Más allá de los confines de la Tierra. Autor: Jorge Varela Martínez Negrete

Una tarde nublada de finales de primavera del año 15 de este nuevo milenio, el velero “Fortuna” entra tranquilamente en la caleta de Puerto Toro. Desde el mar se divisa una colina cubierta de árboles que desciende hasta la playa donde un muelle de pilotes de madera la separa de una encantadora capilla pintada de azul. En el cielo se dibujan columnas de humo provenientes de las chimeneas de los barcos ya atracados inundando así el aire límpido del sur con el agradable olor a leña.

Puerto Toro. El último asentamiento humano en el continente americano. El poblado más al sur de todo el planeta tierra. Población 36 habitantes, pero eso hasta el día de ayer ya que hoy ha habido una gran fiesta con la que han despedido a Luciana que habiendo finalizado la escuela primaria se marcha de Puerto Toro dejando a su familia para ir a estudiar a Puerto Williams el poblado más cercano que está ubicado a 8 horas de aquí navegando en barco, primero hacia el norte por el “Paso Picton” y luego hacia el oeste por el “Canal del Beagle”. Con esto, la población de Puerto Toro se extingue lánguidamente.

“El Fortuna” es un velero de 40 pies con casco de aluminio que navega con bandera italiana y preparado magníficamente a “son de mar” para estas inhóspitas aguas del fin del mundo. Moreno Salvatore es su propietario y capitán y al cual nos le hemos unido como sus compinches Enrique y yo dé México además de Chris que ha venido desde Inglaterra y Joao el más joven de todos y que ha viajado desde Portugal. El objetivo de la travesía: “Doblar el Cabo de Hornos”.

Nos encontramos en Puerto Toro a la espera de que se presente una “ventana” entre la serie de sistemas de baja presión que periódicamente circulan por el Pasaje de Drake y que se mueven libremente alrededor de los mares del Sur sin que ninguna masa de tierra se interponga entre ellos.

Puerto Toro el pueblo donde hasta el día de ayer vivió Luciana pertenece a Chile y se encuentra ubicado en la costa este de la Isla Navarino en la provincia de la Antártica Chilena en la región de Magallanes y de la que Puerto Williams es su capital. Su única función es la de servir de fondeadero de resguardo para la flota pesquera más grande de Chile dedicada a la captura de la centolla magallánica, el enorme cangrejo rojo tan cotizado en los restaurantes más “snobistas” de Paris, Tokio o Londres. La temporada comienza a mediados del invierno austral para terminar el último día de Noviembre cuando entra en vigor la veda decretada por la prefectura naval chilena. Los barcos pesqueros sueltan por la noche sus “jaulas” atadas a gruesos cables de fibra de cáñamo que por la mañana serán recogidos con la pesca de las centollas vivas y que son depositadas posteriormente en una sentina dentro del barco para después ser trasladadas al buque nodriza que las llevara hasta Punta Arenas en el Estrecho de Magallanes ubicado varios cientos de millas más al norte desde donde volaran a todo el mundo.

“Pero qué necesidad de navegar tan lejos”, dirían los “exploradores de sillón”, en un puerto tán fuera de todas las rutas comerciales, un lugar desconocido por los operadores turísticos, un lugar muy, pero muy frío, con ráfagas de vientos tan fuertes que tuercen los árboles que se interponen en su camino, un lugar desolado, un lugar que por eso mismo me atrae, me reta, pero lo más prodigioso de esto es que ni la guía “Lonley Planet” lo menciona, esto lo convierte en un lugar de los que quedan pocos en el mundo.

La necesidad de “navegar tan lejos” surgió de leer un librito: “El Faro del Fin del Mundo” de Julio Verne. La inhóspita Isla de los Estados, el “farero” Vázquez, con el náufrago John Davis, el pirata Kongre y su pandilla de maleantes y por supuesto el tan esperado capitán Lafayette al mando de su barco el “aviso” Santa Fe. Todos estos nombres leídos en la infancia despertaron en mí el deseo de navegar algún día las temibles aguas del Cabo de Hornos.

Luciana se va de casa con las ganas de aprender aun más. Ahora ya sabe mucho sobre Darwin, si del mismo Charles Darwin que cuando era muy joven navegó en estas aguas a bordo de la goleta inglesa llamada el “Beagle” donde venía como naturalista a las ordenes del capitán Fitz Roy que traía de regreso a esta isla a tres indios “Yaganes” que habían sido capturados tres años atrás y que después de haber sido “civilizados” en Londres eran reinsertados en su pueblo nativo desembarcándolos en una caleta muy cerca de aquí. (Por supuesto el experimento no funciono. Mas tardaron en bajarlos a tierra que estos en volver a sus costumbres originales llegando incluso a saborearse los huesos de uno de los tenientes de la armada), asi que Luciana piensa volver pronto a este magnífico y desolado paraje ubicado más allá de los confines de la tierra.

El Fortuna arribó hace dos tardes procedente de Puerto Williams donde solicitó el despacho en la prefectura naval para poder navegar las aguas chilenas. La estancia en Puerto Williams fue muy agradable. Una ligera llovizna se soltaba de vez en cuando y entre estos lapsos se mostraban orgullosas las montañas nevadas de los “Dientes de Navarino”. Cuando la lluvia arreciaba nos trasladábamos al interior del Micalvi un antiguo barco que ha sido habilitado como Club de Yates y donde los marineros de todas las nacionalidades se reúnen a comentar de sus peripecias tras doblar el Cabo de Hornos.

Puerto Williams avanza muy rápido y pronto desaparecerán sus casas de láminas de zinc para dar paso al progreso. El almacén del puerto todavía subsiste, con sacos de azúcar y de arroz, comidas enlatadas, jarcias marineras y música lejana que se escucha tras el mostrador iluminado por un pequeño foco que parpadea como si fuera a dejar de funcionar. El museo antropológico Martín Gusinde con la historia de las tribus Onas y Yaganes, los restos de la proa del “Yelcho” el remolcador que rescató a la tripulación del “Endurance” comandada por sir Ernest Shackleton, Puerto Williams gusta y gusta bien.

La última tarde en Puerto Toro es muy placentera quizás como una tregua para el duro paso que nos queda por delante. Una caminata por las colinas donde el Capitán Moreno se luce con una clase de botánica mostrando toda la variedad de arboles Nothofagus y de los arbustos silvestres que alimentaban a las tribus Yaganes. Una cena a bordo servida con pasta italiana y centolla recién capturada hacen que el vino chileno mezcle los sabores de esta aventura que está por comenzar. Lo bonito terminó.

Es de madrugada cuando levamos anclas. Prácticamente no ha habido oscuridad ya que estamos ubicados en los 55 grados de latitud sur y muy pronto será el solsticio de verano austral. Navegamos hacia el sur dejando la isla Picton por babor, entramos en el Paso Goree con la Isla Lennox por el través y en poco menos de dos horas llegamos a la Bahía Nassau. El mar está en calma, una ligera brisa sopla del noroeste, mis nervios también están en calma. Pronto sabremos si podremos doblar el cabo pero esto será hasta que lleguemos a nuestro fondeadero del día de hoy en Puerto Maxwell.

Son aproximadamente 35 millas náuticas de aguas abiertas las que hay que cruzar para llegar al archipiélago de las islas Wollaston, por el momento llevamos buen tiempo y no ha rolado el viento al cuadrante suroeste ya que de hacerlo así sería imposible la navegación hacia el sur.

Un grupo de marsopas acompaña al Fortuna nadando frente a su proa. Las aves marinas parece que se han negado en seguirnos. En el horizonte poco a poco comienzan a surgir de las aguas los conos de las islas, ahora si el corazón late fuerte, los sentimientos se confunden, el Cabo de Hornos está cerca pero aun no lo podemos ver.

Llegamos al archipiélago de las Wollaston con el mar en calma, entramos en Paso Bravo con la isla Freycinet por babor y el islote Adriana justo en nuestro rumbo. Nos encontramos en el lugar más al sur de todo el planeta y parece increíble está calma con la que nos hemos topado. El velero se desliza silencioso por el Canal Franklin teniendo como testigos los picos nevados de las islas.

La desolación es total. Unos pocos árboles de poca altura crecen torcidos por la intensidad del viento, acantilados áridos de color rojizo se desprenden hasta las aguas donde no se percibe actividad marina. Vamos los cinco en cubierta sabemos que el momento está cercano, preparamos cámaras, preparamos abrigo, preparamos la mente para lo que viene o eso más bien es los que pensaba porque todo se vino de improviso.

El Capitán Moreno nos da dos opciones: Una es anclar el día de hoy en Caleta Martial y mañana temprano doblar el cabo y la otra es intentarlo de una vez el día de hoy. Después de una rápida consulta con la tripulación decidimos hacerlos de una vez a lo que Morenos nos informa que una vez iniciado ya no hay marcha atrás, no se puede volver ya que intentar regresar se convertiría en un verdadero naufragio, así que con esta advertencia tomamos el riesgo y vamos por lo que venimos. El Cabo de Hornos.

Dejamos puerto Maxwell saliendo entre dos rocas. Si en el Canal Franklin todo estaba en calma, aquí se convirtió en todo lo contrario. Con solo asomar la proa el Fortuna comenzó a balancearse las grandes olas que han recorrido los mares de la Antartida vienen a estrellarse contra los acantilados de las islas Hermite creando una contramarea de mares confusos y de alturas insospechadas.

Navegamos hacia el este-sureste tratando de dejar por babor el islote de Chanticleer que se alza de las impetuosas aguas como advirtiéndonos que no hay marcha atrás. Hacia el sur se mira un horizonte gris con enormes olas que aun ritmo sereno, sin prisa llegan a descargar su furia en los acantilados. Más allá solo existen los blancos hielos de la Antartida. Nos encontramos en el Paso de Drake que es el único lugar en el planeta donde una ola puede avanzar sin detenerse al no haber nada que las detenga.

Me siento en la baranda de babor a popa, tengo una emoción tan grande que se me olvida tomar todas las previsiones contra el mareo. Me cubro la cara con un pasamontañas, mi gorro de gortex bien calado, guantes y doble chamarra para las rachas de viento helado. El Cabo de Hornos aun se encuentra lejos a unas 12 millas por lo que nos esperan unas tres horas de navegación en un mar verdaderamente batido, enormes olas llegan desde el sureste y por la banda contraria nos atacan las que después de haberse estrellado contra los riscos regresan confusas provocando que el Fortuna se turbe y no pueda mantener su rumbo.

Cuando el Fortuna se encuentra en lo alto del seno de la ola alcanzamos a ver la enorme roca del Cabo al que lentamente nos acercamos pero cuando se encuentra en la parte baja solo puedes ver dos paredes enormes de aguas turbias que se alzan 20 metros por encima de nosotros. Comienzo a marearme asi que me posiciono en el guardamancebo viendo el horizonte pero cada vez es más difícil de verlo. Nadie habla en el velero todos estamos a la expectativa, no se a los demás pero ningún miedo aparece por mi mente, siento como si estás aguas ya las conociera, mi mal de mar no me deja, una lucha interna se desata en mi interior, ya he pasado por esto otras veces y sé que hay que ligar los sentidos, levanto la cara buscando la brisa y eso hace que desaparezca por un momento el malestar.

Poco a poco nos acercamos, la enorme roca va creciendo, el mar parece calmarse un poco al alejarnos de la costa, miro hacia el suroeste y no sé por qué razón lo hago, es como si algo me llamara desde un lugar en el fondo del mar, me da confianza, ya falta poco, el Cabo esta ya ahí solo faltan dos millas que transcurren lentamente, el Fortuna cabalga contento como si lo hubieran liberado, ahora la corriente nos favorece y parece que lo he logrado, pero faltando poco menos de una milla de pronto el barco es levantado por una enorme ola que hace que el barco se escore y las crucetas del mástil casi toquen el agua, El Fortuna se adriza de nuevo dando un bandazo sobre estribor cuando otra nueva ola lo toma por el travez haciéndonos cambiar de rumbo como si estuviéramos dentro de una licuadora.

Pagué tributo al Cabo, mis ojos escudriñaron hasta los más profundo de este negro mar quizás buscando las cadenas que dicen se encuentran aquí y que atrapan a los barcos de vela. Una vez salude a Poseidón pero no fue suficiente, me recuesto en la baranda y tomo aire, estoy consciente de lo que sucede y llego a sentirlo como un placer culpable, de nuevo busco las cadenas dejando mi huella como testigo, levanto la cara y de pronto está ahí, esa enorme roca llamada el Cabo de Hornos con sus acantilados blancos y sus copetes negros de árboles torcidos que se empecinan en sobrevivir, la admiro y la respeto hoy más que nunca, me ha dejado pasar pero no sin antes pagar mi tributo el que honrosamente le dejo sabiendo porque es llamado el más temible paso de todos los mares.

Nos encontramos muy al sur. Posición 55º 59.9´ S – 67º 17.5´ W. Un albatros ha comenzado su danza, vuela dando giros entre las olas, sus enormes alas parecen tocar el agua con las puntas de sus plumas, señal que va a levantar el viento y eso ayudara a aplacar los mares. Me despido del Cabo de Hornos, lo más probable es que nunca más lo vuelva a ver, le rindo una última pleitesía, el Fortuna cambia de rumbo hacia el norte, navegamos por el paso Mar del Sur entre la isla Deceit y la isla Herschel y la calma vuelve de nuevo. Caigo rendido y me tumbo en la amura de de estribor, entro en un trance hipnótico con sonidos del exterior que se revuelven en mi subconsciente.

Cuando despierto lo primero que veo es un petrel posado en la barandilla del barco. Me mira de reojo girando la cabeza, no sé si aguardaba a que me desvaneciera o velaba de mi sueño. Estamos anclados ya en Caleta Martial, he perdido la noción del tiempo por un poco más de tres horas. Bajo cubierta oigo voces, mis compañeros festejan el haber doblado el Cabo de Hornos, me incorporo y me les uno en el festejo, Capitán Moreno destapa un espumoso con el que brindamos; brindamos por la travesía, por haber llegado con bien pero sobretodo brindamos por todos los marinos que dejaron sus vidas en este lugar, cuando era la única forma de cruzar los dos grandes océanos.

La vuelta a Ushuaia, fue puro placer, el fabuloso viento en la bahía de Nassau, las prácticas de maniobra “a la capa”, la noche que pasamos anclados en la caleta de Isla Lennox, la visita a la pinguinera en el Canal del Beagle, la llegada a Puerto Williams y celebrar con dos cervezas australes en la Taberna de la Colombiana y como remate el fabuloso viento de 40 nudos con el que terminamos navegando hacia Ushuaia donde nos recibió su faro de Les Èclaireurs.

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