Las afueras del mundo. Autor: Carmen Rodríguez Franco

Creí seguir la misma ruta de siempre. Pero al caminar un trecho comencé a desconocer el lugar por donde andaba. Las casas no eran las habituales. Los árboles no estaban en sus sitios. Las personas que veía no coincidían con aquéllas que normalmente encontraba.
Luego de veinte años de hacer a diario un recorrido, se identifica cada desnivel, cada sinuosidad. Hasta los olores lo caracterizan. En ocasiones y sólo con un fin lúdico, realizo el trayecto imaginariamente respetando cada detalle con fidelidad. Es un juego ingenuo, es como un ir y quedarme a la vez, como un andar la calle mientras mi cuerpo descansa en el sillón; unas veces lo hago para comprobar si coinciden el tiempo real y el ficticio; otras para acompañar mentalmente a algún ser querido que marcha por ella.
Sin embargo, tardo en admitir que no es éste mi camino de todos los días. Me detengo con un transeúnte, con otro, con otro. Acaso pregunto adónde nos hallamos. Miro a las personas pero no veo sus rostros. Desorientada tomo por las calles transversales buscando desembocar en la que me es familiar. No obstante, continúo sin indicios para reconocer el lugar. Atravieso una zona de total oscuridad, no por falta de luz, pues, si bien ha llegado la noche, no percibo las sombras como algo externo a mí. Las tinieblas se hacen más impenetrables cuanto más adelanto en ellas. Las bocanadas negras son cada vez más continuas y llegan acompañadas de soplos gélidos que me estremecen.
Ni el roncar de un motor, ni un ladrido, ni un grito, alteran la monotonía de este paraje impropio. Debajo de mí siento crecer las raíces de los árboles, sus abultados nudos traspasan las suelas de mis zapatos lastimándome. Se entorpece mi andar. Por momentos creo apoyar mis pies en el vacío.
La luna surge esparciendo su luz de ceniza. Ahora advierto que todo me es ajeno. Estoy en lo que parece ser el centro de una ciudad. Los autos pasan veloces, hay gente en las paradas de los ómnibus, rumor de voces, fragor de bocinas. Miro a todas partes. Me veo de negro y soy más pequeña que los demás. Mas esa sensación de pequeñez no se refiere a mi edad.
Nadie repara en mí. Me acerco a una señora con el propósito de investigar en qué rincón estoy. Ella me mira con gesto afable y me habla, aunque no oigo su voz. Luego me toma del brazo y se va conmigo. Yo observo desde atrás mientras nos alejamos. Llegamos a un sitio que no logro distinguir. La mujer me alcanza un teléfono. Al otro lado alguien preocupado exclama:
-¿Qué pasó? ¡Son las cuatro de la mañana! ¿Dónde estás?
Siento una fuerte opresión en el pecho y respondo: “No lo sé”.
*
Me levanté temprano y al abrir la ventana de mi dormitorio, que da al campo, me sobresaltó el brusco aletear de una lechuza inexplicablemente refugiada en el alféizar. Eso indicaba que el sisear escalofriante oído durante la noche pasada, me tenía como destinataria.
El timbre impuso una tregua a mi reflexión supersticiosa. La llamada era de mi compañera, quien no se explicaba qué hacía yo en casa, cuando ya comenzaba la reunión de la que dependía mi continuidad en el puesto. Verifiqué en mi agenda y corrí contra el tiempo para arreglarme y llegar a la oficina, lo que hice en taxi, pues caminando hubiera tardado más de media hora. Todo ello contando con que, tan nerviosa estaba, que no lograba introducir la llave en la cerradura.
*
– ¡Mirá qué linda foto! – dije un día a mi hija cuando ésta llegaba de la Facultad.
– Me la mostraste ayer – respondió, mientras colgaba su tapado en el perchero.
– ¿Ayer? No ¡nunca la vi! – aduje molesta pues desacreditar a mi memoria era algo reiterado.
Ella me observó y entre resignada e intranquila trató de confirmar si realmente yo creía ver aquella revista por primera vez. Yo no sólo lo creía: estaba segura de que el atractivo rostro de Mel Gibson no me había sonreído antes desde esa tapa. Y debí contenerme para no caer en uno de los arrebatos furibundos que me acometían últimamente.
Como en cada oportunidad en que mi hija interrogaba acerca de dónde habría yo dejado las llaves del auto o qué hacía el reloj en la heladera, evoqué a su abuelo, de quien, sin dudas, heredaba ella la gran testarudez.
Desde un tiempo atrás, todos actuaban de manera extraña. La crisis que afectaba al país estaba influyendo en la psiquis de las personas. Por ejemplo esa tarde al entrar a la peluquería, las asistentes detuvieron su tarea mirándome como quien ve a un fantasma. Algunas clientas me saludaron sorprendidas, otras en cambio me ignoraron como si ya me hubieran visto allí ese día.
Accedí a la consulta médica, porque era consciente de que mi edad implicaba cambios orgánicos y psíquicos, y no por aceptar la existencia de otros motivos para hacerlo, como sostenía mi familia. Entré con la certeza de que esa visita era el inicio de un peregrinaje por varias especialidades: traumatólogo, por la osteoporosis; ginecólogo, por un posible reemplazo hormonal; cardiólogo, por el riesgo de afecciones cardíacas; psiquiatra, por los cuadros de angustia que suelen presentarse.
No pensé en el neurólogo y salí blandiendo un pase para él.
*
Avanzo por un corredor de cuyo techo se descuelgan barreras de hierro que llegan al suelo con estrépito y que, de demorarme unos segundos, me partirían en dos. Me enfrento de pronto a una gran abertura, la traspongo. El silencio y la vastedad del otro lado me hacen retroceder aterrada. Me vuelvo y constato con estupor que aquella comunicación con el interior ya no existe: una placa hermética la clausura. Grito; no me oyen. El metal noble apaga mis golpes, mis puños rebotan en él y comienzan a sangrar y se desgarran. Estoy aterida. La blancura me hiere. No veo nada. No existen límites, ni gente, ni animales, ni plantas; sólo blanco. Ni el consuelo del recuerdo me asalta, ni el reconocimiento de mi propia identidad me rescata de esta infinitud lechosa. Quedaré aprisionada para siempre, entre el anonimato eterno del no Ser, y la nada.
*
-¿Con qué mano escribe?- comenzó el neurólogo.
-¿Olvida hechos recientes solamente? ¿Qué mecanismo utiliza para traer el recuerdo?
– Párese; extienda los brazos; cierre los ojos; lleve lentamente el índice hasta la punta de la nariz.
Tras una cadena de interrogantes, el médico calló, mientras escribía. Luego detuvo su mirada en la mía y expresó la frase que me paralizó: ¿Hay algún antecedente en su familia de…
La palabra “Alzheimer” se disparó contra mí y se me enquistó en el cuerpo y en el alma, y ya jamás pudieron extirpármela.
Al retirarme, mientras contemplaba las prescripciones con una visión distante de lo que miraba y de lo que pensaba, el diagnóstico era un clavo que me fijaba a la pared.
*
Demoro en despertar. Subo de profundas dimensiones. Veo una forma delante de mi vista. De a poco se van dibujando rasgos en ella, las facciones se aclaran y la cara de mi hija aparece ante mí.
– ¿Mamá, sabés quién soy?
– Sí… mi hija. Pero… ¿por qué hay alguien más en tu cara?
Es como si una mano superpusiera rostros y los intercambiara.
– Buenas tardes, ¿quién es usted? – pregunta ahora la madre a su hija.
– Soy yo, mamá. ¡Mamá, soy yo!
– Perdón, no conozco a la señora.
*
Le dijeron “pasado” y contestó: “no sé qué es”. Le preguntaron “¿recuerda su niñez?” Y respondió: “no sé qué es”. Intentaron entonces con “mañana” y volvió a decir: “no sé qué es”.
Le dijeron “puerta”. Ella reiteró la palabra. Lo hizo hasta que se le disociaron los sonidos y el término se le alejó por completo. La repitió hasta que se produjo una total desavenencia entre el significado y la imagen que se le representaba. La vacuidad le invadió aquel vocablo como lo fue haciendo con todos los otros. Era igual haber pronunciado hombre, pájaro o flor.
Con paso tambaleante cruza aquello que los demás llaman “puerta”; no porque sepa de la utilidad para entrar o salir. Ella ya no entiende de las acciones de esta vida ignora que, inexorablemente, se dirige hacia las afueras del mundo.

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