Flores para una tumba. Autor: Carmen Rodríguez Franco

Una mañana, al llegar a la parada del ómnibus, encontré a mi padre. Tardé lo que un relámpago en razonar que su presencia era imposible, pues, justamente, en ese momento yo llevaba flores a su tumba.
Me paré detrás de él y lo noté encorvado, como si cargara un peso invisible; el pelo canoso y largo; la barba de días; la pierna derecha trenzada con la izquierda, como siempre. Fumaba. Si bien ya lo había reconocido, al dar vuelta por delante del banco y verlo de frente, no pude dejar de sorprenderme. Él sonrió, pero no fue el verme el motivo de su gesto, porque me hubiera hablado, y además era una de esas sonrisas que parecen responder a lindos recuerdos, y que a veces, como en este caso, arrancan lágrimas que resbalan calladas por la escarpada cara de los viejos. Yo permanecí de pie, paralizada, apretando el ramo de flores frescas contra mi pecho.
Él también llevaba flores en la mano. Eran fresias, y reí al observar que los ramos eran iguales: el mío, blanco; el suyo, de todos los colores. Quizás esperó a que todos durmieran para no ser descubierto y entró a cortarlas del jardín de la abuela, adonde crecen hermanadas con los crisantemos y las lilas.
Para evitar comentarios sobre mi salud mental, o tal vez porque nunca fui muy comunicativa, oculté semejante visión. Pero todos los domingos iba a la parada, donde ya estaba mi padre y juntos, aunque él no daba muestras de registrar mi persona, marchábamos hacia el cementerio. Él subía al ómnibus y yo lo hacía detrás. A veces yo ascendía primero y él me escoltaba.
Yo no sentía miedo; al contrario, esperaba anhelante los días del encuentro, pues me alegraba verlo, y cuando él aún no había llegado, yo aguardaba para acompañarlo o para que fuera él quien me acompañara a llevar flores a la tumba.
Alguna vez lo he visto caminando por el campo y lo he seguido de lejos, sin delatarme para no molestarlo y porque, si me notaba, podía ahuyentarse. Una noche entré a su cuarto y lo vi dormido en su cama, su cama de siempre, que alguien, que no soy yo, tiende cada día.
Ya no me sorprende verlo y a menudo me descubro tras sus pasos o acuclillada a su lado mientras toma mate sentado junto a la puerta de la casa. En una ocasión le susurré: “Papá”-. Entonces giró la cabeza a uno y a otro lado buscando al emisor de la palabra, y luego enarcó las cejas en gesto de desconcierto. “Oyen “- pensé- “Pero no ven”. Para confirmarlo agitaba mis manos delante de sus ojos, tratando de interceptar su visual, pero no lo lograba. Él permanecía ausente, con una mirada que se diluía en el aire sin hacer blanco en nada.
Yo tenía la convicción de que cuando ellos vuelven por este mundo, podían oírnos, vernos e incluso hablarnos, pues de no ser así ¿qué sentido tiene volver? Además, no me advertía a mí, pero detenía el ómnibus, subía y ocupaba un asiento con absoluta naturalidad.
Muchas veces deseo besar la mejilla de mi padre, o su frente, pero no me animo. He estado muy cerca de hacerlo; sin embargo, su aparente indiferencia, o la inconveniencia de ser vista besando el aire, me han detenido; tampoco me atrevo a hablarle, pues su silencio será la confirmación de su inexistencia.
Aún hoy nos encontramos para visitar la tumba. Ambos, siempre, llevamos las manos cargadas de fresias, mis flores preferidas. Ahora sé que no me percibe, y he notado cambios en él: su cabello es más blanco; su mirada adquirió un color lechoso; su andar se ha enlentecido. Yo ignoro si mi aspecto ha variado; ya no consulto a los espejos, sólo sé que sigo habitada por los mismos sentimientos.
Hoy es domingo y veo venir a mi padre hacia la parada, abrazando el gran ramo de fresias multicolores; pasa a mi lado y continúa la marcha. Ha decidido ir caminando. Yo lo sigo, y tras recorrer las cuadras que nos separan del cementerio, entramos. Me detengo a unos pasos de él y lloro cuando veo que se arrodilla con esfuerzo; arregla las flores en la jardinera, y luego pasa un paño por la lápida para lustrar las letras de mi nombre.

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