Saltar la barrera. Autor: Juan Manuel Martín

La avenida que va desde mi casa al centro peatonal de la ciudad posee unas calles adyacentes cuyas esquinas son los lugares predilectos de los vendedores de esos cupones que pueden cambiarle a uno la vida o, por lo menos, parte de ella. Cada mañana, en la intersección de una de ellas, justo delante de una inmobiliaria, Azucena se situaba en su silla de ruedas con ese propósito. Azucena era, y lo es todavía, una mujer joven, de una belleza discreta que empañaba algo su mirada tristona. Ahí fue donde la conocí y ahí comenzó nuestra amistad.
Cada vez que podía hacía un alto en el camino para charlar con ella; generalmente hablábamos de cosas triviales, aunque a veces abordábamos también algún asunto serio y espinoso entre venta y venta. Pero el tema de su invalidez seguía siendo tabú: ni ella me reveló el motivo de una discapacidad que cubría con un largo vestido ni yo me atreví a hurgar en su pasado preguntándoselo.
En cierta ocasión salió a colación el tema de las barreras, no solamente de las arquitectónicas y de las físicas en general sino también de las mentales y de las morales, de esas que resultan más problemáticas para las personas con movilidad reducida y que no nos afectan a los demás, en todo caso, no en el mismo grado. Azucena se lamentaba de las limitaciones que padecía el colectivo al que pertenecía. En un momento de la conversación, la mujer calló y agachó la cabeza, como vergonzosa, dudosa tal vez; luego la levantó y su vista se perdió en la distancia; volvió a mirarme y me confesó entonces que echaba de menos una cosa: viajar. Ese día la noté algo más mustia de lo habitual. ¿Qué podría decirle para animarla? La verdad, no se me ocurría nada. Tragué saliva antes de preguntarle:
—¿ A dónde te gustaría ir?
—A cualquier parte del mundo, lejos de aquí, lejos de esta rutina que me consume…Necesito cambiar de aire, escaparme.
Quizá quería huir de sí misma —pensé.
—Bueno, prueba primero con un destino cercano, cómodo, accesible, para no estar desarraigada —sugerí.
Me di cuenta demasiado tarde del uso inadecuado de mis palabras; ponían en evidencia la inferioridad física de la joven, subrayan las diferencias existentes. A pesar de que ella no me lo reprochó, lo lamenté. Intenté entonces arreglar el entuerto:
—Tienes razón, hay que buscar mejores caminos, aprovechar cada minuto, cada segundo de la vida, por muy injusta que ésta se nos muestre a nosotros. Pero no hay que ceder en el empeño, porque dice un proverbio chino: “Aprovecha, que es más tarde de lo que te imaginas”.
Pasó el tiempo. Un día, encontré a otro vendedor en el sitio de Azucena y pensé que estaría indispuesta o solucionando algún asunto personal; tal vez la habrían mandado a otra calle o quizás se habría marchado de vacaciones. Lo cierto es que no me había dicho nada, aunque tampoco tenía por qué hacerlo, al fin y al cabo yo era una “amistad pasajera”. Viendo que no regresaba a su lugar habitual, pregunté por ella.
—¿Azucena? ¡Menuda suerte, y menudo cambiazo! Se lio la manta a la cabeza y se embarcó en un crucero por los fiordos noruegos. Puede encontrarla cada mañana en la cafetería que está allí, frente al ambulatorio. ¡Vaya, vaya, que se va a sorprender!
—¿Entonces, ha dejado de trabajar para la organización? —quise saber.
—Sí, parece ser que tiene otros planes. Ya se lo contará…
—Gracias.
Sin esperar al día siguiente me fui a buscar a la joven.
A no ser por su silla de ruedas, no la habría reconocido. Azucena lucía ahora un pelo corto teñido de rubio. La encontré rejuvenecida, y me dije que seguramente se habría hecho un tratamiento con la tan publicitada y milagrosa baba de caracol. Vestía ropa de colores llamativos y alegres que le daban más vida. Parecía que la primavera había hecho renacer aquella pobre Azucena, la de antaño, la que se me antojaba una flor marchita.
—Hola, Azucena. ¡Vaya cambiazo! Te veo maravillosamente bien, muy guapa, casi no te reconozco —le dije—. ¡Cuánto tiempo sin verte! Menos mal que le pregunté a tu compañero, el gallego; él me informó donde encontrarte. La verdad es que te había perdido la pista.
Ella agradeció el piropo con una sonrisa y me invitó a sentarme junto a ella.
—Tómate algo, un café, un refresco o una cerveza, lo que más te guste; mientras, charlamos, que tengo muchas cosas que contarte. ¿Tienes prisa o no?
—No te preocupes, no me urge nada. Empieza, que estoy intrigado —le apremié.
—¿Te acuerdas de aquel proverbio chino que decía de aprovechar el momento porque siempre es más tarde de lo que uno imagina? Me dio mucho que pensar, y decidí lanzarme a la aventura de navegar por los fiordos noruegos. Era un verdadero reto para mí, que nunca había viajado más lejos de la provincia. Mis padres se opusieron al principio diciendo que lo mío era una auténtica locura; tomar un avión para irse a un país extranjero y luego efectuar un crucero por unos mares fríos y desconocidos con gente que no hablaba nuestra lengua era algo impensable. Pero finalmente los convencí; les hablé de la existencia de Viajes Accesibles, una empresa de la corporación para la cual yo trabajaba, que aseguraba la asistencia de profesionales sanitarios durante toda la duración del viaje. Esto los tranquilizó y cedieron. No se podían negar puesto que yo era mayor de edad.
La miraba embelesado. Me parecía increíble que una persona con su discapacidad tuviera el arrojo suficiente para volar por primera vez, aunque fuese con una amiga, a unos miles de kilómetros de aquí para navegar entre ballenas y otros mamíferos marinos y adentrarse en los profundos fiordos que reciben las aguas derretidas de los glaciares nórdicos.
—¿Me estás escuchando?
—Por supuesto, no pierdo detalle. ¿Qué es lo que te ha llamado más la atención?
—La población que más me gustó fue Bergen, es la segunda mayor de Noruega, con siete montañas que rodean el centro de la ciudad. Es muy animada, y posee un funicular. Como fui en septiembre, no pude ver los fuegos de San Juan que se celebran en junio. Por su parte, Flamm tiene unos preciosos paisajes. Me he quedado con las ganas de ver una aurora boreal, es muy difícil.
—¿Y la comida qué?
—Bueno, he probado el asado de reno y un queso llamado “ost”. Es bueno probar los platos de otros países, pero prefiero nuestro “pescaíto” frito, nuestros potajes y la paella. Allí se almuerza muy temprano, de las 12 a las 14 horas y se cena de las cinco de la tarde hasta las ocho de la noche. Si te invitan a cenar en una casa noruega, no debes olvidar de llevarle flores a la anfitriona.
—¿Has visitado muchas lugares?
—Todos los que he podido y los que permitían los ocho días que duró el viaje; se quedaban cortos. Aparte de Oslo, he visto, entre otros sitios, el fiordo Geiranger y el fiordo de los sueños, el más largo y profundo del país. También fui al Parque Nacional de Jostedals, creo que así es su nombre. Me he traído unos cuantos trols de madera; ya sabes, esos seres que moran en cavernas y regiones boscosas y que aparecen en películas. Te regalaré uno.
—Gracias. Me alegro mucho de que te lo pasaras tan bien. Ya sabes, ahora toca desplazarte a otros destinos —la animé.
En ese momento de la conversación apareció un hombre rubio, alto y fornido, que se acercó a nosotros y nos saludó con un god morgen , buenos días en noruego. Azucena y el extranjero, porque era indiscutible que con su aspecto no lo fuera, se dieron un corto beso. La mujer hizo entonces las presentaciones:
—Aquí Thord, que significa «hijo de vikingo»; es mi brudgommen, es decir, mi novio; él es Juanma, un amigo.
—¿Dónde os conocisteis?
—Él trabajaba en el barco que hacía el recorrido por los fiordos; fue un amor a primera vista. Ahora está de vacaciones, pero piensa instalarse en España y entonces nos casaremos.
—Enhorabuena a los dos, y sobre todo a ti que has sabido saltar esa barrera que a muchos nos parece infranqueable aunque no tengamos ningún tipo de incapacidad. ¡Que seáis felices!

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Un Comentario

  1. raquel rodriguez carballeda

    gracias otra vez, volamos a paises y cuidades desconocidos y muy bonita historia de sentimientos y superaciones

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