El ascensor. Autor: Raquel Otheguy Rivón

Apretaba el botón del ascensor con insistencia y sin ningún resultado. Empezaba a ponerse nerviosa. Se suponía que el nuevo grupo hubiera llegado en el ascensor hacía cinco minutos y que este grupo estuviera ya en tierra. Llevaba cinco años en este trabajo y siempre funcionaba todo al minuto. ¿Qué pasaba?
No quería dar la voz de alarma al grupo donde había tantas personas bien mayores ¿Qué hacía si una se le ponía histérica o peor, le daba un ataque al corazón?
………….

Desde el lugar en el que había caído, el ascensor estaba ocupado lamentándose de los golpes que había recibido al chocar, desde el nivel de tierra, con el fondo del hueco que llegaba como medio piso más abajo. Por suerte él parecía el más lastimado. Las viejitas gorditas que se le habían subido encima en la planta baja, estaban en una pieza, al parecer toda esa grasita de más había acolchonado el golpe y tan pronto pararon de gritar y vieron la cara del guía asomándose sobre sus cabezas por la puerta que habían forzado, se dieron cuenta de que estaban a salvo y empezaron a dar gracias a Dios. Ahora el problema sería sacarlas pues habría que levantarlas en peso por sus brazos y no creía que ninguna de ellas pudiera ayudar mucho, estaba seguro que todas habían soplado ya las 70 velas hacía unos años. A medida que le iban aligerando la carga entre gritos y quejidos su pensamiento subió al tope de la torre de 13 pisos donde hacía unos 15 minutos había dejado a otro grupo de estos turistas que venían del otro lado del mundo a conocer Helsinki.
………………….

Cansada ya de esperar por el ascensor y temiendo algo grave se decidió a usar su celular y llamar a la oficina de la torre de observación del Estadio Olímpico y averiguar qué estaba pasando.
A unos pasos de ella una Sra. que conversaba con un hombre y otra mujer, notó algo raro en su actitud y luego de decir algo a sus amigos, los tres se acercaron a la guía y le preguntaron qué estaba ocurriendo. Esta los miró, intentando adivinar si podía confiar en ellos. Eran algo más jóvenes que el resto del grupo que aún conversaba distraído sin saber que se encontraban en un aprieto. El hombre se veía fuerte y seguro de sí mismo. Iba a necesitar ayuda con el resto del grupo así que decidió confiar en ellos.

-El ascensor se cayó cuando iba a subir, nadie se lastimo- se apresuró a asegurar cuando vio sus caras de susto -salvo el ascensor que está inservible.
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Inservible me he quedado pensó el ascensor.

-¿Cómo bajarán?-
escuchó la pregunta qué él mismo se hacía y vio como la preocupación se apoderaba del rostro de los de abajo pensando en los de arriba.

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-¿No hay otro ascensor?- preguntó el hombre, aunque la respuesta era obvia pues el lugar donde estaban tenía a lo más 10 pies cuadrados de espacio con una pared ocupada por el ascensor, otra por las escaleras que llevaban al balcón de observación otra sin nada y otra con una puerta que parecía ser una salida de emergencia.

-No- fue la escueta y sabida respuesta de la guía

-Pero tendrán un mecánico que pueda arreglarlo rápido -insistió.

-Hoy es domingo, me temo que hasta el lunes no podremos conseguir al mecánico

-Tendremos que bajar entonces por las escaleras -continuó con su lógica masculina.

– -La puerta de incendio está cerrada con llave -les comunicó la guía.

-Pues ábrala -respondió él, pensando que era el paso más lógico a tomar.

-No tengo la llave -dijo la guía sin atreverse a mirarle a los ojos.

-¿Queé? -Los brazos del hombre se alzaron en gesto de desesperación y luego fueron a posarse en su cabeza. -¿Quién la tiene entonces?

-El gerente la tiene y ya está de camino, demorará como 20 minutos en llegar y como 10 en que alguien suba.

-¿Media hora? -exclamaron los tres pasando la noticia sin querer a parte del grupo que se había ido acercando.

De momento se oyeron sollozos histéricos y la voz de otro hombre tratando de calmar a su mujer que se había sentado en los escalones con la cabeza entre sus manos y negando con la cabeza repetía:

-No puedo Héctor, no puedo, tú sabes que no puedo que le tengo miedo a las alturas, tú tienes la culpa, te dije que no quería subir y tú insististe, no puedo no, no.

En la otra esquina del cuarto una Sra. bien mayor, empezaba a ponerse histérica también y a reclamarle al aire que eso sólo pasaba en estos países extraños, que si estuvieran en Miami esto no pasaría. La mujer que primero había hablado con la guía le dijo que no se preocupara que la ayudarían a bajar y que pensara en cómo le encantaría a sus nietos oírla contar su aventura en Helsinki. Pronto el grupo entero se habían enterado y hablaban, lloraban y opinaban todos a la vez, aturdiendo a la pobre Finlandesa que no estaba acostumbrada al barullo latino.

Por fin Rosa la esposa del hombre que interrogó a la guía y que aparentaba ser la más joven del grupo, se hizo oír por sobre el alboroto y propuso que rezaran el rosario idea que todos aceptaron y los mantuvo unos 15 minutos ocupados implorando la ayuda del Todopoderoso y su Santa Madre.

Cuando acabó el rosario, la puerta seguía cerrada, la esposa del hombre llamado Héctor seguía llorando y los demás seguían inquietos. La guía intentó contar algunos chistes pero nadie tenía muchas ganas de reírse. La guía empezaba a ponerse nerviosa sin encontrar qué hacer, cuando la Sra. que había calmado a la viejita empezó a entonar las notas de un canto religioso y poco a poco la gente se fue uniendo y sosegándose de nuevo. Iban por la tercera canción cuando se escuchó el maravilloso sonido de una llave girando en la cerradura y vieron una cara asombrada y sudorosa que fue recibida con sendo aplauso.

Claro que ahora es que venía lo bueno ¿Cómo bajar a todo el Medicare por esa mínima y empinada escalerita? Las viejas se asomaban y retrocedían como si algo las hubiera picado, la esposa de Héctor gritaba aún más duro y la preocupación llenaba la cara de la guía.
Rosa, que era relacionista pública de profesión y sicóloga de afición, se acercó a la doña histérica y poco a poco logró calmarla algo.

Mientras tanto yo, que gracias a Dios no le tengo miedo a las alturas y tengo algo de experiencia tratando a las viejitas les dije que íbamos a bajar haciendo un trencito y de espaldas de manera que sólo vieran los escalones que iban dejando atrás y que les prohibía que miraran hacia abajo. Como no había muchas más alternativas, aceptaron. Luis, el esposo de Rosa mi amiga, se puso al frente de la fila agarrando a Mina, la mayorcita del grupo y ésta se aferró a Felipe su esposo. Él se aguantaba de Dinorah, la otra más veterana y así poco a poco comenzamos a bajar, incluyendo a Héctor y su esposa que iba agarrada de Rosa. La guía cerraba la fila detrás de mí. Como los cantos habían dado resultado antes, empecé a cantar “La Guantanamera” que es algo así como el segundo Himno Nacional de los cubanos exilados (que formaban el grueso del grupo) y así cultivando la rosa blanca en junio como en enero, fuimos bajando los trece pisos que nos separaban de tierra firme. Los que estaban abajo se unieron a nuestro canto tan pronto nos pudieron oír y los curiosos se arremolinaron para ver a estos locos latinos que bajaban 13 pisos por una escalera de incendio cantando a grito pelao y eran recibidos con más gritos y aplausos por los otros locos que los esperaban abajo.

Mientras tanto el ascensor se resignaba a esperar en el hueco oscuro hasta que llegara el lunes.

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