Transiberiano. Autor: La Cosmopolilla

Tercer día a bordo del Transiberiano. El traqueteo que la primera noche me desveló se ha convertido en una nana que me reconforta y adormece. Los paisajes de Siberia desfilan por la ventanilla: praderas, abedules, ríos caudalosos, casitas de madera… Las llanuras se extienden hasta el infinito, poniendo rostro a las notas del poema sinfónico de Borodin al que ya dejé muy atrás, en la Necrópolis de los Artistas de San Petersburgo.
El verde se ha ido aclarando; el cielo también, conforme nos hemos ido alejando de los Urales. Pero lo que más me fascina es la transformación paulatina de las caras con las que me cruzo en las estaciones de nombre cirílico. El rubio escandinavo del occidente ruso ha ido tornándose en pelo y tez bronce, ojos rasgados. Después de 3 días, 22 horas y algo más de 5.600 kilómetros por fin estamos llegando a Irkurst, la puerta al lago Baikal. El tren se vuelve a poner en marcha y desde el pasillo digo adiós a las señoras ataviadas con una cesta y un pañuelo en la cabeza, que venden pescado seco en el andén.
En este pequeño compartimento, un habitáculo que comparto con otros tres turistas, he visto el sol morir y nacer tres veces, conforme ha ido avanzando la aguja del reloj traspasando los husos horarios. Es una sensación extraña la de viajar despacio, siempre dirección este. Ahora soy consciente de la distancia recorrida, tengo la percepción de moverme con el tiempo y el espacio. A menudo he pensado que subirse a un avión es como “hacer trampa”, coger un atajo. En este instante tengo una especie de jetlag suave y tranquilo. No es esa bofetada que te sacude de lleno cuando aterrizas en otro continente.
Al bajarme en Irkurst el reloj de la estación marca la hora de Moscú, las 22:30. Pero en realidad son las 03:30 de la madrugada del día siguiente. El vestíbulo es un recinto solitario donde duermen varios viajeros con el cuello retorcido, acomodados como pueden en las duras sillas de metal. Sus bártulos están esparcidos por el suelo. No me queda otro remedio que imitarles y al menos esperar a que amanezca para ponerme de nuevo en marcha.
Con las luces del alba tiñendo de rosa el cielo de la ciudad soviética camino por una acera destartalada, mochila en la espalda. El aire es frío a pesar de estar a primeros de septiembre. Un gran río y casas de madera ligeramente torcidas contrastan con los altos bloques de hormigón. La ciudad permanece aún dormida, excepto por el tintineo de un viejo tranvía. Sin embargo, cuando llego a la estación de autobús el bullicio reina en pasillos y taquillas. Compro el primer billete a Listvyanka y al rato me encuentro apretujada entre otros pasajeros rumbo al lago Baikal. La mochila bota en mis rodillas; no quedaba sitio en el maletero.
Las colinas tapizadas de bosque se suceden a una velocidad excesiva, el autobús parece volar en la pequeña carretera. A los lados solo verde. Hasta que aparece como un espejo inmenso del cielo: el lago sagrado, Dalai-No, el Ojo azul de Siberia. Me apeo en Listvyanka sin poder apartar la mirada de este mar de agua dulce. No se divisa la otra orilla. El Baikal es el más extenso, el lago más profundo del mundo. Un lugar de energía telúrica donde los chamanes aún realizan sus rituales ancestrales que conectan la Tierra con los dioses del mundo antiguo. Las cintas de colores atadas a los árboles se agitan con el viento, recitando sus plegarias. Me descalzo y ando sobre las piedras de tacto sedoso, redondeadas, hasta que el agua limpia y purificadora, helada, lame mi piel. Un silencio absoluto me rodea. Estoy sola frente a lo eterno, que me envuelve y me invade. Y entonces lo entiendo: los días y las horas cruzando Rusia en el Transiberiano solo era la excusa para acudir a este lugar.

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