Reflejos de viaje. Autor: Fran Nore

Viajar es marcharse de casa,
es vestirse de loco
diciendo todo y nada en una postal.
Es dormir en otra cama,
sentir que el tiempo es corto,
viajar es regresar.

Gabriel García Márquez

Experimenté una sensación tórrida de dolor en las coyunturas, en la misma piel, un agujereado punzón recalcitrante que me doblaba el espinazo. Aunque soy igual de intrépido que mi difunto padre, un hombre viajero, forastero del mundo, errante de todos los continentes.
Un amanecer en que el cielo azul era una gran llamarada rojiza, salí de mi casa en búsqueda de hondas postales bucólicas.
Como soy un apuesto joven aventurero, me arriesgo a profanar paisajes recónditos. Sin embargo, persiste en mí la herida de la memoria, siempre abriéndose, agigantándose en mi mente y en mi corazón.
Transité muchas horas por caminos infinitos, por sendas de montañas escarpadas y agrestes, expuesto a feroces animales que gobiernan las riberas de los riscos y los altos montes, a las serpientes en los árboles frutales y sorteando sus escondrijos en las cascadas, sobreviviendo a los traficantes y a los mercenarios que me observaban ocultos entre las malezas de los senderos.
Andar y andar. Tal vez viajar no sea tener un rumbo fijo.
Desde la lejanía murmuraban frenéticos y errabundos sones de hombres desorientados en la distancia.
Presto el manto de la mañana abordaba los paisajes.
Ando y desando, por varios días, por entre caminos y selvas.
Me persigue el recuerdo de mis cuitas ensoñadoras. Ese embeleso adolescente de mi vida bohemia, evocadora de los instantes preciosos.
Y a la vista el jolgorioso río entre las montañas, sus aguas lentas y monótonas; el matutino viento ahogando la visión de mis enrojecidos ojos de ensueño, el sol detenido y pequeño en la distancia como una estatua inmaculada en el centro del cielo.
Las liebres saltaban entre la hierba y las iguanas cavaban profundos túneles en la tierra cerca de las raíces de los árboles derribados, unos perros salvajes emitían feroces ladridos.
Y andar y andar, tal vez viajar es ser feliz del entorno salpicado de miríadas de polvo.

A poca distancia, divisé una cabaña derruida entre las montañas.
Me acerqué con curiosidad, no recordaba haber visto nunca esa cabaña por estos lados.
La cabaña estaba abandonada y escondida en el epicentro del camino, iluminada su rústica fachada por los rayos solares, sobre los techos se depositaban gigantescas hojas y ramas, figuras invocadas desde el viento. Las externas paredes eran de madera y sólo tenía hacia afuera una pequeña ventana.
Sobrevolaban por el cielo las aves peregrinas.
Cuando me aproximé caminando con pesados pasos el estimulante trayecto hacia la cabaña, con la mirada cansina y una emoción extraña, escuché las voces del viento quejumbroso.
La cabaña entre las montañas parecía suspendida en el aire.
Al instante descargué toda mi humanidad doliente sobre las gradas rocosas. Y quise descansar observando el maravilloso paisaje.
La frágil puerta de madera estaba abierta.
Entré y escuché voces.
Me adentré por la estancia y descubrí un arruinado pasillo que conducía a una amplia sala improvisada con canecas y tablas.
En una silla destartalada meditaba u oraba sentado un anciano.
Al verme, no se desconcertó.
– ¡Te esperaba! –dijo el enigmático hombre.
– ¿Quién eres?
– Un mendicante.
– ¿Y por qué estás aquí solo?
– Te esperaba para que continuemos el viaje. Me ha mandado tu padre.
– Pero… ¿cómo? Mi padre está muerto… ¿tú, quién eres?
– Soy tu guía… Me he descubierto ante ti por mi terrible estado de infortunio y mendicidad, afortunadamente has llegado a casa donde te puedes hospedar. No debes exponerte más a la mal sanidad de los caminos…Me ha enviado por ti tu padre.
– ¿Mi padre? ¿Cómo es posible? ¡Mi padre está muerto!
Los escuálidos ojos del hombre se posaban en mi cara.
En su rostro amarillo se descubrían cicatrices.
Pero seguramente también era un viajero supersticioso.
Sus ojos brillaban como astros desvariados.
Entonces como no teníamos nada más de qué hablar, le di las gracias por el recibimiento y el tener consideración por mi suerte, aclarándole que no lo necesitaba y que tranquilamente podía seguir mi viaje solo.
Me dijo que podía quedarme dentro de la cabaña todo el tiempo que quisiera, que no era necesario que partiera solo. Inmediatamente se oscureció el cielo. Y el anciano afirmó vehemente que mañana temprano debíamos alistarnos para salir, ya que la noche había caído así de repente.
Me maravillé. Había anochecido de sopetón. Y afuera de la cabaña, ya no se veía el camino y las montañas eran líneas borrosas y oscuras frente a mis ojos.
Supuse que mañana temprano, en compañía del formidable anciano, tendría que volver a la errancia por los caminos entre las montañas.
El afiebrado estado de viajar y conocer el mundo alimentaba mis fuerzas para proseguir.

El mágico viento de la noche entre brumas aullaba haciendo crujir las tablas despotricadas de la cabaña entre las montañas.
Los filamentos de una luna que penetraban por la fragmentada ventana de la cabaña, iluminando un poco el penumbroso ámbito de la sala entenebrada donde el hombre asomaba invadido por los poderosos ecos del tiempo.
El viento que traía un fuerte perfume estiado revoloteaba por doquier, rompiendo aún más las alas de la ventana, resquebrajando el techo de la cabaña, desprendiendo las ramas de los árboles, depositando una lluvia de hojarascas por los suelos del pasillo humedecido.
En los montes, fuertes avalanchas de pedregones sacudían la sofocante densidad de la noche invocada de repente.
Al mirar hacia afuera, contemplé las borrosas líneas de los caminos hacia los bosques invadidos por las cenizas fluviales de las noches pasadas.
Luego cayó una delgada llovizna de ensueño.
Desde la lejanía llegaban a mis oídos graznidos de cuervos sobrevolando por encima de los peñascos volcánicos de las sierras.
El cielo detonaba sus legendarios astros precipitados sobre las capas de la tierra, sobre las cascadas de arenas oscuras. El monte poblado de sonidos fieros e iracundos de bestias refugiadas, precipitando las aguas discontinuas de los arroyos del río.
Entre aquellos paisajes emergía la cabaña de viajeros. Y las mantas de la noche invadían su penumbroso ámbito.
El anciano abría y cerraba sus ojos impregnado de claras siluetas lluviosas.
A veces sentía que era de embrujo aquel lugar palpitante.
– ¿Llevas mucho tiempo esperándome?
– Lo suficiente.
Dijo desdibujando una mueca.
Me refregué los ojos, creyendo estar soñando, tratando de alejar mi somnolencia
– ¡No me asustes más! ¿Quién eres? ¿Eres un mago?
– Soy tu reflejo que te llevará de viaje por el mundo…
Ante su confesión me quedé atónito.
“¿De dónde diablos había emergido este hombre? ¿Acaso de mi interior colapsado por el cansancio?” Pensaba.
A través del vacío gris refulgente de su mirada me fulminaba. Su rostro estaba descompuesto y quebrado por el transcurso de los años en que me esperaba, sus cabellos enredados y pelambrados por el tiempo, sus manos y sus piernas temblaban sacudidas frágilmente por las brisas. Su rostro mostraba muchas líneas rasgadas y cicatrices, y por eso pude reconocer su milenaria senectud.
Su súbita presencia alteraba mi mirada.
“¿Así me veré en algunos años?” Me pregunté para mis adentros. ¡Estaba frente a mi propia imagen añosa y envejecida!
¿Cómo me podría conducir el anciano por el mundo en su estado senil?
Argüí que estaba delirando, acaso por mi extenuación.
Pero el anciano era tan real. Ahora se levantaba de la silla y se plantaba ante mí, oliente a hierbas silvestres, su mirada refulgía compasión mientras todo mi ser se estremecía de calofrío, lleno de asombro y de espanto.
Me alargó su mano y yo toqué sus dedos furtivos. Retuve mis alientos, no me salían las palabras, sentía que mi corazón iba a estallar de soledumbre y de pánico. Traté de controlar y de retener mis emociones.
¡Cuánto tiempo en verdad perdido, transcurrido entre soliloquios!
– No entiendo, por qué estás así, tan abandonado… -Le dije, aún somnoliento.
– Es la espera…
– ¿Y ahora qué va a ser de mí? -Moví la cabeza de un lado a otro, cobraba mi rostro un rictus patibulario, creyendo haber enloquecido.
– Vivir errante por el mundo, ese es tu destino, el destino de todos -concluyó el enigmático anciano envuelto en un misterioso hálito-. Y yo he sido convocado por tu padre para venir a decírtelo.
– ¡No, no puede ser! -Me rehusé, atolondrado-. Entonces, ¿envejeceré y seré igual que tú dentro de algunos años?
– Por supuesto. Es la ley de la vida. Tú has tentado la suerte muchas veces, es justo que pagues tu osadía. Yo he sido convocado por tu difunto padre para que veas en mí lo que serás… en el futuro…
Permanecí rascándome la cabeza y mirando como perdido hacia la inmensidad de las montañas.
Presto el anciano me agarró de la mano y andamos juntos desde entonces por todos los continentes y países del mundo, como los amigos que no logran escapar de su presencia embrujante.
Luego desperté en la vera del camino, creí que había salido de viaje con algún extraño.

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