Cierre de Temporada. Autor: Gustavo Luben Ivanoff

Que la Temporada de Pesca cierre un día de semana no fue problema para el Viejo Pescador. Dispone de todo un tiempo bien ganado al trabajo.

Es normal que se levante temprano, pero cuando el almanaque indica que es el último día de la Temporada le hizo difícil conciliar el sueño, pensando una vez más, en aprovechar al máximo, por lo tanto, amaneció cuando la noche era noche, y lejos estaba la claridad de un día remolón y muy gris de otoño.

El pronóstico no era muy halagüeño, bajas temperaturas para ése rincón del sur argentino, lloviznas, más el viento patagónico brillará por su ausencia.

  • Después de comer, voy a pescar – le dijo a su compañera.
  • Pero, ¡mirá lo feo que está! – susurró ella cariñosamente.
  • Ya sabés que es sagrado el día de la Apertura…
  • ¡Y el de Cierre! –  le interrumpió ella, y acotó como para dejar en claro su sapiencia: sí lo sé, te conozco desde que tus cabellos eran negros…

Almorzó apurado, como quien tiene una cita impostergable.

  • ¡Mis chicas me esperan! – dijo en referencia a las truchas.
  • Pero estamos en época de los monstruos – acotó ella, en clara alusión a las truchas que emigran para el desove en esa época del año, y suena maternal su alocución cuando dice: ¡abrigate bien, no sea cosa que te resfríes mi amor!

Camiseta de frisa, calzoncillo largo, para empezar, y arriba una multi – capa de abrigos al punto tal que le cuesta ponerse el wader.

  • ¿No querés quedarte en casita?, nos metemos en la camita, calentitos, comemos un chocolatito y….
  • ¡Nada ha de torcer mi camino! – dijo cortante, al tiempo que le guiña un ojo.
  • Unos matecitos, torta fritas, una película…
  • ¡Vade retro! ¿Eres una enviada de la Sociedad Protectora de Truchas ó del Grupo Pro Desaliento de Pescadores Frustrados?
  • ¡Nada de eso mi amor!, vaya nomás,  ud. sabe que la patrona le va a esperar.

Y allá fue, marchando como un guerrero, con la adrenalina recorriendo por su cuerpo. Mantiene intacta su emoción al ver ese río truchero, de aguas cristalinas, con muy bajo nivel porque ha llovido poco. La temperatura del agua es muy baja; el lecho del río está cubierto de hojarasca y algunas ramas quebradas durante la última lluvia fuerte. Se adentra en las aguas, caminando con dificultad ese río lleno de piedras resbalosas, es meticuloso a la hora de pisar el lecho porque ya no tiene edad para dar el lujo de tropezar y caer. Saca la línea a pequeños tironcitos y escucha el sublime canto del reel. Disfruta de la danza que le proporciona a la ondulante línea, que termina por extenderse hacia el lugar elegido y deja posar suavemente la mosca en la superficie del agua, para que luego se sumerja, buscando las profundidades y cumpla su función. Esta vez, nada de nada de lo esperado. En cada tiro el anzuelo recoge hojas, musgos y ramas, que debe extraer para que el señuelo sea atractivo. Las manos húmedas se enfrían en demasía.

Una garza gris planea sobre el agua y posa su grácil figura en la orilla de enfrente y lo mira. Acompaña con su balanceo de cabeza el caminar del pescador. Conforme pasa el tiempo, el cielo se torna más plomizo y pequeñas gotas texturan el agua. En cada lance, da un paso para barrer toda el área de pesca y… ¡nada!, ésta vez no tiene la sensación “Que las aguas están vacías” porque en un remanso ve comer algunas truchas de las pequeñas, no de esas que él fue a buscar.  Parece entrar en una cadencia monótona, de lance, caminar, recoger, limpiar la mosca. Es el momento en que se piensa mucho: “¿Qué estoy haciendo mal?”, y sigue cosechando hojas de sauces bicolor, de álamos y musgo, mucho musgo baboso que el tórrido verano supo sembrar.

Su mente vaga por el recuerdo de las palabras de la patrona: “No querés quedarte en casita, nos metemos en la camita, calentitos, comemos un chocolatito y…”, y absorto en ése pensamiento, no logra percibir con claridad, una leve tensión, atípica en la línea…

“¿Fue un pique?”, se pregunta con más dudas que certezas.

Vuelve a lanzar, centrada su atención en la acción de pescar. Nada. Nuevo intento, y nada.

“Fue un pique chiquitito”,  dijo para sí, “Y un pique es un pique”, coronó sus pensamientos con la frase dicha en voz alta: “¡Para mi fue un pique!

Y continuaron los intentos sin fortuna. Las gotas provenientes del cielo ganaron en tamaño.

“Unos matecitos, torta fritas, una película…”, palabras resonantes

“¡¡¡Fue un gran pique!!!”, dijo moviendo la cabeza y apretando el maxilar.

“¡Que pique por Dios!”, pensó mirando hacia las alturas  y su rostro se empapó con una  lluvia, que llegó para quedarse.

Siente el agua, helada por arriba, y por abajo.

Es la señal que indica el fin del día de pesca.

Entró a su casa, totalmente mojado.

  • ¿Cómo te fue, pescaste? – preguntó ella dulcemente.
  • ¡No sabés la que se me escapó! Era “El” pescado, un pique furibundo y… se me escapó, pero la emoción vivida me salvó la Temporada.

Una ducha caliente. El olor de las tortas fritas recién hechas. Unos buenos mates. El calor de unos leños ardiendo en el hogar.

Ya en la cama, el final de la Temporada de Pesca, lo encontrará mirando la novela de la tarde, y de reojo, la lluvia, del otro lado de un empañado cristal…

Y dormirá pensando en ese pique, en la trucha que pudo, pero no fue, y será la que lo hará volver, porque: “En éste juego, hay revancha”.

Pero eso será dentro de unos meses, cuando se le escuche decir una vez más: ¡Hola mis chicas! Acá estoy ¿jugamos?

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