El acertijo del sultán. Cuento oriental. Autor: Esther Domínguez Soto

Año 648 de la Hégira

En la ciudad de Bagdad,  reinaba un  sabio y benévolo sultán que tenía todo lo que un hombre pudiera desear excepto un hijo varón. Un heredero para su reino, grande y próspero. Su única hija, la  princesita Scirina  alegraba su existencia pues era buena, alegre e inteligente. Pero también había un grupo de parientes ambiciosos, dispuestos a saltar sobre el trono tan pronto como él diese la más mínima señal de debilidad. Por eso,  la preocupación  ensombrecía la vida del califa. ¿Dónde encontraría el marido ideal para su princesa.  Un hombre al que planeaba  adoptar para poder nombrarlo su heredero?  ¿Dónde?

Había abundancia de pretendientes: unos venían de lejanas tierras; otros vivían en el reino, Todos ambicionaban casarse con la princesa para reforzar los intereses comerciales o políticos de sus propios dominios. Ninguno  cumplía con las exigencias del sultán: o eran demasiado viejos, o demasiado taimados o meras marionetas de reyezuelos ambiciosos. Fue dando largas a unos y a otros hasta que la princesa cumplió catorce años. No se podía retrasar más la decisión. Había que casarla. Entonces, dejando a un lado a los nobles extranjeros,  envió emisarios por todo el reino anunciando que la mano de la princesa sería para aquel que lograse desentrañar un enigma que el mismo soberano  propondría.  Los pretendientes llegaron de todos los rincones del reino y  se agolparon ante las verjas del palacio. Comenzó  la selección.  La princesa observaba el proceso oculta tras una celosía de fragante madera de sándalo. Tras muchos rechazos, quedaron tres jóvenes, guapos, fornidos, de mirada inteligente y valor probado  en diferentes batallas:  Kaidú, Malek, y Hafar. Entonces el sultán les habló de la prueba que debería pasar aquel que quisiera  convertirse en el esposo de la princesa Scirina  y  a su debido momento,  en el nuevo soberano. Los tres jóvenes asintieron y esperaron en silencio hasta que el sultán pronunció el enigma que decidiría el ganador.

-¿Qué abre los ojos interiores del hombre, llenando  su espíritu de luz y calor  de la misma forma que los ojos del recién nacido se abren a la luz del sol?

Los tres jóvenes miraron al soberano en respetuoso silencio. Éste continuó hablando.

-Tenéis un año para buscar la respuesta acertada. Deberéis presentaros ante mí al finalizar  ese plazo. Ahora podéis retiraros. ¡Qué Alá os guíe!

Los jóvenes se inclinaron respetuosamente y abandonaron el  salón del trono. Una vez fuera de palacio, tras una breve conversación, decidieron partir en direcciones diferentes. Juntos se encaminaron hacia un caravasar. Allí adquirieron camellos y víveres para el viaje  y, al amanecer, partieron en busca de la respuesta a un enigma que cambiaría la vida de uno de ellos.

En el salón del trono, los cortesanos estaban inquietos. Ese día se cumplía el plazo fijado por el sultán para que los pretendientes respondieran a la pregunta que se les había planteado un año atrás. La princesa Scirina, tras la celosía, rodeada de sus esclavas,  se impacientaba. ¿Habría alguno de ellos conseguido desvelar el enigma? ¿Quién se convertiría en su esposo?  ¿Y si ninguno de ellos daba la respuesta correcta? ¿Qué haría su padre entonces?

Sonaron los pasos acompasados de la guardia que acompañaba a los viajeros hasta las gradas del trono. Scirina los observaba con curiosidad. Parecían diferentes. Algo en sus ojos había cambiado. Detectó una  humildad y una decisión  que un año antes no tenían. Una vez intercambiados los saludos, reverencias y cortesías, el sultán invitó a los tres hombres a sentarse y explicar cómo habían pasado el año. La respuesta la darían cuando todos hubieran hablado.  Kaidú tomó la palabra.

-Os rogamos, antes de comenzar la narración de nuestras pesquisas, nos concedáis vuestro perdón, ¡Oh, descendiente del Profeta!

El sultán los miró, extrañado, y preguntó: -¿Por qué teméis un castigo? ¿Acaso dudáis de mi justicia?

Kaidú se inclinó ante el soberano. –Os ruego perdonéis mi torpeza, comendador de los creyentes, justo entre los justos. Es que el resultado de nuestros viajes puede que os desagrade. –Calló, esperando la reacción del Sultán. Éste movió la cabeza, pensativo. –Comenzad y no os preocupéis. Os prometo lo que habéis solicitado.

-Señor, después de abandonar vuestro palacio, nos dirigimos los tres al caravasar de la puerta norte. Desde allí, cada uno de nosotros partió en una dirección diferente en busca de la respuesta a vuestro enigma. Yo tomé la ruta de Basora. Después de avituallarme en esa hermosa ciudad, erizada de orgullosos minaretes, continué viaje hasta la ciudad de Ormuz, en cuyo puerto busqué un barco que partiera rumbo a Ceilán. Mucho había oído hablar de esa isla en la que lo más raro y curioso se encuentra al alcance de la mano del hombre que sabe buscar. Tuve que esperar varios días antes de conseguir que un barco que partía a Bengala me admitiera a bordo.

“Soy soldado –continuó- y he vivido situaciones difíciles pero, –Kaidú sonrió al recordar aquel viaje – puedo afirmar que las jornadas pasadas en aquel buque fueron las más incómodas de mi vida. El mar estaba revuelto, el viento encrespaba las olas, éstas nos golpeaban  sin piedad y, debo reconocer, que el mareo no me permitió asomarme a la cubierta durante todo el viaje.

Se oyeron risitas entre los cortesanos que asistían a la narración. Incluso el sultán sonrió, divertido. Kaidú continuó hablando.

-Estaba tan ansioso por no volver a quedar a merced de aquellas olas traicioneras que, cuando  tras una navegación  accidentada, atracamos en  Cambay,  un populoso puerto de la India, decidí abandonar el barco, recuperarme del mareo que me había amargado aquellos días interminables y continuar mi búsqueda por tierra. Así dediqué unos días a vagar por la ciudad al tiempo que intentaba hallar la respuesta al enigma propuesto. Me encontraba ya fuerte y con ganas de emprender mi tarea cuando conocí a un hombre singular. Hablaba con tono tranquilo y palabras cautivadoras, de paz, de respeto a la vida –incluso la de los animales más repulsivos –, rechazando cualquier tipo de violencia. Soy un soldado, –dirigió sus ojos al Sultán –  estoy acostumbrado a la guerra y la sangre y jamás he rehuido mis deberes. Pero, aquel hombre era tan persuasivo que le seguí durante varios días hasta que me convencí de que sus palabras no eran una superchería. Creía profundamente en lo que predicaba. Fui testigo de cómo compartía su escasa comida con los animales que vagan por esa ciudad, sin espantarlos, con un gesto amable. No poseía nada más que su túnica y unas sandalias pero no parecía necesitar nada más. Lo que me sorprendió es que mucha gente le ofrecía cuencos de arroz y verduras o fruta  que él aceptaba  únicamente, cuando tenía  verdadera hambre. En pago unía sus manos y musitaba oraciones, deseando que su generosidad les ayudara a huir de las reencarnaciones a las que, según su religión, están condenadas las almas imperfectas.

“Cuando partió hacia el interior del país, me uní a él. Deseaba saber qué lo empujaba a abrazar la pobreza y la mansedumbre.  Durante el viaje por el interior del país pasamos grandes penalidades pero cada día él me enseñaba alguna cosa nueva. Llamaba mi atención sobre algo en lo que, en mi vida anterior, no hubiese siquiera reparado. Me sentía cada vez más cerca de encontrar la respuesta para vuestra majestad. Y por fin, comprendí cuál era. Seguí con el hombre santo todo el tiempo que pude a pesar de que ya tenía lo que necesitaba.  Cuando hube de  regresar para cumplir mi deber con mi soberano, sentí que allí quedaba algo que no encontraría en ningún otro lugar.

Kaidú  calló y continuó con los ojos bajos hasta que el Sultán se dirigió a Malek, animándole a relatar sus andanzas durante el último año. Malek se postró ante su soberano y comenzó su narración.

-¡Oh, mi señor! Mi historia discurre entre las montañas agrestes, ciudades curiosas y un desolado desierto. Espero no defraudaros.

El Sultán hizo un gesto, animándole a continuar.

-Partí desde el mismo caravasar que mis compañeros y me dirigí tierra adentro, siguiendo a veces la llamada ruta que siguen los mercaderes de seda, uniéndome, otras, a caravanas que se desvían de  los caminos más frecuentados en busca de nuevos mercados. Crucé Saveh, Sibargan y multitud de pueblos y pequeñas ciudades hasta llegar a  la maravillosa ciudad de Samarcanda. Ese lugar donde se venden toda clase de mercancías provenientes de lugares tan lejanos que se necesitan meses de viaje para alcanzarlos. Samarcanda, con sus mezquitas, avenidas, jardines y fuentes;  los enormes caravasares y los interminables mercados. Allí pude oír multitud de lenguas y conocer infinidad de razas. Disfrutar los aromas de las montañas de especias, de las frutas en sazón, y los dulces que se ofrecen por toda la ciudad. Todo  contribuyó a una embriaguez de los sentidos que me abrió una multitud de sensaciones desconocidas.  Me resistía a la idea de abandonar tan maravillosa ciudad pero, al ser incapaz de encontrar la respuesta que debía presentaros, ¡oh, mi señor! me decidí a continuar mi viaje. Seguí  pues hasta Cashar, atravesé Khotan hasta llegar al desierto de Taklamakán. El nombre de tan temible lugar que significa  “entra pero nunca saldrás” me obligó a desviarme hasta la región de las montañas que los naturales del país –gentes de ojos rasgados, pelo y piel oscura –  llaman Bod y nosotros Tibet. Aseguran que son las más altas del mundo y creo que tienen razón pues algunas son tan elevadas  que no se alcanza a ver su cumbre, únicamente las laderas cubiertas de nieve.

“Me aconsejaron que  me uniera a un grupo de peregrinos y visitara una lamasería, una especie de templo para los fieles y lugar de residencia de los sacerdotes budistas que gustan de aislarse en los lugares más inaccesibles de sus montañas. Cuando llegué, tenía los pies y las manos  destrozadas y casi congeladas –pues el frio es como un perro rabioso que te muerde hasta que las extremidades se vuelven negras y mueres entre grandes dolores. Fui acogido por los monjes. Ellos, no sólo me sacaron de las garras de la muerte por congelación sino que me curaron las heridas que había ido acumulando durante el viaje y una tos que me hacía sufrir grandemente.  Cuando empecé a estar mejor, le conté al encargado del herbolario que, en el ejército acostumbraba curar las heridas de los soldados e, incluso, de las caballerías.  Me  invitó a acompañarlo  y ayudarlo –muchos peregrinos llegan a su destino en condiciones muy precarias. Aquí debo añadir que los conocimientos de estos monjes son muy rudimentarios.  Ignoran  técnicas quirúrgicas que un simple barbero de nuestro país conoce. Pero dominan los poderes curativos de las plantas que crecen en su entorno, desconocidas para nosotros.  Con su ayuda, pronto conocí las plantas que cultivan en unos huertos raquíticos, tan diferentes de los nuestros, rebosantes de flores y árboles frutales. Allí las plantas crecen ásperas y de feo aspecto, pero de propiedades salutíferas muy apreciadas. Me acostumbré a vivir entre aquellas montañas gigantescas, donde el viento sopla constantemente y el frío es agresivo como una fiera hambrienta. Cuando inicié mi viaje de regreso, no pude evitar volver la cabeza hacia la lamasería. Ya había empezado a preocuparme por las plantas, por algunos de los peregrinos que tardaban en responder al tratamiento que el hermano enfermero había recomendado. A añorar, en suma,  lo que todavía mis ojos podían ver.

El silencio se hizo en el salón del trono. El sultán se dirigió a Hafar.

-Escuchemos tu historia.

Hafar hizo una profunda reverencia y comenzó con estas palabras.

-Yo también partí del caravasar de la puerta norte. No sabía dónde dirigirme para encontrar la respuesta a vuestro acertijo, ¡oh, mi señor! Aflojé las riendas de mi camello e, iba tan ensimismado en mis pensamientos, que mi montura eligió el camino por mí

Se oyeron risas y algún comentario susurrado- Hafar continuó su narración.

– Levanté los ojos y vi que me encontraba siguiendo a una caravana que se dirigía a Acre, a orillas del Mediterráneo. Me pareció un buen destino para iniciar mi búsqueda. Así que, me uní a ellos y continuamos viajando en extenuantes jornadas, hasta que en el horizonte se perfilaron los minaretes y campanarios que se levantan en esa hermosa ciudad.  Nos dirigimos a una zona donde descansan las caravanas. Le vendí mi camello a uno de los mercaderes que pululaban por el zoco y me dirigí al puerto. Había docenas de barcos que un enjambre de porteadores cargaban o descargaban en un ir y venir incesante de hombres y carretillas de  los almacenes a los muelles.  En más de una ocasión, estuve a punto de ser arrollado por aquellos hombres que casi desaparecían bajo los enormes fardos que portaban. Me acerqué a un aguador y me informé de dónde podía encontrar un barco que aceptara viajeros. Gracias a sus indicaciones, pude conseguir un pasaje en un barco que partía esa misma noche rumbo a Constantinopla y Venecia.

“Navegamos durante días por un mar tranquilo. Una brisa agradable hinchaba las velas y nos acercábamos a nuestro destino según los plazos fijados por el capitán. Pero una tarde todo cambió. El viento giró de forma brusca y pronto nubes negras como el carbón comenzaron a descargar agua de forma inmisericorde. El capitán nos ordenó refugiarnos en las bodegas ante el peligro  de ser arrojados al agua por un golpe de mar. Así pasamos dos jornadas  en las que no se distinguía el día de la noche, tal era la oscuridad que reinaba en el cielo. Cuando creíamos que el temporal comenzaba a amainar, sentimos un golpe fortísimo y un ruido que parecía salir de las fauces de un monstruo. Acabábamos de chocar contra unas rocas que partieron el barco como si fuese una cáscara de huevo, fina y frágil. Muchos de los pasajeros no sabían nadar y los vimos desaparecer entre el ulular del viento y los gritos de aquellos  pobres desgraciados que pronto fueron engullidos por las aguas. Los que conseguimos alcanzar la orilla después de grandes esfuerzos, nos quedamos tirados en la arena, incapaces de incorporarnos tras la batalla contra el mar.

Todos estaban totalmente fascinados por las palabras de Hafar. El sultán había soltado la boquilla del narguile y escuchaba con gesto asombrado. La princesa, tras la celosía, no parpadeaba, tan concentrada estaba en aquella historia.  Hafar continuó, mirando al vacío, reviviendo el naufragio en todos sus detalles. Suspiró y continuó narrando

-Nos encontraron unos pescadores que nos atendieron con gran amabilidad, compartiendo con nosotros su comida y algunas ropas, pues las nuestras estaban destrozadas. ¡Alá se lo premie con largueza!  Nos informaron que estábamos en la isla de Malta, recién arrebatada a los musulmanes por las tropas cristianas. También me enteré de que en Al Ándalus se libra una batalla constante, los cristianos por reconquistar sus perdidos reinos y los musulmanes  por seguir siendo los dueños de aquel territorio, aunque nuestros hermanos llevan la peor parte en esta interminable guerra. Yo deseaba seguir mi viaje y tras unos días ayudando a nuestros salvadores a llenar sus redes, conseguí un trabajo como tripulante en un barco que zarpó rumbo a Al Ándalus. Ansiaba unirme a las tropas que luchaban contra los infieles. Hicimos varias escalas en lugares desconocidos para mí hasta llegar a una bella ciudad dominada por una impresionante alcazaba y rodeada de una poderosa muralla que la protege de sus enemigos. Málaqa me respondieron cuando pregunté  el nombre de la población. Tan pronto desembarqué, me dirigí a la mezquita de las Atarazanas, Allí agradecí a  Alá el haberme permitido llegar vivo a una tierra donde tanto se necesitan hombres fuertes  que luchen para que el Islam, ¡el Profeta nos guíe en nuestro empeño! siga extendiéndose. Después crucé la puerta del Mar y le expliqué  a un grupo de soldados que quería unirme al ejército. Me acompañaron a un edificio cerca de las murallas y allí pasé a formar parte de las tropas durante unos meses en los que no faltaron sobresaltos, pues los cristianos no dan cuartel y atacan con frecuencia a nuestros campesinos y sus alquerías, arrebatándoles palmo a palmo el terreno que habitan desde tiempo inmemorial. Al igual que mis compañeros, abandoné mis ocupaciones con el placer del que va a postrarse frente a su soberano, pero con el espíritu enzarzado en los quehaceres diarios que ahora llenan mi vida.

Los otros dos pretendientes afirmaron y guardaron silencio, esperando las palabras del monarca. Éste meditó durante unos instantes. Después se dirigió a Kaidú.

-Ha llegado el momento de que respondáis al acertijo que os planteé hace un año. ¿Cuál es tu respuesta?

-La sabiduría, mi señor. Sólo gracias a ella, los ojos interiores del hombre se abren a la luz y disfruta de una vida superior.

-¿Y vosotros qué decís? –quiso saber el soberano.

-Estamos de acuerdo con sus palabras, ¡oh descendiente del Profeta! –Respondió Malek- Todos somos ahora hombres diferentes a los que partieron. Tal vez nuestros rostros no lo reflejen pero nuestros espíritus han cambiado.

-Profundamente –musitó Hafar.

-Los tres habéis dado la respuesta al acertijo –afirmó el sultán. –Deberíamos establecer una nueva prueba para dar con el vencedor ya que sólo uno de vosotros podrá casarse con mi hija. –Los observó detenidamente. Los jóvenes lo miraban con un gesto entre temeroso y suplicante en sus ojos. El sultán dio una chupada al narguile. El burbujeo del agua se oyó en el salón del trono tan grande era el silencio. –Creo que ninguno de los tres pretende ya la mano de la princesa.  –Se dirigió a Kaidú – A eso te referías cuando me pediste perdón antes de comenzar la narración, ¿verdad?

Kaidú palideció y se postró ante el sultán. –Lo habéis adivinado, mi señor. Este viaje nos ha hecho comprender que hay muchas causas y personas que necesitan nuestra ayuda, nuestra atención, nuestro socorro.

Sus compañeros se postraron también y esperaron a que el sultán hablase.

-¿Deseáis regresar a vuestras nuevas vidas? ¿No os importa ofendernos a mí y a mi hija?

-Es lo último que desearíamos, mi señor. Estamos prestos a cumplir vuestros deseos. Hablad y seréis obedecido.

El sultán disimuló una sonrisa ante el gesto serio y ansioso de aquellos tres jóvenes, dispuestos a renunciar al poder y al amor por seguir caminos que los conducirían a la pobreza e, incluso, a la muerte.

-No temáis. No deseo que sacrifiquéis tan nobles propósitos. Podéis partir de vuelta a esos lugares donde os necesitan. Que Alá os acompañe y proteja.

Los asistentes a la entrevista salieron tras los tres pretendientes. La princesa abandonó su sitio tras la celosía. Despidió con un gesto a sus sirvientas  y se acercó a su padre, que seguía pensativo, atusándose la barba.

-Padre, ¿qué vais a hacer?

El sultán contempló a su hija. “¿Cómo han podido renunciar a una joven tan bella y discreta? “, se preguntó.

–No te preocupes hija. El gran visir volverá a convocar a los jóvenes del reino pero, esta vez, propondré  una prueba diferente. Nada que los obligue a viajar. He comprendido que los viajes abren las mentes, moldean los corazones y eso, a la hora de buscar marido, no nos conviene.

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