De viaje por la ciudad caribeña de Cartagena. Autor: Fran Nore

Después de atravesar la ciudad de Medellín, de lado a lado, de Norte a Sur, además de los caminos invernosos de Antioquia, por fin me alisté a viajar a otras lindes. Tomé el ómnibus que desde la Carretera al Mar se dirigía hacia la Costa Atlántica con el propósito de arribar a las playas del Caribe. El viaje duró más de quince horas en bus aclimatado.
En el trayecto, los paisajes me parecieron excepcionales y cálidos. Pero la carretera parecía un espagueti infinito, inacabable, de color tierra.
En la ciudad de Montería el bus hizo una parada de veinte minutos, suficientes para pedir un almuerzo y abordar de nuevo el vehículo, y así proseguir por las calurosas carreteras. Eran zonas de vegetaciones gigantescas y me apasioné por tomar fotografías.
Cuando llegó el bus a la ciudad de Cartagena, me paralizó la belleza de esa ciudad mágica: los rayos del sol cantando sobre la piel de los turistas y bañistas, inundando de risa a los niños jugando en las arenas calientes de las playas, la alegre sonrisa de las mujeres morenas por las calles de la ciudad.
Aunque todavía mantenía ese semblante marchito y desolado, me sentí jovial. Y poco a poco se iba iluminando mi semblante, encendiendo con chispas de felicidad mi estado de ánimo.
Por las playas, cerca a las avenidas de la ciudad, se escuchaban rumores de alegría.
De súbito me invadió un raro entusiasmo que me estremecía.
La algarabía del verano en crescendo me inquietaba de dulces calofríos.
Sumido, tantos años, en tierras frías e invernales, viviendo envuelto en emociones nostálgicas, cultivando un atristado sentimiento de indignación, era hora de disipar esos pensamientos frustrantes.
Cuando el bus llegó a La Terminal de Transporte de la ciudad, bajé lo más pronto posible por mi equipaje guardado, y rápidamente tomé un taxi en la avenida. El taxi de servicio público se adentró por las turísticas y fiesteras calles de Cartagena. Le expliqué al chofer el sitio del hotel al cual me dirigía.
Ya era de noche cuando llegué al hotel.
Era un mediano hotel de paredes coloridas en el turístico sector de Bocagrande, desde donde se divisaba una porción de playa de mar.
Contuve el aliento cuando me entregaron las llaves de la habitación, entonces estuve cómodo y pude descansar a mis anchas.

Al amanecer hacía un sol rojizo y penetrante que bañaba las playas caribeñas de Cartagena.
Anduve, sin rumbo por la playa, expuesto al inclemente sol, cuya luz brillante hería mis ojos, aún a través de las gafas oscuras. Su luz no me dejaba ver con claridad los paisajes perdidos en la lejanía de las costas.
Retumbaban en mis oídos los chillidos de los pájaros enloquecidos por el calor.
Mis pasos recorrían la parte turística: tiendas extendidas debajo de las palmeras, parasoles y tenderos de hoteles, y más allá aparecían villorrios aldeanos, resguardos y campamentos rodeados por mar y playas boscosas.
Estaba expuesto a las estampas viajeras, comprando cremas y protectores solares, como un turista apasionado.
Con mi balaca blanca en el pelo, parecía un marinero, vestido para la ocasión, unas sandalias con las que caminaba a la medida de mis pasos, revolviendo las areniscas de los suelos.

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