Un paseo en barco. Autor: Enrique Vaquerizo Domínguez

Y de repente un día se me acabó el dinero. Saqué dos billetes arrugados del bolsillo de atrás y los conté, 3000 CFAS. Vacié la cartera, volví la mochila del revés y empecé a hurgar en vano por todos los recovecos ocultos de mi ropa, consideré la posibilidad de empezar con los del cuerpo. Aquellos dos billetes me contemplaban burlones como hienas, pero por si acaso volví a contarlos; 3000 CFAS, 4 euros. Si, parecía que se me había acabado el dinero.
La situación no era tan grave, puede que incluso hasta hubiese resultado divertida de no haber estado en Bubaque, porque Bubaque a pesar de ser una isla maravillosa del archipiélago de las Bijagos presenta algunos inconvenientes, los cuales cuando no se te ha acabado el dinero pueden considerarse incluso una ventaja. En Bubaque no hay bancos, en Bubaque no hay bancos, ni banqueros o prestamistas, tampoco oficinas de Western Union ni ninguna otra posibilidad de obtener pasta si uno no la lleva en el bolsillo. Y de Bubaque no se puede salir fácilmente. En primer lugar está rodeada de agua y separada del continente por unas cinco horas de navegación, por otra parte no todos los días salen barcos, ni siquiera hay horarios fijos. Abandonar la isla supone un ejercicio improbable de casuística y paciencia, pero de eso hablaremos más tarde. De momento para el próximo transporte de un barco seguro y barato a Bissau faltaban cuatro días. Hasta entonces disponía exactamente de un euro por jornada. Esa renta per cápita me colocaba automáticamente por debajo del salario mínimo guineano.
Aquella bancarrota situaba mi posición y relaciones con el continente bajo una óptica un poco diferente. En África los blancos, normalmente estamos débiles y asustados, sudamos como si alguien hubiese abierto una gigantesca llave de paso en nuestros poros, enfermamos de diarrea, disentería o malaria, los mosquitos se dan un festín con nuestra piel mientras las bacterias abrevan en nuestro estómago, y es habitual que nos cansemos con facilidad o nos pongamos de mal humor. Normalmente nos movemos de un lado a otro con cara de alelados exhibiendo un profundo desconocimiento de todo lo que nos rodea, la única barrera que nos resguarda del ataque de nervios o de meternos en problemas más serios es nuestro dinero. Es duro reconocerlo pero así es, la pasta son nuestras cartas marcadas y el único farol que nos permite apostar en la timba del gran viaje y abandonarla cuando las cosas se ponen feas.
Gracias a él conseguimos que un coche arranque hacia al siguiente destino, sólo por el capricho de tirar unas fotos, destino que cualquier africano considerará un capricho y hacia el que jamás se le ocurriría partir si no es por un motivo estrictamente comercial o familiar. Por él conservamos, si nos apetece, nuestro querido régimen de tres comidas diarias, es el dinero el que nos salva de dormir expuestos a la voracidad de los invertebrados y nos permite moderar los retrasos y hacernos señores de nuestro tiempo. Representa un salvoconducto seguro para conseguir el respeto de funcionarios y policías, a veces también “el cariño” de la gente.
¿Por qué habría de molestarse el taxista en reclamar nuestra atención? O esos críos que en la estación de autobuses se ofrecen a buscarte un hotel, ¿Por qué alguien debería ofrecernos su casa o algo para comer? ¿O solucionar nuestros problemas? Cuando en nuestras ciudades vemos a esos alegres muchachos apiñados tras un montón de Cds… ¿Se nos ocurre hacer algo parecido?, ¿Y si de repente un día nos llevamos las manos a los bolsillos y descubrimos que ahí no hay nada?
Se me había acabado el dinero y al dejar el albergue aquella misma mañana cargado con la mochila, el cielo parecía menos azul y la atmósfera más sofocante. Bubaque ya hervía de actividad entre las chozas de barro resecas, una anciana trató de venderme pescado ahumado, no tenía con qué pagarle así que decidí empezar por quitarme de desayunar. De repente recordé que en la isla había un campamento regentado por un francés que en ocasiones realizaba excursiones de pesca y fletaba lanchas para recoger a sus clientes recién llegados a Bissau y transportarlos a las islas. Aliviado me dirigí hacia el hotel y llamé a la puerta.
Me abrió Philippe el propietario, un francés de unos cincuenta años, bronceado y sonriente, enfundado en un boubou azul, mientras sostenía una mountain-bike que cambiaba alternativamente de mano con gesto desenfadado. Un par de días atrás me pareció un tío simpático, le había hecho una visita con la excusa de fotografiar el mejor alojamiento turístico que había en la isla para realizar un reportaje de viajes. Me contó que a la mañana siguiente partía una lancha para Bissau. En pocas palabras le expliqué mi situación; El plan era fácil, tomaba la lancha con ellos, y al atracar en la capital buscaría un cajero automático y le pagaría el importe del viaje, a todas luces excesivo. Sorprendentemente Philippe no pareció loco de emoción con mi propuesta, el asunto era difícil ya que los clientes que tenían que recoger a primera hora de la mañana eran muy importantes, y por supuesto no les iba a apetecer ponerse a esperar a que un desharrapado cualquiera que no sabía administrar sus finanzas en un archipiélago remoto, buscase cajeros por la capital. No, el plan no era nada fácil y Philippe resopló un par de veces bajo aquel mostacho canoso inflado por todo el desdén del trópico, giró su mountain -bike y me deseó suerte. Antes de marcharse me ofreció un vaso de agua.
Salí a la calle y me senté en el mercado mientras digería mis problemas. Dejé pasar las horas, en África mucha gente pasa la mañana sin hacer nada. No tienen trabajo, ni dinero, ni nada que hacer desde el amanecer, se limitan a vagar por las ciudades o esperar en cualquier esquina a que el día muera y arroje algún despojo que llevarse a la boca en forma de invitación, chapuza, negocios improbables o simplemente un incidente divertido con que asesinar el aburrimiento. Sin blanca era uno de ellos, uno más.
-Buen día ¿Cómo estás?
El hombre se sienta a mi lado y sonríe, estudia con atención los puestos de verdura y saluda entre bromas a los chicos que acarrean bidones de gasolina. Medirá uno ochenta, viste unos pantalones gastados y un polo Lacoste amarillento que ha debido pasar por mil manos. Hasta la dentadura borrada del cocodrilo parece sonreír mientras le explico mi situación.
-Te vi en el barco desde Bissau, ¿Eres español, no? No creo que salga otro hasta el viernes, pero si no tienes donde ir puedes venir a mi casa.
El primer impulso es rechazar la invitación, ¿Qué pretende este tipo?, ¿Por qué debería hacerle caso?, ¿Dónde vive, quién es y de dónde ha salido?, ¿Quiere pedirme dinero? Ah no, espera…cobro consciencia de mi nueva situación y cinco minutos después cruzo con Juan un sendero que se estrecha entre mangos y campos de anacardos mientras me entrega sabrosos bocados de su vida. Juan tiene cuarenta y dos años y es albañil. Albañil de los buenos asegura, pero está especializado en el ladrillo y como últimamente en Bissau donde suele trabajar, la gente tiene menos dinero que de costumbre no construye casas, ha decidido volver a Bubaque con su familia. ¿Y en Bubaque que hace? Juan no sabría explicarlo muy bien, ayuda a su hermano que es pescador a faenar junto a las costas de Formosa. ¿Y cuando no sale al mar? Juan se encoge de hombros ¿Es que hay que hacer algo todo el tiempo?
Atravesamos chozas de adobe entre huertecillos de mandioca y tomates donde los críos juegan haciendo rodar neumáticos y espantan perros acribillados por las moscas. Los límites entre las casas no están claros, sería imposible precisar a quién pertenece esta plantación, o aquel cordero solitario, quién comerá cada ración de arroz que las mujeres remueven en grandes calderos. En África siempre extraña que nos guste estar solos, ellos viven juntos. Juan me presenta a su familia, sus tres hijos y Alicia.
Con sus ojos negros detrás de un perol burbujeante del que asoman colas de pescado, Alicia es una mujer guapa y robusta, de facciones ligeramente europeas. Le encanta alisarse los pliegues de su blusa roja, se queda mirándolos mientras habla. En casa de Juan se está bien, hay un porche con hamacas donde los vecinos acuden a saludar y a curiosear al nuevo huésped. Es una casa grande con tres habitaciones, bajo un tejado de uralita, sobre un suelo de cemento, las paredes desnudas guardan una mesa de madera, cajas de usadas de patatas y una silla de plástico. Al fondo está el dormitorio, colchones desperdigados en el suelo donde duermen Alicia y los niños. El baño fuera. En el patio trasero unas sábanas oscilan por el viento y dejan ver la tina y un cubo de plástico azul. Me ducho a baldazos fríos, la tarde huele a vapor y a tierra mojada.
Me avergüenzo de no tener nada que ofrecer y decido contar historias. España; la tierra prometida, el fútbol, los españoles no son demasiado racistas etcétera; hemos ganado la Copa del Mundo, gente simpática, no hace mucho frío, ahora no hay trabajo, estamos en crisis. África: en Níger existe una tribu que recorre el desierto buscando los últimos pastos para su ganado y tienen hasta cuatro mujeres, estuve a punto de presenciar un golpe de Estado en Burkina, en Camerún hay un rey escondido en las montañas con más de ciento cincuenta esposas… Ríen incrédulos, es raro que en África la gente viaje mucho,. El asombro que pueden provocar algunas costumbres de un país cercano como Mali es equivalente al que produciría Rusia o la Patagonia. Abrimos un par de briks de vino, Alicia saca un guiso de arroz y ensalada de pepino. Hay más invitados y parecen contentos de tenerme aquí.
Primero está Rose, ella nació en Ghana y ha vivido la mayor parte de su vida en Abidjan, un día recaló en Bubaque y se quedó. Aquí es feliz, dice. Rose hace tiempo que mira por el espejo retrovisor los cuarenta y afronta el mundo acorazada tras unos ochenta kilos y un vozarrón imponente, ha vivido bastante. Un día Rose fue joven y se enamoró, se enamoró de Guillaume, un francés que conoció en Abidjan, visitó París y tuvo una hija. Su hija se llama Dora y vive en Londres. Me enseña una foto y observo una adolescente una camiseta rosa Nike y cascos enormes en las orejas, es muy guapa y se lo digo. Contesta que le recuerdo a Guillaume. Afuera la luna reluce como una bujía a medio gas, parpadeando exhausta entre las nubes.
También está Lui que es mecánico y lleva toda la noche haciendo llamadas telefónicas para sacarme de aquí. Pescadores, contrabandistas, tenderos… Por cada negativa intento no mostrar mi preocupación, Juan está convencido de que al final conseguiremos que me vaya al día siguiente. Me gasto tres de mis últimos euros en dos litros más de vino y Lui aparca el teléfono para proponerme un negocio. Porque Luí tiene sueños y esos sueños pasan por montar un negocio de alquiler motos de agua en Bubaque. Realmente él, salvo una vez en la televisión, jamás ha visto ninguno de esos aparatos, pero un día conoció a un catalán que las reparaba, le propuso que fuesen socios. Joan, así rubio y con un sol tatuado en el brazo izquierdo, español como yo ¿No lo habré visto en España? Bueno da igual el caso es que Joan tiene que comprar un par de motos en Barcelona y enviárselas, él se encargará de repararlas y alquilarlas a los turistas hasta recuperar el desembolso y devolvérselo. Sin embargo hace tiempo que no tiene noticias de su socio, ¿No podría enviarle yo un par de motos cuando llegue a mi país?
– Esta noche habrá tormenta – Alicia se asoma a la puerta de madera, ha empezado a llover y el agua repiquetea sobre la chapa del tejado como ráfagas cortas de metralla, de vez en cuando vemos algún relámpago suelto.
– We can speak in english, I haven´t spoken in English for years- Rose se sirve otro vaso. I love English sound. Here nobody knows english.
– Voy a ver si los niños ya está durmiendo. Alicia va a la habitación del fondo y mira a Juan que amodorrado y satisfecho recuesta su silla contra la pared.
– Sólo necesitaría una para arrancar, puedo repararlas con piezas de coches usados, sé dónde encontrarlas en Bissau.
– Yeah, my little Darling, I was beatiful, look like me when I was twenty, I was too charmy and really beatiful. ¿You don´t believe me? I ´ll show you a picture…De repente fuera no se escucha nada, ha dejado de llover. Yeah I haven´t spoken english since I live in Bubaque, 10 years, maybe 15, can´t remember very well.
– Juan acerca la vela y la tapa con la palma de la mano, enciende un cigarrillo .- No te preocupes, puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras, tenemos espacio.
– Tomorrow you can visit me at home Do you like it? …parecemos dormir en silencio, los codos apoyados en la mesa, nos balanceamos perdidos en nuestras ensoñaciones, mientras las llamas agigantan nuestras sombras deformes, calcomanías burlonas que ensucian la pared.
– Me falta el nombre, una moto de agua debería tener un nombre…. Suena el politono de un teléfono móvil.
Debo recoger la mochila y correr, sobre todo correr, darme prisa.
– ¿Me escribirás? – Hay una barca, ahora, correr, una plaza gratis, navegar de noche, pescadores, llegar a Bissau por la mañana. Hay una opción si quiero arriesgarme. – Era muy guapa, como Dora, ella…ella se parece a mí, aunque tiene la piel más blanca, como su padre…
Definitivamente ha dejado de llover, sólo escucho mi respiración agitada, de vez en cuando un ruido amortiguado al tropezar en alguna raíz o el crujido de la maleza bajo nuestros pasos, mientras corro tras Juan hacia el puerto. Un farol ilumina débilmente un cayuco. Varias figuras trajinan en cubierta; sacan agua, amarran fardos, prueban el motor… una de ellas me indica que suba con un gesto, nadie me dirige la palabra. Juan me pide que tenga cuidado y me desea suerte, me da tiempo a entregarle un papel con mis señas y darle un abrazo. Mi cartera sigue vacía pero tengo la sensación de marcharme mucho más rico de lo que llegué a la isla. Aún aguanta en el puerto agitando el brazo cuando el motor arranca. Segundos después. Juan se convierte en una luz diminuta, sólo un reflejo apagado por las olas.
Me tiendo boca arriba con la maleta como almohada y disfruto del espectáculo. Allá arriba las estrellas han desencadenado una orgía, titilan, se mueven y bailan, algunas brillan como demonios mientras otras lejanas, palidecen, sombras envidiosas de lo que algún día fueron. Atravesamos las islas mientras esta telaraña iridiscente extiende sus hilos hacia nosotros, empujándonos, elevándonos, como una promesa que nos invita a olvidarnos de la gravedad. Por momentos tengo la impresión de que en realidad navegamos por el firmamento. Abajo el océano parece dispuesto a disputar la presa, obstinado nos succiona hacia abajo con lengüetazos obscenos y profundos que resuenan contra la madera. En esta barca de pescadores no huele a pescado.
De cómo empieza el verdadero paseo en barco, con algunas olas.
Como decía la noche es hermosa, brillan las estrellas y vuelan las gaviotas, el mar es una piscina y ese tipo de cosas, cierro los ojos satisfecho. Segundos más tarde estoy empapado y zarandeado por la marea. El cayuco se aleja, haciéndose cada vez más pequeño, aterrorizado grito y trago agua pero mis gritos se pierden entre el rugido de las olas, me hundo en estas arenas movedizas oscuras y palpitantes, trago agua, la sal escuece mi nariz y el miedo me agarrota la garganta. El mar me mastica con violencia y me paladea con salivazos glotones, estoy empapado.
Estoy empapado y el rugido de las olas es lo único que escucho cuando me despierto sin saber muy bien donde estoy, como con una resaca que parece venir del siglo pasado. La lluvia azota la diminuta cubierta del cayuco y este se bambolea peligrosamente, estoy tumbado sobre un palmo de agua. Parece que hay tormenta Las figuras antes silenciosas de mis compañeros de viaje ahora vociferan mientras tiran cubos por la borda. La fragilidad de nuestra embarcación se hace evidente en cada golpe de oleaje, no para de llover y el motor gruñe con la dificultad de un gato enfermo. Con gestos enérgicos me ordenan en portugués que me esté quieto y me cubra con el plástico, las miradas son de preocupación. La lluvia arrecia y no se ve la costa por ningún lado, posiblemente estemos todavía a más de tres horas de navegación de Bissau. Todavía estoy medio amodorrado pero me doy cuenta de que estamos en problemas serios.
Es el momento de recordar las recomendaciones previas. La más importante no tomar cayucos, el trayecto hacia las islas es largo, etcétera. Hace cincos meses 30 personas acabaron en el fondo del Atlántico tras una tormenta cuando se dirigían desde Bissau a las Bijagos. El diario de Bubaque les dedicó una corta reseña. Nuestra embarcación se ha convertido en una atracción de feria, brinca entre las olas y empiezo a notar los primeros síntomas del mareo, me aferro a las tablas con miedo a caerme al agua. Uno de los chicos vuelve a asegurar los fardos con preocupación, bajo la lona se amontonan las cajas precintadas y aparejos de pesca, ni rastro de un chaleco salvavidas. Mis miedos infantiles aparecen de golpe, casi puedo verlos ahí en el mar, nadan en círculos como un grupo de aletas-
Vuelvo a tenderme en el charco en que se ha convertido la barca, la luna parece haberse convertido en un ojo pálido y maligno infestado de nubes que nos observa con furia entre parpadeos intermitentes, de su lagrimal se desprende un torrente de lluvia. Cada dos por tres mis compañeros de viaje cruzan corriendo la embarcación, saltan sobre mí, atareados y aparentemente inmunes al bamboleo. Me fijo mejor en ellos. Tres no pasarán los veinte años, adolescentes semidesnudos, fibrosos, rostros curtidos y concentrados, acostumbrados a jugarse la vida noche sí y noche también en un pulso con el océano. Deberían estar estudiando o aprovechando la oscuridad para dar una vuelta con sus novias, si pienso en lo que debería estar haciendo yo, me echaría a llorar. El único adulto a bordo lleva el timón, tendrá unos treinta años aunque aparente cincuenta, un tipo duro, el cayuco debe ser suyo. Su única preocupación parece ser que la mercancía no se caiga por la borda.
Las horas transcurren con una lentitud infinita mientras nos adaptamos a nuestra nueva rutina, cada seis o siete olas la barca se encabrita y quedamos suspendidos un segundo en el vacío antes de caer con estrépito sobre el agua. El temporal no amaina, los nervios cada vez están más agarrotados y nuestras ropas más empapadas y el cayuco apenas levanta unos veinte centímetros sobre el agua. Achicamos agua a toda máquina cuando el oleaje lo permite con barreños de plástico. En ocasiones vemos a lo lejos luces pálidas de embarcaciones más grandes que la nuestra, titilan durante un par de segundos y vuelven a perderse en la noche. Resulta curioso este tráfico tan intenso en una noche de tormenta de un archipiélago perdido de uno de los países más pobres de África, guarida de soldados y narcotraficantes. Nuestros fardos ahora están cubiertos con una lona de plástico, observan nuestros desvelos como centinelas de cartón, mudos y amenazadores.
¿Estamos muy lejos de la costa?, nadie contesta. Cuando no ayudo a desaguar intento dormir, evadirme no pensar. Acompasar mi sueño a las cabriolas, taparme los ojos para no mirar de frente a ese mar con las fauces abiertas, ni escuchar sus mordiscos que hacen chirriar las tablas, tampoco el ruido del motor cada vez más débil y ahogado. Dormir en medio de los problemas, no pensar por qué estoy aquí, mantenerme al otro lado de la pantalla, ¿Dónde demonios he dejado mis palomitas? De repente el mar nos empuja hacia abajo como una montaña rusa, atrapados en el rebufo de la marejada, una ola de unos tres metros nos espera. La barca la enfrenta de plano y sale despedida hacia atrás. Escucho un chapoteo y la humedad me empapa como una manta salada y suave, jadeo asustado. El chico de al lado me ha tirado por error un cubo de agua.
No sé cuantas horas estuvimos así, luchando contra la marea y acribillados por la lluvia que parecía descargar como un desagüe aquella extraña luna cabreada con el Atlántico. Debí quedarme dormido porque al despertarme los rayos de sol perforaban los nubarrones y las olas habían disminuido su violencia. En la proa los tres chicos intentan quemar un puñado de ramas húmedas sobre un hornillo oxidado. Me acerco tiritando y me hacen un hueco, parecemos pájaros empapados, en cuclillas con las palmas extendidas, supervivientes agradecidos y aferrados a nuestra rama. Uno de ellos intenta hacer té, calienta agua parduzca en una lata de pintura cortada por la mitad. Se muestran más amables y comunicativos a la luz del día. El fútbol, siempre el fútbol hasta en las condiciones más desastrosas ¿Barça o Madrid?, ¿Messi o Cristiano? Palmotean y celebran al escuchar cada respuesta correcta. El día sale de su féretro y ellos se convierten en lo que deberían ser. Unos chavales que sonríen y sueñan con ser futbolistas profesionales. Esta noche volverán a jugar a la ruleta rusa con la marea, si tienen suerte tal vez mañana también. En popa el patrón permanece aferrado al motor, nos mira y asiente con la cabeza.
La costa de Bissau se dibuja a lo lejos, cuando el mar ya está en calma, casi puedo ver los contrafuertes de hormigón del puerto de Pidjigouti cuando el motor empieza a emitir una tos quejumbrosa, luego el silencio. Nos hemos quedado sin combustible.
No podemos evitar las risotadas, mientras el jarrillo de té pasa de mano en mano. No queda mucho hasta la costa y nadie piensa detenerse justo en este momento. ¿Y ahora qué?, Sin parar de reír uno de los chicos levanta la lona y revuelve entre los cachivaches, saca un puñado de palas de madera, ¡Remos! Me tiende uno.- ¡Ahora esto!
Desembarco con la mochila sobre la cabeza, las olas me llegan a la altura del pecho, vuelvo la vista hacia la barca, uno de los chicos me tiende la cámara de fotos, intento que no se moje. Incluso el patrón agita la mano al despedirse de mí. Ellos no pueden parar en el puerto, tienen una cita en algún lugar indeterminado de la costa donde deben entregar su mercancía, continúan remando. Al pie del espigón unos militares observan la escena impasibles, unos chicos se mueven para ayudarme a trepar por las rocas. La multitud que ofrece sus productos en el puerto sobre manteles descoloridos me contempla con curiosidad como a una aparición aterida y temblorosa. No mucho tiempo, sólo unos segundos, al instante los comerciantes vuelven a anunciar sus mercancías, tienen cosas que hacer. Hago un nudo con mi camiseta y la escurro, el agua va formando charquitos en el suelo. Me dirijo a uno de ellos, ¿Sabe usted dónde hay un cajero automático?

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