La ruta 54 South. Autor: Marsilio Ficino

La Negra se quedó sola en el estacionamiento con todo amarrado sobre su lomo. Miró la construcción hecha de adobe pintado de rojo, olfateó las flores, disfrutó por un instante las esculturas en acero de la rotonda de la entrada del hotel, se acomodó el pelo…y suspiró.

– ¿Cómo será eso de perder la virginidad? – se preguntó.

En la recepción, el Mac pagó la cuenta mientras pedía el nombre del gerente para enviarle una queja contra el operador de la central telefónica, por haberlo puesto en espera por cinco minutos cuando pidió una sopa de lentejas al servicio de cuartos. Salió del lobby sin devolverle el saludo a nadie.

– ¡Vámonos, Negra! ¡Vamos a lo nuestro! – le dijo mientras apretaba el botón rojo del estárter. La Negra rugió maravillosa, esbelta y poderosa.

A los pocos minutos ya se había hinchado de felicidad y el Mac también. Inmersos en el viento, surcando el tiempo y mordiendo el pavimento.

¡QUÉ FELICIDAD….!

Enfilaron hacia Pecos, Texas pero el destino les tenía preparada una sorpresa mayúscula. A los doscientos kilómetros y por una distracción, no tomaron la salida adecuada de la autopista y siguieron derecho por rumbo erróneo durante casi cuarenta minutos, hasta que se percataron del error (iban rumbo a El Paso – Ciudad Juárez…¡BRRRRRRRRRR…! ¡LA cocina del Chapo Guzmán! ¡Las muertas de Juárez! ¡El Cartel de Juárez! ¡Hay mamita!) y corrigieron el destino metiéndose por la carretera 54 South, con tanta mala leche, que por primera vez en todo el periplo, el GPS marcó mal una distancia (¿estarán los satélites controlados por el Chapo?) y ya adentrados en la 54, a cuarenta kilómetros se prendió el foquito amarillo de la reserva de gasolina de La Negra. La estación de servicio más próxima (según el GPS ya en orden) quedaba a ochenta y un kilómetros, ya era tarde, ya no se podían regresar y si seguían, bueno…vaya a saber lo que el destino le depararía.

* * *

El foquito amarillo de la reserva del tanque de gasolina de La Negra se iluminó y a mí se me frunció el culo, sentí un escalofrío en la espalda a pesar de los cuarenta grados de temperatura en el medio del desierto sobre la 54 South.

¡Me quería morir!

Miguel, el mecánico de la agencia Harley Davidson, me había dicho que con la reserva de combustible se podía hacer unos sesenta kilómetros.

Esa carretera -perdida en el desierto- era la más desolada que habíamos recorrido hasta ese momento, no circulaba ningún automóvil ni de ida ni de venida. Nadie. No había ni una casa, no se veía ni un alma. Decidí detenerme para volver a checar el GPS en mis manos y noté que había enloquecido, muestra una curva a cuarenta y seis kilómetros para empalmar con la autopista I-10 e indica que la próxima estación de servicio está a ochenta y un kilómetros. ¿Cómo así? ¡Me quiero morir!. De pronto, se posa sobre mi guante un tábano y luego otro y otro, uno se me cuela dentro de la visera del casco y vienen más y son como una docena y la ¡puta madre que lo re-mil-parió!

– ¡Rajemos de acá Negra, que los tábanos nos comen! – grité. Conecto nuevamente el GPS en su base, aprieto el botón rojo del encendido y salgo quemando neumático en primera hacia el viento.

¡TÁBANOS!

¡Piensa Mac, PIENSA!.

Disminuyo la velocidad a noventa kilómetros por hora, que es la velocidad crucero y empieza el sufrimiento, la angustia, el vídeo mental, el puto vídeo.

¿Y si me quedo aquí sin combustible? Apenas tengo para seis tragos de agua y NADA para comer y no he comido NADA desde el desayuno y ya son las tres de la tarde y no se ve un alma, el calor es tremendo y empiezo a sufrir, a mirar a cada instante la aguja del marcador de la gasolina que está en el tanque, justito abajo del tapón y continúo así, despacio, inclinado hacia adelante como haciendo fuerza y pienso y pienso y quiero llorar y veo que la aguja baja y me encuentro con un cartel verde.

¿Qué dice?

“Van Horn 40”

¿CUARENTA MILLAS PARA LLEGAR A VAN HORN, el PRÓXIMO PUEBLO? ¡Ni por milagro llego!

Y sufro más y empiezo a sentir dolores, como en el corazón…¿vieron? como en la garganta… ¿vieron?, dolores reales e imaginarios y mis labios se empiezan a secar, mis ojos quieren llorar y un nudo atroz, tenaz…me aprieta la garganta y la putita aguja que desciende, que ya está a la mitad de esa marca roja…esa maldita área roja que ahora tiene un significado diferente, como que ahora….sí AHORA quisiera que esa área roja del marcador de gasolina fuera ENORME…INFINITA pero no, es lo que es. Así de cortita. Y la aguja baja… y baja…y miro una dos tres veinte veces para abajo y en cada pendiente del camino sufro y corto el motor en las bajadas y sólo con el envión continuamos, hasta volver a encender el motor y así seguimos a noventa kilómetros clavados y la aguja ya rebasó toda el área roja de la reserva…y de pronto, veo árboles verdes, unos caseríos y grito:

¡NOS SALVAMOS!

Nos acercamos a la entrada de un rancho con el nombre “POWELL RIVER” tallado en madera sobre un arco enorme, y un enrejado de hierro debajo para que no pasen las vacas. Entro en el camino pedregoso y sufro por las llantas de La Negra que patinan y el polvo de mierda, el sol que me encandila, el calor y veo dos casas impresionantes, una a la derecha y otra a la izquierda; sigo y paso el portón de la casa de la derecha y descubro tres camionetas marca Ford 4 x 4 doble cabina y un Jeep en los galpones, doy la vuelta, toco el claxon y nadie sale. Sin desmontarme de La Negra, vuelvo a tocar el claxon, grito ¡HOLAAAAA…! y nada. Decido ir hacia la otra casa, la que está enfrente. No me imagino el por qué nadie sale si hay tantos vehículos estacionados por todos lados. Abandono ese terreno, bien tratado, césped recién cortado, regadores automatizados de agua…, entro al camino de piedras nuevamente y me meto en el terreno de la otra vivienda.

¡COÑO, LO ÚNICO QUE QUIERO ES QUE ME VENDAN UN LITRO DE GASOLINA! ¡CARAJO!

Detengo a La Negra sin apagar el motor enfrente de la puerta, y veo que debajo de un cobertizo de lámina hay estacionadas otras tres camionetas 4×4 y 1 camión. Dos perros Rottweiler corren enfurecidos hacia mi y se detienen patinando justo enfrente, a metro y medio de distancia.

¡¿QUÉ HAGO DIOSITO MIO?!

Veo en una jaula en el medio del patio, una jauría de Rottwailers encerrados, que ladran y escupen una baba blanca que parece crema de afeitar, muerden los candados de sus cadenas y yo ahí, paralizado tocando el claxon y viendo hacia la puerta de la entrada principal que es de madera y vidrio y tiene unos ventanales grandes por donde se puede ver el interior, un interior lujoso con sofás de marca, reposeras de diseño en cuero y mucha piel de leopardo sobre ellos. Los putos Rottwailer siguen ladrando y los de adentro de la jaula a punto de hacer saltar los candados, y entonces no me queda otra que empezar a retroceder.

¡CÓMO PESA LA PUTA NEGRA!

Con los pies en el piso, el motor encendido, retrocedo despacio mientras los furiosos perros avanzaban, también a paso lento y retrocedo hasta que logro acomodar a La Negra de tal forma que al poner la primera, entro en el camino que nos regresa a la carretera.

Nadie salió ni atendió a mis llamados.

No miré para atrás por el espejo retrovisor y lo juro por mi madre y mi abuela que sentí….”sí, SENTÍ” y “PRESENTÍ” que desde el interior de la casa me estaban apuntando a mi casco con un fusil con mira telescópica con láser, de esas que “marcan” el blanco, sí lo presentí y lo sentí…y aceleré despacio, cauteloso y La Negra patinó en las piedras y mi estómago se contrajo y pisamos el pavimento y en ese momento observo para atrás y veo, a lo lejos, a seis tipos con armas en las manos afuera de la casa numero uno y otros tantos en la otra casa y distingo, por primera vez, un “mirador”, sí…una torre hecha en madera de unos quince metros de altura en el medio de la propiedad, entrecierro los ojos y puedo distinguir a un tipo con binoculares y un fusil montado en un trípode de apoyo elevado con una mira telescópica de la santa putana…y ya no miro más, solo cierro los ojos y al abrirlos me encuentro con el panorama más terrible de mi vida en ese instante:

¡La aguja del medidor de combustible ya había sobrepasado el territorio rojo!

Me puse a llorar.

Estaba en el medio de la nada, sin que nadie circule por esa carretera y con esos hijos de puta que anda a saber quiénes REALMENTE eran, pero no hay que ponerle mucha imaginación, posiblemente era un refugio de algún capo de tutti capi, y que vaya a saber el por qué no me secuestraron y me hicieron “el televisor”. ¿El televisor? Sí, calarme un hueco cuadrado en mi pecho con una motosierra y poner adentro, mi cabeza recién cortada de mi cuello, mirando hacia el frente…

¿Será que sabían que iba por gasolina? ¿Será que saben que por esa, la ruta 54 South no transita ni un alma y que en unas horas, cuando se venga la noche encima, tranquilamente van a salir a buscar al osado motero con su Harley, que tuvo los huevos – inconscientes huevos – de meterse a ese rancho? Solo un total INOCENTE pudo hacer eso, es lo que creo que los tipos deben haber pensado, un INOCENTE o un INCONSCIENTE total.

Y me empiezan a brotar lágrimas imaginándome con La Negra, al lado de la carretera, siendo devorados por los tábanos, por el hambre y la sed, y así, apagando el motor en las bajadas y sin ver nada de nada, solo desierto, pienso, y hago un esfuerzo y quiero acordarme de como se rezaba y digo….”padre nuestro que estas en los cielos…” y no me acuerdo más y digo: “ave maría purísima…” y no me acuerdo más y lloro y ruego:

Diosito, si me sacas de ésta…¡hay diosito!, ¡sácame de esta!

Y me sorprendo al decir eso, ¿Será la edad? ¿Mis sesenta años? ¿Será que ya me hice viejo, lo que se llama VIEJO? ¿Será que así ES? ¿Será que la vida es eso…o ESTO? ¿Será que a estas alturas, justo AHORA tengo que vivir lo que estoy viviendo y tuve que realizar este viaje, viaje de “introspección” – como lo “maquillé” – para descubrir lo que estoy descubriendo? ¿Pero qué estoy descubriendo?

Estoy descubriendo que le estoy “pidiendo a DIOS”. ¿Yo, el MAC? ¿Yo pidiéndole a DIOS? Y sí. Le pido a DIOS que por favor me saque de ésta. Y La Negra continúa muda y veo un cartel verde que dice:

“VAN HORN 10″

Me digo en voz alta: ¡son diez millas! o sea: dieciséis kilómetros…¡por favor Diosito…por favor!

Con La Negra seguimos el camino, la aguja ya toca el fondo de la reserva y una pendiente y otra pendiente y la bajada con el motor apagado y diviso, veo…un oasis, veo árboles, veo color verde y distingo un tanque de agua a lo lejos y ahí vamos a velocidad crucero y ya no quiero mirar más la aguja, ya no…y mis lágrimas me llegan hasta el cuello, entran por ahí, las siento frescas en mi pecho y quiero rezar y no puedo y la angustia es tremenda, el nudo en la garganta ATROZ y diviso otro señalamiento color verde sobre un arco metálico ¿qué dice?

Dice….dice…”VAN HORN City Limit pop 2,500” y dejo de llorar y cruzo debajo del arco y empiezo a reírme y le grito a La Negra.

¡NO PUEDE SER!

La ruta nos lleva hasta tomar una calle del pueblo que a seis cuadras topa con la avenida principal; veo los colores amarillo y rojo de una estación de servicio Shell a la derecha, entro a la explanada, me detengo en uno de los surtidores y observo ¿y qué veo?, veo un cartel que dice:

“FOR SALE”

Doy cuenta de las mangueras de las bombas enrolladas y no he apagado el motor y cuando quiero regresar nuevamente a la avenida y me meto en una leve hondonada y La Negra se para. Hago un esfuerzo sobre-humano para moverla hacia atrás. Apenas puedo subirla nuevamente a la explanada que está a solo veinte centímetros más arriba que el nivel de la avenida. Y pienso:

“Si se me cae, o sea…si pierdo el pie y La Negra se me va para un costado, no podré levantarla solo”.

Y pienso en la suerte que he tenido de que nunca me haya pasado eso. Pesa mucho La Negra, como 676 libras ¿Cuánto es eso en kilos? ¡MUCHO! Saco fuerzas de no sé dónde y logro nivelarla y le bajo el pedal, desciendo, me quito el casco, los guantes y camino hacia el medio de la avenida. Enfrente solo hay casas que se ven abandonadas y al girar mi cabeza hacia la izquierda, veo a DIOS…¡SÍ, A DIOS MATERIALIZADO EN UNA ANUNCIO DE LA EXXON A CUATRO CUADRAS! y me digo: ¡No puede ser!

Camino apresurado hacia La Negra y la monto, engancho el casco en el manubrio y le doy un toque al botón del estárter y no arranca. Le doy y le doy y nada.

¡Coño, la voy a tener que llevar empujando hacia la EXXON!..¡ME VOY A INFARTAR!

La muevo a la cabrona, la sacudo, abro el tapón del tanque y la vuelvo a sacudir de un lado al otro, lo cierro y le doy un toque al botón rojo nuevamente y arranca y nos ponemos en movimiento; enfilo hacia la avenida, me meto en contramano, cruzo el semáforo en rojo, pongo la segunda y al querer poner la tercera, La Negra no va más y el motor se para y seguimos con el impulso…, faltan cien metros, noventa, ochenta, treinta, diez y así llegamos hasta el surtidor número cinco de la estación de servicio EXXON.

Freno.

Bajo el pedal de apoyo.

Me inclino hacia el tanque, lo abrazo y me quemo un dedo con el motor. Beso a La Negra, levanto la vista, veo un techo blanco y más arriba el celeste cielo y grito:

¡GRACIAS DIOS!

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  1. Clara Ruiz

    Me gusto el relato de Marcilio Fiscino
    Mantiene la tension hasta el final
    Y me hizo reir mucho

  2. Clara Ruiz

    Me encanto el relato de la ruta 54 south de Marcilio Fiscino
    Me mantuvo en tension a la espera del descenlace
    Y me lizo reir
    Gracias

  3. Bob Siller

    Me encantó la narrativa, y me dio risa el concepto de “me van a hacer televisión”, original y fuerte a la vez,

    Quedo en espera de más historias de Mac y La Negra,

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