Fuego de amor. Autor: Raquel Otheguy Rivón

El anciano abrió con dificultad la pesada puerta de madera; sus manos ya no eran fuertes y musculosas como antes y los herrajes mohosos de la puerta se lamentaban al ser empujados. Recordaba cuando era niño y aquella puerta siempre estaba abierta invitando a todos a visitar a “La Señora”. El letrero esculpido en la piedra decía “Mater Dei” y las cuatro hileras de columnas sujetaban la fachada adornada de estatuas, tal como la había diseñado el padre CarIo hacía más de un siglo. Pero ahora era diferente, los Jesuitas habían sido expulsados de la ciudad, el colegio lo habían convertido en barracas para el ejército y la iglesia estaba clausurada. Sólo el viejo Sun Ye Wu la visitaba y se ocupaba de llevarle flores y prenderle velas a “La Señora”. Él no podía permitir que la oscuridad arropara a La Madre de su Dios y que el olor a humedad fuera el único que respirara; por eso todos los días, antes de comenzar su tarea como cocinero del ejército, caminaba hasta la vieja iglesia para ponerle flores frescas y prenderle una vela.

Sun Ye era Chino y aunque conservaba las tradiciones de sus antepasados y el culto a éstos, había sido catequizado de niño cuando su padre era sacristán de la iglesia. Su madre había muerto siendo el muy pequeño y “La Señora” había sido desde entonces su aliada y confidente.
Esta mañana el corazón le pesaba más que de costumbre. Desde la colina donde estaba la iglesia, había pasado su vida observando el mar; conocía bien sus humores y sabía que hoy estaba especialmente enojado, barruntaba tormenta. Había intentado disuadir a su hijo y a su nieto, les había rogado que no salieran hoy a buscar pesca. Les había explicado que el mar estaba enojado, que era mejor dejarlo tranquilo y no revolver sus espumas con las redes, pero no lo habían escuchado. Cargado de presentimientos se arrodilló frente a “La Señora” .Acababa de terminar sus tareas, el sol ya intentaba conciliar el sueño en medio de los silbidos del viento. Todavía no se veía ningún bote pesquero en el horizonte. Con la palabra “Tifón” oprimiéndole las sienes como la corona de espinas al Jesús crucificado, Sun Ye miró la imagen y descargó la pena de su corazón:
―Bella Señora, Tú sabes lo temible que es el Tifón en el mar y sabes que sin una luz que los guíe mi hijo y mi nieto y todos los otros que salieron con ellos, jamás encontrarán el camino de vuelta a casa. ¡Dios que sacrificó a Su Hijo para salvarnos, entenderá! aunque el padrecito diga que es pecado quitarse la vida. Yo sé que Él entenderá, Él entenderá…
Mientras hablaba con “La Señora” el viejo Sun Ye había cogido la vela con que la alumbraba todos los días y pegándola a las paredes construidas de Taípa (una mezcla de arena de la bahía, conchas de ostras y paja) y madera), iba prendiendo pequeños fuegos a su alrededor. Las llamas avivadas por el deseo de Sun Ye y por los vientos huracanados, pronto envolvieron la vieja iglesia de San Pablo que como un gigantesco faro, señaló el camino a casa a los pescadores que desoyendo los consejos de sus mayores, se habían aventurado a la mar esa mañana.
Pasada la tormenta los habitantes de Macao corrieron a la colina donde se levantaba la iglesia y comprobaron con tristeza que sólo la gran escalinata y la bella fachada habían sido perdonadas por el fuego. Junto a lo que fue el altar de “La Señora” encontraron el cuerpo carbonizado de Sun Ye. Junto a este, en su pequeño plato de cristal, parpadeaba la luz de una vela.

Cuándo los turistas desembarcan en el puerto de Macao, una de las mayores atracciones es contemplar la hermosa fachada de la iglesia de San Pablo, subir sus innumerables escalones cruzar la puerta hacia la nada, que un día albergó la imagen de la “Señora”. La inscripción aún lee “Mater Dei” y las columnas aún aguantan el paso de los siglos mientras se escucha a los guías contar el “milagro” del fuego que salvo a los pescadores una noche de tifón.

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