Cazar moscas con miel. Autor: Raquel Otheguy Rivón

En un destartalado jeep, vamos dos compañeros periodistas y yo, junto con Tom, el chofer, al que hemos bautizado así ya que no podemos ni empezar a pronunciar su nombre. Tom mal habla un poco de inglés y nos sirve de intérprete. Jorge y yo venimos de Puerto Rico. Él trabaja para Telenoticias y yo para El Nuevo Día. Jim viene de Miami, donde trabaja para el Miami Herald, y entiende algo de español. Estamos en uno de esos países del continente africano que no existían cuando estudié geografía, para cubrir el encuentro del presidente de Estados Unidos con varios dirigentes africanos.

Mientras Tom trata inútilmente de encontrar carretera entre los hoyos del camino y nosotros brincamos y tragamos polvo, me juro a mí misma nunca más quejarme de las carreteras de San Juan. Levanto la vista cuando siento que el jeep aminora la marcha y veo con horror que nos cierran el paso cuatro hombres armados, sucios y oscuros como mi miedo.
―Oh, oh, trobel der ―nos dice Tom.
Se baja del jeep y empieza a hablar con los cuatro hombres, y aunque no entendemos lo que dicen, nos imaginamos que estamos en un grave aprieto.
―Shit! ―se le escapa a Jim.
―¡Estamos jodidos! ―dice Jorge.
―¡Dios mío! ―murmuro yo.
Tom se nos acerca y nos dice:
―Yu daun nao
Los africanos nos empujan con el cañón de sus rifles. Mis piernas tiemblan como banderines movidos por el viento, y me pregunto si será posible que después de haber sobrevivido un carjacking, un asalto y dos accidentes de carro, termine mis días en esta tierra extraña. Miro a mis amigos; Jorge ha perdido todo el sol de Puerto Rico y está tan blanco como el gringo, que no tiene color ni en los ojos.
―Yu muv tu tri der ―nos dice Tom y nos señala un árbol a la orilla de la carretera.
“Nos van a fusilar contra el árbol”, me digo, mientras camino temblando hacia el sitio indicado. Al llegar junto al árbol, el que parece ser el jefe procede a rebuscar en nuestros bolsillos. Nos quita las credenciales, el dinero y los relojes, mientras otro de sus secuaces baja del jeep una caja donde Jim lleva dos botellas de Whiskey y dos cajas de bolsitas de M&M para un amigo suyo de la embajada y sus nenes.

Las manazas del jefe abren de un tirón la caja, saca una botella y cuando ya se ha bajado más de la mitad, se la pasa a otro. Saca la segunda y se la pasa al tercer hombre que bebe la mitad y se la da al que faltaba. En menos de cinco minutos se beben las dos botellas. Los miro con la esperanza de que se caigan borrachos, que sería lo que me pasaría a mí si bebiera la cuarta parte de lo que han bebido ellos, pero no nos dan ese gusto.

Terminada la bebida, el jefe procede a romper la caja de chocolates con su acostumbrada delicadeza. Las bolsitas salen volando y caen, pintando un arco iris en el suelo africano. El hombre se queda parado sin saber qué es aquello. La costumbre de recoger lo que mis tres hijos riegan es más fuerte que mi miedo y sin pensarlo me agacho y levanto las bolsas del suelo.
― ¡Cuidado Luisa, no seas loca! ―dice Jorge.
―Be careful girl! ―grita Jim.
Los cuatro rifles apuntan a mi cabeza y en ese momento recuerdo lo que papi siempre me decía de niña. “Se cazan más moscas con una gota de miel que con una onza de hiel”. Rezo porque sea cierto y me paro lentamente, con una sonrisa en los labios. Despacito abro una de las bolsitas y voy dejando caer en mi mano los chocolates multicolores. Con cuidado me meto uno en la boca relamiéndome, esperando que el gesto signifique lo mismo y entiendan que están ricos. El jefe le habla a Tom y éste se vira hacia mí y me pregunta:
―Juat dis?
―This is chocolate.
―Choculet?
―Yes, chocolate, eat it, it tastes very good.

De Nuevo Tom habla con nuestros captores y luego se me acerca, toma de mi mano un chocolate verde, uno rojo, uno amarillo y se los traga como pastillas.
―No, no, ― digo, meneando exageradamente la cabeza ―you have to chew them.
Tomo uno y lo mastico con la boca abierta para que me entienda. Tom vuelve a escoger sus colores: verde, rojo, amarillo, y esta vez los mastica con obvia satisfacción. No contento con la demostración, el jefe manda a otro de sus hombres a probar.
―¡Qué valiente! ― comento bajito a mis compañeros ―por si es veneno, que se muera el otro.
―¿Valiente? ―contesta Jorge a media voz ― es un hijoeputa, eso es lo que es, por su culpa no vamos a llegar a tiempo a la conferencia.
―Yo estaré feliz si logramos llegar vivos. ―contesto.
―Yeah, right. ―balbucea Jim.

Mientras el jefe, convencido ya de que el arco iris no le va a reventar en la boca, se acerca a tomar los chocolates que quedan en mi mano y, no bastándole esos, coge otra bolsita y se la vacía completa en la boca. Decididamente este hombre no tuvo una madre como la mía que le enseñara modales y le repitiera hasta el cansancio: “Mastica con la boca cerrada, no hables con la boca llena, con la comida no se juega”…¿No se juega? Otro recuerdo me viene a la mente: Mis hermanos en competencia a ver quién agarraba más M&M con la lengua mientras yo los lanzaba hacia arriba. “No pierdo nada con probar”. Me agacho con cuidado y recojo otra bolsita, la abro, cojo un eme y eme verde y lo tiro al aire, agarrándolo con la lengua cuando cae. Tiro uno rojo, uno amarillo…un coro de carcajadas me interrumpe y veo a aquellos cuatro hombrotes convertidos en niños, lanzando al aire los eme y emes y persiguiéndolos con la boca abierta y la lengua fuera para que no lleguen al suelo. El espectáculo es gracioso. Tom se ríe. Jorge se ríe. ¡Jim se ríe!

En un momento estamos los cinco africanos, el gringo pálido y los dos boricuas, corriendo sobre la tierra, persiguiendo eme y emes con la boca abierta y riéndonos del que falla.

Hasta que se acaban las bolsitas.

Entonces el jefe se vira hacia Tom y le dice algo. El miedo se mezcla con el chocolate que embarra nuestras caras.
―Je sai ui go. ―oímos a Tom, asombrados ─ ¿dice que podemos irnos?
―He what? ―gritamos los tres a coro.
―ji sai ui can go.

Nos miramos incrédulos y lentamente, sin darles la espalda, nos vamos acercando al jeep. Nos sentamos recelosos e incrédulos. El jefe entonces levanta la mano con el rifle. Mi corazón da un salto digno de un circo. “Hasta aquí llegamos”, pienso temblando. En ese momento veo que los otros hombres también levantan sus manos y las agitan en el aire en señal de despedida.
Tom acelera y nuestro jeep se pierde rápidamente entre los hoyos de la carretera.

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