¿Hacia dónde van un vestido de flores y un sombrero de copa en una noche ventosa?. Autor: Esperanza Tejera Viera

La casa mantiene el misterio que la envuelve desde hace años. No han visto entrar o salir a ningún ser humano. Quien atrevidamente se acerca, ve unas velas que no se consumen nunca, oscilando en las habitaciones, que iluminan viejos retratos, abandonados a la compañía de flores muertas. No queda claro si hay algo escondido dentro de sus paredes o es la imaginación del vecindario que adivina fantasmas. Que ve turbio lo que puede ser transparente. Con luces y sombras detrás de esas cortinas de tela ordinaria, que la brisa lleva y trae en una marea de nunca acabar. Los girasoles pintados en el frente, que se abren al salir el sol y juntan sus pétalos por la tarde, no ayudan a aclarar la situación. Un cuervo, detenido en la chimenea, mira a los paseantes. Algunos aseguran que es una veleta, porque solo ven que se mueve cuando sopla el viento norte. Los ladrillos, de un rojo berilio, enmarcan el resto de las paredes, como una gigantesca caja de regalos, con un moño en el techo atado con cintas de colores, que nadie se animaría a abrir. Los secretos que guardan los habitantes del lugar, los ignoran los curiosos de alrededor, sin darse cuenta que, quizás, esas personas simplemente no quieren que descubran su alma. Sus propias palabras las suman, como una victoria ante un enemigo común.

Un día, sale la pareja tomada de la mano, que va rumbo al cementerio cercano separado por un alto muro. Es un atardecer que no invita a pasear, a principios del invierno. El cielo, de un azul plateado, se convierte de a poco, en una lámina grisácea de zinc recién fundido. Remolinos de polvo se levantan por el camino, arrojando a su paso monedas y billetes de un Banco inexistente. A un costado, los sapos cantan sin afinación encima de la música de Las 4 Estaciones de Vivaldi. Las hierbas se calcinan al contacto de los pies y la naturaleza oscurece de repente. Las miradas los acompañas sorprendidas y muestran un interés para el que no tienen una explicación coherente. La distancia viste las figuras con colores que es posible no sean los verdaderos. Ellos ven a la mujer con un largo vestido de flores, sacudido por el movimiento de sus pasos; el hombre de oscuro, lleva un sombrero de copa que sujeta con su mano derecha. Hasta el espantapájaros parece caminar empujado por el viento, porque ya no tiene aves para asustar ni salen sonidos por sus retazos.

Después, el silencio se quiebra en la apacible tarde de la aldea. Se aprecia el contorno del cielo, como una mortaja inesperada, que hace palidecer los objetos más cercanos. Todas las puertas se cierran, con un quejido cortante como la tapa de un sepulcro y solo quedan los ojos recelosos de los mayores, con rostros atrapados por un súbito temor y las miradas alertas de los niños detrás de las ventanas. Hombres y mujeres se miran entre sí y ven como las arrugas han rayado sus caras, los cabellos blancos están más sueltos y largos. Los ojos parecen envejecidos, en la forma particular en que fenecen los objetos de los muertos. A través de los cristales contemplan el aletear de las ramas, que cada vez se tornan más violentas. En pocos minutos están envueltas en las tinieblas que el viento y la lluvia enredan como hebras de lana enloquecidas. Allí nada permanece inmóvil.

Ahora ya han olvidado a los caminantes, ante la certeza de que algo inusual o tal vez extraordinario, está ocurriendo. A cada momento que pasa se siente más el frío y la furia del temporal, como si un dios enojado quisiera castigar las debilidades de los pecadores, en tan solo un rato.

En ese tiempo ven pasar toda su vida. Miran hacia un lugar indefinido en la oscuridad, rogando un milagro que les otorgue el perdón. La noche parece meterse cada vez más en el silencio, cuando la lluvia cesa por un rato. Solo el viento furioso recorre la distancia del cementerio al poblado, en un remolino que deja ver, con una luz llegada no se sabe de dónde, un vestido de flores, seguido por un sombrero de copa que tomó distancia de la mano protectora.

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