Una charla en el tren Autor: Alfonso Bengoechea Miravalles

Entre Carranza y Sodupe, a vuelo de pájaro, media un puñado escaso de kilómetros. Sin embargo, el viejo tren se empeña en seguir los meandros del río o bordear las faldas de las lomas y el trayecto acababa por convertirse para los viajeros sin prisa en un relajado viaje de placer. En el interior, en los compartimentos de pasajeros, todo invita a la cháchara y a esa extraña fraternidad viajera que brota entre desconocidos.
—Pero, ¿puede un hombre ganarse la vida vendiendo tinte para el vello íntimo? —pregunta a la concurrencia con un punto de ironía el caballero de la americana azul cobalto.
—Puede. No lo dude. —afirma Angelino Rius, el interpelado—. Puede uno ganarse la vida. Ya lo creo.
El de la elegante americana azul es un hombre apuesto que se mantiene erguido a despecho de las curvas y el traqueteo del vagón. Viste algo amanerado, como un dandy venido a menos. Una elegancia infrecuente en estas tierras de gentes circunspectas y austeras. Angelino Rius, sentado enfrente contesta con calor. Es un mozo todavía, vivaracho y gesticulante, que porfía muy académicamente con acento catalán.
—Y además, puedo asegurarles que me la gano muy, pero que muy, muy holgadamente. Aunque, eso sí, a costa de trabajar, ¡y de qué manera!, porque cada día tiene uno más clientes, más selectos, pero más exigentes.
Baja la voz y de falsete, el tono de las confidencias divertidas, confiesa a los viajeros.
—Ahora, solo se depila íntimamente la gente vulgar.
Y ambos estallan en risas. Las dos mujeres simulan no haber escuchado la rotunda afirmación del catalán.
Angelino Ríus pone un énfasis afectado en todo lo que dice. El énfasis que requiere vender preparados y cosméticos exóticos en estas tierras tan poco dadas a frivolidades.
—¡Jesús! —exclama Carolina—. ¿Qué nos quedará por ver en esta vida?
Y acompaña la pregunta con un amago de santiguado que se queda a medias, como un conjuro menor.
Carolina es una mujer aún joven, pero en el último e inevitable tramo ya de los treinta. Muchos años para una soltera en estos tiempos. Viste un organdí veraniego algo pálido, como estrenado hace años, con muchos lavados encima. Lleva un sombrerito de fieltro con flores secas, algo cursi, que fue moda hace años. A su lado viaja una mujer madura, casi una anciana, viste un luto desvaído, hasta los tobillos, y se toca de una cofia ceniza más que manida. Parece vigilar los movimientos de la joven. A veces, le acerca un pañuelito, sacude una brizna de la blusa o le compone los pliegues del vestido. Solo fugazmente, mira a los compañeros de viaje. Luego, se dedica a contemplar distraída el paisaje que pasa lento al otro lado de la ventanilla del vagón.
El caballero elegante exhala un suspiro muy medido de esos que se usan las clases distinguidas.
—No quise molestarle, caballero. Todas las profesiones honestas merecen respeto. —concede—. Y no seré yo quien objete nada a los hábitos ajenos por extravagantes que parezcan, mientras sean estrictamente privados y no afecten a las buenas maneras.
Es curiosa la sonoridad que la gente bien educada puede arrancar a una palabra acabada en “mente”.
—Yo soy abogado en ejercicio —prosigue—, y ya estoy habituado a tropezar con costumbres insólitas, con lo más insospechado de la naturaleza humana. Valga solo que les diga que, precisamente, me dedico especialmente a divorcios, separaciones y litigios matrimoniales. Ese sí que es un mundo lleno de sorpresas.
El maquinista, saludando a algún campesino solitario, da un largo silbido que acaba perdiéndose en una curva que tren y río dibujan juntos durante un buen trecho.
—Tengo que reconocer que es realmente una profesión apasionante. —concede el vendedor de cosméticos—. Se necesita mucho oficio para llevar en los tribunales, casos de ese tipo.
—Apasionante y productiva. —interviene Carolina—. En Londres y París, donde he vivido varios años, los abogados matrimonialistas son siempre, la crême de la crême, los más brillantes de la carrera. Y los más ricos. —añade con un mohín.
El tren atraviesa un pequeño túnel y se hace un breve silencio lleno de ecos. Al salir a luz abierta, la charla renace.
—¡Ajá! ¿Dice usted que ha vivido en París? —pregunta Angelino Ríus a la joven, deseoso de retomar la iniciativa en la conversación.
—Tres años, tres años maravillosos. Estudié piano y violín. Fueron los más bonitos de mi vida. Un auténtico torbellino. ¡Ah que ciudad! —añora— ¡Qué sueño de ciudad!
Y deja escapar un corto suspiro de nostalgia. La anciana dedica a la joven una mirada furtiva e indescifrable y vuelve a la contemplación del paisaje. A ver pasar chopos y castaños. Veloces los de cerca, perezosos los más lejanos, casi inmóviles los del fondo.
El quinto viajero es un hombretón embutido en una blusa de dril arrugado, que permanece mudo. Mira de vez en cuando por el rabillo a los contertulios sin pronunciar palabra. El resto del tiempo se dedica contemplarse las puntas de las botas. O a contemplar, intrigado, como el hombre del traje inglés juega sin pausa pasándose algo entre los dedos. De pronto, se levanta brusco de su asiento y baja violentamente la cortinilla de la ventana por donde han comenzado a deslizarse diminutas carbonillas al tomar la locomotora la enésima curva siguiendo al río.
Las miradas de todos se posan sobre las espaldas del hombre de dril. Son espaldas firmes e inmensas de gañán o labriego. El abogado decide tomar la palabra.
—¿Y usted, señor…?
El aludido, tras asegurar la cortinilla con su pasador se ha vuelto a sentar despacio.
—Me llamo Gedeón Narváez. Yo “zoy térnico” ganadero.
—¿Veterinario? —aventura el elegante.
—No… —balbucea azorado—. Solo “zoy térnico”.
Y la audiencia permanece en silencio, como en trance, a la espera de alguna explicación del hombre silencioso. El abogado elegante se cree en la obligación de brindar a todos la palabra exacta.
—Quiere decir “experto” —afirma y pregunta a un tiempo, fingiendo cortesía.
—Bueno… “ezperto, ezperto… zí que zoy”.
Y la audiencia vuelve a sumirse en el silencio, esperando mudos alguna aclaración.. Al fin, el hombre silencioso se siente obligado a proseguir.
—Trabajo… en lo del porcino, ¿”zaben”?, en cosas de la reproducción…-—balbucea Narváez llenando de ceceos el compartimento.
—Bueno, eso también tiene su interés. —interviene Angelino Ríus—. Es un trabajo necesario, al menos si queremos comer un buen filete de vez en cuando.
La broma no tiene el éxito esperado, y el experto en divorcios agarra la ocasión por los cabellos, carraspea y retoma la palabra con un gesto de tribuno romano..
—Gran familia es, perdonen quise decir raza, —se corrige a sí mismo—, la porcina, que cuenta entre sus méritos el de haber liberado del hambre a países enteros.
El ruido de las juntas de los rieles baja de ritmo lo que anuncia que el convoy sube el último repecho antes de llegar a Sodupe.
La disertación sobre la raza porcina termina y estalla un pequeño revuelo cuando las dos señoras recogen su ligero equipaje, una sombrerera y una diminuta maleta en tela verde y se apresten a bajar. Al salir de un recodo, aparece la estación del Sodupe enjalbegada en un blanco, rutilante con las puertas, ventanas y jambas pintadas en almagre ocre con su andén, pequeño y solitario.
—A sus pies señoras. Espero verlas otro día. Volveré hacia Carranza en este mismo tren el viernes por la tarde. —se despide el abogado—. Estaría encantado de encontrarlas otra vez.
—Ha sido un placer, señoras. — se despide muy cortés Angelino Ríus—. Esta es mi tarjeta. Viajo muy a menudo en esta línea. Me encantaría volverlas a saludar. Si lo piensan mejor y se deciden por el “Tinte íntimo Angelino” no tienen más que pasarme aviso y me pondré en contacto con ustedes. Este es un catálogo resumido de todos los productos que represento para el norte de España
—¡”Hazta” más ver “zeñosaz”! – Se despide también Gedeón Narváez sin más ceremonias.
Y levanta la mano a media altura para volverla a posar con rapidez sobre el bolsillo de la blusa de dril. Por primera vez en el viaje dedica a ambas mujeres una sonrisa cómplice y ambigua que tiene la extraña virtud de arrancar otra a la anciana.
Tras corresponder a los saludos, con una cortesía un poco impostada, las dos mujeres se alejan a pasitos cortos por el andén, hacia la salida de la estación.
—Unos caballeros encantadores. ¿No mamá? —dice la joven mientras se alejan ambas hacia la salida—. Un comerciante de productos de belleza y un abogado… ¿Tu crees…?
La mujeruca dedica a la joven una mirada compasiva.
—De caballeros nada, hija. El pomposo viajante de cosméticos es solo un mercachifle de afeites falsos que no saca ni para comer. El abogado no es abogado, es un carterista. No había más que ver sus dedos afilados, las uñas romas bien cortadas y sobre todo como se frotaba sin cesar con las yemas de los dedos una bolita de marfil. Solo Gedeón Narváez era lo que aparentaba pero no viaja tanto una, para casar a su hija con un gañán dedicado a castrar lechones.
—¡Por Dios mamá!
—Deja ya de escandalizarte, que estamos solas. Y no me llames mamá que suena horriblemente cursi. Mañana cogeremos otra vez el tren, de vuelta a Carranza. Y si en dos viajes más no te encuentro un partido presentable, tendrás que volver sin remedio, a servir en Bilbao.
La joven guarda silencio, contrariada. Al pasar las dos mujeres por debajo, el reloj de la estación de Sodupe da las doce.

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Un Comentario

  1. pedro navazo gomez

    Meha gustado mucho el relato de Alfonso Bengoechea Miravalles “una charla en el tren”

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