrafo de fortuna se instaló de plomizo en el instante que la facilidad para el consumo y la era digital invadió el planeta aunque él intentaba adaptarse a los tiempos colgando de su cuello algo de modernidad y corriendo apresurado a hacer un revelado a unas señoras que con la misma paciencia esperaban su parte del trabajo.

En sus zapatos viajaba el polvo del camino, del suelo de la misma ciudad imperial que pasa de la piedra de los palacios y las casas con estilo colonial al ladrillo y la construcción inacabada. Del suelo de terrazo al puro cemento, del aire viciado por el ininterrumpido ir y venir de los coches que parecen moverse en un excalestric de feria, a la tierra de los cerros que viaja en el aire y se instala en cada rincón. Sus pasos eran tan cortos y tan negros como el final de cada jornada, donde conseguir que alguien te contratase para hacer un retrato podía ser igual de difícil que despertarse cada mañana con la ilusión de esperar un buen día para el negocio.

Lo siento, quisiera contar una historia alegre pero no puedo. Porque debajo de su sombrero me pareció que se escondía la melancolía, la reliquia del carrete de veinticuatro fotos y la tez quemada por el mismo sol al que yo acudía buscando el calor después de largas jornadas en el frío de las montañas de Perú. Su mirada se perdía en el adoquinado y por momentos se elevaba buscando una mano que se levanta, un gesto o un sonido que de alguna manera rubrique ese pacto con el viejo retratador de Cusco. Mientras estuve allí, en la Plaza de Armas, no lo vi. Solo al viejo que deambulaba alrededor de la fuente, esperando que algún insensato turista viajase sin su cámara o sin su teléfono móvil que realiza fotos con doce megapíxeles de calidad y lo necesitase a él.

Pensé en mi juventud, en que ninguno de nuestra pandilla nicrariense tenía una Fuji, una Canon, una Nikon, una Pentax o cualquier aparato inmortalizador y menos aun el dinero para revelar un carrete detrás de otro porque era un lujo demasiado alto para nuestras familias o, por decirlo de otra manera, era lo menos imprescindible. Las fotos de la adolescencia que guardo son fotos que nos dieron otros y otras que aparecían en el verano con la misma alegría que trae el sol. Los de fuera, quizá por eso, porque nosotros estábamos en casa y eran ellos los que en verdad necesitaban llevarse los recuerdos. Gracias a ellas y ellos, regresamos al tiempo que ya se nos fue, la época que miramos con la aflicción de lo caduco y el goce de lo vivido. Por eso son las mejores reliquias que tengo, porque cada foto en papel Kodak o Agfa existe un momento especial sobre el que caer en la introspección. Ahora es demasiado fácil guardar cualquier momento aunque muchas fotografías pueden convertirse en una de las torturas más crueles.

Yo le robé una foto, lo hice con mi teléfono porque me permitía disimular el gesto, porque era demasiado descaro, demasiada ofensa hacerle eso a un hombre humilde que aún era capaz de buscarse la vida con la estampa. Y, si de algo me arrepiento, es haber sido otro turista más que pasó sin comprar su trabajo.

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