El último viaje. Autor: Joaquín Moya Latorre

Mientras yacía rumiando en aquella mañana de primavera, la vaca “Tordera” había dejado caer sobre la verde hierba que crecía en el prado al ternerillo que desde hacia meses venía ocupando su abultada panza, y después de dar cumplida cuenta de la placenta como era de rigor en estos casos, la madre se dedicó a lamer una y otra vez el pelo del mojado pellejo de su retoño hasta dejarlo seco en tanto que “ Sillero” se esforzaba entre patadas y temblores para ponerse en pie moviendo su pequeña cola tan rápido como podía hacerlo para engancharse a mamar en las ubres de su madre..

El alumbramiento había sido bastante dificultoso debido al excesivo tamaño del ternero y a la estrechez uterina de la madre, por lo que a los pocos días del parto y debido quizás a una extraña infección sobrevenida, “Sillero” quedó huérfano. Era muy cabezota y se negó rotundamente a mamar de ninguna otra vaca, por lo que a punto estuvo de morir él también si Curro, el hijo menor del Mayoral del Cortijo, no se hubiera echado sobre sí la misión de sacarlo adelante a base de mucha paciencia; muchos biberones y, mas adelante, muchos calderos de leche con harina de avena.

Así las cosas, el ternero fue creciendo y moviéndose libremente por el Cortijo casi como una animal domestico durante varios años que también pasaron para su cuidador. Comía y dormía dentro del recinto en una cuadra de la que mas de una vez el Mayoral tuvo que sacar a pescozones a su hijo porque en alguna noche de invierno el zagal se había ido a dormir allí con él para encontrarse así más acompañado y más caliente.

Resultaba ante todos bastante extraño que siendo un animal muy encastado en raza brava, resultara tan dócil y pacifico siempre que estaba junto a Curro al que acompañaba a todos lados como un perro sigue a su amo. En esta extraña relación más de una vez se le pudieron apreciar algunos moratones y lisiaduras resultado de los pisotones, rabazos y golpes con los cuernos que involuntariamente le propinaba durante los juegos en que participaban ambos…

Conforme fue pasando el tiempo, el amo convino con el personal de la casa en que “Sillero” libremente suelto por los patios del Cortijo podría suponer en algún momento un peligro para alguien, y dispuso con gran disgusto de Curro, que el animal se incorporara al campo junto a los otros toros, pues además podría suceder que esa mansedumbre y domesticidad terminara por no hacerle apto para la lidia, malogrando así lo que realmente era la única y definitiva razón de su crianza.

En esta nueva situación de vida el toro parecía encontrarse a gusto, pero aun asi, cuando estaba con los demás erales paciendo en la pradera o midiendo sus fuerzas con algún otro rival, y veía a Curro aproximarse al otro lado de la cerca de piedra, giraba con arrogancia atentamente su cabeza y orientando las orejas en aquella dirección se apartaba de la manada y se acercaba pausada y majestuosamente hasta asomar el morro sobre las piedras para que este le llamase por su nombre mientras le rascaba con las manos una o otra vez entre las greñas de su testuz. En más de una ocasión, alguien había comentado haberles visto a ambos tendidos bajo la sombra de alguna encina sin que se les acercara ningún otro a molestarles quizás porque tal vez el animal fuera bastante respetado entre los suyos.

Llegó el día en el que “Sillero”. formó parte de uno de los lotes de toros seleccionados para diversas corridas de feria que se iban a celebrar en varias ciudades importantes. Todo el esfuerzo de Curro alegando motivos suficientes para que este quedase excluido de la selección fueron totalmente baldíos, y en la fecha del contrato el animal fue encajonado como los otros y trasportado en un gran camión hasta la cercana Capital en cuya feria sería lidiado. El hijo del Mayoral únicamente consiguió de su padre el que le permitiese acompañarlos hasta los chiqueros de la Plaza en calidad de representante de la ganadería. No quiso presenciar la lidia de “su” toro desde el callejón como era de rigor y se limitó a esperar acontecimientos detrás de la puerta de entrada de cuadrillas. Estaba pasando por uno de los peores ratos de su vida porque ver morir entre el griterío de la afición a alguien que se había ganado durante años gran parte de su cariño y aprecio con las limitaciones propias de su condición animal, era cosa que le tenía encogido el ánimo y desatados sus sentimientos. No podía imaginarse la dehesa del Cortijo sin la presencia de “ Sillero” arrimándose a la cerca para que él le acariciase la frente y le tirase de las orejas.

Oyó el toque de banderillas; picadores, y a matar. El griterío de la gente era ensordecedor y hasta donde se encontraba recluido llegaban los aplausos y pasodobles de la banda de música. Esperaba de un momento a otro ver entrar desde la plaza el cadáver de “Sillero” arrastrado por las mulillas camino del desolladero; pero no fue así. Las mulillas entraron solas y Curro estupefacto preguntó por lo que había pasado. Uno de los “monosabios” que las conducían le explicó lo que había ocurrido: Cuando “Sillero” salió por la puerta de toriles se lanzó disparado hacia el centro de la plaza y, desde allí, girando sobre sí mismo su arrogante corpachón negro bragado parecía como si buscase a alguien entre la masa de público vocinglero que ocupaba el graderío. No se movió del sitio hasta que no vio salir por los burladeros a uno de los peones de la cuadrilla sobre quien se lanzó como una furia. A partir de ese momento el albero entero se llenó de bravura, nobleza, buen trapío y lucimiento para peones, banderilleros, picadores y matador, sin que este llegara a finalizar su arte porque el público enardecido pedía a voces el indulto del toro.

“Sillero” fue indultado y devuelto a los corrales para tras de ser curado de sus tremendas heridas por un veterinario del que Curro fue su mano derecha, volver de nuevo al Cortijo donde pudieron seguir cultivando sus buenas relaciones como siempre. Allí recibió como premio el privilegio de ser el único encargado de ir cubriendo a todas las vacas de la ganadería como semental trasmisor de virtudes bravas en cada uno de los terneros que irían pariendo, más tarde futuros toros de lidia.

Alicia era la única hija del amo de la ganadería, y, aunque la mayor parte del año vivía en la cercana ciudad completamente integrada en el ambiente del Colegio internado donde estudiaba, la verdad sea dicha era que siempre que tenía ocasión de hacer una escapada y trasladarse al Cortijo para pasar unos días lo hacía. Era un poco inconsecuente y tenía esa espontaneidad y gracia que solo la juventud de una mujer suele desprender sin proponérselo. Le encantaba la vida libre en la naturaleza. y muchas veces ayudaba a las otras mozas en sus labores propias del servicio doméstico o en el ordeño y cuidado de alguna vaca, todo lo cual suponía para ella una vivencia extraordinaria. Tenía más conocimientos y más estudios que ellas pero las otras sabían más de la vida y sus picardías que Alicia. Cuando las acompañaba al lavadero del río y escuchaba las conversaciones y bromas que se gastaban entre sí , sus oídos se convertían en una verdadera esponja que no paraba de recibir esos saberes que nunca encontró en los libros durante sus largas vigilias estudiando las asignaturas de las que tenía que examinarse

Curro estaba enamorado de ella desde que ambos eran dos chavalillos sin apenas fuste, y aprovechaba cuantas ocasiones se ponían a tiro para acercarse por el más mínimo motivo, y aunque la chica se metía mucho con él llamándole burro y salvaje muchas veces, por lo tosco e insensato que era en sus bromas y las barbaridades que hacía para demostrar ante ella lo valiente y macho que era, la realidad era que sin apenas darse cuenta no dejaba de sentir hacia él una especie de admiración adolescente primero y una atracción personal después..

La situación no era nada fácil porque la diferencia de clase social, cultura, educación y modales tan distintos hacía impensable que aquello pudiera llegar a algún fin deseado y halagüeño. Ambos eran muy conscientes de ello y conforme fue pasando el tiempo fueron distanciando sus encuentros y bromas de adolescentes hasta que en una de las vacaciones Alicia invitó al Cortijo a un grupo de amigos compañeros de estudios, sobre uno de los cuales volcó sus preferencias y atenciones, Más adelante este se convirtió en asiduo visitante de la casa con el beneplácito de toda la familia y la profunda depresión de ánimo de Curro que sin poderlo remediar le parecía ver llegar al mismísimo diablo cada vez que lo veía por allí con ella . Esta animadversión hacia él creció rotundamente cuando en el Cortijo se comentó que debido a sus años, “ Sillero” estaba dejando de ser el semental titular de la ganadería y Antonio le sugirió a su novia que lo mejor que podía hacer su padre con el toro era regalarlo a los mozos para ser lidiado en la fiesta de algún pueblo cercano. Los esfuerzos para que no saliera del Cortijo hasta el fin de sus días fueron infructuosos porque Antonio pronto se comprometió con unos amigos para que les fuera cedido el bicho gratuitamente y en las próximas fiestas de su pueblo fuera lidiado y muerto.

Curro sabía que el fin de la crianza de esta clase de reses bravas tenía que ser forzosamente su lidia en el albero de una plaza y muy a su pesar se ofreció a llevarlo al sacrificio por segunda vez. pensando que esta sería la última y que en ella lo vería embestir, atacar y morir con la dignidad y bravura que siempre le había reconocido.

La plaza de toros estaba formada por un círculo no demasiado grande de carros y galeras de labranza entrelazadas por troncos y repletas de variopinta gente vociferante del pueblo y sus aledaños. Cuando salió sin cuadrilla alguna el modesto matador contratado por el Ayuntamiento y plantándose en el centro de la plaza esperaba la salida de “Sillero” del cajón donde estaba encerrado, sobrevino un silencio expectante, se escuchó un desabrido toque de corneta, y el mozo que estaba subido en lo alto tiró con fuerza de la compuerta hacia arriba para que saliese el bicho. La envergadura de su presencia a pleno sol entre los carros provocó una exclamación. Tras permanecer un momento asombrado por los gritos de la gente el toro dio una vuelta sobre sí mismo y se lanzó hacia el atemorizado lidiador que haciendo de tripas corazón le esperaba capote en ristre…No tuvo tiempo mas que de hilvanar dos o tres pases porque un grupo de mozos borrachos como cubas se lanzaron temerariamente a emularlo. Hubo revolcones y puntazos hasta que uno de ellos navaja en mano lo abordó por la grupa para clavársela en un costado .Estimulados por su temeridad todo el grupo se lanzó con hoces y navajas dispuestos a terminar con él aunque fuera desangrandolo. El toro derrotaba a diestro y siniestro mientras el mozo más fuerte lo sujetaba por el rabo; trataban de tirarlo al suelo y allí cargárselo entre todos; pero en un momento dado, al tronco que cubría el espacio entre dos carros le fueron cortadas las cuerdas por alguien y este cayó al suelo dejando un portillo abierto por el que “Sillero” escapó a todo trapo; campo adelante hacia la sierra. Estaba ya caída la tarde y nadie se atrevió a salir en persecución suya, dejando para el día siguiente su búsqueda con la ayuda de la Guardia Civil.

La sierra era abrupta e intrincada y pasaron bastantes días sin que se pudiera dar con su paradero, por lo que llegaron a correr leyendas y fantasías sobre su desaparición, fundamentadas por la circunstancia de haber sido encontrados en diversos parajes y caminos de los alrededores del pueblo, corneados y muertos misteriosamente cada noche anterior, varios mozos de los que participaron en la fallida masacre de aquella tarde de fiesta. Toda la comarca estaba asustada por estos sucesos y la policía tuvo que intervenir para esclarecerlos.

La investigación tomo un nuevo cariz cuando la nueva victima corneada y muerta que se encontró era muy conocida en el Cortijo. Se trataba del cadáver de Antonio, el novio de Alicia que cuando marchó de allí ya avanzada la noche y después de pasar el día con ella, presuntamente se encontró con “Sillero” en un recodo de la carretera, y, cerca del coche que solía usar para sus visitas al Cortijo, fue encontrado a la mañana siguiente corneado y muerto como los demás, con el extraño agravante de que en este caso el ensañamiento había sido mucho mayor que con los otros .Los vecinos de la comarca hablaban ya de un toro diabólico que salía por las noches para vengarse de todos y cada uno de aquellos que le hirieron, pero lo que les desconcertó bastante fue la muerte de Antonio que no había sido participe en la salvajada de aquella tarde.

Todos estos detalles y circunstancias hicieron que la Policía tomara más interés en el caso y espolease su afán por aclarar lo que estaba sucediendo. La cosa se enconó más cuando en la última autopsia, el forense informó que habiendo diseccionado con más cuidado y atención las cornadas recibidas por la victima, había descubierto en una de ellas que, más allá del desgarro producido por la punta del cuerno, la herida se prolongaba brevemente en forma de un corte limpio producido aparentemente por un arma puntiaguda y cortante. Este descubrimiento fue pronto conocido entre el personal del Cortijo, y la Guardia Civil organizó con todos ellos una especie de batida que a la mañana siguiente se desplegó tácticamente coordinada por el monte para peinar minuciosamente toda la sierra. No hubo medio de localizar a Curro para que se incorporase con ellos a la marcha, pero al amanecer salieron todos los demás acompañados por algunos perros.

Estaba ya vencida la mañana y los batidores hartos de patear y trepar por los riscos y las brañas, cuando desde el fondo de un lejana vaguada y en medio de una algarabía de ladridos, sonaron tres disparos seguidos de sus correspondientes ecos que resonaron en toda la sierra, y, muy poco después, una tercera y última detonación. Todos se dirigieron hacia el lugar de donde aun salían los ladridos y aullidos de los perros, y tras atravesar una vegetación casi selvática llegaron a un claro del bosque donde había una casuca semi en ruinas y abandonada, dentro de cuya vieja cerca encontraron a “Sillero” tendido en el suelo con tres agujeros en la cabeza por donde aun salía la sangre a borbotones. Allí también caído sobre el cuello del animal donde se había recostado antes de disparar el cuarto cartucho a la suya, Curro acababa de soltar la escopeta de postas con la que muchas veces había salido por aquellos lares a cazar venados.

Sobre una carcomida mesa de madera que aun se mantenía de pie en la cocina de la casa, encontraron un enorme cuerno de toro y a su lado un largo cuchillo de cocina envuelto en un trapo sucio; ambos con secos restos de sangre.

Curro sabía que había sido descubierto y quiso que el último viaje de sus vidas lo hicieran juntos como siempre lo habían estado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s