Aventura en Verona. Autor: Raquel Otheguy Rivón

Hacía tanto calor que quería quitarme hasta el pellejo, dejar mi esqueleto desvestido para que así la poca brisa que de vez en cuando se despertaba de su siesta, pudiera pasearse entre mis huesos. Italia nos recibía con una ola de calor que había roto records y ahora llegábamos a Verona para visitar el balcón de Julieta; la de Romeo.

Nos bajamos de la guagua y caminamos sobre la calle de adoquines calientes, como carbones de “Bar-b-q”. Pasamos frente a las ruinas de un coliseo que nos miraba indiferente desde las cuencas vacías de sus arcos. Caminamos por varias calles llenas de tiendecitas especialistas en sacarle dinero a los turistas, y luego de algunas vueltas más, nos encontramos frente a una casa de piedra cubierta de muchos años, que ostentaba un letrero que decía: Casa di Giulietta Sec XIII-XIV.

La antigua y oscura entrada de piedra se abría a un patio lleno de luz y de flores y allí, a la derecha, a la altura de un segundo piso, colgando de la pared, estaba el balconcito. Pequeño y delicado como debió de ser ella, todo bordado de arquitos y adornado por una hiedra cuya larga cabellera verde casi rozaba el piso.

Mágicamente había desaparecido el agobiante calor y nos rodeaba la alegría y frescura de la primavera, en este patio que había sido testigo del trágico fin de los niños enamorados. ¡Cómo me hubiera gustado sentarme tranquilamente frente al balcón y dejarlo que me contara otra vez su historia! ¡Quién sabe cuántos secretos me hubiera podido contar! Pero éramos turistas de excursión, con el tiempo contado para sacarnos las fotos de rigor y regresar a nuestro autobús. No nos estaba permitido subir al balcón así que nos conformamos con retratarnos tras la ventana del primer piso; las que tenían esposo y lograron de ellos una sonrisa, tal vez recordando cuando su amor era joven, se retrataron con ellos y las que íbamos solas abusamos de la paciencia de un muchacho de la edad de nuestros hijos que galantemente hizo de “Romeo” para las fotos con sus “tías”, como nos llamaba a las que ya teníamos muchos amores y muchos años acumulados.

Terminadas las fotos nuestro guía nos indicó que era hora de regresar y desandamos las calles mientras el testarudo sol insistía en querer derretir los adoquines. Hicimos una pequeña parada para comprar agua embotellada y al entrar al bus nos pareció maravilloso su deficiente aire acondicionado. Cuando se nos pasó algo el sofoco, nos acomodamos para partir rumbo a Milán y entonces me di cuenta de que mi compañera de asiento no estaba en la guagua. Me extrañó muchísimo pues ella era el tipo de persona que hacía cualquier cosa por no molestar y ya habíamos sido advertidos en Pizza, donde una parejita se distrajo aguantando la Torre y nos había hecho esperar bastante, que el próximo que llegara tarde tendría que coger un taxi al hotel pues la guagua no lo iba a esperar.

Yo le había cogido cariño a mi nueva amiga en los pocos días que llevábamos viajando juntas. Estaba recién divorciada y necesitada de quién la oyera y yo soy buena oyente así que en las horas de camino en el bus me había ido contando sus penas. Era medio distraída y algo ingenua e imprudente. Cuando íbamos rumbo al balcón la había visto esconderse en una esquina y quitarse las pantimedias que le quemaban las piernas y me había enseñado a mí y a cualquiera que pasara por el lugar, todo lo que una señora respetable no se supone que enseñe. Era tan confiada y amistosa…mi imaginación se escapó calle abajo imaginándola arrastrada hacía un callejón por dos hombres que la habrían dejado abandonada y mal herida después de violarla. O perdida tras perseguir a dos rateritos que le habían arrancado su cartera. Con todas esas tétricas imágenes desfilando ante mis ojos me paré de mi asiento y sin dar tiempo a que me detuvieran me tiré a la calle y salí a buscarla.

Corrí junto al viejo coliseo, doblé frente a las tiendas con sus tolditos verdes, llegué hasta la sombra del balcón de Julieta y viré sin encontrar rastro de mi amiga. Mientras corría de un lado a otro por las calles llenas de gente, le rezaba a la Virgencita para que me ayudara a encontrarla sana. No sentía ya el calor ni el cansancio ni me llamaba la atención la colocación de los adoquines formando círculos. Tenía miedo y ganas de llorar. Me había asomado a cada esquina y recoveco que había encontrado en el camino, había espiado la cara de cada hombre que se cruzaba conmigo, tratando de adivinar si alguno era el violador de mi amiga, había sudado hasta la última gota de la botella de agua que acababa de tomarme y ya estaba por rendirme cuando reconocí su traje amarillo caminando hacia mí y vi sus manos cargadas de paquetes con logos de las diferentes tiendas. Sentí una alegría inmensa de verla en una pieza y unas ganas fuertes de estrangularla por el susto que me había hecho pasar. La abracé y la arrastré hacia donde había estado el bus diciéndole que probablemente nos habrían dejado y tendríamos que coger un taxi, mientras ella me explicaba que había hecho “unas compritas” (aunque yo diría mejor media tienda) para su nieta y que se habían demorado mucho para darle la aprobación a su tarjeta de crédito.

Pasamos otra vez frente al coliseo, a toda la velocidad que nos permitían nuestras añejadas piernas y al llegar a la calle donde había estado estacionado el bus vimos con alegría que seguía allí. Cuando entramos no sólo no nos pelearon sino que nos recibieron con un aplauso, aliviados como yo de que hubiera tenido un final feliz nuestra aventura en Verona.

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