De visita en la ciudad de Medellín. Autor: Fran Nore

En la ciega distancia, divisé la ciudad de Medellín, en el centro de un hermoso valle, iluminado por los rayos del sol, pero aún los caminos hacia Medellín estaban cubiertos por marañas de árboles retorcidos.
Me recibió el jolgorio de los alrededores del valle, las aguas de riachuelos lentos y monótonos, el viento zumbando y ahogando la visión de mis ojos detenidos en la distancia crepuscular.
Por las inmediaciones saltaban perros salvajes entre feroces ladridos.
Florecían flores amarillas, las hojas de los parrales, los sauces cuyas semillas habían germinado ya en las aledañas tierras fértiles de la ciudad. .
A pesar de estar tan exhausto, continuaba recorriendo con ánimo el paisaje que me estimulaba.
Me echaba en el césped, cómodamente, parecía arrastrar mi vida derrotada en esos largos y extenuantes días de travesía.
La belleza de la ciudad alejaba mi hambre y fatiga.
Caminé hacia la ciudad de Medellín con la mirada cansina y una emoción maravillosa.
Escuchaba en el viento voces alegres.
De la ciudad escapaban aves peregrinas hacia el oriente.
El viento de la tarde giraba vertiginoso entre mis cabellos.
Luego arrimé a una posada entre las primeras calles.
Figuras de mujeres invocaban por las ventanas abiertas.
Los rayos solares penetraban por las fragmentadas ventanas, iluminando un poco el ámbito oculto de sus cuartos.
Pero al entrar de lleno a la posada, el viento revoloteó por doquier estrellándose fuertemente contra los cristales de las ventanas, descuajaba los techos y depositaba mieses por los suelos de los pasillos, por las tapias externas humedecidas, y sobre los objetos invadidos por hojas silvestres.
El viento traía un aire a pedregón.
Y dentro de la posada, descubrí la sofocante infinitud de cuartos desarreglados.
– Buenas tardes…
Y nadie contestó a mi saludo.
Rápido se aproximaba la noche sobre la ciudad.
De pronto, apareció un señor muy amable, extendiendo una sonrisa plena.
– ¿En qué le puedo ayudar? Joven…
– Quiero rentar un cuarto.
– Sólo tengo disponible uno pequeño, los cuartos grandes están atestados de turistas…
– No importa, es para mí solo…
– Bueno. ¿Piensa quedarse algunos días?
– Sólo lo necesario, un par de días, estoy de visita en la ciudad.
– Le encantará –dijo el señor algo obeso, de cachetes rosados.
Y la primera noche que pasé en Medellín, solo dentro de aquel pequeño cuarto rentado de la posada de turistas, fue acaso confortable, pues necesitaba urgente un merecido descanso.
Las personas que estaban por esos días allí hospedadas, eran forasteros de caras fatigadas, igual que yo.
Al mirar por la ventana del pequeño cuarto, más allá de las montañas, podía contemplar las borrosas líneas de los caminos hacia las periferias y hacia los bosques de los parques naturales, invadidos por la lluvia de la noche que traía consigo susurros melódicos.
Desde las lejanas comunas llegaban a mis oídos, voces que entonaban versículos desde las pequeñas capillas barriales, y también los sonajeros de las aves peregrinas sobrevolando los altos peñascos de las laderas.
El cielo aparecía inundado por espesos nimbos.
Escuchaba el croar de las ranas en conjunto, como orquestas enloquecidas ante la oscuridad de la noche, la crujiente sinfonía de maravillosos reptiles y anfibios entre las hierbas y en las riberas de los riachuelos. Entre las rocas mohosas se deslizaban salamandras y lagartijas con sus cuerpos babosos. Los cantos diáfanos de los sinsontes escondidos entre los ramajes de los árboles, sincronizados con las ráfagas del viento cantante. Y el estrépito de los carros de la ciudad en movimiento.
Escuchaba cómo desde el cielo detonaban las luces de los astros, los rayos de la tempestad eléctrica que se desencadenaba con la poderosa pulmonía del furioso viento, con la compañía de toneladas de resquebrajadas cascadas de arenas oscuras.
La noche era habitada de sonidos de fieras iracundas y peligrosas, amparado su manto de lluvias gestantes, enarbolando acuosas superficies lunares.
Y así la ciudad envuelta en sus sonidos urbanos y campestres mientras la vegetación crecía a su alrededor, retrocediendo ante el inminente progreso que se desarrollaba afanosamente.

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