¡Allí están!. Autor: Raquel Otheguy Rivón

Estaba medio dormida en la guagua cuando escuché el griterío
−¡Allí están, allí están!
−¿Dónde?
−Allí, míralas – y siguiendo la dirección del dedo de mi compañera de asiento al fin las vi: Las pirámides. Las famosas pirámides de Egipto.
Según no acercábamos se iban haciendo cada vez más imponentes hasta hacernos sentir insignificantes una vez nos encontramos paradas frente a ellas. Pensaba en el tiempo que llevaban allí y cómo, a pesar de haber sufrido algún vandalismo, se conservaban majestuosas y erguidas, desafiando los años. Me sacó de mis cavilaciones la voz de mi compañera de excursión.
−Vamos que nos están esperando para dar un paseo en camello.
Nos dirigimos hacia donde estaba el resto del grupo junto a los camelleros y sus camellos. Al ver aquellos animales, casi tan grandes como las pirámides, mis deseos de dar el paseo, que estaba incluido en el precio de la excursión, flaquearon por un momento. Al fin, después de ver como se arrodillaban los animales para recoger su carga y ver que algunos compañeros ya se habían arriesgado e iban sonrientes sobre sus camellos, reuní suficiente valor para intentarlo. Mi amiga y yo nos subimos al apestoso animal, guiado por un extraño personaje. Debido a mis titubeos, fuimos las últimas en subirnos a las dichosas bestias y mientras los primeros en irse ya estaban de regreso, emprendimos nuestro recorrido con la consabida parada para retratarnos con las pirámides al fondo. Las fotos quedaron maravillosas, mirándonos cualquiera pensaría que habíamos nacido en un camello; no captó la cámara el miedo escondido tras las sonrisas, ni los que nos sucedió después.
Como fuimos las últimas del grupo en montarnos en los camellos y luego me había demorado mucho sacando fotos, estábamos solas con nuestro guía que no hablaba ni español ni inglés y cuando se cruzaba con otro egipcio nos parecía que ladraba en vez de hablar.
Los egipcios que habíamos conocido en el viaje eran todos gente amable, especialmente el que guiaba la excursión y también el guardia armado, pero vestido de civil, que no nos perdía de vista. Según nos habían explicado, desde que unos años antes habían asesinado a un grupo grande de turistas, las autoridades se preocupaban mucho de cuidarlos pues el turismo es una fuente grande de ingresos, especialmente en Guiza, donde están las pirámides. Pero nuestro camellero parecía de otra raza.
Como pudimos le hicimos señas de que ya queríamos regresar y el hombre y el camello empezaron a caminar. Me pareció que tomaba una ruta distinta de la que habíamos cogido a la ida pero pensé que a lo mejor no me había fijado bien. Torció por una callecita estrecha llena de puestos callejeros donde vendían especias, frutas, carnes y donde las moscas abundaban y los extranjeros no se veían. Miré a mi amiga y vi reflejado en su cara el miedo que yo sentía. Le grité al camellero:
−Hey you –porque siempre me sale el inglés cuando estoy en un país que no es de habla hispana.
El tipo se volteó hacia mí y me disparó una retahíla de palabras que parecían balas y de las cuales no entendí ni una, pero me confirmaron que estábamos en aprietos. El hombre caminó más rápido, como si huyera, pensé. Se detuvo cuando llegó frente a una carpa donde abundaban los sacos de azafrán y otras especies desconocidas para mí. Salió de ella un tipo que parecía el perfecto malo de una película. De tez oscura, turbante, barba y hasta una fea cicatriz que le cruzaba la cara. Lo vi sacar una bolsa que sonaba como si estuviera llana de monedas y ponérsela en las manos a nuestro camellero.
−No lo puedo creer –le dije a mi amiga − creo que el tipo nos está vendiendo como si fuéramos animales o alguna fruta.
Por toda respuesta mi amiga, más blanca que la lona de la tienda, me abrazó por la cintura y pude darme cuenta de que temblaba. Consideré tirarme arriba del árabe, tumbarlo al piso y salir corriendo, pero yo misma me dije que, aunque lo pareciera, no estaba en una película y que lo único que ganaría con eso serían unos cuantos huesos rotos, así que me pareció más apropiado abrazarme a mi amiga y temblar con ella.
Finalizaban los individuos su trato cuando por segunda vez en el día escuché la exclamación. ¡Allí están! Nunca me habían sonado tan dulces unas palabras. En unos segundos salieron de no sé donde unos hombres armados dirigidos por el guardia que nos acompañaba en la excursión. Rodearon a nuestros dos enemigos y se los llevaron detenidos mientras mi amiga y yo reíamos y llorábamos sobre el pobre camello.
**************
En la sala de mi casa en un bello marco hay una foto en la que mi amiga y yo, sobre el lomo de un camello, sonreímos a la cámara con las pirámides de fondo. Bajo la foto una inscripción lee: ¡Allí están! Y yo le cuento al que pregunta que es un recuerdo del día en que nacimos de nuevo.

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