Nunca quisimos a Don Giovanni. Autor: Emmanuel Lucas Marzía

Se oye el sonido de la verja de entrada que se abre. Entro a la habitación. Hay pilas de
ropa en el suelo y algunas cajas que se mueven intermitentes. Lo extraño es que ya no
están las pinturas de Tía Paula, dos animales lisérgicos que me observaban desde el
armario. En su lugar, hay un gran agujero, profundo y veloz. Comienzo entonces a
prepararme para el viaje. Pongo en la maleta: Dos pantalones, tres camisetas y una
chaqueta negra. Tomo los calcetines y trato de aferrarme a ellos, adoro que huelan a
suavizante. Finalmente, los guardo junto con la ropa interior y agrego algunos objetos; el
ajedrez, la radio y el libro de Dickens. Guardo, guardo y guardo, pero nunca termino.
De pronto, un sonido. Es el tiempo que se detiene y todo lo que en él habita: los
recuerdos, el olor a mamá y el álbum de figuritas. El momento en que las hienas reptan
por los callejones de cerveza caliente. Entonces, el gran hueco cobra vida y pretende
tragarme. Me lleva, me lleva y me lleva y me deslizo en un tobogán.
El insólito viaje me deja en una calle desértica de la ciudad. Mi padre, mitad perro, mitad
hombre, está junto a mí, a la espera de alguna orden. – Estamos buscando un cadáver –
me aclara -. No sabemos de quien, ni cómo luce, pero está cerca.
Asiento y comenzamos a caminar por la acera de la plazoleta. De repente, un aroma nos
invade. El olor es dulce, pero intolerable. Carne podrida.
– Creo que viene de aquella casa – me dice, y señala el chalé que pertenecía a mi abuelo-.
Es el aviso de una deuda del pasado. Nunca quisimos a don Giovanni.
Ato a mi padre a un árbol y golpeo las palmas en el caserío. Nadie contesta. El sitio
parece abandonado, el largo del césped indica que se han ido de viaje hace tiempo.
Insisto una vez más, pero tampoco recibo respuesta. Me decido a abrir la puerta y con un
golpe seco, logro forzarla. Entro. Camino unos pasos en la cochera y lo encuentro. Un
viejo inmigrante estallado contra la pared. Su cuerpo parece hincharse y las moscas
revolotean por su cara. Es una gran tortuga marina. Lo observo, pero no me acobardo.
Nada en este día parece poder cuestionarse.
Imagino sus últimos segundos. El líquido en el estómago, las manos mojadas, las piernas
que no dieron abasto. Luego, resolutivo, me dirijo hacia la puerta. No sé qué hacer con mi
padre. Encontrar a su creador en descomposición, es algo que necesito evitarle. Se me
ocurre decirle que vaya a pasear, mientras arreglo el desorden. Pero no se mueve. Algo
intuye para no querer echar a andar. Creo que ya descubrió lo fétido en mí.
Entro nuevamente y escucho un delicado eco. Miro hacia el techo. Es una gota que cae
sobre el difunto, mojando su cuero. Busco un trapo y me ocupo de lavarlo hasta que
queda reluciente. No siento asco, después de todo, es mi abuelo al que tengo que
enterrar. Traigo el ataúd y se lo enseño. Parece aceptarlo, ya que lo mira sin objeciones. A
mí también me agrada, es un féretro de bellísima terminación, nacarado y confortable. Lo
meto dentro y lo cierro con un golpe. Es realmente pesado, pero logro arrastrarlo hasta la
calle. Le pido ayuda a mi padre y empezamos una larga peregrinación al cementerio.
Cortamos camino: Ascasubi hasta Dorrego y de allí hasta Mitre. Cruzamos la autopista y
entramos de refilón por Triunvirato. Andábamos solos con nuestros pensamientos. El
ataúd a cuestas, el polvo en los zapatos y el hedor a Buenos Aires.
Luego de dos horas llegamos a Chacarita, la necrópolis con olor a frito. Tomamos el
primer pasaje que vemos y luego de pasar por diferentes mausoleos, nos encontramos
con el párroco. Nos pide que dejemos al viejo en el suelo. Accedemos. Se santigua,
invoca a Cristo y comienza su teatro. Contemplo nuevamente a Giovanni. Pienso que
pronto verá la tierra desde abajo. Que todas sus penurias serán nitrógeno para el suelo;
su aroma a puchero, los vinilos del galpón y la tos llena de catarro. El presidio en
Yugoslavia, los fardos al hombro y el impenetrable Monte Casino.
Miro el cielo. Está a punto de llover, como siempre en el Río de la Plata. Arrojo un clavel
en su nombre y contemplo el ataúd. Permanezco en silencio, y prometo volver. La
próxima vez, con un puñado de flores en mi ombligo.

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