La razón y la verdad. Autor: Joaquín Moya Latorre

Aquella tarde habíamos salido a dar una vuelta por el Paseo de La Castellana. En sus dieciséis años de vida, Germán no había hecho otra cosa que cuidar y ordeñar las vacas de su casa todas las madrugadas; llevar la leche a la orilla de la carretera para que luego fuese recogida por la furgoneta de la Central, y volver pronto a casa con los tarros vacíos para repetir la misma operación al día siguiente. Únicamente había acudido a la Escuela del pueblo cuando la nieve invernal no le permitía llevar a cabo ninguno de esos trabajos.

Hacía bastante tiempo que tenía muchas ganas de visitar y conocer Madrid. Este año sus padres le habían prometido que cuando terminase de “dallar” la hierba de los prados consentirían que viniese hasta la Capital para pasar allí unos cuantos días de vacaciones con su tío.

Germán era un “guaje” de carácter despierto: mentalidad extrañamente analítica, y poco amigo de hablar con extraños. Su innata filosofía puramente campesina le llevaba algunas veces a razonamientos impropios de su temprana edad. Tenía el pelo lacio y algo rubio, ojos de tono leonado, cara casi barbilampiña, piel morena pero con buen color y una complexión física demasiado fuerte para sus pocos años. Todo este conjunto de características personales siempre le procuraron, sin proponérselo nunca, un gran atractivo y aceptación entre las chavalas.

Los viajes en el Metro fueron problemáticos para él. Los apretujones y contactos corporales junto a alguna mujer mas o menos joven, y el zarandeo propio de la marcha en estos coches suburbanos, dieron lugar, más de una vez, y sin poderlo evitar, a encontrarse con la parte delantera del pantalón húmeda por una eyaculación involuntaria que, al salir luego a la superficie manchado en parte tan comprometida, le avergonzaba y le mosqueaba tremendamente.

Tenía muy buen “saque” para comer como genuino habitante de la montaña. Siempre que comprobara que estaba comiendo algún dulce, licor, o helado, que le gustase y nunca lo hubiese probado anteriormente, me preguntaba, en su mezcla de castellano y bable:

-“ Oye tíu Xuacu: ¿ Non ye verdad que estu yé de muchu alimentu?”.-

Mi contestación, siempre afirmativa, llevaba implícita su disposición a repetir la degustación, en ocasiones más de una vez. Estos hechos me hacían recordar intensamente lo que en iguales circunstancias hacía yo cuando tenía su misma edad.

De entre todos los Museos que visitamos, prefería el de Ciencias Naturales por su colección de minerales, fósiles, y animales disecados. El segundo lugar lo ocupaba el del Prado por la gran admiración que le produjeron sus cuadros y esculturas, sin que desdeñara por eso las visitas al Zoológico y al Parque de Atracciones de los que nunca encontraba camino ni hora para salir. A la salida del teatro o el Cine siempre me comentaba lo mucho que tenía para contar a sus amigos cuando volviese al pueblo.

Aquella tarde, al salir del partido de fútbol en el Bernabéu, pasamos ante una de las mejores Galerías de Exposiciones de Pintura de la ciudad. En su fachada se anunciaba la inauguración de las obras de un pintor de categoría internacional y se me ocurrió que entrásemos. Sería una experiencia más para enriquecer su formación cultural.

El recinto estaba ya casi lleno de gente. Sobre las paredes colgaban más de cuarenta óleos de gran formato, iluminados por focos instalados en el techo. Encima de varias mesitas estaban amontonados en forma de abanico los catálogos y las fotocópias con los títulos y precios .

Unos aplausos nos anunciaron la llegada del pintor acompañado al parecer por algún crítico de Arte y los miembros del Jurado que le había premiado uno de sus cuadros, expuesto, lógicamente, en el sitio principal del salón y ante el cual se colocó el autor . Una nube de fotógrafos y cámaras de T.V. dispararon sus objetivos una y mil veces, y acto seguido comenzó ante el micrófono el panegírico de alabanzas por su meritoria obra, centrándose principalmente sobre el cuadro últimamente premiado.

Todo aquello era para Germán un universo nuevo que no acertaba a comprender si era una viva realidad o estaba soñando, porque las ideas empezaron a enredársele en la cabeza cuando escuchó decir sobre el pintor y su obra, que”: Su pincel era como un dardo espiritual y metafísico que, exprimiendo el alma interna del objeto y atrapando la inversión de los colores reflectantes de la materia cósmica, hacía que solo el subconsciente liberado pudiera percibir y trasladar al lienzo, más como un escape hacia lo etéreo y simple, que hacia lo real y caduco, el alma del pintor”. Un final aclamado con numerosos y efusivos aplausos que a él le sonaron tal y como si se tratara de una fiesta en un Psiquiátrico.

Inmerso en su filosofía campesina Germán observó curiosamente de qué manera, cuando salieron vestidos de etiqueta varios camareros con bandejas surtidas de bebidas y canapés, todos aquellos intelectuales, críticos abstractos y vanguardistas de la pintura que allí había, saltaron sobre ellas como fieras hambrientas sin que a ninguno de ellos les pareciera mal que aquellos canapés estuvieran hechos de tan vulgares, tradicionales y retrógrados productos como el pan, el jamón serrano, la tortilla de patatas, o el lomo de cerdo. Y así lo comentó luego conmigo.

Un poco después se separó de mí para acercarse a ver la obra premiada. Se trataba de un lienzo de unos diez metros de largo por tres de alto. La mayor parte del lienzo estaba sin cubrir por una sola pincelada de pintura. Desde un extremo hasta el centro del cuadro se extendía pintada una larga mancha negra debajo de la cual se deslizaba otra verde más ancha y sinuosa, y hacia el otro extremo, habían pegado al lienzo unos trozos de aspillera deshilachada y sucia con huellas de dedos manchados de escayola, debajo de las cuales, encolados también al lienzo, figuraban unos trozos de amarillentas revistas gráficas antiguas. Es todo lo que German vió en el cuadro. No había más. En la pared una tarjeta: ”PRIMER PREMIO”. –Título: “CABALLOS ABREVANDO.”

Por más que se esforzaba el chaval, allí no veía caballos, ni arroyo dónde abrevar, ni nada de nada parecido. Se dirigió entonces tímidamente hacia un visitante cercano que parecía muy interesado ante la obra premiada y le pidió por favor que le explicase algo sobre ella.

–Tienes que valorar en el cuadro, – le comenzó a decir con expresión de autoridad y suficiencia– no lo que ves y tienes ante tus ojos sino lo que se intuye y se refleja en el mismo. Este pintor va más allá de lo real, y atrapa la simbología de los temas para luego llevarla a sus lienzos-

Sin entender absolutamente nada, mi sobrino le dio las gracias al informante, y se fue un poco más allá para detenerse ante otro de los cuadros de grandes dimensiones, delante del cual dos visitantes cambiaban impresiones, y en cuyo lienzo virgen, figuraban desparramadas por toda la superficie del mismo un sinnúmero de pequeñas y elementales pinceladas de color azul cobalto, todas muy parecidas, y Germán se aventuró, una vez más, a dirigirse a uno de ellos:

— Oiga paisanu: ¿ le importaría explicarme el significáu del cuadru ésti       con tóes les dibujes que están pintáes en él?-

— Este cuadro – le contestó- va tras la concreción de una idea. Su               insistencia en la configuración y fuga oblicua del primer plano, logra siempre una obra de calidad y fuerza. ¿ Me explico?

— Pues perdoneme lo que voyle a decir, – dijo Germán cuya capacidad de paciencia iba debilitándose por momentos.- pero a mí recuérdenme les paéres de les retretis del mi pueblu

— Después de oír esto, poco queda que decirle a un pueblerino ignorante, y “cerebro plano” como este”. – comentó uno de ellos en voz baja, pero de tal manera que el chaval lo oyó mientras ambos sonriendo se trasladaban a otro sitio.

Germán iba enrojeciendo de indignación. Todo lo que les había escuchado decir lo pasaba, pero no sabía lo que significaba aquello del “cerebru planu”. Solo sospechaba que, habiéndolo dejado para lo último, debería ser el peor insulto, que por supuesto no debía consentir y eso del “ cerebru “ lo sería en todo caso “el su puñeteru padri”. Comenzaron a temblarle las piernas; se le aceleraba la respiración, y cogiendo inesperada y bruscamente a uno de ellos por el brazo, le acercó su cara a la suya para gritarle de tal modo que se oyó en toda la sala:

— ”¡ Esti cuadru yé una mierda!”.

–Y dirigiéndose a los demás: –

— ”¡Toes les cuadres que alabáis aquí son una mierda!”

–“¡Estáis toes como cencerrus, y os vais a burler de les vuestres   puñeterus padris!”

–“¡Non tenis una puñetera idea de pintures ni de nada!”–

Estaba fuera de sí. Rápidamente me fui hacia él y sacándolo como pude de la sala de exposiciones, nos volvimos a casa en un taxi. Por el camino dijo que estaba decidido a marcharse de Madrid cuanto antes. Yo me sentía culpable por haberlo llevado a esa Exposición de pintura de vanguardia, pero en mi interior iba pensando en aquella historia del sastre, el traje real, y el niño que vio desnudo al Rey.

Al día siguiente, me comunicó que se volvía a su tierra antes de terminar los seis días. Mientras le ayudaba a preparar su maleta, traté de razonarle y decirle que la pintura actual más que verla había que interpretarla, a lo que me contesto rápidamente:

— “ Facien arte para idiotes y locus y premianse les cuadres, les unes a les otres, como cuandu cures del pueblu échanse inciensu unes a otres en la misa mayor aunque luegu sean unos cabestrus que se despellejen ”.–

Le expliqué que había que ser tolerantes y no andar por la vida gritando ni ofendiendo a nadie porque le gustase o no lo que a nosotros nos disgusta.

.- “Esu hay que decirselu también a elles, que non insulten ni desprecien a les que non nos gusta lo feu comu a elles, ni somes de la Capital y non tenemes le inteligencie ni les estudies que tien elles, suponiendo que ténganles”– contestó Germán lleno de razones y como justificándose ante mí.–

Traté de explicarle que cada tiempo tenía su estilo, sus modas, y, pasados muchos años, la gente vendría para ver en los Museos estos cuadros que pareciéndonos ahora tan extraños, después serán considerados obras de arte de esta época. Intentaba con esta explicación suavizar así las cosas; aunque estaba firmemente convencido de que, precisa y solamente por su joven edad, y después del fracaso vivido en la exposición, y la experiencia adquirida con los intelectuales y artistas con quienes trató, no era nada fácil que admitiera mis razonamientos. .

.- “Tíu – me contestó con aire de suficiencia – cuandu pasen más de doscientes añus, la genti seguirá yendu a ver les cuadres y les estatues del Museu del Prau comu ahora, porque lo feu y lo mamarrachu non gustóle nunca a nadie , ni creo que a estes presumides   les guste en el fondu tampocu”.

Fue lo último que habló sobre este tema antes de subir al tren. Me dio las gracias y pidió perdón por todo. Hizo que le prometiera que iría pronto a pasar unos días allá arriba con nuestra familia, y me presentaría a la chavalina con la que estaba saliendo. Me comprometí en ir a verles en cuanto pudiera. Tras un fuerte y largo abrazo como el de llegada; pero ahora más emocionado por la despedida, Germán subió al tren ya en marcha y saludando tristemente por la ventanilla se perdió de vista.

Cuando ya sentado ante el volante del coche volvía para casa, venía pensando que cuando Germán vuelva a estar en su tierra allá arriba, y tenga que volver a usar alguna vez el retrete de su antigua Escuela, se acordará indefectiblemente de su vivencia con el cuadro que vio en la Galería de la Capital y con el “ enterado” que le llamó “ cerebru planu”. También allá en su tierra, cuando las vacas estén triscando mansamente la hierba de los empinados y extensos prados, y los caballos repiquen suavemente sus cencerros abrevando en el arroyo, Germán, en su extraña mentalidad analítica verá, ahora si, un hermoso cuadro al que, sin necesitar interpretación de nadie, considerará real y digno del mejor de los premios.

Yo pretendía artificiosamente disculpar la irremediable ignorancia de mi sobrino, pero sus sinceras palabras y su filosofía campesina me habían hecho reflexionar y descubrir que muy en los adentros de mi subconsciente había una verdad oculta por los respetos humanos y por exigencias de prestigio social e intelectual, que me obligaba a tener que aceptar el arte de la época actual, pero en el fondo de mi corazón no lo compartía porque me resultaba tan jodidamente feo y anárquico como a él. Tal vez Germán estaba en lo cierto. Tal vez tenía razón y decía verdades que hoy solo se atreven a decir los jóvenes y los viejos.

Estoy seguro de que, cuando Germán se encuentre de nuevo en el ambiente, tan suyo, de nuestra agreste montaña, disfrutará contándole a sus amigos todo lo vivido, visto y oído a lo largo de sus días en la Capital. Serán vivencias que, relatadas ante unos preceptivos culínes de dorada sidra tan natural como él, le harán sentirse más cercano y más unido a ese grupo de sinceros y llanos amigos que lo fueron siempre. Jóvenes compañeros, todos oficiantes de la buena amistad. Miembros incorruptibles de esa extraña estirpe de Caballeros de la Razón y la Verdad, que cada día nos resulta más difícil encontrar en nuestro interesado y ficticio ambiente de la vida ciudadana que nos hemos creado, y en la que vivimos y nos desenvolvemos.

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