Unos días en la Guajira. Autor: Enrique Vaquerizo Domínguez

-¿Español?, ¿Como el otro chico?, ¿El que desapareció ? No tiene por qué pasar nada, es un sitio tranquilo si no buscas problemas,  pero español…esos indios son rencorosos.

Riohacha como muchos lugares en Colombia no es exactamente como la esperaba, ni rastro de pueblos decrépitos que aguardan el regreso de la compañía bananera, ni de ejércitos a la deriva o vapores atravesando el Magdalena, ni mucho menos gallinazos picoteando los restos de estirpes interminables. Nada de eso queda ya en Riohacha, demasiadas novelas de García Márquez me temo. Me siento en el Malecón frente a una enorme pantalla de plasma y celebro junto a unos chicos un golazo de James Rodriguez. El mar ronronea a apenas unos metros, la playa está oscura y en silencio, apenas si distingo el contorno de los chiringuitos vacíos y una montaña de tumbonas apiladas entre las palmeras.

Wilmar es un mulato de casi dos metros que se dedica a vender pulseras de hilo, cantar unas cumbias tristísimas y emborracharse a conciencia. Hoy es otra noche más en su oficina, nos hacemos amigos al instante, aunque no parece muy convencido con mi itinerario de viaje.

-Tú verás, ve si quieres, pero allí  tampoco hay nada del otro mundo.

A la mañana siguiente me aprieto en una furgoneta compartida y me dirijo hacia el Este. La Guajira es una mancha áspera y desangelada que se extiende durante centenares de kilómetros hasta la frontera con Venezuela. Hogar ancestral de los indios Wayúu es una de las regiones más olvidadas del  país. El paisaje cambia rápido y pronto dejamos atrás el verdor de la selva de Santa Marta y entramos en una llanura parda y claveteada por chumberas y matojos espinosos. Los otros cinco ocupantes del taxi son  Wayúus, miran por la ventanilla o revisan los teléfonos móviles, envueltos en sus túnicas de colores chillones e inexpresivos como estatuas. En la radio suena una especie de góspel local. El estribillo es bueno y se nos van los pies contra el suelo cuando se repite una y otra vez”.

“Hay ambiente de muerte y dolor,  en ciudades, campos y poblados todo huele a desolación, todo huele a muerte y dolor ¿Cuándo fue que nos hemos olvidado del Señor?”

En  Urubia  monto en un remolque descubierto que sale hacia el Cabo de la Vela. Diez pasajeros nos amontonamos entre grandes  botellas  de agua potable, le comento al conductor que no he visto un solo turista. Me responde que no suelen venir demasiados en esta época del año, además se han extendido rumores sobre lo que pasó hace unos últimos meses. ¿Cuál es su opinión? Sólo eso, rumores. El asfalto se extingue poco a poco como los colores de una tela recién lavada. Brincamos sobre un terraplén pedregoso, que se allana hasta quedar reducido  a un hilo de polvo y arena.

El viento aúlla sin parar y el paisaje monótono actúa como un somnífero, unos minutos más tarde  todos dormitamos contra las tablas de madera. Las mujeres se cubren con sus túnicas para protegerse del sol y la polvareda  y resisten impasibles los picotazos de las gallinas que buscan algo de comer a nuestros pies. Sólo abro un par de veces los ojos, la primera vez para contemplar un águila sobre los espinos, la segunda una cuadrilla de soldados, apenas adolescentes  aferrados  a sus metralletas. El mar Caribe aparece detrás del desierto, verdoso e inmóvil como un cadáver.

El Cabo de la Vela en realidad es una sola calle, a lo Far West, las casas de madera se vigilan unas a otras en dos hileras enfrentadas, los Wayuus dormitan en las puertas y ofrecen alojamiento o lecciones de windsuf a precio económico. Bajo de la camioneta en el primer hotel del pueblo, el traqueteo  sigue rebotando un rato  en mi cabeza como diez pelotas de ping pong. El restaurante está al aire libre, cubierto por un techo de hojas de palma y un chico me ofrece las tarifas; puedo dormir en la playa en hamaca o en  chinchorro. Vienen a ser lo mismo pero el chinchorro dispone de unos flecos que permiten arroparse en las gélidas noches del Caribe. Unos treinta wayúus ofrecen a la entrada del restaurante artesanía local, los niños se asoman a la barandilla que los separa de los clientes y contemplan hipnotizados un culebrón.  Almuerzo un zumo de maracuyá y una langosta a la parrilla por un precio ridículo mientras un villano intenta besar sin éxito a una modelo con unos pechos enormes.

Miguel es el propietario del hotel, nació en Barranquilla y pese a las dificultades las cosas no le van mal. Las dificultades son la falta de electricidad y de agua corriente, (Los huéspedes tenemos derecho a un sólo balde agua fría por cada noche de alojamiento),  la soledad y ese viento incansable. Me cuenta que los clientes aumentan año a año y que pronto este lugar no tendrá nada que envidiar a los destinos más turísticos de Colombia. ¿El otro chico? Claro que lo conocía, solía venir de vez en cuando por El Cabo, se alojaba en  la pensión que hay al final de la calle. Ni idea de qué pudo pasarle,  la policía estuvo una semana aquí y ya le preguntó a todo el mundo, incluso vino la familia. Era periodista y el día antes fue a visitar un cementerio wayúu para un reportaje, muchos indígenas lo conocían por aquí.

Espero a que se retire el sol ardiente para el primer baño del día. El mar está quieto como una bañera  y tengo la playa casi entera para mí. Algunas barcas de pesca regresan tras la jornada  y una bandada  de pelícanos esperan la cena sobre una de ellas como en la cola de un supermercado. De vez en cuando  cruzan el pueblo camiones destartalados , reparten víveres por las rancherías indígenas o llevan  productos de contrabando hacia Venezuela.

De vuelta al hotel  me encuentro los mismos rostros impasibles  que me ofrecen sus  pulseras de colores. No hay luz eléctrica ni televisión y el restaurante está vacío, sólo hay una mesa ocupada por Miguel que juega al póker  con sus camareros. Me uno, pierdo rápido lo que tengo y me marcho pronto a dormir, mañana me levanto temprano . Quiero ir a pie a  la playa de El Pilón de Azúcar  y el camino es largo. El chinchorro está en la playa, tan cómodo y caliente como una confortable bolsa de canguro. Estoy solo frente al cielo, infestado de estrellas. Duermo a ratos, desvelado por los ladridos de los perros y las pisadas en la arena que merodean  a mi alrededor con insistencia.

El despertador suena a las 5 y cruzo el pueblo medio dormido bajo un cielo color púrpura. La playa está a unos ocho kilómetros y puede verse el promontorio de piedra desde el Cabo, sólo tengo que seguir en línea recta y no perder las rocas de vista. Dejo atrás las últimas chabolas  destartaladas, luego el desierto y otra vez el maldito vendaval que aúlla hasta quedarse afónico. Voy todo lo deprisa que puedo para evitar las horas de máxima temperatura. Pronto me queda claro que hacer esta excursión solo no ha sido una buena idea, el sendero desaparece de golpe entre cactus enormes y piedras afiladas. Sólo son las siete de la mañana ya hace un calor del infierno y el sol escala el cielo con rapidez. En todo el trayecto tan sólo encuentro una choza desvencijada oculta tras un seto hecho de chumberas, me destrozo las manos intentando ver si hay alguien dentro, sólo encuentro un rebaño de cabras que  mordisquea los yerbajos resecos.

No hay un solo árbol y hace tiempo que perdí de vista el mar, sigo el peñón mientras sorteo los cactus en zigzag y resbalo un par de veces. El silencio de la mañana es tan intenso que me perfora los oídos. Ya ni siquiera oigo al viento, se ha mudado a vivir dentro de mi cabeza y hace revolotear mis pensamientos hacia todas direcciones  como pájaros asustados.

Trepo por una  duna y llego al final cuando se me acaba la botella de agua, cuatro horas después tengo el peñón a la vista. Junto al acantilado hay una choza hecha de cañas y un coche. Desde el radiocasette  suena música de salsa y dos parejas jóvenes bailan abrazados frente al mar, ni se dan cuenta de que paso junto a ellos cuando bajo por el acantilado hasta el mar.

No hay nadie en la playa, y el sol aún no cubre del todo la arena. Me doy un baño rápido y me pego a la sombra del farallón para disfrutar  del panorama encuadrado por rocas que se pierden en el océano. No puedo quedarme mucho tiempo, me esperan otras tres horas de vuelta y se aproximan las horas de máximo calor del día. Cuando subo ya no hay rastro de las parejas, me despido mentalmente de la posibilidad de volver en coche. A cambio llegan un par de muchachos montados en una motocicleta, van descalzos  y me preguntan si he visto a unos jóvenes con un coche rojo, les informo que deben haberse marchado hace unos minutos. Maldicen y se desesperan, hay algo en su expresión que me aconseja no pedirles que me acerquen al Cabo cuando discuten hacia qué dirección se han marchado.

La veo justo cuando ellos arrancan, tan rápido que no me da tiempo a preguntar si ellos la ven también. Ha debido estar ahí todo ese tiempo, observándonos. Está sentada en el suelo recostada frente una roca y me mira fijamente. Por unos instantes dudo si es una muñeca. Cubierta de harapos y con la piel requemada por el sol, no se mueve, no pestañea, sólo me mira a través de un par de rendijas color ámbar. Paso a su lado dando un rodeo, no parece especialmente vieja, sólo sucia y esquelética. Ni siquiera contesta cuando murmuro un buenos días apresurado.

Camino unos treinta metros antes de volver la cabeza, se ha incorporado,  sigue observándome. Aprieto el paso y por el rabillo del ojo veo como desaparece entre las dunas. Avanzo deprisa a través de los espinos y  parece como si el mundo hubiese escapado de un desastre nuclear. Ni rastro de personas, sólo el sol que se desploma sobre el desierto con una luz dolorosa,  intento recordar las trazas del camino de ida sin éxito. No tengo ni idea de donde estoy. Aparece detrás de una chumbera y se queda  quieta, otra vez esa mirada de autómata. Echo a correr y ya no paro hasta que me duelen las costillas y una espina se me clava en el pie. Tampoco he escuchado un solo pájaro en toda la mañana.

Horas después respiro frente a una cerveza y decido que no volveré a moverme en lo que queda del día. En algún momento para frente al restaurante un autobús y descarga una veintena de turistas ruidosos procedentes de Bogotá. En la mesa de al lado un señor de cincuenta años apura a chupitos rápidos una botella de aguardiente antioqueño, hace señas al todoterreno para que lo esperen. Se sienta a mi mesa y me cuenta  su vida. Es el  único médico de la zona y  va de ranchería en ranchería, encargándose de dolores de estómago, diarreas y malarias. Reparte aspirinas y vacunas, la Hepatitis B es muy frecuente aquí.

La mujer de la playa si… algo ha oído de ella aunque nunca la ha visto, no sabría decirme. Aquí no hay por qué creer siempre lo que te cuentan. ¿El español? Otra historia, si quiero saber su opinión aquella noche  debió beber u otra cosa, (y aquí infla los carrillos como si inhalase el humo de una antorcha) antes de meterse en el mar. Quizás se desorientó, el Caribe es traicionero o…hay veces que los tiburones frecuentan la orilla. Apura el vaso de un trago y pregunta cuánto tiempo más me queda en La Guajira, se despide con un guiño y me desea una buena estancia.

Decido marcharme esa tarde y mientras Miguel cancela mi cuenta, me siento fuera junto una veintena de pequeños Wayuus que han dejado sus pulseras en el suelo y miran videoclips en la televisión. Sus caras de asombro se pegan a los barrotes de madera. Luifer canta guitarra en mano un vallenato de éxito

“Pero que nos pasó,  ven dime de frente lo que sucedió, tu amor está ausente de mi nido voló ,me cuesta entender que hasta ayer fuiste mía….”

Nunca he estado en un país donde se escuchen tantas canciones de amor.

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