Postal de viaje de verano. Autor: Fran Nore

Luego empezó un hermoso y ardiente verano.
Me dirigía hacia el horizonte del verano, a sus bellos y maravillosos paisajes de ensoñación, a sus refrescantes playas.
Siempre había llevado una vida fantasmal, y ahora el retorno del verano me hacía un hombre experimentado y valiente, quería explorar, pues siempre había sido mi más ferviente deseo, quería salir del encierro de la casa en búsqueda de la parte septentrional de la cordillera de Los Andes, llegar hasta el río Cauca, de ser posible remontar su caudal, navegar por el río Magdalena, surcar la calurosa Alta Guajira, atravesar los pueblos de Cundinamarca, llegar a La Costa Atlántica, mi destino final. Añoraba partir hacia las ciudades caribeñas. Ilusiones de viajero con esperanza de escribir cuadernos enteros sobre mis impresiones de viaje por esos magníficos lugares.
Desde el montañoso pueblo de Fredonia llegaba a las tierras del Valle del Aburrá, en una expedición a pie, en pos de conquistar el oriente antioqueño colombiano, envuelto en los límites del departamento.
En las riberas de los ríos, en cuyas aguas y árboles encontraba multitudes de pájaros anfibios que habitan el inhóspito territorio, me echaba como un fardo a nadar, o a dormir al aire libre, arrullado por los suaves trinos de las aves.
Las fieras de los caminos, variadas y peligrosas, habitaban entre las tórridas llanuras, esperando a que algún imprudente caminante desfalleciera de agotamiento por los abruptos caminos de los paisajes.
Aun así, conformado, continuaba por los infinitos senderos, hambriento y enflaquecido, acosado por el frío, a la par de mis cansados y pesados pasos, mientras la niebla del día humedece mis ojos enrojecidos por el insomnio.
Andaba bajo las transitorias lluvias que en el entorno formaban charcos invadidos por cientos de revoltosos insectos.
Deambulaban animales enteleridos y algunos perros salvajes por las trochas de las montañas.
Transcurrieron muchos días y muchas noches, largas semanas y meses, mientras andaba por sendas selváticas truncadas de montañas agrestes, por entre caminos de cumbres y llanuras cenicientas, expuesto a los áspides soberanos de los árboles frutales y de los escondrijos musgosos en las cascadas, sobreviviendo de asombro entre las malezas de los altos riscos.
Desde la lejanía, en los villorrios, escuchaba sombras campesinas que murmuraban errabundos sones, desorientados en la distancia.

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