San Sebastián, punto final. Autor: Blanca Laffitte Lasarte

Hay ciudades y ciudades, y hay destinos a los que siempre se quiere y se necesita incluso regresar. Mi particular viaje es el de la urbe de mi infancia, una ruta interior plagada de aristas y también de buenos recuerdos. Cuando se vive entre el mar y una verdísima montaña se acostumbra uno a tocar casi el cielo con la punta de las manos y se piensa que siempre, o casi siempre, todas las ciudades posteriores serán un poco espejo de esa sensación.

De la ciudad de mis primeros años las guías de turismo vomitan descripciones correctas e incluso en algunos casos, hasta un poco empalagosas. La Bella Easo, destino recurrente en el pasado de aristócratas, políticos y jefes de Estado, ha explosionado en los últimos años hacia un destino de mochileros, surfistas, amantes de la exquisita gastronomía y viajeros en búsqueda siempre de esas emociones que los paisajes del Norte siempre logran transmitir. Ya no hay tanta lluvia en sus calles ni tantos infinitos días grises; incluso en sus veranos luce cada vez más un sol cegador y sus playas son hervideros de cuerpos tostados al sol hasta el atardecer, recordando a sus homólogas del sur.

San Sebastián siempre enamora porque ha nacido hermosa y está acostumbrada a los piropos desmedidos de todos los que se asoman a esa barandilla y contemplan, una vez más, esa bahía de la Concha, a veces serena, a veces brava, como ese Cantábrico enrabietado que es reflejo de ese carácter bravo que tan bien refleja a sus habitantes, a veces callados, a veces taciturnos, obstinados hasta la médula, navegantes y a menudo perdidos en sus íntimos laberintos vitales…

Parece una ciudad de escaparate, elegante, viva y silenciosa muchas veces, europea en sus horarios y orgullosamente afrancesada con sus puentes y frecuentes guiños urbanísticos al país vecino. Ha vivido momentos duros que contrastan con esa ya aludida belleza; pero parece siempre dispuesta a erguirse cual piedra en mitad del oceáno. Dicen que es una isla en medio de esa Guipúzcoa rural e industrial de la que a menudo ha querido distanciarse y también diferenciarse, dicen que es uno de los destinos más atractivos que existen, dicen tantas cosas sobre ella que resultaría un pecado casi mortal no aterrizar en ella y empaparse aunque sea por unas pocas horas, de su alma.

Ella es definitivamente, la ciudad de mi vida, esa imagen a la que siempre vuela mi imaginación y también, mis recuerdos, de una forma consciente o insconciente. Y todavía, cada vez que regreso, me asomo a esa barandilla, que siempre me devuelve la misma estampa, la de una ciudad casi perfecta y siempre, siempre, infinitamente mía.

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