El Postre. Autor: Lucía Alcázar Lara

-Tardan mucho en traer el postre- dijo la mujer

-Cariño, ya te lo has comido.

-¡Qué dices?

-Te lo has comido delante de mis ojos.

-Te digo que no. No bromees.

El hombre miró a su mujer con miedo en los ojos. Después giró la cabeza hacia atrás y vio que el restaurante ya estaba lleno. Cuando llegaron no había nadie. Un camarero les dijo que podían comer, pero que tenían una hora, porque tenían reservada la mesa que les asignaban. Volvió a mirar a su mujer, que seguía sentada, sin moverse, con los puños sobre la mesa.

La mujer miraba el plato del postre. Había un resto pequeño de chocolate en uno de los bordes. Y ella buscó el sabor del chocolate en su boca. Estaba muy atenuado, pero seguía sin recordar que se lo hubiera comido. No había nada, sólo un vacío oscuro, como si estuviera cayendo en un agujero negro. Quería regresar al punto en que el camarero le colocaba el postre en la mesa, pero sólo veía el instante anterior, cuando hablaba con su marido, que le contaba algo sobre un viaje a China que iba a hacer en una semana, por negocios. Y ella se enfadaba porque no la dejaba acompañarlo.

-No bromeo. Eres tú la que lo haces. Bueno si no quieres más, nos vamos. Recuerda que esta mesa está reservada.

La mujer no se levantó, a pesar de que su marido lo hacía. Él se puso el abrigo y el gorro negro. Éste le tapaba la calva y toda la ancha frente.

“Ha engordado en estos 15 años que llevamos juntos”, pensó la mujer. Iba a decírselo, como una maldad, pero la palabra postre regresó a su boca.

-Estoy segura de no habérmelo comido aquí. Me lo he comido en otro lugar del espacio. Escucha, esto es grave. Ha pasado un segundo o dos en los que mi mente estaba en otra parte. De verdad, no bromeo.

El hombre soltó una carcajada, pero se sentó de nuevo porque vio en los ojos de su mujer que ésta no mentía. La conocía demasiado bien para saber que tampoco bromeaba. Era demasiado seria para hacerlo y demasiado formal para mentir. Se quitó el gorro y lo dejó encima del bolso de su mujer.

Un camarero se acercó a la mesa y comenzó a recoger los platos. El hombre y la mujer no hicieron ademán de levantarse. La mujer dijo:

-¿Puede traerme una infusión?

El camarero achicó más sus ojos y respondió que sí, como lo hubiera hecho un robot.

Ya solos, el hombre y la mujer tardaron en hablar.

-Bien. Explícame otra vez esa extraña teoría.

-Bueno, sé, estoy segura que no me he comido ningún postre aquí contigo, sin embargo, tú afirmas lo contrario. Y yo te creo. Entonces, la cuestión es que algo me ha pasado. Tengo el sabor del chocolate en mi boca. Mi teoría es que he traspasado una rendija en el espacio que me ha llevado durante unos segundos a otro tiempo, donde no había postre, no había restaurante, no estabas tú, en fin, nada. Tampoco mi cuerpo estaba allí, sólo mi mente. Mi cuerpo estaba aquí contigo, con el maldito postre.

– Es cómo si hubieras viajado al futuro ¿Pero cómo vas a demostrarlo?

-Sólo hay una forma. Siéntate donde yo estoy y esperemos a ver qué pasa.

El hombre no sé lo pensó dos veces. Se levantó y se sentó en el asiento que su mujer le dejaba. Ésta se sentó enfrente.

El camarero llegó con la infusión. La mujer le indicó que se la pusiera al hombre. Pero el camarero no veía ningún hombre. La mujer, que lo veía perfectamente, se lo señaló con la mano e incluso le tocó el hombro a su marido. Pero el camarero seguía sin ver nada y tomó a la mujer por loca. Le dijo que le iba a traer la cuenta, porque las personas que habían reservado esa mesa ya habían llegado.

La mujer comprendió que sólo ella podía ver a su marido, que ya no era físico, sino sólo la parte que ella imaginaba de él. Su marido estaba muy lejos, en un viaje infinito del que tardaría en regresar. Se levantó con nerviosismo, cogió el gorro de su marido y salió del restaurante.

Cuando llegó a casa, su marido ya estaba allí. Ella, intrigada, le preguntó qué le había pasado.

María, despierta. Te has quedado dormida. ¿Vamos a salir a comer algo?

-¿Pablo, llevo mucho tiempo dormida?

-Un rato.

-He tenido un sueño raro. Estábamos comiendo en un restaurante, y yo pedía mi postre, pero tú decías que ya me lo había comido. Bueno, después de descartar que era una broma por tu parte…

-¿Y al final, qué pasó conmigo?

-Estabas en casa, como si nada. Recordabas que habías estado comiendo conmigo en el restaurante. Lo que había pasado con el postre y cómo te habías sentado en mi asiento. Incluso llegaste a ver durante un instante al camarero que traía la infusión, pero antes de que éste llegase a nuestra mesa, todo se borró y entraste en otra dimensión del espacio tiempo. Luego, de repente, estabas de nuevo en casa, y al rato llegué yo.

– Interesante. Bueno así son los sueños.¿Salimos a comer?

-Cariño, si ya hemos comido. De hecho tengo aún el sabor de la comida en mi boca.

-Entonces no ha sido un sueño.

-Creo que no- dijo la mujer y sacó el gorro de su marido de su bolso y se lo dio.

El hombre lo cogió con temor como quien coge algo que puede dañarle severamente.

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