Palenque mágico. Autor: Miguel Ángel Florán Bautista

Llegamos lo más temprano posible, antes de las aglomeraciones masivas de cientos de turistas, pero lo suficientemente puntuales para ser los primeros en ingresar a la selva. El camino desde la ciudad de Palenque hasta la zona arqueológica fue un concierto de ¡oh! y ¡ah!, ante la majestuosidad de los árboles que se elevaban al cielo como pilares soberbios.
Chiapas es uno de los estados de México con una vasta variedad de zonas arqueológicas y áreas naturales. Muy bien se puede disfrutar la belleza de la ciudad perdida de Yaxchilán, las melodías de la marimba en Tuxtla Gutiérrez o un paseo por del Cañón del Sumidero. Todos estos recorridos saciaran la sed de nuevas experiencias a cualquiera.
Una vez dentro del parque, José, un niño de diez años, se ofreció a ser nuestro guía, y nosotros felices, aceptamos. Quizá fue la ternura de su rostro la que terminó convenciéndonos. Su lengua materna es el tzotzil, derivada del maya, que significa “murciélago”. Era uno de los herederos de aquella civilización misteriosa y fantástica a la vez, que nos dejó un sinfín de historias e intrigas. La mayor ilusión del niño era convertirse algún día en doctor para curar a sus padres.
Unos metros después de entrar a la selva, uno se desliza por un breve camino de terracería que atraviesa un pedacito de la espesura verde hasta la zona arqueológica. Sus ojos no darán crédito a las formas que adquieren los enjambres de flores, pues van del rosa al amarillo. El cantar de los pajaritos ilumina el breve trayecto, como si con su canto contaran historias olvidadas.
Entonces, vi aparecer la primer pirámide de sólido gris entre la hojarasca esmeralda. Inmediatamente sufrí algo así como una pequeña convulsión interna. Observaba por vez primera, el solemne Palacio de la Reina Roja. Y a su lado, se alzaba imponente la pirámide de su esposo el Rey Pakal el grande. Lo impactante radica en que la selva yace en sus espaldas, como si los bloques de piedra gigantescos emergieran de las entrañas del cerro y lucharan por liberarse de las raíces de cientos de árboles, en una lucha que había durado más de mil años.
Y al avanzar más, se puede observar la totalidad de la ciudad en ruinas. La majestuosidad de la torre principal del Palacio Real es tal, que no hay comparación con algún otro pueblo mesoamericano. Mientras el niño nos contaba la historia de la ciudad, aprovechamos para tomar decenas de fotografías. Y comenzamos a subir los escalones de color amarillento hasta la entrada de la Casa Real. Desde arriba se aprecian mejor las pirámides de los reyes esposos y hacia la izquierda, rumbo a la sierra, una postal increíble hace su aparición. Se trata del palacio del heredero Pakal, levantado en la cima de un cerro gigantesco, rodeado de un mar de jade vegetal que celosamente lo resguarda.
Nos adentramos entre los pasillos de piedra, los techos son gigantescos, perfectos lugares de descanso para los murciélagos. El calor de la mañana comenzó a llenar las paredes de humedad tibia. Como éramos los primeros de la mañana en ingresar a la Casa Real, nos dimos tiempo para recorrer lentamente las habitaciones. Conforme caminaba, me imaginé a los reyes pisando las mismas piedras que este viajero y luego a los sacerdotes merodeando desde las habitaciones. Quizá las princesas y los príncipes soñaban con lejanos reinos, con jaguares que acechaban por las noches los alrededores, quizás con conocer el mar.
Toqué las paredes húmedas y carcomidas por los siglos, ¿cuántas cosas no habrán presenciado?, ¿qué viajeros habrán albergado a lo largo de los años? Los banquetes, las coronaciones, los matrimonios, los problemas de un reino, todo se había realizado dentro de los muros alguna vez relucientes de pinturas. Una civilización extinta continúa hablando en el silencio de sus ruinas.
Me separé del grupo con el que venía y descendí por unas escaleras hasta el nivel subterráneo, donde se encuentran las principales habitaciones. El sol de la mañana se filtraba muy tenuemente entre las rocas de las paredes, por lo que tuve precaución.
Entonces, al entrar en una de las habitaciones, la vi. Sobre una gran roca, se encontraba sentada una muchacha. Su cabello era negro y lucía recogido por un lienzo de tela color rojo. Lucía adornada por unos aretes de jade, muy largos, que caían hasta sus hombros; de su cuello colgaba un gran collar de oro con figuras cuadrangulares. Portaba un vestido blanco, con una cinta dorada, en la cintura. Volteó a verme, sus ojos color miel me paralizaron, su nariz pequeña, sus labios, todo su rostro era sublime. Era una muchacha muy hermosa, tendría quizá unos veinte años.
Salí de mi trance al escuchar la voz de José que descendía por las escaleras. Instintivamente giré en dirección de sus palabras. Y cuando pensé que tomar una fotografía a la princesa era una gran idea, descubrí que ahora sólo los rayos del sol llenaban la habitación.
Recorrí el resto de la ciudad inundado de dudas. Aprecié el Templo del Sol, el hermoso río y las demás construcciones dormidas. También compré unos llaveros de pluma de quetzal, algunas esculturas y una blusa para mi abuela.
Y algo que recuerdo muy bien, es que esa noche en el hotel, no pude dormir.

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