El último curso. Autor: Semiramis Barces

El curso había acabado en un suspiro. Un suspiro que para otros había sido un infierno completo. Siempre le habían dicho que el verano que estaba a punto de empezar era el más importante de su vida.

Luego, serás adulto. Disfruta de tu último verano.

Solían decir todos con un tono más de melancolía que otra cosa. Edu siempre pensó que aquello era simple charlatanería de aquellos que no sabían que la vida estaba compartimentada en circunstancias. Él se sabía capaz de adaptarse a cualquier cosa. Lo sabía perfectamente ya que nada en su vida había sido capaz de captarle tanto, de llenarle tanto como para echarlo de menos. En el caso de Edu no pasaría nada cuando acabara el verano y era totalmente consciente. Nació adulto, sin infancia siempre en soledad y libros. Adolescencia en soledad y ordenadores. Y su juventud adaptada, simplemente adaptada a una vida social que había sido un dejarse llevar sin más. La universidad había sido entretenida, había aprendido mucho y la había mirado mucho. Ni siquiera la echaría de menos a ella. Ella de ojos lastimeros.

Acabó el curso, todos se abrazaban, otros se despedían, algunos se pasaban los datos de contacto y claro, siempre estaban los que pasaban el verano juntos. Ese supuesto verano mítico en el que todo tenía que suceder.

Edu nunca supo como pero se vio envuelto en un verano de esos. Pero justo antes de salir por la puerta con la maleta preparada por su madre, que se alegraba de que su hijo al fin se fuera de juerga o al menos lo pensaba, pensó en algo en lo que no había caído. La libertad. En la universidad lo era, hacía absolutamente todo lo que quería. Edu siempre fue diferente al resto, nunca necesitó los libros, nunca necesitó tiempo. Siempre fingía estudiar mientras se limitaba a divagar y pensar en otras cosas. Una vez todo acabado, su libertad de horas en su mundo se acabaría.

No le apetecía pensar en opciones, unas cuantas semanas les separaban de todo. En plena desesperación irracional tramó un plan con alguna que otra laguna. Decidió suspender.

Todos estaban nerviosos, muchos andaban los metros del pasillo como si se tratara de una carrera de los cien metros. Edu estaba tranquilo, mirando por la ventana pensando en un año más de libertad, pensando en las posibilidades que le podía ofrecer el mundo para poder seguir siendo libre. Tenía posibilidades y empezaba a tantearlas. Incluso la idea de doctorarse que siempre le había parecido algo engreído le parecía un manjar exquisito para alargar su forma de vida.

Uno a uno pasaron todos sus compañeros de curso, dentro esperaba el tribunal. Radionavegación, siempre había sido una fiel aliada para los sufridores estudiantes aunque este año la temían por su nuevo profesor. Edu en cambio lo tenía bastante difícil para suspender ya que aquel profesor le sentía como una versión diez años más joven de sí mismo. Al fin se escuchó su apellido.

Altamirano, Eduardo.
Se acercó al aula, se quedó de pie con la seguridad de una estatua romana. Todos le miraban con paciencia y tranquilidad, le conocían. Formularon una pregunta. Eduardo empezó a responder bien cual autómata cuando recordó de pronto el fin de su plan. Entonces cambió el chip, parecía que empezaba a lograrlo cuando el profesor paró el examen y le sacó del aula.

Cual edulcorado inquisitorial intentó sonsacarle los motivos de tu estupidez. Eduardo le miraba y callaba. Sabía que nunca iba a entenderle. El profesor, bajó la mirada por un momento cerró los ojos como cuando intentas recordar algo que está tan escondido que tienes que concentrarte. Lo encontró, ese recuerdo que le hacía comprender a Edu. Le abrazó y le susurró al oído:

La vida no es tan complicada, no lo enredes. Yo lo hice y no lo recomiendo.

Ambos entraron en el aula en silencio. Volvieron a formularle una pregunta. Edu dudo durante los primeros minutos. Justo entonces pensó en una posibilidad de más libertad que la universidad. Supo que podía irse, que había más caminos. Edu empezó a responder con un chorro de palabras que parecían que llevaban guardados siglos en algún tipo de cajón dónde ya no cabía nada más. Cerró los ojos al acabar, y vislumbro la libertad de la soledad.

El tribunal le dio la nota más alta por unanimidad. A Edu no le sorprendió siempre había tenido la capacidad de hacer sin esfuerzo ese tipo de cosas. Pero el resto de cosas de la vida era un puzle en el que no encajaba.

Salió a celebrarlo con sus compañeros. Se sentó en una silla cerca de la barra donde estaban los demás. Les miraba y se miraba. También la miró a ella que a sus ojos ya no era la misma. Les veía beber, reír, bailar y todas esas cosas que él nunca hacía ni haría. Edu no era así, era un bicho raro que se dejaba llevar. De pronto pensó en su pueril intento.

Cuando Edu salió por la puerta con la maleta preparada por su madre, supo que al volver se llevaría con él una maleta más grande aún. Supo que aquel verano solamente era el principio de todo lo que tenía que llegar. Durante el viaje en coche, pensó mil veces en aquella frase:

Luego, serás adulto. Disfruta de tu último verano.

Seguía sin comprenderla. Él siempre había sido adulto y ese era simplemente el primer verano de su vida.

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