Aterrizo en el aeropuerto de Managua. Autor: María Pasquin

Viajes, doctrinas y palabras

Aterrizo en el aeropuerto de Managua (Nicaragua). El viaje comenzó, una vez más, cerrando la maleta. Pequeña, roja, no pesada. Cada vez menos peso, más ligera, no pesada, menos atada a menudencias materiales, cada vez más comprometida con la tierra y su fuego. El equipaje liviano me permite salir inmediatamente a recepción. Estoy cansada. Los preparativos, la excitación propia de un viaje y de este en concreto, la incertidumbre de mi papel en este continente lejano, amigo en lengua. El miedo que te infunden…esa criminalidad real o supuesta…no traigas nada, a ti misma sana y salva…cuídate mamá…Dos semanas antes en el diario El País informaban Honduras como el país con mayor violencia de las Américas. Muchas horas de vuelo, con horas para dormir, con pocas horas reales de sueño. Leo, escribo, veo dos películas. Por cierto, una de ellas apropiadas para mis destinos: También la lluvia de Itxiar Bollaín (2010), el robo de agua, reivindicación de derechos frente a las multinacionales, las palabras de Fray Bartolomé de las Casas, la justicia que a día de hoy apenas llega, nuestro propio enfrentamiento a estos hermanos venidos ahora a nuestras tierras. Llego a Panamá, dos horas hasta el próximo avión, aprovecho para echar unas líneas y actualizar el Whatsapp, aplicación de móvil de la que estamos dependientes y usamos para susurrar el aburrimiento o cálidas palabras de amor. Aterrizo en Managua, repito.

Alguien de la organización debe estar esperándome. Y me muero de hambre. Me he organizado fatal, los nervios, un sueño en el avión por el que no opto al piscolabis… mi estómago ruge…los nervios. No sabe qué hora es, comer, cenar, desayunar merendar. Contemplo las mil y una personas que se abalanzan sobre mi (debo tener cara de despistada a más no poder). Me paseo para leer los carteles. Tengo tanto cansancio que ni leo bien y la luz no es muy adecuada, escasa y sin focos. Los taxistas me preguntan si requiero sus servicios. Los delegados de los hoteles si preciso un traslado. ¡Ay! Y no aparece nadie de mi delegación. Espero, salgo a la calle, recorro de nuevo la sala de espera exterior, vuelvo a entrar. Nadie. Una familia se aposta en un rincón. Han salido todos, o casi todos, familias oriundas del país con maletas y niños a las que les realizan un gran recibimiento, extranjeros en cantidad con tablas de windsurf, personas varias. Decido aposentarme con la familia del rincón. Ellos también se van. Comienzo a intranquilizarme. Doy una vuelta más…como quien no quiere la cosa. Una mujer joven latina se me acerca y me pregunta si no necesito algo, una llamadita…muy amable, no gracias, estoy esperando. Un joven del hotel Don Carmelo me pregunta si requiero alojamiento…no gracias…coja usted el folleto (que conservo), por si acaso…un rato más. Por fin escribo un sms a mi contacto de España, Marta. No han pasado ni cinco minutos cuando delante de mi un americano responde a su celular y escucho mi nombre. No lleva identificación de la organización, va acompañado de otras dos personas y esperan a un varón. Claro, una rubia no es su target de espera. Subo al furgón con una compañera, salvadoreña, pediatra, guapa y en extremo agradable. Recién llegada también, ella en bus. Dejamos a nuestros conductores sin pollo frito, obviamos parar en un restaurante de carretera, tenemos más de una hora de camino a nuestro rancho, al hogar donde se alojan los más de cuatrocientos niños acogidos y donde nos encontraremos con nuestros compañeros de curso…reventadas, deseando el destino final.
Llegamos a la casa de visitas del rancho atravesando carreteras sorprendentes en la noche por su buen estado y un largo trayecto final de caminos de tierra con sembrados intuidos a la luz de los faros…si acá plantaremos frijoles, en esa mezcla de español americano con fuerte acento latino, no me atrevo a afirmar que nicaragüense. La casa invita, un patio central a oscuras se adivina a través de las arcadas que lo bordean, el pasillo alrededor invita a descansar en las hamacas coloristas que cuelgan, llegan saludos en miradas, un hola o una mano que levemente saluda desde ese libro, desde la otra hamaca. Me siento acogida.
Hace calor, no tanto, no tan brutal como me habían señalado. Por el contrario, aparco la tensión, el refrigerio nos asienta lo justo para dormir en ese cuarto compartido, con sábanas frescas y el lujo indescriptible de agua caliente para la ducha…solo hay en la casa de visitas, no en el resto de la hacienda.

Nos levantamos, cinco de la mañana. Primer día que duermo de un tirón y Marta tiene que despertarme. Caminamos rápido al alba para no perder el bus que nos llevará a Ometepe, segundo lago más grande de Latinoamérica,tras el Titicaca. El paseo tiene el tinte rosado de la mañana que se cuela entre las ramas de esos árboles maravillosos que son los chilamates. Me invade una tranquilidad de espíritu difícil de describir. Debe ser algo parecido a lo que percibió Siddharta cuando encontró por segunda vez al barquero y su río. El río de la vida. Como si hubiera llegado a un punto crucial de mi vida. El paisaje en esta región de Nicaragua, ahora que todavía no han llegado las lluvias, es severo, agostado por el calor. Grandes extensiones de terreno sin el color fértil de los campos aunque haya tierra trabajada. Leo “Rancho de Pampina”. Una pequeña hacienda, al fondo verde y agua hacia donde se encamina un niño con el culete al aire, espantando el gallo y las gallinas que por ahí comisquean. El pozo reposa junto a un pequeño lavadero. No se ve a nadie más por ahí. Visitamos el centro de salud imposible que lo mismo resuelve un parto como aguanta una apendicitis hasta que puede ser trasladada en la lancha. Al frente, una doctora, toda vocación, realeza y entrega. Mucho que aprender…

Nacen rostros nuevos. Apenas me da tiempo a registrar en la memoria cada nombre, ubicarlo en cada lugar. Pero las historias surcadas en cada cara se me imprimen a fuego en el corazón. Esa niña de risa batiente que baila con su escoba…recogida por Nuestros Pequeños Hermanos…su padre abusaba de ella y sus hermanitas. Esa otra, morenita, no más de dos años, que no para de beber agua con una sed fugitiva…¿mimo?¿diabetes?¿escasez? El chiquitín de la cuna al que arrullo para conciliar su sueño, apenas un año. La gordita morenona, que me señala esa luna para regalármela, a la que traicioné con dos picotazos, la primera de la fila…las vacunas que había venido a poner…y ese otro malongo, enfadado que casi me escupe después y le camelé con un par de globos…la dicha de traerles salud a quienes la vida les robaba otras cosas…
Rabio por no recordar la frase exacta que se me ocurrió en el preciso instante de asociar una sonrisa, una mirada adusta o un gesto de sorpresa con la vida con la historia que acompaña a esa criatura.
Saltan las frases de Siddharta, ese libro conocido que marcó mi juventud temprana, releído estos días. Salta Hesse y la mano que de nuevo topo en momentos de amor y tribulación. Salta y se llena de sentido…”las doctrinas son palabras y las palabras hiladas carecen de sentido…”

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