Zona catastrófica. Autor: Alba Delgado González

Bienvenida querida,

No puedo creer la belleza de este regalo que el destino me ha puesto aquí al lado. Soy aún incapaz de asimilar el resplandor que desprendías esta mañana; se abren las puertas y entro, toma nudo de marinero en mi garganta de tierra firme. Tus mejillas se encienden y mi cuentarrevoluciones se orienta también hacia los números en rojo. Me apuntas con tu inquieta sonrisa y me disparas a quemarropa un saludo fino y delicado. ¡Joder, volved a las trincheras y apártese quien pueda!. Demasiado tarde, magnitud 7 en la escala de Richter, la sacudida es fuerte y se suceden inmediatas réplicas, tiemblan mis piernas y las mariposas se zarandean en mi estómago. Me autodeclaro Zona Catastrófica a la espera de volver a verte para empezar con la reconstrucción.

Me hablas del tiempo, de qué si no, en este dichoso rincón en el que tú y yo nos hemos encontrado produciendo un efecto invernadero. Que casualidad, yo también pienso en el tiempo, en todas y cada una de las horas que tardaré en volver a verte.

Me cuentas que en los próximos días anuncian fuertes lluvias en el África Occidental. Qué la época de lluvias está cerca, en la que Dakar se hinunda. Al ver tus ojos, me ocurrió lo mismo. Sentí esa brisa de aire del Atlántico que llega a esta capital instalarse en mi espalda produciéndome escalofríos.

Me confiesas que añoras los días nublados y frescos de tu tierra, el xirimiri característico, el calabobos. Así me siento yo, un bobo, buscando lo que no quiero encontrar entre tus dedos. No descubro ninguna alianza que vista ninguno de tus dedos: anticiclón. Los claros ganan la batalla a las nubes y el xirimiri desaparece, el calor de Dakar vuelve a templar mi alma, las isobaras bailan por todo mi cuerpo, llega la ciclogénesis.

Y ¡clinc! Planta baja. Vuelven abrirse las puertas del ascensor y direccionas tus pasos hacia la calle, haciendo sombra al precioso baobab que está en el recibidor del hotel. Te detienes un instante antes de salir por la puerta y sacar tu paraguas, arrugas la naricita al ver desde nuestro lado del cristal el cielo pintado de color ceniza. He salido corriendo a buscarte, para decirte cualquier tontería de esas de las que bien merece la pena arrepentirse; pero al salir al mundo, todo era una tormenta de paraguas y olores a cuscús.

Hasta pronto.

Tu vecino, de la habitación 316.

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