Un muñeco roto. Autor: Joaquín Moya Latorre

Alejandro era hijo de padres separados. Su madre habla sido el resultado perfecto de una mujer que desde muy niña había crecido dominada completamente por un absorbente, autoritario y perfeccionista padre llamado Juan, quien desde el mismo instante en que dejó a su sacrificada y sumisa esposa descansando de él bajo la húmeda tierra del campo santo del pueblo, decidió que los quince años de Sara, la mayor de sus hijas, se dedicasen por completo a la arbitrariedad y servicio de su exclusiva persona preferentemente a las demás tareas propias de la casa y cuidado de los cinco restantes hijos, y hermanos suyos, encargados del trabajo en el campo, limpieza de las cuadras y cuidado de los animales.

La vieja casona donde vivían, estaba construida toda ella sobre el establo de las vacas, según era costumbre, para aprovechar así el calor del mismo durante los fríos y húmedos inviernos de la montaña. A la vuelta del cementerio Juan reunió a todos sus hijos en la cocina-comedor de la vivienda familiar y las primeras palabras que salieron de su boca, a fuer de consuelo y ánimo, fueron toda una advertencia en cuanto a que su absoluta voluntad y patria potestad sobre bienes y personas debía continuar intacta de igual manera que lo había sido hasta la fecha, tal y como si allí no hubiera muerto nadie.

Pasó el tiempo en esta situación familiar, y cumplidos ya los veinte años Sara decidió contraer matrimonio con David, mozo de un cercano pueblo que trabajaba en las chapuzas que se le presentaban, pero Juan para dar su consentimiento a esa boda, exigió que el nuevo miembro quedase integrado en la familia como un hijo más a todos los efectos. El producto de su trabajo sería entregado e ingresado en la cuenta familiar paterna para su libre disposición y administración como hacían los demás hijos, y para cualquier decisión o conducta personal debería contar previamente con la voluntad paterna

David entró por todas porque estaba enamorado de Sara y la quería sobre todo lo existente, pero fueron pasando los años y esta impuesta y agobiante situación había creado en la relación intima del joven matrimonio demasiadas tensiones y disgustos conyugales cada vez más frecuentes. Muchisimas veces habían tenido que salir de casa y desplazarse hasta un lejano prado para, sentados sobre la hierba y respaldados contra la cerca de piedra, poder llevar a cabo sus desahogos sexuales, exteriorizar entre sí sus efluvios amorosos, o sencilla y llanamente hablar en privado sobre cualesquiera temas personales suyos.

A lo largo de este tiempo y superando la presión y las broncas del abuelo Juan que no quería que ello sucediera, Sara y David fueron aumentando la familia en dos nuevos miembros: primero Alejandro y luego su hermano Juan María tres años menor que él, quienes desde que aprendieron a andar, igual que hiciera sol o estuviese lloviendo, su abuelo se encargó de que diariamente acompañaran a las vacas hasta sus prados

Un buen día que Alejandro cumplía diez años y sus padres habían resuelto celebrarlo a base de una comida mejorada con unos platos de arroz con leche, su abuelo se negó rotundamente considerando un despilfarro el gasto y prohibiendo usar una sola peseta más en nada que no fuese la comida corriente de cualquier día. Esto dio lugar por vez primera a una fuerte discusión entre David y el suegro; el primero reclamando a voces alguna autoridad sobre su esposa e hijos, y llegando el segundo a las amenazas para que se marchara de la casa si no estaba conforme en acatar su autoridad. Sara, como siempre hacía cuando presenciaba alguna de estas acaloradas discusiones, permanecía callada por el miedo disfrazado de respeto que desde siempre había imbuido su padre en todos los hermanos, y una vez más no se atrevió a levantar la mirada del suelo ni mucho menos a responderle y apoyar en defensa del padre de sus hijos.

Esta vez habían llegado las cosas demasiado lejos, y a la mañana siguiente David salió para el trabajo como tantas otras pero esta vez iba muy contrariado. Anduvo largo rato a pié junto a la bicicleta que llevaba cogida por el manillar. Dentro de su cabeza se agolpaban atropellándose las ideas de frustración, depresivas y rebeldes que le gritaban desde lo más profundo de su pisoteada hombría que no debía ni podía seguir soportando aquello, y si Sara no podía encontrar una solución decisiva e inmediata que superando el miedo a su padre colaborara con él en resolver la desesperada situación marchándose todos de casa para vivir aparte y lejos de allí, podría ocurrir que en un momento dado se viera empujado a cometer alguna barbaridad que le arruinaría la vida para siempre.

David, cuando salió esa tarde del trabajo, ya no volvió a casa. Se marchó a la   de sus padres donde había vivido de soltero desentendiéndose por completo de su mujer y de los dos hijos de once y tres años. Esto motivó que el abuelo prohibiera a su hija Sara que se humillase ante su marido yendo a buscarle., y asi vendría él pidiéndoles perdón a todos.

Poco tiempo después les llegó la noticia de que se había marchado a trabajar a America donde había rehecho su vida junto a una joven “chicana” con la que, un año después, habían traído al mundo una niña rubia que era su vivo retrato.

Pasaron los años. Murió el abuelo. Se casaron los hermanos. Ella quedó sola en la casa del pueblo junto a sus dos hijos ya crecidos. Había que buscarles un medio de vida. Se trasladó a vivir a la Capital donde encontró trabajo en una Fábrica como encargada de la limpieza mientras que los dos chavales se colocaban como aprendices en una Industria. Con trabajo duro, ahorro y préstamos de Bancos, en muy poco tiempo los hijos consiguieron ganarse la vida montando una pequeña empresa con   lo que habían aprendido y algunos clientes de su anterior empleo

Alejandro era el mayor y hacía las veces del cabeza de familia pero tenía la psicología propia de gran parte de hijos de padres separados. Desde su más tierna infancia siempre había sentido una callada e irrefrenable envidia hacia los compañeros cuyos padres acudían a diario al Colegio para recogerlos y llevarlos a casa. Esta envidia se acrecentaba durante los días de fiesta cuando los veía jugar con ellos en el Parque o cuando iba a casa de alguno de sus amigos v les veía enredar y luchar en broma con el padre, sintiéndose muy feliz cuando en más de una ocasión lo incluían a él también en la refriega. En aquellas familias tan distintas a la suya había observado discusiones domesticas entre padres y madres que después terminaban en una caricia o sencillamente en nada. Y cuando algún padre corregía a su hijo en su presencia o incluso le asestaba un pescozón, Alejandro sentía dentro de su corazón una mezcla de envidia y de nostalgia porque hubiera deseado en esa ocasión cambiarse por el castigado

Nunca lo confesó, pero siempre había echado en falta en su familia la autoridad afectuosa de un padre. Y cuando, después de haber estado unas horas en la casa de alguno de estos amigos, volvía a la suya llegaba siempre triste y depresivo sin que su madre supiera a ciencia cierta a qué podría deberse ese demasiado frecuente estado de ánimo tan inmotivado para ella y ese carácter extraño y raro de su hijo mayor.

Cuantas veces alguien le preguntaba por su padre, contestaba siempre lo mismo: “era un Ingeniero de prestigio que ganaba mucho dinero en América, y esperaba que él terminase sus estudios para llevarlo allí y ganar también mucho dinero”. Sobre esta falsa base construía conversaciones plagadas de grandezas y fantasías que incluso llegaba a sentir como ciertas. Adquiría con ello un aparente aire de superioridad y una especie de desprecio hacia los interlocutores que le rodeaban, que cuando terminaba la escenificación y desaparecía el espectáculo lo dejaban sumido en una profunda depresión y tristeza que a veces había tenido que esforzarse en no romper a llorar.

En el fondo, lo que tenía era una gran inseguridad en sí mismo, muy poca fuerza de voluntad y un complejo de inferioridad que le hacía sufrir. Cualquier frase dicha por alguien sin mala intención, le llevaba a pensar maliciosamente que era una referencia hacia él por tener a sus padres separados. Reaccionaba entonces airadamente con una postura autoritaria y déspota hacia los demás que, en más de una ocasión dio lugar a fracasos amargos con los amigos. La opinión generalizada entre las chicas era le de que: “Alejandro es un chaval muy guapo y está muy bueno; pero es tan orgulloso, susceptible y creído, que su compañía resulta insoportable”. Por tal motivo preferían el trato con otros chavales sin complejos aunque físicamente valiesen menos. Esto lo sabía, y esta situación, para él injusta e incomprensible, le llenaba de rabia y le deprimía más aún.

En realidad lo que Alejandro proyectaba hacia ella era una mezcla de cariño fanático limítrofe con la adoración y un odio profundo por no haberle sabido conservar un padre como lo habían sabido hacer las madres de sus amigos. Este sentimiento se traducía en un victimismo constante, airadas contestaciones y continuas exigencias. Ella reaccionaba siempre procurando contentarle aunque tuviera que gastar en ello lo que no tenía. Iba siempre al último grito de la moda en el vestir y muy variado. Usaba los servicios de la Peluquería más cara. Frecuentaba los Pubs y Restaurantes más elegantes donde buscaba obsesivamente relacionarse con chavales y sobre todo chavalas pertenecientes a lo que él consideraba “buena sociedad” y, a poder ser, universitarias entre quienes procuraba comportarse como si fuera uno de ellos pensando que así sería mejor admitido. Cultivaba su buena presencia y suave timbre de voz. Estudiaba los gustos y opiniones de cada uno y se esforzaba permanentemente por agradar e invitar siempre a lo que cada cual apetecía. Procuraba evitar audazmente cualquier conversación relativa a materia de estudios que pudiera poner en evidencia su falta de ellos. Conseguía así caer bien en algunos círculos que era lo que pretendía y con ello se crecía y era feliz

Para toda esta vida ficticia y de apariencia era necesario gastar dinero y él solo tenía el producto de su trabajo en la Empresa de la que aún estaba pagando las Letras de Cambio de las máquinas que había comprado y las del traspaso del local, Tenía que trabajar casi todas las horas del día y de la noche si quería tener el dinero que necesitaba para gastarlo durante el fin de semana. Este sistema que le llevaba de cráneo, tenía preocupada a su madre y era motivo de discusiones con su hermano que, si no le alcanzaba en lo físico, era psicológicamente menos complejo, tenía menos fantasías y era más formal en el trabajo que él.

*                         *                           *

Dormía así tan profundamente sobre algún fardo repleto de deshecho, que había días que acabando tan tarde y tan cansado prefería dormir sobre la improvisada cama del altillo, y no desplazarse hasta su casa donde es seguro que podría haberlo hecho más cómodamente.

Esa mañana, los golpes repetidos en la cerrada puerta del local, le despertaron bruscamente. En ese momento, Alejandro nunca discernía bien si se encontraba durmiendo en el dormitorio de su casa, en la Empresa, o en cualquier otro sitio. No podía calcular ni tan siquiera la hora que podría ser. Sabía que, por el breve, profundo e interrumpido sueño, tendría el pelo despeinado, los párpados hinchados, y con ese desaliño y lo presumido que era no podía abrir ni presentarse ante nadie.

No obstante se levantó perezosamente y por la ventanuca comprobó  quien aporreaba así la puerta. Era una chavala de las muchas que se habían convertido en asiduas clientes, más por verlo y hablar con él que por la calidad de los trabajos que pudiera efectuarle. Ella sabía que, al igual que otras veces cuando llegaba la hora de abrir el local y la puerta estaba aún cerrada, era porque Alejandro estaba durmiendo dentro, y en más de una ocasión después de franquear la puerta a la chavala para que pasara, la había vuelto a cerrar quedando ambos dentro hasta que un nuevo cliente llamando ruidosamente reclamaba su apertura para encargar o recoger algo para lo que se le había citado

Tenía bastantes clientes, pero sobre todo clientas. Alejandro tenía un don especial para tratar a las mujeres. Se presentaba ante ellas como un niño desvalido que necesitaba protección y cariño. Disponía de un físico un tanto atractivo. Se había procurado con el deporte una buena desenvoltura atlética. La atracción que despertaba entre ellas era algo más que corriente. Esto justificaba la impaciencia con la que algunas aporreaban la puerta, algunas veces antes de hora, con el pretexto de preguntarle si había terminado su encargo, y justificaba también el que, aunque este no estuviera ni siquiera empezado, solo el placer de un buen rato de conversación con él, era motivo más que cumplido para que se marchara luego tan campante y agradecida, porque así tendría una nueva ocasión de volver otra vez para verlo y disfrutar de su conversación y compañía durante un rato.

A sus veinticinco años Alejandro ya tenía novia desde hacía dos, y esto había ocurrido después de muchas vicisitudes y devaneos con diversas chicas que, por su compleja y caprichosa personalidad, siempre terminaban por romper con él

Alejandro, en estas situaciones, se sentía en su fuero interno como un ser despreciable y desgraciado sin remedio. Deprimido y deshecho   razonaba y comprendía la mala faena que le había hecho a su novia y se lanzaba desconsolado y nervioso a buscarla por cuantos sitios era corriente que frecuentaran habitualmente cuando estaban juntos. Casi siempre conseguía localizarla en alguno de ellos aunque con frecuencia la encontraba acompañada por algunas amigas o amigos de estudios. Rápidamente se armaba la marimorena. Él se excusaba con lo primero, más absurdo y más infantil que se le venía a la cabeza. Ella le amenazaba con terminar para siempre, porque era un embustero informal que no la quería, y escapaba del local a la calle sin hablar una sola palabra mientras que él se iba excusando y disculpando durante todo el camino junto a ella hasta dejarla en casa. Después de todo este disgusto venían sistemáticamente los ramos de rosas y reiteradas llamadas telefónicas junto a frecuentes e inútiles largas esperas frente a su domicilio durante varios días. Finalmente, incluso con lágrimas en los ojos, solía lograr que lo perdonara jurándole por todo lo más sagrado que no volvería a hacerle otra faena así, y todo terminaba casi siempre sellando su reconciliación con un prolongado beso. Esto no aseguraba nunca que no se volvería a repetir de nuevo todo el proceso si, esa misma tarde, o al día siguiente, o a los tres días, se le presentaba nuevamente a Alejandro la misma oportunidad o circunstancia,

Lo curioso del caso consistía en que Alejandro era rotundamente sincero en sus propósitos de enmienda. Sincero de corazón en sus declaraciones de amor a Rosa, a la que cubría de besos, zalamerías, y regalos todos los días y a todas horas. Lo malo era que ese mismo carácter apasionado pero voluble, lo practicaba también con amigos,   familiares, o con cualquier persona que tuviese al lado y le cayese bien en ese instante. Entonces se olvidaba por completo de su mundo conocido, y los pasaba inconscientemente a todos a segundo plano.

Ese modo de ser y esa misma costumbre era la que solía usar con respecto a los clientes que encargaban trabajos en la empresa. No llevaba orden ni concierto en cuanto a los encargos, sino que hacía primero los de aquellos cuyo carácter o simpatía le caían mejor. Tratándose de chavalas, los primeros eran aquellos de las que le parecía que estaban más buenas o eran más guapas; aunque para ello tuviera que dejar sin terminar otros encargos anteriores. Como consecuencia de esta caprichosa y funesta mentalidad comercial, muchas veces en horario de trabajo, había cerrado la puerta del local, para dedicarse activa y apasionadamente a complacer dentro del mismo con el “juego del amor hasta el final “. – como él solía definirlo.-, a alguna de las clientas, que no paraban de acosarle, dicho sea de paso, todos los días y a todas horas hasta conseguir un revolcón con él sobre cualquier fardo de sobrantes de los que tenía allá arriba en el altillo. En esos momentos le daba absolutamente igual que llamase a la puerta cerrada alguien a quien hubiese prometido que tendría para entonces el trabajo hecho. No abría jamás a nadie hasta tener terminado ese “otro trabajo”, más urgente que ninguno para él y que puntualmente siempre terminaba “ hasta el final.” ….

Como ya sabemos, le gustaba reponer su vestuario en las tiendas mas caras y elegantes y frecuentar los locales de ocio y los Restaurantes de alto nivel.

Todo este tren de vida llevaba aparejado unos gastos muy superiores.                                         Cuando se veía inmerso en esas circunstancias agobiantes llegaba a la depresión y terminaba por llorar desesperado, algunas veces a solas, otras en compañía de Rosa, y otras junto a quien estuviese a su lado en ese momento. Les llenaba la cabeza de promesas con buenas intenciones, y moviéndoles a compasión captaba sus voluntades para ayudarle a salir del atolladero. Todos estos buenos propósitos y juramentos no duraban demasiado tiempo. Poco tardaba en olvidarse y reincidir en el mismo sistema y ritmo de vida, y consecuentemente pronto volvían los mismos problemas y complicaciones.

*                                                       *                                              *

Había cumplido ya los veintiséis años cuando un día recibió inesperadamente la visita de su padre

Hablaron largamente todo el tiempo sobre lo bien que le habían ido las cosas por América, asegurándole a Alejandro que su juventud, atlética complexión y atractiva presencia, podrían abrirle allí todas las puertas. Ganaría el dinero que quisiera. Caerían rendidas a sus pies todas las mujeres americanas.y disfrutaría a tope de la juventud

Todo esto estimuló su vanidad maltratada y el afán de prosperar a toda costa para volver un día rico y humillar a cuantos ahora le acosaban por sus deudas le fue martilleando obsesivamente la conciencia conforme iba recordando aquellas palabras de su padre, excitándole sobre todas la idea del abundante dinero y las muchas aventuras amorosas que tendría con las mejores tías del Cine americano.

Transcurridos unos días volvieron a marcharse su padre y su hermana despidiéndose de Alejandro y estimulándole a que se reuniera pronto con ellos porque la vida había que vivirla a tope aunque fuera corta. A partir de ese día no volvió a conocer la tranquilidad, incluso pasaba en vela todas las noches enteras rumiando cuanto le había oído comentar a su padre referente a la gran vida que podría llevarse en aquella tierra.

Consiguió dinero prestado de un familiar “para saldar una deuda que le apremiaba”, asegurándole que pronto se lo devolvería, y con su importe tomó un avión que le llevó a América para reunirse con su padre. No se despidió de nadie, ni madre, ni hermano, ni novia. No dejó dirección alguna dónde localizarlo salvo una pequeña nota en la que les aseguraba que “: en poco tiempo volvería rico y lo pagaría todo”. Y el negocio pronto dio lugar a una suspensión de pagos que tuvo que resolver su hermano consiguiendo créditos de algunos Bancos y trabajando a destajo.

Cuando Alejandro llegó a América se dedicó a buscar inmediatamente a su padre y su sorpresa fue grande cuando comprobó que vivía en una pequeña casa apartada de la ciudad en la que convivía juntamente con la “chicana” y la hija de ambos. Trabajaba en pequeñas chapuzas que le iban saliendo esporádicamente, y ellas también lo hacían por horas en el servicio doméstico.

Comprobada la situación con que se había encontrado tan distinta a la que esperaba y con el dinero del préstamo familiar que aún le quedaba en el bolsillo, lo primero que se le ocurrió fue comprar un coche usado de carrocería grande y llamativa. Compró ropa deportiva de calidad como a él le gustaba. Frecuentó Clubes nocturnos y Discotecas. Conoció en ese promiscuo ambiente a una chavala bastante mayor que él que trabajaba de Supervisora en unos Grandes Almacenes en los que logró colocarlo en muy poco tiempo como Guardia de Seguridad pero con la condición de que tendría que ser su “Gígolo”particular……“ hasta el final” como a él siempre le gustó ser.

En el barrio donde vivía con su padre y su hermana hizo amistad con una jovencita amiga de esta de la que muy pronto se hizo novio, y a la que, en los momentos nostálgicos le hablaba compungidamente de lo desgraciado que había sido a lo largo de toda su vida, conmoviéndola hasta hacerle llorar más de una vez. Su vida social y de ocio seguía el mismo ritmo que el que había venido llevando anteriormente. Gastaba hasta el último centavo. Tenía resuelto ya por sí mismo que “ había que procurar que la vida fuera corta pero disfrutada y vivida a tope”. Ahora podía llevarlo a cabo y lo llevaba, pero muchos días, y sobre todo muchas noches, encontrándose deprimido y físicamente agotado, recordaba su niñez en el pueblo con su hermano y su madre, sus numerosas vivencias con Rosa, y el negocio dilapidado que con tanto trabajo y sacrificio lograron abrir entre los dos hermanos. Deseaba volver escarmentado para empezar de nuevo todo, pero no disponía nunca de un solo dólar ahorrado.

La jovencita novia chicana estaba enamoradísima de Alejandro y lo compadecía, lo acariciaba y se empeñaba en alimentarlo cuanto podía tratando así de acabar con la delgadez y cansancio que su persona declaraba. Ignoraba por completo la joven chavala tanto la relación que tenía Alejandro con la supervisora, como que esta le proporcionaba gratuitamente cuánta cocaína necesitaba para estar a todas horas en disposición de   “cumplir” sexualmente y como era su costumbre “ siempre hasta el final” cuantas veces le apeteciera a ella

*                                                 *                                                             *

Eran las cuatro de la madrugada cuando un Coche Patrulla con dos Agentes de la Policía.- un hombre y una mujer.- se detuvo junto al coche parado en la cuneta de la carretera. El Guardia bajó del vehículo policial y se acercó con precaución para inspeccionarlo. Dentro, encontró solamente, a un hombre joven, perfumado y bien vestido, con la cabeza apoyada sobre el volante que, parecía dormir profundamente. Intentó despertarlo pero tocándole en la sien pudo comprobar que estaba ya sin pulso. Sobre el asiento del acompañante la linterna descubrió: un teléfono móvil y una carpeta azul, sobre ella: una tarjeta de visita, un residuo de polvillo blanco y dos pequeños papeles arrugados. El último mensaje en el Móvil decía: “ Alejandro, ponte a tono, esta noche seremos tres, ya que tendremos a otra amiga con nosotros”.

El Agente de la linterna informó a la del volante: “ Está muerto, parece un posible derrame cerebral por sobredosis, avisa a una ambulancia.” Ella, apeándose del coche mientras marcaba en el teléfono, se acercó al otro vehículo para comentar con su compañero: “Otro chaval joven y muy guapo, bastante demacrado por el vicio pero con cara de buena persona”. A lo que le respondió este “Sería curioso conocer la circunstancia personal que le ha llevado a terminar así en la flor de su vida”

Las últimas palabras, antes de que llegase la ambulancia, extrañamente pronunciadas por la que debía de ser una agente de la Policía normalmente habituada a estos casos, acusaron que dentro de la frialdad de aquel uniforme se albergaba el corazón de una mujer que solo pudo precisar con emoción contenida:

“¡Un hermoso muñeco roto¡”.

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