Las tortugas de Central Park. Autor: Enrique Vaquerizo Domínguez

He tenido días más fáciles en mi vida. Lo digo ahora, antes de entrar ahí y de que todo deje de ser como antes. Días más fáciles, no sé si mejores, distintos. Días en los que os he contado los atardeceres africanos, esos en los que el cielo se fundía de repente como una bombilla y descargaba una catarata de estrellas, días en que me dejaba deslumbrar por los bulevares interminables de París, tan largos que parece que nunca te llevan ninguna parte. Esos días en que os he hecho salivar con los rollos de sushi del mercado de Tokio y arrugar la cara de asco con cualquier bichejo frito de Saigón o Yakarta. Días como aquel en Venecia, cuando compartí con vosotros un mareo, aunque leve, abrumado por tanta belleza. Yo, que os he llevado al galope por Estocolmo y Guayaquil, por Dakar y Bruselas, sin daros tiempo a casi respirar. Que he seleccionado los mejores trozos de las Maldivas, la Patagonia, San Petersburgo y Brasil, tiernos y suculentos, listos para saborearlos sin moveros del salón, como se los daría una madre a sus polluelos. ¿Estaban ricos verdad?
Y aunque dentro de un rato todo eso vayáis a olvidarlo, sufristeis conmigo la sed eterna de una caravana por el Sáhara y os rascasteis hasta dejaros la piel con mis picaduras tras días recorriendo el Amazonas. Os he hecho soñar con nombres que con sólo pronunciarlos parecían devolveros la juventud perdida y las ganas de salir de casa. Tombuctú, Samarcanda, Beirut, Mombasa…A cambio nunca os he pedido casi nada, tampoco voy a hacerlo ahora. Después de todo tengo un don natural para esto, o eso dicen. Tengo un don natural y decenas de miles de seguidores en Facebook, cientos de artículos y varios libros publicados. Se supone que esta noche iba a presentar el último; “Islas griegas, maravillas del Mediterráneo”, preciso y sugerente, ilustraciones en sepia y un dineral gastado en promociones. También tengo doscientas personas que esperan ahí fuera, que han venido a por más. Ellos como todo el mundo coinciden en que soy uno de los mejores escritores de viajes que existen, probablemente el mejor de este país. Y todo lo he hecho sin salir jamás de esta ciudad. Lo único cierto de todo esto es que odio viajar.
Sí, ya podéis cerrar las bocas y quitaros las manos de la cabeza. Lo odio. Farsante, ladrón, pirado, diréis, ¡Devuélvame el dinero! … pero… antes de empezar os pido un instante de calma, de comprensión incluso de cariño, aunque sólo sea por tantos años viajando juntos. Vale, de acuerdo… por tantos años juntos. Al fin y al cabo, ¿No habéis disfrutado conmigo?, ¿no hemos vivido mil cosas maravillosas? Todo a un módico precio y muchos de vosotros sin tener que moveros del sofá. ¿Tanto trabajo costaba comprobar aquella dirección de hotel?, ¿revisar con cordura aquellos párrafos exagerados? Ha habido fallos, muchos y os he dejado miles de pistas todo este tiempo, pero nunca os interesó ir más allá… ¿De verdad hacía falta que además de contarlos, también fuese a todos esos sitios horribles? Ahora ya es tarde y después de todo estamos juntos en esto, metidos hasta el fondo amigos. Además tengo otra noticia espantosa que daros y esta os va a gustar aún menos. ¿Listos?, ¿No?, bueno da igual, allá va de todas formas. En realidad a vosotros tampoco os gusta viajar.
Sí, así es. No os enfadéis, creedme que no hay nadie que pueda entenderos mejor que yo. Todas esas esperas interminables en los aeropuertos, el Fortasec y el Malarone, los mosquitos atiborrándose en vuestras arterias. Los menús de plástico en los aviones, el jet lag y el cambio de divisas, con todas esas monedas de juguete, las sonrisas forzadas y profesionales de las azafatas… nunca creeríais las cosas terribles que se ocultan tras la sonrisa de una azafata, y creedme si os digo que no me ha hecho falta viajar para saber eso. ¿Sigo?, las infecciones, los vendedores de suvenires y la “Noche del Capitán” en los cruceros… ¡Hacer una maleta!, se me ocurren pocas cosas más espantosas en este mundo que tener que hacer una maleta. O al menos eso he pensado siempre, que extrañas resultan a veces las cosas. Nadie puede disfrutar con todo eso sin pasar antes por un psiquiátrico y atiborrado de pastillas. Hacedme caso, a vosotros tampoco os gusta viajar. Os gusta contarlo, o en última instancia que os lo cuenten.
Pero siempre hay un final, la farsa siempre tiene un final. Y ahí fuera me esperan las fieras y me espera ella. Parece que la sala ya está casi llena y va a ser apoteósico… Pero no hay prisa, aún tenemos unos minutos, así que lo tomaremos con calma y empezaremos por el principio.
Ulises, al viejo no se le pudo ocurrir otro nombre, Ulises. Con cuatro años me regaló uno de esos barquitos encerrados en una botella, uno de esos de madera, con el casco pintado de azul, las velas desplegadas y todos los detalles. La cuestión es que al viejo le fascinaba Grecia y todas esas historias de griegos, con sus islas, sus monstruos marinos y demás paparruchas. Era profesor de clásicas y me tuvo que poner Ulises, claro. Debía tener unos seis años, cuando un día cogió un rotulador y pintó en aquella botella; “Ítaca”, luego me dijo:
Un día sacarás este barco de la botella y lo pondrás a navegar por todos los mares del mundo, pero tendrás que ser tú el que lo pilote.
Así de pedantes hemos sido siempre en la familia.
La cuestión es que a mí el barco siempre me pareció que estaba bien donde estaba y yo también, y cuando más adelante le eché un vistazo a aquel libro, el tal Ulises me pareció un poco trastornado. Hay que ser gilipollas para irse tan lejos y encima taparse los oídos cuando te llaman un montón de sirenas medio desnudas. Sirenas, el viejo le decía a mi madre que ella se parecía a una de aquellas sirenas, y ella sonreía y no parecía importarle la cursilada. La verdad es que era guapísima, mi madre digo, y cuando te abrazaba desde luego un poco a mar sí que olía. Nunca supe si a ella le gustaba realmente viajar, pero al que si le gustaba era a él, y viajaban claro. En verano y muchas Navidades cuando tenía vacaciones, viajes a Venecia, a Túnez y a Grecia, por supuesto. Viajes largos a los que no me llevaban y algunos cortos en coche los fines de semana. A esos si intentaron llevarme.
Recuerdo el primero en aquel Citroën rojo, el olor a gasolina tan insoportable, ese rojo intenso… Me puse a vomitar en cuanto salimos de la ciudad, minutos enteros… como si se me hubiese roto el estómago, hubo que dar la vuelta. Después, cada vez que me acercaba a aquel coche y lo olía, me invadían unas nauseas insoportables. Luego se extendieron cuando veía algo de un rojo demasiado fuerte; lápices, semáforos y latas de refrescos… Cualquier cosa, aún me pasa. Desde entonces siempre lo he sabido, el color rojo es malo y dan ganas de vomitar, el azul es bueno y tranquiliza. Las cosas importantes siempre se aprenden antes de los ocho años.
La cuestión es que ellos siguieron viajando en aquel trasto apestoso y yo me quedaba los fines de semana con mis abuelos. Siguieron viajando, el coche y ellos, hasta que un día tras uno de aquellos viajes, de los tres sólo volvió mi padre y eso después de un buen tiempo. Bastante desmejorado y sin muchas ganas de contar más historias de griegos. Por aquel entonces yo seguía con Ítaca pegada a todas partes, y tomé una decisión firme. Ni el barco ni yo íbamos a movernos a ningún sitio.
Si, si, ¡Ya va! Aún no es la hora, tenemos unos minutos más. Un poco de paciencia, será lo último que os pida. Ya os he dicho que no es el día más fácil de mi vida, pero tranquilos que no vais a perderos el espectáculo, imagino que se va a montar una buena. ¿Está lleno ya?…eso parece ¿No? Mira, ya ha llegado Fontecha. Él me ha prologado el libro, otro farsante, con su programita de televisión y esas poses de aventurero, si por él fuese tampoco se movería de casa, pero hay que comer. Así son las cosas, qué le vamos a hacer. Hay que comer y que llegar hasta el final, y yo os cuento todo esto porque esta noche estoy dispuesto a hacerlo ¿Ha llegado ella?, ¿La veis? Mejor, mucho mejor, eso significa que aún hay tiempo y como os digo vamos a llegar hasta el final. Después empezaremos la diversión.
La cuestión es que decidí con bastante sensatez no conducir jamás un coche, tomar un avión, tren o cualquier cacharro que me llevase demasiado rápido y demasiado lejos a cualquier sitio, y me negué en redondo a ninguna excursión de colegio, campamentos, vacaciones o estupideces similares. Él viejo trató de hacerme entrar en razón, recurrió a la literatura y a la medicina y como ninguna de las dos funcionó, al final se cansó y siguió viajando, solo. Un día él también dejó de viajar, o tal vez empezó a hacerlo, hay creencias para todo. El caso es que el que se quedó solo fui yo.
La verdad es que no resultaba un plan difícil de cumplir. En realidad no moverse es fácil, sólo hay que quedarse quieto, no hacer nada. El instituto, la universidad…Todo a cien pasos de casa, y yo quieto, mientras todo el mundo corría de acá para allá, a todos sitios con sus estúpidos viajes y sus putas maletas a punto de reventar. Quieto, mientras la ciudad se vaciaba, atrincherado con el ventilador, con aquel piso y aquella biblioteca enormes para mí solo. Viajar no, pero leer siempre me ha gustado. Nunca se desprende uno del todo de lo que te dejan los padres. Siempre te quedas con algo y lo llevas arrastrando para siempre, como esas latas que cuelgan en los coches de los recién casados. A mí me quedó la lectura y el gusto por los barcos varados tras un vidrio. En fin, hay herencias peores, mejor dejémoslo estar.
Me había prometido que me mandaría una postal, me arrinconó y casi me obligó a aquello. La verdad es que me extrañó, ni siquiera fuimos nunca muy amigos. Años esperando a hablar con ella hasta aquellos últimos días de calor y angustia entre exámenes. Empezó como un juego, el plan era que cada uno enviaría al apartamento vacío del otro, una postal de donde pasase el verano, -Para alegrarnos la vuelta de las vacaciones- dijo. En realidad yo nunca creí que lo hiciese y no tuve valor para confesarle que odiaba viajar. Pero un día llegó al buzón aquella reproducción de “Los Girasoles”, con su letra redonda a rotring y un matasello holandés. Así que aquel verano además de leer, me tuve que poner a escribir.
No fue difícil, vas donde los coleccionistas y vendedores de sellos, compras la que te guste, pegas un respaldo vacío y escribes. Luego sólo hay que buscar a alguien que te la envíe desde el destino que has elegido. Me pasé medio verano en los hoteles donde se alojaba la tripulación de American Airlines, tanto que las azafatas estuvieron cerca de ponerme una orden de alejamiento. Pero en septiembre ella se encontró con dos postales; una del Empire State Building y otra de Little Italy, también con un cartapacio de siete páginas que le explicaba Nueva York de cabo a rabo. Yo estaba dispuesto a estar a la altura y mucho más, nada mejor que aquellas crónicas disparatadas desde la capital del mundo para toma la iniciativa. No fue difícil, sólo había que documentarse un poco. Al empezar el curso, el último curso de la carrera, me dijo que nunca había visto a alguien escribir tan apasionadamente sobre ningún lugar, que debería dedicarme a ello.
Tan sólo una cosa- me dijo- Jamás he oído que en Nueva York haya tortugas gigantes.

Las hay, dicen que están bajo el estanque de Central Park, sólo salen cuando es estrictamente necesario. Si te quedas de noche puedes oírlas resoplar y ver los pequeños surtidores que lanzan cuando necesitan tomar aire.

Las tortugas no lanzan surtidores, eso lo hacen las ballenas. Las tortugas son eso, tortugas.

Las tortugas en Nueva York son diferentes, yo las vi hacerlo. Al parecer han desarrollado un orificio enorme en el caparazón por el que lanzan agua. Debe ser por la contaminación.
No fue difícil, sólo había que documentarse un poco.
Acabó la facultad, se fue ella y llegó internet y entonces todo se volvió aún más fácil. No sé explicar muy bien por qué lo hice, tampoco puede decirse que necesitara el dinero, tal vez fue por rencor o por envidia, quizás por aburrimiento. El caso es que empecé a enviar textos a revistas, alguna colaboración en diarios. Recurrí a imágenes de archivo…luego a encargos a fotógrafos semidesconocidos. Me dediqué a bucear en las bibliotecas, en páginas rarísimas, buscando, una descripción, un testimonio, un detalle valioso…Lo que fuese, todo servía. Y así iba montando Londres, Lima o La Habana, todos hechos a bases de retales, como enormes monstruos Frankenstein, capaces de andar y moverse. Vivos en apariencia pero a los que si te acercabas lo suficiente y pegabas tu cabeza en su pecho eras incapaz de oírlos respirar. Muertos antes de nacer, mis pequeños abortos repartidos por el mundo.
Me convertí en un armador de cadáveres, el mejor, me volví más osado, trescientas páginas sobre Rusia, “El invierno en llamas” ¿Lo recuerdan?, mi primer best seller. No podía parar, tenía un don y odiaba viajar lo suficiente como para no aceptar ninguna presentación o conferencia que me obligase a salir de la ciudad. Era misterioso, excéntrico, tal vez un poco chiflado, me puse de moda, el viajero de las descripciones irresistibles que nunca salía en las fotos. Todos me adoraban.
Ocurrió hace un par de años, estaba cómodamente instalado en mi sofá, viajando por Italia. Enrico hacía bien su trabajo y me surtía de material abundante, mi Instagram relucía lleno de iglesias, tiendas de moda y las mejores pizzas del país. La gente ponía los ojos en blanco y yo apuntalaba entre webs italianas los artículos que pensaba entregar en unos días. De repente me fijé en uno de los comentarios a la última foto.
“Pues estoy a sólo unos pasos, podríamos vernos junto a la Plaza de España. En el estanque donde las tortugas. Ya sabes, dicen que en Roma también hay tortugas gigantes”
Cerré el ordenador de golpe, cerré mi cuenta, dejé de escribir.
Volví a intentarlo meses más tarde. Empecé por Marrakech y ella apareció en un comentario de Facebook, a unos metros de la plaza Yaama el Fna, donde se suponía que yo debía estar.
¿Disfrutando del viaje? ¿Te apetece que te invite a un té de yerbabuena? Nos vemos junto a las tortugas.
Me persiguió en Pekín y en Kuala Lumpur, me hizo salivar con los rollos de sushi del mercado de Tokio. Allí estaba ella, poniendo cara de asco mientras abría la boca para comer todos aquellos bichejos en Yakarta, o acribillada a picaduras en una piragua del Amazonas. En Tombuctú, Samarcanda, Beirut o Mombasa, posando sonriente en todos aquellos sitios horribles. Respondiendo a todos mis comentarios con invitaciones a vernos y preguntando por sus malditas tortugas.
Nunca supe cómo pudo averiguarlo, llamé al periódico, dejé de publicar mis destinos con antelación en las redes. Le cogí un miedo espantoso a viajar, a mi forma de viajar ya me entienden…Luego empezaron a llegarme paquetes a casa.
El primero era bastante voluminoso aunque no pesaba demasiado, no tenía remitente pero no hacía falta, supe instantáneamente quién me lo había mandado. Aterrorizado rasgué el papel y aspiré el olor a cuero, miré a todos lados de la escalera mientras sostenía por un asa aquella maleta semivacía. En el fondo, una postal del cuadro de Los Girasoles brillaba como una luciérnaga de papel.
Llegaron más, una al mes más o menos. Sólo eso, maletas o bolsas de viajes, nada más. Dentro casi siempre una postal con sus últimos destinos, la mayoría en blanco y con el sello de American Airlines. Un día de repente dejaron de llegar. La gente no paraba de preguntarme que cuál sería mi “próxima escapada”. Yo contestaba con evasivas y les contaba algo de un viaje inminente a Grecia, dónde iba a estar ocupado durante meses recorriendo las islas y siguiendo los pasos de Ulises, del verdadero Ulises. Una noche no pude pegar ojo, me desperté y me dediqué a dar vueltas y vueltas por casa mientras pasaba los dedos por los miles de libros de mi biblioteca. Amanecí tumbado entre aquel montón de maletas vacías.
Hay gente que todavía hoy cuando un buque zarpa por primera vez, rompe una botella contra el mascarón de proa. Dicen que trae buena suerte y previenen el naufragio si el viaje va a ser especialmente largo y azaroso. Yo aquel día hice lo mismo contra la encimera, luego aparté los cristales rotos para que no estropeasen la madera azul, los pequeños mástiles, las velas extendidas y listas para navegar. Aquella misma tarde volvió a sonar el timbre.
– En Central Park no hay tortugas, he vuelto cada año y siempre espero durante varias horas, nunca las he visto salir a respirar.
– ¿Estás segura? Puede que últimamente les cueste más salir a la superficie, dicen que es por la contaminación o puede que a estas alturas ya estén todas muertas. Ha pasado mucho tiempo.
– Absolutamente segura, he recorrido miles de kilómetros sólo para verlo. No creo que estén muertas, las tortugas llegan a vivir cientos de años.
– ¿Tú crees? Después de todo…¿Quien puede estar seguro de nada en estos tiempos?
Y eso es todo, ahora tengo que dejaros. Tengo un libro que presentar e imagino que será el último, esta vez va a ser divertido y… nunca se sabe, tal vez ahora empiece lo bueno. Ha sido un placer recorrer juntos esta parte del camino y espero que sepáis perdonarme… Después de todo ya os avisé que no es el día más fácil de mi vida, aunque no sé si los ha habido mejores… Sólo una cosa más, antes de entrar, me gustaría confesaros una última cosa.
A vosotros, que sabéis que he cruzado el Sáhara, los Polos y la Ruta 66 en moto, a vosotros que me habéis acompañado de Cabo a Cairo, de Kandahar a Estambul. A mí, a este intrépido y aventurero escritor de viajes, uno de los mejores que existen, probablemente el mejor de este país. Precisamente a vosotros, que me conocéis bien, he de confesaros que ninguna de todas esas cosas me ha costado tanto como hacer estas condenadas maletas y reservar dos plazas en el vuelo que sale esta noche para Atenas. Os lo cuento porque espero que sepáis comprenderme. Al fin y al cabo lo único cierto de todo esto es que odio viajar.

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