Nocturno en el Louvre. Autor: Sara Marquez

No había sido una buena idea pasar la primera tarde visitando el Louvre tras el madrugón de esa mañana. Coger el primer vuelo hacia París para aprovechar al máximo su breve estancia en la capital francesa empezó siendo una ocurrencia genial que tras tantas horas en pie recorriendo la ciudad se había convertido en un problema. Entre las paredes del museo el cansancio empezó a ser tan grande como las obras que encerraba. Auténticas maravillas pasaban por delante de sus ojos pero tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para que no se le cerraran. Sentía que no estaba aprovechando la visita como era debido, por lo que a la fatiga se le sumó el mal humor y se le añadió también la tristeza, una mezcla nada propicia para admirar plenamente el arte con mayúsculas que la rodeaba.

Decidió sentarse a descansar en uno de los pocos bancos libres, afortunadamente el rincón estaba vacío y así pudo apoyar también la cabeza con la idea de cerrar los ojos cinco minutos nada más, a ver si conseguía con una minúscula siesta reactivarse ni que fuera sólo un poco para continuar el recorrido en condiciones. Cualquier cosa con tal de ser de las últimas en salir, al fin y al cabo había programado la visita en miércoles porque era cuando el Louvre permanecía abierto hasta más allá de las nueve de la noche, mala suerte si había coincidido con el día de su llegada a París.

Con los ojos cerrados rememoró todo lo que había visto durante esa intensa jornada parisina. Esa misma mañana, nada más dejar los bártulos en el hotel, había subido al icono parisino por excelencia, una maravilla de la ingeniería desde la que pudo contemplar unas vistas que la dejaron sin aliento durante un buen rato. En lo alto de la Torre Eiffel corría un aire muy fresquito que la mantenía despierta pese al madrugón. Tras tener toda la ciudad a sus pies había dado un exhaustivo rodeo por la base de la torre para contemplarla bien desde abajo. El símbolo de París la había acompañado también en su paseo por el Campo de Marte y no la abandonó cuando se acercó hasta los Inválidos. Todos los ángulos y todas las distancias las había captado con su cámara, ella que hasta ese momento se había limitado a ver las fotos de otros ahora era la reportera de tan ilustre protagonista.

Le pareció entonces que el museo no quedaba lejos y decidió continuar caminando hasta allí, a fin de cuentas sólo había que pasar por las Tullerías, agradable jardín de bonito nombre francés. Coger el metro no le apetecía, por complicado y porque pensó que era como despilfarrar la oportunidad de empaparse del ambiente tan parisino que se respiraba en todos los rincones. Tantas veces había soñado con un paseo al lado del Sena y ahora que se estaba materializando no lo iba a dejar escapar metiéndose en un subterráneo, por cómodo y rápido que fuera.

Casi sin darse cuenta sus pies la conducían hacia el museo. Notó algo la fatiga, pero no quiso hacerle caso y pensó que ya tendría tiempo de descansar cuando volviera a su casa. También notó un poco de hambre, pero alimentada por la ilusión consideró que un sándwich a pie de calle era más que suficiente para afrontar el resto de la jornada. Idéntico razonamiento con desenlace a más corto plazo: ya cenaría algo más consistente una vez acabada la visita.

Tuvo tiempo, antes de caer rendida, de contemplar alguna de las obras más importantes del museo. Quiso empezar el recorrido por los inicios de la civilización, en una especie de ruta histórica que la trasladara al comienzo del arte para poco a poco poder seguir su evolución. Sospechaba que era un plan demasiado ambicioso para la magnitud del edificio, pero iba a poner todo su empeño en conseguirlo. Su última visión, antes de sentarse, fueron las estatuas de los toros alados asirios, imponentes figuras que podrían asustar a un muerto.

No habrían pasado ni cinco minutos cuando abrió los ojos y, como suele ser habitual en este tipo de incómodas situaciones, no sabía dónde estaba, sólo que le dolía terriblemente el cuello. Fracciones de segundo tardó su mente en hacer el clic que la situó en el lugar, pero le extrañó el silencio y la oscuridad que la rodeaban. El museo estaba desierto, toda la gente que unos instantes antes circulaba por allí había desaparecido, cosa que sólo podía intuir pues no veía más allá de su mano. Muda de asombro, sin entender qué podía estar ocurriendo, sacó el móvil para mirar la hora y cuando vio que eran más de las doce de la noche se le cayó el mundo encima.

No sabía qué actitud tomar ni muchísimo menos qué hacer en tan rocambolesca situación. Su mente empezó a moverse caóticamente en todas direcciones sin llegar a ninguna conclusión. Por un lado intentaba comprender cómo era posible que hubieran cerrado el museo dejándola dentro, el fallo del sistema de seguridad había sido tan garrafal que merecía ser indemnizada por ello. Por otro, tenía que encontrar una solución inmediata a este inesperado problema pero era obvio que no estaba preparada, ni mental ni emocionalmente, para afrontar este tipo de inconvenientes. A este batiburrillo se le sumó una angustia vital que desembocó en unos enormes lagrimones bajándole por la cara, pues todas las vueltas y giros sin sentido que daba su cerebro, solapando ideas a cual más descabellada, sólo dieron como resultado aumentar su congoja.

Esta desolación dejó paso al miedo por partida doble: miedo racional a moverse, y casi a respirar, por si sonaban las alarmas y la pillaban dentro cual componente de una trama internacional traficante de obras de arte; y miedo irracional a la oscuridad, a lo desconocido, a la soledad, a cualquier cosa en definitiva, de todos es sabido que en una situación así la propia sombra causa terror. Recordó que se había quedado dormida cerca de las estatuas de los asirios y el miedo se convirtió en pánico, algo sabía de la historia de este bárbaro pueblo que colgaba las cabezas de sus víctimas en el jardín de sus palacios. Obviamente era lo mismo estar aquí o en la sala de los más benévolos persas, pero con todo y con eso no pudo evitar que se le encogiera aún más el corazón.

Medio acostumbrados ya sus ojos a la penumbra y tras seguir sin descanso dándole vueltas al problema, se rindió ante la evidencia de que poco o nada podía hacer para salir de allí por su propio pie sin que ello acarreara graves consecuencias: alarmas, policía, detención, interrogatorios, televisión, periodistas, el ministro de cultura tal vez… el escándalo sería antológico y la noticia llegaría hasta el último rincón del planeta. Sólo de pensarlo le flaqueaban las piernas, y al mismo tiempo aunque le costaba reconocerlo no le habría importado demasiado ser la protagonista involuntaria de este despropósito. Siempre que acabara bien, por supuesto, si algo no cuadraba en la historia podría pasarse unos cuantos años en prisión intentando demostrar su inocencia, no sería ni la primera ni la última vez que alguien se pudre en la cárcel sin haber hecho nada.

Procuró dejar de lado estos pensamientos tan disparatados para centrarse en su problema actual. Lo suyo le costó, pero con grandes esfuerzos iban apareciendo de forma intermitente, mezcladas en confusión con los desatinos, algunas ideas racionales y lógicas dignas de tener en consideración. Para empezar, descartó definitivamente encontrar una solución inmediata por sí misma y decidió esperar a que se hiciera de día, el primer trabajador que la encontrara la ayudaría a salir de allí y, con un poco de suerte, el incidente podría hasta pasar desapercibido. De todas formas, se sentía incapaz de llegar hasta la salida sola dentro de semejante laberinto de galerías, pasillos y salas que, si ya en situación normal tiene su complejidad, en medio de la oscuridad se le antojaba imposible desenredar.

Resuelta a no moverse de allí por nada del mundo, intentó encontrar una postura mejor en ese banco encastado en la pared que por el momento era su único lugar en el mundo. Consiguió subir las piernas y sigilosamente estirarse. No oyó nada, sólo su corazón desbocado que estaba a punto de entrar en modo taquicardia. Era obvio que algo fallaba estrepitosamente, o la fase de alarmas de esa zona estaba estropeada o justo ese banco quedaba fuera de su alcance. Sea como fuere, la cuestión es que podía desentenderse de esta parte del problema que tanto la preocupaba y al menos lograba tener algo de movilidad, mínima es cierto pero menos era nada. Confiada y algo más relajada cogió el bolso y se lo puso bajo la cabeza, como almohada no resultaba muy cómoda pero volvió a pensar que menos era nada.

Tan fatigada que estaba un rato antes y ahora tenía por delante toda una noche de espera sin sueño, combinación que convierte los minutos en horas. Muchas vueltas no podía dar en ese duro y estrecho banco que el destino le había adjudicado, en contraste con su cabeza que no paraba y la congoja que no conseguía hacer desaparecer cuando pensaba en su triste situación. Todo el año ahorrando para hacer esta escapadita de tres días a lo que ella consideraba que tenía que ser la ciudad más bonita del mundo y verse así le parecía el colmo de la mala suerte. Otra tanda de lagrimones hizo su aparición, menos mal que estaba acostumbrada a llorar en silencio, hacer ruido en su situación no era una buena idea.

De ideas que no eran tan buenas como pensaba en un principio quedaba demostrado que había tenido unas cuantas. La primera, embarcarse en esta aventura en solitario, si hubiera viajado con alguien su hipotético acompañante no la habría dejado dormirse en un banco de un museo. Pero ese alguien no existía por el momento y su aversión natural a los grupos la obligaba a rechazar la sola idea de coger un viaje organizado. Sus pocas amigas estaban demasiado ocupadas con sus tareas familiares y en honor a la verdad tampoco tenía ninguna con la que le apeteciera estar tres días enteros las veinticuatro horas, todas hablaban demasiado y por regla general de tonterías, con lo cual no la habrían dejado disfrutar como ella suponía que se debe vivir y sentir un viaje. Ésa era, en pocas palabras, la realidad de su vida.

Ante semejante panorama se le ocurrió, un día en que estaba especialmente inspirada, o eufórica mejor dicho, que algo tenía que hacer con su vida hasta que ese alguien apareciera, al fin y al cabo ya era una mujer hecha y derecha y no le parecía tolerable seguir poniéndose continuamente trabas y excusas a sí misma para no hacer lo que le apetecía. Quien más quien menos había visto algo de mundo gracias a lo fácil y barato que resultaba actualmente viajar, mientras ella a duras penas había salido de su provincia. Si había tantas mujeres que viajaban solas no entendía por qué ella no podía hacer lo mismo, y más teniendo en cuenta que el primer destino que quería conocer estaba en el corazón de Europa, una ciudad perfectamente asequible para desenvolverse como si estuviera en su propia casa. Se sentía tan ridícula cuando leía sobre mujeres que recorren África sin más compañía que su mochila que decidió dejar de tenerles envidia y comenzar su propia aventura en solitario.

A partir de ese momento fue un no parar de preparar, organizar, planificar, estudiar, proyectar, gestar y fraguar su ansiado viaje de tres días a París. Había programado de antemano todas las visitas, casi cronometradas al minuto. No quería dejar ni un resquicio libre que la obligara a sentir que estaba cometiendo una locura, pues estaba convencida de que llenar el calendario de actividades que la dejaran agotada era la fórmula perfecta para evitar pensar más de la cuenta. De esta forma, elaborando minuciosamente un plan perfectamente milimetrado, sin dejar nada a la improvisación, habían transcurrido sus últimos meses, llenos de ilusión y temor a partes iguales.

Y por fin había llegado el ansiado día del viaje y, junto a este recuerdo tan reciente, un ruido. Abrió los ojos y se dio cuenta de que finalmente se había quedado dormida, pese a la desesperación que a ratos le impedía hasta respirar. La luz se colaba ya por las ventanas, era un nuevo día que empezaba y con él antiguos problemas que resolver, como por ejemplo salir de una vez por todas del museo y, a ser posible, sin que nadie se diera cuenta. Se incorporó y a lo lejos oyó pasos y algunas voces. Pensó que serían los encargados de la limpieza y, si ellos podían moverse, sería porque ya habrían desconectado todas las alarmas. Descartada la idea de pedir ayuda y, con ella, dar todo tipo de explicaciones, empezó a caminar en dirección contraria y al instante encontró la puerta de los servicios, a donde se metió casi escondiéndose. Estaban impolutos, por lo que la limpieza general ya habría tenido lugar la noche antes y era improbable por tanto que alguien viniera a molestarla. Las voces que había oído debían pertenecer entonces a los vigilantes o a algún empleado, eso carecía ahora de importancia, la cuestión era conseguir pasar desapercibida hasta que abrieran al público, y ese lugar le pareció el mejor refugio.

Su móvil se había quedado sin batería y por tanto no tenía ni la menor idea de la hora que era, con lo cual era difícil saber cuánto faltaba para que el museo abriera sus puertas. A decir verdad, tampoco sabía si se daría cuenta de que había llegado ese momento tan deseado, quizás tendría que aguardar hasta que un visitante tuviera alguna necesidad física. Se sentó a esperar, le parecía mentira haber tenido tanta paciencia para soportar todas esas horas encerrada sin haber caído presa de un ataque de nervios. Poco le había faltado, pero ahora se sentía hasta orgullosa de su presencia de ánimo.

Empezó a oír más pasos y más voces, demasiado alboroto para venir de los empleados que se habían portado hasta ese momento con bastante discreción. La puerta se abrió y el corazón le dio un vuelco en el pecho, por unos instantes se le pasó por la cabeza que el tumulto era por su causa, policías y militares en busca de la ladrona que se hacía pasar por turista. Pero resultó ser una adolescente uniformada que sin mirarla siquiera pasó por su lado y se encerró en uno de los lavabos. Ahora sí, estaba segura de que podría mezclarse entre la gente y siguiendo las indicaciones del arrugado plano del museo que le habían proporcionado a la entrada pudo encontrar la puerta de salida. Imposible describir el alivio que sintió al notar por fin el aire fresco en su cara.

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