El seiscientos. Autor: Pozairón

(A mis primas Navazo, a las que quiero y comparto con ellas tantos y tantos recuerdos)

Entre los recuerdos que guardo de mi prolongada infancia, junto a los juegos con balones por medio, la peonza de madera lastimada, los cromos manoseados de futbolistas y los tebeos del “Capitán Trueno” y “El Jabato”, figura también el seiscientos familiar de mi tío Jesús, de carrocería azul, con el que cada verano se acercaba desde Briviesca al pueblo: venían, como sardinas en banasta, hasta seis personas dentro procurando encajar sus culos en tan exiguo espacio, además de un equipaje de maletas reventonas, bolsas y otros bultos que había que amarrar bien en la baca, porque en su interior apenas cabía un alfiler.
Con aquél utilitario rechoncho y lentísimo, que como un escarabajo aquejado de reuma se pegaba al asfalto como una lapa, y que en verano, expuesto al sol, se recalentaba el skay de sus asientos como un horno, los tíos cultivaban sus querencias rurales y aprovechaban cada tarde para escaparse por los alrededores y pueblos vecinos.
A estas cortas excursiones, solía a menudo apuntarme yo acompañando a mi prima Ofelia, que al ser la más próxima a mi edad era con la que mejor me llevaba. Igual íbamos a La Aldea, a pasar la tarde con el tío Gregorio, como nos acercábamos al Burgo de Osma, a visitar su catedral y pasear por su casco, o nos daba por ir a recoger manzanilla a Costalago, … o nos perdíamos por el cañón de “Río Lobos”, con la merienda hasta la puesta del sol: siempre lo pasábamos bien, pues ante la jovialidad y animosidad del tío, que no se cansaba nunca de disfrutar la naturaleza y de saludar a parientes y amigos, y la dulzura de la tía (¡todo un amor!), siempre atenta y solícita, la verdad era que el aburrimiento no tenía cabida.
De regreso a casa, mientras Ofelia y yo canturreábamos aquella melodía machacona que hizo época entre los conductores españoles: “¡Adelante el hombre del seiscientos!/¡La carretera nacional es tuya!”, el seiscientos, al subir las sinuosas y ascendentes rampas del alto de “La Galiana”, empezaba a gruñir como una bestia herida y nosotros, zarandeándonos de un lado a otro, como una atracción de barraca, en cada curva que tomábamos, nos reíamos con esa alegría primitiva y satisfecha con la que los pobres nos conformamos cuando nos encontramos felices. Pasado ya Casarejos, al bajar la cuesta del “Alto del Palomar”, el seiscientos, como si supiera que estaba llegando ya a su destino final, se embalaba alegre y veloz, dejando a su paso una estela de viento que alborotaba mis cabellos y me hacía sentir la misma emoción de ir copilotando un bólido de carreras. San Leonardo ya estaba cerca, y apenas atisbaban a la entrada del pueblo el castillo y las primeras casas, los tíos gritaban eufóricos: “¡castillo a la vista!”, y todos prorrumpíamos en muestras de algarabía.

Llegó un día, años aun más tarde, en que el tío se desprendió del seiscientos, exhausto de kilometraje y de achaques; y aunque al comienzo de otro verano llegaron con otro coche más grande, un “Morris”, también azul, ya no fue lo mismo: una tristeza del tamaño de un universo descendió sobre mí, como si de repente mi niñez quedase abolida.

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